Ahora que estoy sin Alberto
Graciela Gliemmo
Escritora argentina
Las mujeres se atienen al goce de que se trata, y ninguna aguanta ser no toda;
a la postre, nos equivocaríamos si no vemos que, en líneas generales,
y en contra de lo que se dice, son ellas, después de todo, las que joden a los hombres.
JACQUES LACAN, Aún. Libro 20.
Querida amiga mía:
¿Cómo va esa nueva vida de soltera? Ya te imagino. Es como si te estuviera viendo: de la biblioteca a tu casa, de tu casa al teatro, los sábados la cita con el cine y los domingos, las amigas. ¿Puede acaso existir mayor felicidad para una mujer? Ay, Mirta querida, no sabés cómo te envidio. No sabés.

Sé que te preguntarás ya a esta altura de dónde saqué tiempo para escribirte si siempre estoy dale que dale y, además, porque vos ya lo conocés a Alberto de memoria. No más que yo, Mirta, no más que yo. Es que se fue a dar una vuelta por ahí. Ahora se le dio por correr con el perro alrededor del parque. Sí, con el perro. Bueno, correr es un decir. Porque Descartes tira de la correa en cuanto árbol se le cruza y la verdad es que en éste sí hay árboles. Así que ahí van los dos. A veces, las menos, uno al lado del otro. Las más, Alberto detrás del perro poniendo cara de me importa un pepino para no quedar como un imbécil. Incluso creo que hasta se cayó, porque traía los otros días un soberano pegote de barro fresco en el costado del pantalón y del buzo. No te cuento el estado lamentable de las zapatillas.

Él sigue igualito: solemne, meticuloso, pero tierno y enclenque como una criatura. Cuando viene de la Facultad, me da un beso en la frente, se saca el abrigo y pasa directamente al baño a lavarse las manos. Recuerdo que cuando lo conocí en Rosario, hace ya treinta y cinco años, qué espanto, tenía la misma costumbre. Esa manía exagerada por la limpieza y el orden. Y a mi mamá le reventaba que antes de comer se sacara el pañuelo del pantalón y repasara uno por uno los cubiertos y el borde del vaso.

Ya de recién casados, durante casi un mes, le calculé el tiempo que empleaba en cepillarse los dientes y los veintiséis días me dio lo mismo: seis minutos con cuarenta segundos. Ahí guardo la libreta donde anoté todo. Decime cómo hacía para no equivocarse. Vos decime, a ver. Y cuando se ducha, son primero diez minutos de agua hirviendo y después dos minutos y medio de agua fría, fría. Sin transición. Cuando pasa de una a otra temperatura, se escucha fuerte, potente, penetrante, su grito de guerra.
Beatriz me dice qué más querés, el mío es pura mugre, un asco de desprolijo. Pero no se trata de eso, Mirta querida. Tanto orden me asfixia, me preocupa, me da vueltas todo el día adentro. ¿Me comprendés? Tanto orden y tanto horario. Y tanta pulcritud. Lo quiero un poco sucio, desbolado como la mayoría, un tiro al aire, con olor a hombre. Me gustaría que se le cayeran de vez en cuando los anteojos o que me llamara para decirme que se olvidó la agenda, el celular, la carpeta o algún libro. Nunca.

Y cada día que pasa me dedico a descubrirle nuevas mañas. ¿No te conté la del almohadón? Ésa no tiene nombre. Quiere hacer eso, ya sabés, con un almohadón entre las piernas. Fijate qué cómodo. La primera vez que bajó de arriba del ropero el almohadón en medio del asunto pensé que tal vez alguno de sus compañeros le había pasado una fórmula divertida. Me lo pondrá debajo del culo, pensé, para tenerme más a la vista, más a mano, más alta. Pero no. Cómo explicarte los malabarismos para embocarla con el almohadón entre las piernas. Era dramático verlo amenazando con aquello y descubrir el voladito violeta del almohadón. Ahora le sale bárbaro. Hasta podría ganarse unos pesos en el circo. Sí, regio. Pero todas las veces el almohadón. Dejate de joder. Quisiera verte a vos en mi lugar. Aunque sea cambiá la funda violeta por la rayada o la de florcitas, le rogué el otro día. ¿Sabés qué me contestó? Que el violeta es esotérico y lo pone a punto.

El diario, no sabés lo que hace con el diario. Lo lee en voz alta. No pude sacarle la costumbre. Si suena el timbre o el teléfono, si canta el pajarito, si ladra el perro o se me cae una olla en la cocina, empieza otra vez por la primera página. Tiene que leerlo de un saque. Este domingo venció su propio récord: estuvo catorce horas leyendo. Y yo, en vez de caminar en puntitas de pie o descalza, me tropezaba con todo y nunca, jamás en mi vida, estuve tan ruidosa. Él no me pide que haga silencio, él no me hace ningún reproche, no me regaña, no sé lo que es un grito de Alberto. No se enoja nunca conmigo. Sólo comienza a releer otra vez todo desde el título. Una y mil veces hasta terminar. Y lee todo. ¡Todo! Hasta las farmacias que están de turno.

Lo peor es que los demás ya se dan cuenta, aunque yo no cuente nada a nadie. Es que es tan evidente. Hay detalles, ¿cómo decirte?, gestos que se van repitiendo. Estoy segura de que sus alumnas también saben. Y cuando viaja cada quince días, repetirá ciertos actos que con seguridad alguien te habrá comentado. De todos modos, allí pasará alguna cosita que se me escapa. Quiero decir, algún nuevo rito, porque cuando lo conocimos, él ya daba clases de Ética y ya tenía unos cuantos. ¿Te acordás?
En los ascensores silba. Siempre. Es verdad que varía el repertorio. Un tema para cada día de la semana. Caminando por la calle acelera la respiración y al cruzar, indefectiblemente, tose. Invierno, primavera, otoño, verano. Tose. Esté o no resfriado. Cuando le sugiero que consulte a nuestro médico, me dice la verdad: que en realidad no está enfermo, que tose por costumbre.
Cada vez que limpio nuestra habitación, tengo que sacar todos los pares de zapatos que coloca debajo de la cama. Eso sí que es bien raro. Porque le propuse guardarlos en cajas. Le dije que yo se las compraba o que si prefería las eligiera él. ¿Qué mejor, qué más limpio que guardar los zapatos en cajas? No sabés qué incómodo es sacarlos, pasarles una franela y volver a acomodar tal como estaban más de siete pares de zapatos. Una cosa de locos, che. Y no. Prefiere que estén así. Le resulta más práctico.
Para qué describirte lo que es su biblioteca. Todo ordenado por países, apellidos de los autores y años de edición. Durante mucho tiempo no supo dónde poner algunos libros, y ese interrogante dominaba nuestros días. Recuerdo largas discusiones sobre el tema. ¿Tenía que incluir un orden especial para las diferentes materias? Sí, las tuvo en cuenta. Entonces tiene una biblioteca completa de filosofía y literatura, la de su estudio. En el comedor están los volúmenes agrupados según si son de psicología, historia, sociología, arte y ciencias. Nunca comprendí por qué tiene en un sitio muy especial todas las biografías juntas. Se trate de quien se trate el personaje. Y allí conviven Heidegger, Freud, San Martín, Lacan, Leonardo Da Vinci, Platón, Miguel Ángel y cientos de tipos más. Las biografías de mujeres son escasas. Le conté sólo tres: Ágata Christie, Sor Juana Inés de la Cruz y Alicia Moreau de Justo.

Su cuaderno es el vivo reflejo de cómo es Alberto de meticuloso. Yo se lo espío todas las noches durante los seis minutos con cuarenta segundos que tarda en cepillarse los dientes. Anota todo. Si escribe, a quién, para qué y una síntesis de la correspondencia. Aparte, en una caja, archiva las copias de esas mismas cartas. En otra, por supuesto, guarda las que recibe. En ese mismo cuaderno calcula la diferencia temporal entre el día que escribe y el día en que le contestan. Toma nota de sus encuentros con amigos, colegas y alumnos. Registra los temas de las conversaciones, sus estados de ánimo, la percepción sobre el sentimiento y el humor de los otros. Apunta todas las referencias sobre los papeles que da y recibe: destinatario, fecha, tema, síntesis del contenido y objetivo. Busqué frenéticamente si había escrito algo sobre mí. Nada. Yo no existo en ninguna de esas páginas. No me nombra ni una sola vez. No aparecen mis llamadas ni mis interrupciones, ni siquiera mis comentarios. Tampoco ha registrado en su cuaderno sobre Rosario si me extraña. Un poco, aunque sólo sea un poco. Yo estoy fuera de sus obsesiones.

Alberto es un enigma para mí. ¿Qué es lo que quiere en realidad Alberto?
Y ahora, aunque me quedan muchísimos detalles para contarte, tengo que despedirme, porque si el cálculo no me falla, está por regresar. Faltan exactamente doce minutos para que empiece a sentir sus firmes pasos, y luego el ruido que las llaves producen cuando Alberto está cerca, y después el sonido de las mismas cuando Alberto las introduce con cierta delicadeza en la cerradura, y la puerta que se abre chirriando fuerte y la proximidad irreversible de Alberto.
Cuando entre, llevará a Descartes hasta el patio, se sacará las zapatillas, se pondrá las chancletas para estar más cómodo, se tomará unos mates amargos y encenderá su computadora para ponerse a corregir su ensayo sobre Aristóteles. Cuando le acerque el único café del día, aprovecharé para echar una miradita sobre la pantalla.
Besos.
Sofía
PD: Pero qué tarada, olvidaba decirte lo más importante. En el maletín de Alberto encontré La insoportable levedad del ser. No tiene el sello de la biblioteca de la Facultad, pero lleva tu nombre en la segunda página, sobre el margen superior izquierdo, a unos tres centímetros del borde. Me asombró mucho, porque a Alberto no le gusta Kundera, más bien lo desprecia por ese afán de hacerse el filósofo cuando escribe sus historias. Y menos lo leería traducido al castellano. Hubiera preferido, sin duda, la versión en francés. Te lo puedo asegurar. Alberto se jacta de no leer malas traducciones. ¿Vos sabés cuántos idiomas domina? Alberto lee y escribe perfectamente en inglés, francés, italiano, portugués y alemán, por supuesto. ¿Cuándo se lo prestaste? Ni se me cruzó por la cabeza que pudieran encontrarse allí. ¿Lo ves seguido? Alberto viaja con el tiempo justo. ¿O es que estuviste por acá y no fuiste capaz de visitarme? No dejes de responderme, Mirta. La curiosidad me está matando.
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© Graciela Gliemmo
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 37
Abril-Mayo-Junio de 2009
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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