Textos con voz del propio autor:
Sombra en los aljibes
José Luis Garcés González
GARCES GONZÁLEZ, José Luis. Sombra en los aljibes.
Montería, Editorial El Túnel, 2008, 117 pp.
Las palabras
No hay duda: me gusta
que las palabras lleven lluvia.
Que sean húmedas.
Que floten como flores de agua.
Que quien las use
les exprima el jugo victorioso.
Que al pronunciarlas,
como en un invicto y viejo cine
de barrio,
de inmediato se vea la imagen.
Por ejemplo,
si se dice "mujer",
que aparezca la mujer
con todos sus animales bravíos.
Acepto, no todas las veces
las palabras
llevan lluvia
pero hay que intentar
que estén muy cerca del aguacero.
Presionando la dialéctica
Grano a grano
Gota a gota
crece el maíz
se abunda el río.
Cuál es la prisa.
Nunca trasgredí
la palabra de Heráclito.
En la lentitud
irreversible
está el milagro.
Un abrigo para don Antonio machado
Considerad, muchachos,
este gabán de fraile mendicante:
soy profesor en un liceo obscuro.
Nicanor Parra
Cuenta Eulalio Ferrer, abofeteado por el tiempo,
que en 1939
rumbo al exilio,
en Collioure, frontera con Francia,
encontró a don Antonio Machado
sentado silencioso en una banca
con su anciana y enferma madre
acostada sobre la tela triste de sus rodillas.
El poeta, cerrado de barbas,
con sombrero y bastón,
temblaba de frío en ese atardecer de enero.
Al responder una pregunta
dijo que estaba esperando
a su hermano Pepe
y descansando después de una forzada y larga marcha
para escapar de los franquistas.
Eulalio Ferrer debía continuar
su camino de español transterrado.
Entonces, optó por quitarse el abrigo
y colocárselo a don Antonio.
Luego, le dijo adiós: la mano metida en las primeras
sombras.
El maestro lo miró y le agradeció
con un gesto de sus ojos tristes.
El joven capitán de milicias
se llevó en el alma
lo que dejó sobre los hombros del poeta.
El abrigo, a don Antonio, le demoró dos meses;
después se lo trasteó la muerte.
Así lo contó Ferrer
en una noche de diciembre de 1999.
Después de sesenta años, me pregunto:
¿en qué hombros estará el abrigo?,
¿cuántos aguaceros habrá resistido?
Metamorfosis
Lo único que quedó de todo eso
fue una calle con su nombre en Macondo.
Gabriel García Márquez
Tienes que morir
para que te conviertas
en colegio, parque, calle,
barrio o biblioteca.
Tienes que dejar de ser tú,
para empezar a ser cosa.
Tienes que pudrirte
para que lo inerte te encarne,
o te vuelvas palabra,
mariposa o viento.
Tienes que morir para continuar.
No hay otra forma de proseguir el camino.
Oda a una tinaja del Sinú
Tú, novia intacta aún de la quietud,
rohijada del silencio y de las altas horas.
John Keats
La tinaja que hoy reposa tranquila
en el rincón de sombras de la casa;
la que entrega su agua fresca
a los hombres sedientos que llegan desde
el calor del campo
con la camisa sudada
y con el sol humillado en el filo del machete;
la que en el silencio de la noche alta,
en medio de la pelotera amorosa de los perros
que vigilan los caserones solos que subsisten en la cuadra,
ve desfilar hacia su cuerpo de barro
a los espíritus que van a saciar su sed oscura
en su líquido apacible;
la que siempre está conforme con su entrega
y no protesta porque desde el fondo
le mana una gota persistente
como si fuera una continua lágrima de sangre;
la que reposa en brazos de un tinajero hecho
con una dulce madera salvaje
que no conoció la mitología de los griegos;
la que no siembra rebeliones en el agua
fresca
y ahíta su barriga
con la luna de cada amanecer,
fue moldeada por manos broncas;
hablada por voces bruscas;
estremecida por un silbido que alteraba las entrañas
de las brujas
que hacían su aquelarre en los rastrojos de San Carlos.
Esta belleza apacible,
hija del barro enamorado,
destreza de unos dedos brutales
puesta en la quietud de un rincón
de una casa de tablas
como si fuera la obra de una humilde recompensa,
contribuye, sin saberlo,
con la anuencia de cada sol,
a la incompleta felicidad del mundo.
La canoa de Francisco López
Esta es la canoa de Francisco López,
también llamada “La sombra”.
Doce metros de largo, uno veinte de ancho,
ochenta centímetros de pensamiento.
Está amarrada a un palo de higo
y se balancea en las aguas de la noche.
Aquí hicieron su destino: el mismo Francisco López,
quien no murió de agua;
en ella trabajó Pedro Riquelme,
quien no murió de madera ni de culebra;
en ella palanqueó Juan, a quien le decía “El Puro Hueso”,
quien cualquier día tiró los dados de su suerte
y le salió el camino hacia Venezuela.
Desde su popa canaleteó el Indio Salgado,
bajito y rebelde,
con los dedos de los pies tan anchos como una mano de papoche,
quien murió, doy fe, de puro aburrimiento.
Esta es la canoa donde trabajó como un burro el “Pipón” Ortega,
al que por buen nombre le decían “El Moco”,
quien jamás expresó cansancio,
pese a que en ocasiones laboraba
tres días seguidos sin pedir descanso.
Esta canoa que ahora balancea su receso
ha cargado pasajeros y pescados, vitualla y animales domésticos,
indios emberas pintarrajeados para el amor,
arena fina o piedra china.
También, cómo no, ha cargado trozos de madera desde el Alto Sinú,
y, como ella es de madera, es como si se hubiera cargado a sí misma.
Esta canoa de cedro rojo,
confeccionada a hacha, cepillo, cincel, garlopa y sudor,
que fue y es de Francisco López, hoy vecino de otros lugares,
se estaciona esta noche en busca de viajeros
que jamás llegarán. Tonterías de la madera que todavía sabe esperar.
Ahora, moviéndose sobre las aguas solitarias del río,
la ocupan los fantasmas de todos los que navegaron en ella.
Gato que sueña
Para mí es el espíritu doméstico;
juzga, preside,
inspira cuanto pasa
dentro del territorio de su imperio…
Charles Baudelaire (“El gato”)
Muchos se han disputado
el secreto de sus pesadillas:
Neruda, García Ponce, Nicanor Parra,
José Emilio Pacheco, Baudelaire dos veces,
son algunos de los que ahora recuerdo.
Por observación sé
que el gato
es el animal que más sueña.
El que está a mi lado
duerme bocarriba
con las manos al aire
en disposición de reyerta.
De vez en cuando abre las garras y lanza un jab
o muestra sus afilados colmillos.
Puedo asegurar que combate,
con muchas posibilidades de victoria,
contra un tigre de Bengala,
su humilde antepasado.
Definir la patria
Yo no sé
si lo que llaman Patria
son estos árboles o este río.
O este anochecer de multitudes
sin fragua en la conciencia.
¿O quizá será este mercado
asfixiado por las pudriciones de la tierra?
Aún más: no me atrevo a certificar
que tenga patria. Ni siquiera el lenguaje
que malgasto. Sólo sé que existe un dolor
en el costado
y una cuchillada de lágrimas
que desciende sin ancla
desde la oquedad de la garganta.
Menstruación
Contra Levítico 15: 24, 25
y El Corán: Sura II, Vaca I, parte 8, ley 222.
Hoy es el día de la mancha.
Hoy está de piernas alteradas,
de caderas sensitivas,
de tambores en las sienes,
de furia fácil y acuosa.
Por su flor herida
descarga todo lo horrible
que durante cuatro lunas
albergó el mentiroso corazón del hombre.
A los pocos días, sana y salva,
como por un declive de abrazos,
le regresa la sonrisa,
y de nuevo su abundante pelo
es lluvia de amor
o besos de brisa
entre el maizal de mis dedos.