El brindis

Sergio Sarmiento T.
vincent_col@yahoo.es


La cena tiene una esencia especial.

—No es para más, la señora Hilo la ha hecho para congraciarse con los noventa y más años de su señor padre.

—No todos los día se celebran años así.

—Es una fortuna estar en esta lista de honor

—Mucho más cuando sabemos que no somos de esta familia.

Se empinó el vaso con sutileza, tratando de lanzar un buen golpe sarcástico. Más no hubo reproche ni gesto de admiración. Todos sabían que estaba en lo cierto.

—No han podido escoger mejor salón que este.

—Dicen que lo separó con un año de anticipación.

—Buena idea, últimamente es difícil encontrar cosas cuando se las necesita.

—Sí. Sobre todo era un riesgo cuando no se sabía si el señor Aguja iba a durar tanto.

—El señora Cortés ha traído el mismo traje de la última fiesta donde me la encontré.

—¿Y se encuentran muy a menudo?

—No, fue esta tarde;  pero yo he tenido tiempo de ir a casa a cambiarme.

—Quizás ella no lo tuvo.

Un mesero obeso y sudado pasa con más vasos llenos de licor. Enrique toma uno y observa si está limpio, luego le pasa el pañuelo para quitarse las dudas y lo bebe de un sorbo, dejando caer un poco de líquido por las comisuras de la boca, alcanza a mojar su pantalón de lino italiano. La señora Hilo pide que el violinista toque nuevamente el vals. Es la décima vez que lo repite.

—De haber sabido que el presidente iba a morir, no hubiese votado por él. Estas cosas deben garantizar que perduren.

—Sí, dejan un aire de zozobra que uno no sabe cómo resolver. La otra noche…

—¿Esa no es Patricia de Nada?

—¿De Antonio?

—Sí.

—Sí.

—Como está de gastada. Debería buscarse otra.

—Se lo han recomendado en el trabajo, pero él no tiene tiempo para minucias.

—Bueno, como iba diciendo, los cambios económicos de hoy en día no son los mismo de hace cincuenta años.

Las flores del centro de mesa son violetas y margaritas. La hija del señor Guzmán se ha puesto dos en el escote. En el baño, el hijo del señor Bustillo se fuma un cigarro, esperando que cambien de canción. En el lavamanos, un mesero llena un vaso con agua, que la señora Hilo ha pedido para su señor padre. Guillermo lanza sobre la mesa chistes flojos que solo despiertan angustia en las sonrisas. Pedro Navío cruza miradas con la esposa de Guillermo, esta toma la mano de su esposo y la besa, como diciendo que ya tiene marca. Pedro, sin perder tiempo, mete su zapato en la falda de ella, quien ofendida se va al baño, mientras su marido sigue con sus chistes. Pedro se levanta de la mesa.

—El próximo viernes es el matrimonio de Gustavo Teclado con Maria Letrina, la recepción será en la casa de la novia.

—¡Que vulgaridad!

—Sí, han mandado la tarjeta de invitación con un muchacho en moto.

—¡Válgame dios!

—La lista de regalos está en el almacén Shit and Fuck.

—Bueno, por lo menos tienen algo de estilo.

—Sí, eso de lluvia de sobres me tiene el bolsillo en quiebra.

—¿Me regalas otro canapé?

—Ya se lo traigo, señora.

El fotógrafo cambia el rollo de su cámara mientras al violinista le sangran los oídos. La señora Hilo ha pedido que toquen algo más alegre. Este descansa mientras un hombre sin dedos toca el mismo vals, pero con un contrabajo. El portero se saca medio chicle de la boca y se lo ofrece a la hija de señor Poso, quien baila con la señora de Nada. La hija de Poso acepta el chicle y lo mastica con gusto. La abuela de la señora viuda de Pereira trae un traje muy ajustado a su cuerpo que le dificulta respirar y con más angustia cuando trata de pedir ayuda. Pero nunca suelta el vaso lleno de vodka.

—Esa correa le viene bien a unos zapatos negros que tengo en casa.

—Me alegra que sepa de combinaciones. Yo, por ejemplo, me he puesto estos zapatos negros que hacen juego con mi correa negra.

El padre de la señora Hilo, el señor Aguja, nuevamente está en el piso. El perro ladra y un guardaespaldas lo levanta y lo ubica en la vitrina. Una mucama rocía más almidón sobre la ropa del señor Aguja, mientras el portero inyecta más formol.

—Para mis quince años, quiero un crucero por el Caribe.

—Cuando yo cumplí mis quince, mi padre me hizo una fiesta en el mejor club de la ciudad, estuvieron todos mis amigos y amigas, mis primos y demás familiares, una corte de lujo y la mejor banda de jazz del país. Al final de la fiesta, me dio un carro último modelo. Fue hermoso.

—Tomas una buena decisión. Ahora los carros no son lo mismo que antes.

—Sí.

Violada dos veces de seguido, la esposa de Guillermo regresa a la mesa. Su esposo sigue con los chistes mientras su corbata reposa en el bufé. Pedro regresa a la mesa y vuelve a meter el zapato bajo la falda. Ella besa la mano de su esposo, como diciendo que ya está marcada. La señora Hilo pide silencio. Es hora del brindis. ________________________________________
©  Sergio sarmiento T.

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 37
Abril-Mayo-Junio de 2009

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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