La ciudad de todos los veranos
Clinton Ramírez
A media tarde, el verano evapora la sal de espuma, incendia cerros y pica el mar. La vida es más intensa. ¿Guarda una secreta relación este espíritu del verano con el carácter belicoso de la ciudad? Aquí, matar es un acto sin magia, depreciado con el transcurso de los años, que poco difiere de comer, dormir, bailar o ir al trabajo. ¿Por qué? No sé, pero en algún momento tras cuya caza habrá que ir, sustituimos el arte de la conversación por los apremios del acero y la alegría de vivir al aire libre por la tiña del gatillo.
—Espérame. Arreglo algo en la esquina, y ya estoy contigo.
***
Rara vez el verano abandona la ciudad. ¿El verano? ¿Los veranos? Esta vez poco pareciera quedar fuera de su opresiva jurisdicción. Poco significa ningún sitio a la sombra. Quisiera exagerar. Es tan exasperante el calor, tan intenso el sol, que la gente, de semblantes acostumbrados a soportar temperaturas peores, se demora en las esquinas o acepta sin recelos el amparo de un almendro o de una palmera, gesto al que sigue la mirada que busca en el cielo una explicación inexistente al mediodía. ¿Por qué es más agobiante el verano? Es más pesado, más firme, más pegajoso. Eso escucho. La ciudad es también más apretada, menos pequeña, vive más de prisa, aunque a ratos no se sepa a ciencia cierta detrás de qué o por qué. ¿Qué hace aún frente al mar? Ninguna esperanza ofrece el cielo. Excepto, claro está, la diluida pintura de dos o tres gallinazos, trazados estos con serenas pinceladas entre lagos de nubes, idénticos a los animalitos oscuros con los que mi tío siempre adornó sus primitivos cuadros de la adolescencia. Coloridas piezas que fueron la delicia de mi hermano y mía hasta la tarde fatídica, imborrable, en que mi abuela, en un arranque aún sin explicación, renuente a las advertencias de mi abuelo, insensible a la mirada de mi tío, hiciera con ellos una crepitante hoguera en la mitad del patio de la casa de la avenida, poniendo así término a una vocación. ¿Qué hizo él, un chico a lo sumo de 17 años, para merecer tal castigo? ¿Por qué no volvió a pintar? Vuelvo a abrir los ojos sin alejar del todo de mí las imágenes de aquellas llamas que al posarse sobre la superficie de las telas y las tablas fueron borrando figuras, paisajes, animales, objetos, eliminando de la vida una parte de nuestra vida. Respiro. Irremediable el verano, insalvable el genio de esta ciudad, invencible lo irremediable. Irreparable que jamás un irremediable libro mío llevará en la portada una de las acuarelas o los aceites ingenuos de mi tío.
La sofocación amaina por las tardes cuando el asfixiante sopor cede el paso a la brisa que sopla del mar, sin duda una recompensa a la entereza de una ciudad que en todo tiempo ha demostrado ser superior a los infortunios, que nunca han sido pocos. Un rato después, las campanas de la iglesia —cuya torre entró alguna tarde a un cuadro de mi tío—hacen el primer llamado para la misa de cinco. Las escuchó repicar nítidas y puntuales, indiferentes a la polémica que aún discute la aleación que les diera forma. Veo llegar, fieles a un hábito que el verano no destruye, que las nuevas urgencias no quiebran, rostros y cuerpos familiares, figuras, gestos, silencios, paisajes, anécdotas y distinciones que he visto toda mi vida, aunque ellos, sus propietarios, jamás hayan reparado en mí. No importa.
Nadie ignora que la ciudad fue levantada, en contra del sentido común, entre pantanos y llanuras de sal frente al espectáculo de un mar que entretenía las noches —según leo en alguna crónica— exhibiendo los retazos de la historia única de todos los pueblos. Todavía no era el cine. Ni siquiera existía la radio. Me salto páginas, más imaginarias que reales, que esperan ser pensadas con más eficacia. Encuentro que el tiempo, en una tónica que alterna luminosos veranos con breve y torrenciales aguaceros, en un sentir que baraja la muerte con la vida en una mesa mugrosa, ha transcurrido una vez tras otra sin ofrecer una lectura esclarecedora a la arrogante actitud de permanecer en el valle donde la ciudad fuera autorizada. Imagino que algunas noches, limitadas por estratégicas antorchas, el mar pasaría escenas de las guerras que llegaron hasta sus propias orillas. Distingo en la sucesión de imágenes el ensanche de la plaza, el trazado de nuevas calles, la aparición de casas de material y la festiva irrupción del tren. Enfrento la luz sin esconder los ojos. ¿Qué luz? La misma, supongo, que ralentiza caños, espeja ciénagas, penetra el nuevo manglar y revela la sangre de los aceros más temibles. Vuelvo a la perplejidad que sentía al enfrentar estos paisajes en las toscas, vivas y exterminadas creaciones de mi tío. ¿Qué oculta esta actitud de permanente desafío? ¿Qué desea probarle el espíritu de la ciudad a una naturaleza a ratos maravillosa, siempre enfebrecida, rica en depredadores de todas las especies? Son interrogantes que prefieren asomarse detrás de un silencio risueño. Hijos todos no reconocidos de cierta indómita corriente supersticiosa o esotérica que intenta adivinar en el furor del verano, en el torbellino de sus luces, en la impasibilidad de las nubes, en la transparencia del cielo, en la bruma de las montañas viajeras, en las bovinas manadas del mar, la expresión misma de una divinidad renuente a abandonar a los hombres a su total albedrío. Sonrío al constatar que el fuego insensato de mi abuela no alcanzó a destruir como ella hubiera querido, y todos admitimos de diversas maneras, lo indestructible. Este desplante, sin embargo, ni desenreda nada ni cuenta tampoco con la unanimidad de juicio que cabría esperar. No todos, sin que en ello intervengan factores sociales o de otra índole, miran el verano con los mismos ojos ni ven en él ninguna maldición ni sienten que sea una fatalidad que haya que llevar con resignación hasta después de la muerte. Para los disidentes, cada vez más pragmáticos, más numerosos, el verano, cuya intensidad carece de referencias fiables de año en año, es solo una estación ardiente, un fenómeno que viene y pasa, igual que ir a misa, bañarse en el mar, correr hasta la boca del río o morirse sentado en una banca de la plaza al término de una tarde feliz. Es sin duda una posición admirable, aunque sea difícil saber cómo hicieron estos provocadores natos para pasar de la condena a la resignación, de la queja a aceptar que sin el verano no seríamos esto que somos. ¿Qué somos? Vuelvo a las viejas páginas no escritas aún. Leo el menú propuesto. Nada de langostinos en salsa de mango o de lonjas de róbalo al ajillo en salsa de piña como las que prepara Carmen, la mujer de mi tío. Algo que lamento. Somos, según declara una caligrafía de trazos antiguos, una charada en ebullición permanente, una fecundidad sin límites, un ingenio constante, una laboriosa inteligencia de sudores. Raza —cito de memoria—guerrera y franca, aún incompleta, con un ojo puesto en el pasado y otro en el futuro, plena de calle, abierta a los azares de cada tiempo. Anónimos héroes que respiran la brisa sin temores, que ven en la solitaria gesta del mar un principio aún sin formular, una incierta oportunidad. Sonrío. Jamás faltan ni la suspicacia ni el rumor. Ni siquiera en las páginas doctas. En ellas, más que en otras, habita incluso esa secreta semilla de locura que palpita entre jardines, según cinceló un poeta de versos contados. Las rebeliones, abiertas o soterradas, se suceden. Las gobiernan el mismo tiempo inasible que controla el tránsito de las mañanas tórridas a las tardes frescas, de las tardes adormecedoras a las intensas noches heladas, imposibles de abordar sin enfrentar la mitología de sus bares luminosos y sus ciegas cantinas en donde la sangre persigue a la sangre. Admiro la virtud de la palabra escrita, la notarial manera de arreglar en dos o tres párrafos algo que costó siglos de vidas y muertes, ese talante de poner en un folio de escribano una historia que jamás estuvo junta, ni se conoció, ni desea ser un simple texto de piedra, sino un mundo imaginado y secreto, actuante y rebelde. ¿Existe algún extraño pacto a cuya fuente costará tiempo arribar? ¿A cambio de qué fue posible alcanzar semejante ecuanimidad en una ciudad cuyo pueblo raso, sin término medio, sobresale por carecer de mesura o por abrazarse a la resignación? Acepto que estas últimas líneas le abren al tiempo dos puertas conflictivas: una, de gozosa intemperancia, y otra, de amargo escepticismo. Tiro mis folios. Me atengo al presente que conozco, que rumio, que me absorbe, sin el que no sé estar. Me acojo sin defensa a la eficacia de una frase sin pretensiones:
“Es el veranillo”, explica alguien en la banca cercana, “aunque cada vez cuesta más negociar con él”. ¿Negociar con el verano? Alerto los oídos. Afino la memoria. “Me gusta el sol, aprecio el calor”, confirma el otro hombre que lo acompaña en la banca, transitando un cono de raspao de cola con limón o tamarindo. “Tolero mal las lluvias”, sigue diciendo, sin dejar de saborear el raspao. “Cada invierno algo muere en mí”. Acotación, feliz y desnuda, que el primer hombre, mediano de edad, vencido de hombros, respalda con una declaración de ratificada independencia: “Yo solo pienso bajo el sol”, y que yo estaría dichoso de autorizar como mi anticipada biografía de no ser porque fui provisto de una cabeza plural, de una mente múltiple, que imagina, piensa, especula y sueña en todo momento, sin que importe el tiempo que haga, al borde o fuera de las estaciones. Los hombres hilvanan otros temas. Menores, pasajeros, algo que hacen con la naturalidad que les otorga ser los involuntarios guionistas-actores de una película que nadie filma. Pasan de la política al fútbol, de un escándalo de la farándula nacional a la jugada de un partido de béisbol americano, del matrimonio de no se quién a la letra de una composición que sigue en litigio después de treinta años.
—Habrá que esperar. La justicia no está para carreras.
—Conceder una autoría para siempre o para nunca es algo de la mayor trascendencia. No es un juego de niños.
—Tal vez sea un juego que algunos juegan demasiado en serio.
—No cambias.
—¿Quién quiere o puede cambiar? En contra de nosotros, a pesar de nosotros, somos lo que somos.
—Eso suena fatal.
—A mí me suena a ruda virtud.
Póquer. ¿Alguien gritó póquer? ¿Es acaso este trozo de charla una extinta charada que insiste en convocar a sus adeptos alrededor del templete? No están los tiempos para nostalgias, anoto en algún margen de mi cabeza, aunque cada quien, me increpo de inmediato, está en el derecho de darle a su pedazo de vida bajo este cielo sin dioses el sentido que esté al alcance de su talento o sirva al orden de sus furias. La charada es historia. Ahora otros son los juegos que interesan a la ciudad.
—Ayer mataron a un tipo a la salida del Lety.
—Hubo también una trifulca de putas y travestis en el Lido Rojo.
—La sarna o la rifa del gatillo no para.
—Toda una tiña. No hay día sin su muerto.
—¿Será que matar es un juego de privilegiados?
—Tal vez sea una tiña a puño y patada que perdió el encanto.
La plaza empieza a llenarse de nuevas formas, de agudos gritos, de bruscos movimientos en las bancas, de niños en las escalinatas y los deslizadores del templete. Algún perrito, un salchicha rojizo, levanta una patita despreocupada contra el tronco roñoso de un almendro. Aquí y allá, en los parterres de tierra, en el atrio de la iglesia, en el agua de las fuentes, la brisa convoca ejércitos de infantes en patines, en ciclas o en vistosos caballitos de palo. Veo desfilar bolsitas blancas de papas fritas de mano en mano. El ruido de una moto de alto cilindraje concentra la atención de todas las miradas. El motociclista gira en la esquina del palacio de gobierno y, siempre ladeado, toma un callejón del parque hacia el norte, rumbo al mar, imprimiendo más velocidad al aparato.
—Es el hijo del turco Mohamed —oigo que aclara uno de los hombres de la banca vecina— Hace una semana que regresó del Líbano.
—Eso escuché ayer en El Trianón, en la víspera de la nocturna.
—Anda en algo ese muchacho.
—Aquí todos andan en algo. Incluso nosotros que no somos jóvenes.
—¿Juegas esta noche?
—Tengo unos pesitos que me están sobrando. Quizá pase a jugar.
—¿Dominó?
—No.
—¿Dados?
—Cartas.
La noche retira pronto del cielo los desorbitados colores de un verano cegador. La luna redondea la toma de los cerros. Pienso, observando la luna, en un trasto de utilería que alguien hubiera colgado sobre los valles vecinos. La noche, sin más, llega para irse. Las bancas son ocupadas ahora, cerca de la medianoche, por otras presencias, jíbara muchachada de moda estrafalaria, de una juerga infinita que poco a poco entra en el lenguaje de la ciudad. El humo constante de la marihuana sube parejo al intenso olor del jazmín sembrado alrededor de las fuentes de las marsopas. Transito sin orden, sin ningún propósito. En la penumbra de ciertas calles, empinados sobre las aceras, los árboles esconden de la brisa a errantes criaturas. ¿Qué hacen aún en la ciudad? ¿Esperan la nueva marejada? A medianoche regreso a la plaza. Abandonada a la brisa que barre callejones, bajo la dura insignia de la luna, C. duerme o simula hacerlo en la tela de un cuadro a medio trazar. Reconozco en los trazos ingenuos o audaces de un principiante la torre de la iglesia, el ángulo oriental del parque central y una estructura de puertas ciegas en cuyo frontis, entre un triángulo y un compás, identifico el ojo vigilante del edificio de la Logia. Sigo mi vuelta. El mar espera. Las olas giran a mis pies sin mojarme. La ilusión de la espuma asusta, conmueve, distrae. Lamento que los poetas marinos de la ciudad no hayan sentido el mar golpear en sus rostros ni mucho menos lo hayan reconocido al postrarse a sus pies como un buen perro. El mar, sin prisa, ignorante de los extravíos de las olas, siempre sabe encontrar la costa, a pesar de los escamoteos de la neblina. Sacudo mis botas de gruesas suelas. Las palabras escuchadas en la plaza al caer la tarde regresan para aumentar mi vacilación o para retocar mis provocaciones. “Nada cambia. Somos esto que somos”. ¿Es cierto? La luna desaparece o la mano invisible de un ángel la retira de las ingenuas montañas de un cuadro concebido a las carreras.
El mar regresa al mar. En cada embestida, en cada rechazo, pareciera recordarle a C., en el mismo borde donde esperan anónimos botes de pesca, su destino de ciudad de todos los veranos, aunque igual su sorda presencia pueda interpretarse como una glosa sin fin a sus memorables incumplimientos.
“Este pueblo es un espanto. Ni siquiera el mar alcanzará para salvarlo”. Dolido, incapaz de retirar este lapidario castigo, tengo tiempo de acordarme de Pepina, rubia, bella, rencorosa, que con o sin mi amor, sana o trabada, jamás cambiará la dura condena contra esta ciudad o pueblo que nunca dejará de amar, así Nueva York, Nápoles, Roma o París la citen a sus calles cuando le entra la neura, el solle, las ganas de ser otra, de no ser más eso que irremediablemente es: una hermosa muchacha inteligente con un genio perdido. “Vayámonos”, me ha dicho muchas veces en estas mismas playas, frente a este mismo mar, luego de habernos revolcados en la arena. “Tengo dinero. Podríamos irnos donde ni siquiera nosotros sepamos quiénes somos”. Me amargan las audacias de esta criatura. Me conmueven estos arrebatos suyos. Aunque soy incapaz, fiel a mis peores silencios, de contestarle que ese sitio que reclama no tiene cabida ni siquiera en la muerte, pero que el anonimato que desea puede ejercerse en este muladar al que pertenecemos. En el recuerdo, en la ausencia de la feroz Pepina, me aferro a ella, a un cuerpo que me sé de memoria en sus exquisitas formas y sus olores menos aconsejables. “Mi huraña medusa dorada”, me digo. “Estará en el quinto sueño”. “Mañana no querrá perdonarme este día de vacaciones sin ella”. Atravieso la playa de regreso al camellón. Pienso estar de vuelta a las calles solitarias de una ciudad que me sueña caminando sus calles solitarias. Busco en mis bolsillos un cigarrillo que no llevo conmigo. El frío arrecia.
—Hey, pelao, ¿de dónde vienes?
Me vuelvo. La voz proviene de una terraza esquinera. Reconozco en uno de los tres hombres que fuman al Mascoto, viejo amigo beisbolista. Sale a mi encuentro. Trae en la mano derecha un cigarro al que le da una chupada antes de pasármelo. Me resulta imposible no fijarme en la cacha de su Mágnum. Indago el pitillo, fino, bien armado.
—Es papel de arroz, Clin. Métete un toque. Es bueno pa' el frío.
Le pego dos sablazos al bareto. El papel cruje entre mis labios. Abordó, con los pulmones contenidos, una nueva apretada. Suelto el aire:
—¿Están de patrullaje?
Hago el intento de devolverle el tabaco, pero Mascoto rechaza mi gesto iniciando el regreso a la terraza.
—¿Vas para la house?
—Eso creo. Queda a la vuelta.
—Pues, derechito, Clin: no vayas a perderte. Esta noche es de fantasmas.
—Yo soy uno. ¿Y tú?
—Nosotros igual, pelao. Una vez dobles en la esquina, desapareceremos.
—¿Es un trato? ¿Alguien dirá haberme visto?
Miro hacia la terraza, donde los dos compinches de ronda de Mascoto, amparados en una columna, sacan adelante la madrugada prendidos de sus zumbantes chicharras. Les obsequio un último vistazo.
—Esta madrugada ni los gallos cantarán, pelao.
—No soy Clin.
—Clin, Cárul, Chucho Pez. Es igual. Yo tampoco soy el Mascoto.
—Pisa Suave, Dedo Fácil, Bola de Humo, Pantalla, Titón. ¿Queda alguien fuera que no seas tú esta noche?
—Chao, Clin. Es hora de borrar las horas. Recógete.
No me vas a sacar de quicio, me imagino diciéndole, y doy por hecho que él, abriendo los rápidos brazos de pimentoso paracortos, me responde con un despreocupado… No, tu quicio, Clin, es toda esta ciudad, viva o muerta, y más, si quieres. Medimos silencios: un pacto de cláusulas amistosas en el que apenas cabe el sordo bramido del mar al fondo, invisible en la costa, aburrido de ser el motor involuntario de una vida que insiste en admitir en él el fragmento de una escenografía más vasta, a la que algo cada vez más impreciso nos vincula.
—¿Recogerse?
—Así es. Es una palabra fácil, de esas que no aparecen en los diccionarios.
Recogerse. Sonrío sin esconder la cara, atento a los ojos vidriosos de Mascoto, a sus movimientos semicirculares, de vigilante del campo-corto, con el cuerpo listo a metérsele a un intempestivo cepillazo. Rostro en el que me reconozco. Fachada por la que algunos me admiten o me rechazan. Recoger palabras, pasos, ideas, perplejidades, expectativas y el frío humo mismo de la madrugada. ¿Cómo recojo materias tan dispares, con qué guadaña o rastrillo especial pongo en mí el sopor del verano, los ajuares de la madrugada? Echo a andar. Pienso en el pícaro sueño de la ciudad. Sueño que me incluye o me regala la momentánea compañía de un cigarro armado en fino papel de arroz, el mismo aparato que desaparece entre mis dedos con una nueva aspirada. Doblo en la esquina siguiente o creo hacerlo. Me acompaña la quemante sensación de la marihuana en los labios. Voy envuelto aún en el tono ronco y astuto del Mascoto. Le doy cuerda al registro que empleó para referirse a mi hermano y a mi tío, a una filiación que cuenta, que me diferencia, a la que debo la cortesía de su inusitado abordaje. El frío, el humo y la neblina arrecian, inexcusables. El mar queda atrás condenado o dichoso de ser un movimiento sin Dios, un padre sin hijos, una gota atrapada en el espacio oscilante, en la nada de la nada ¿Será cierto que una vez doble la esquina nada testimoniará este día singular? Sonrío. ¿Una sonrisa escéptica, compasiva o desprovista de cualquier rasgo humano? ¿Singular? Le sonrío a mi sonrisa. Único, sí, igual extraño en la medida en que me di a la tarea de vigilarlo, de fijarlo a algunas imágenes, de robarle pedazos de conversación, aquí y allá. Escupo. No necesito mirarme. Conozco la amplitud de la sonrisa con la que admito la ruda o festiva singularidad de este día. Algo falta. Algo que resulte indescifrable, un movimiento definitivo que le permita a este día sobrevivir conmigo, el impulso mínimo que haga de él un bloque de palabras en las que nadie pensó ni quiso. Me toma unos pasos estar frente a la puerta.
Escucho el primero de tres disparos al dar la vuelta a la cerradura. Entro. Mañana será un buen día para recoger noticias, me digo abriendo la nevera. Le echo mano a un vaso de leche. Al mediodía, en las esquinas, al pie de los almendros, a la sombra del templete, en el atrio de la iglesia, en un callejón de la estación de buses, en un kiosco-cantina del mercado público los misterios de esta noche estarán esclarecidos bajo la inclemencia de un cielo cada vez más alto. Paso al cuarto donde duerme mi hermano. En la pieza contigua percibo el familiar respiro infantil de mis primas. De la habitación de Carmen y mi tío me llega el zumbido monocorde del aire acondicionado. Reparo en el rostro firme, indefenso y sin manchas de mi hermano. ¿Qué sueños sostiene o qué horas hace reales? Nada queda oculto al verano, a la brisa, a la noche, me repito, mientras busco el cálido rincón de mi cama, allí donde entre almohadas mis sueños o mis palabras intentan torcer la realidad, a veces sin que sea consciente de los cambios, de las mezclas que en otro momento tomarán la solidez, el color y peso de un compuesto en donde será imposible diferenciar o separar los elementos de tan diversas fuentes. En esto pienso, o esto sigo imaginando, al sacarme los zapatos mojados, llenos de arena. Suena un último disparo, disminuido, remoto, como salido de un pésimo sueño, escapado de una noche sin fuerza, desprovista de los sigilos de la imaginación. La casa duerme completa. Hago el inmenso e inútil esfuerzo de no pensar o imaginar más. Ignoro el tiempo que empleo en dormirme. 
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© Clinton Ramírez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 37
Abril-Mayo-Junio de 2009
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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