Un asunto de clientela
Jorge Carrasco
Escritor argentino
(Río Negro, Patagonia)
No sé nada, señor, sino que soy golpeado.
Shakespeare
Carmelo Herrera se despertó asustado. Ladeó la cabeza y miró la esfera de un reloj despertador puesto encima de un cajón que en sus buenos tiempos se hinchó de manzanas: eran las cuatro y media de la madrugada. Aliviado, se dejó estar en la oscuridad mientras escuchaba los ronquidos de su descomunal mujer que dormía a su lado. Como un motor que no se hubiese enfriado durante la noche, su mente empezó a funcionar a pleno, imbuida de una exaltación acobardada. Tenía las manos húmedas, los pies fríos y un nudo en el estómago, y sus ojos miraban trabajosamente, intentando adivinar la ubicación de un bolso de cuero con estrías que había dejado junto a una damajuana llena de agua. Pensó, estremeciéndose, en lo que había guardado debajo de la cama el día anterior al atardecer. ¿No faltaba nada? Al parecer, no. Su mujer se retorció en la cama, volcando toda su humanidad sobre sus espaldas, de modo que su rostro quedó vuelto hacia las planchas de fonolita del techo. Balbució algo ininteligible y calló. Carmelo Herrera se incorporó y se vistió silenciosamente, pensando en alguna manera de distraer a su mujer en caso de que se despertara.
La mujer no se despertó y Carmelo Herrera pudo cargar los materiales en el bolso casi ignorando su presencia. Sabía no sólo que ella tenía el sueño pesado, sino que ese sueño descendía gradualmente hacia el restablecimiento de la conciencia, proceso que se extendía desde que él se despertaba hasta que se vestía completamente. Con el bolso cerrado siempre a mano, probó echar algo a su estómago, aunque sólo fuera un agua de mate. El pan tantas veces esquivo, ofrecido en rebanadas que él cortaba sin encender la luz, le produjo arcadas ruidosas que le hicieron desistir del propósito de alimentarse. Era el colmo, ahora que tenía comida no la deseaba. Encendió un cigarrillo y pensó: "Ya habrá tiempo". Un ligero temblor se propagó en todo su cuerpo y lo acompañó con cierta vehemencia algunos minutos, hasta que la sangre se le fue entibiando en medio del mareo, pero eso ocurrió ya sobre la calle de tierra, entre ranchos miserables iguales al suyo, que ya se venían abajo con sus maderas podridas y sus techos musgosos.
Caminaba hacia el norte en medio de espesos brazos de niebla. El cielo estaba despejado, iluminado por una inmensa luna. A las cinco de la mañana corría un viento frío, punzante en el rostro, el cuello y la parte del brazo cercana a la bocamanga enanchada por el uso. Cambió de mano el bolso y se echó una bocanada de aliento tibio en la mano desocupada. A medida que avanzaba el aire le fue arrimando, mezclado con el olor penetrante del tabaco, el aroma del laurel, de la ruda, del romero, venidos de los patios de las casitas. Pero todos esos aromas no significaron nada para él en ese instante de su vida, no modificaron ni una pizca de la pesadumbre que lo aturdía, y sus lineales pensamientos de analfabeto siguieron su atormentado curso.
Llevaba puesto un abrigo apolillado, manchado de parches, cuyas solapas, levantadas, le cubrían hasta la mitad del rostro. Cuando pasaba por el haz de luz de un farol público, hundía su cabeza y apresuraba el paso. Sabía que a esa hora el matarife García partía para el matadero y un poco más adelante don Pepe Rosales, en su camioneta, enrumbaba hacia su campo de Puerto Errázuriz. Sabía también que del campo llegaban a Colinas, antes del amanecer, las carretas de los indios, cargadas con carbón, animales o trigo para la molienda. Debía tener cuidado.
Llegó al final de la calle Primeros Pobladores (cuántas veces se había reído de ese nombre; ellos, los miserables, eran justamente los últimos que se habían asentado en ese pueblo). De allí bajó por la avenida Diego de Almagro, hacia el oeste, hasta alcanzar una de las esquinas de la Plaza de Armas. Miró hacia la aglomeración de árboles y prados y se regocijó de no ver a nadie. Luego dobló hacia la derecha, hacia el norte otra vez, y caminó unos treinta metros para llegar a la fachada de columnas empotradas de la iglesia. "Ahí está", se dijo. A la derecha de la iglesia, un muro curvo pintado de blanco protegía una fuente que no lanzaba agua, reseca y agrietada, y a la izquierda, sombría, se alzaba la figura de San Sebastián cubierta con dos manos de mampostería. Las manos, extendidas, se unían en las yemas de los dedos y se iban abriendo hasta el corte hundido en la muñeca.
Carmelo Herrera se acercó al santo con la cabeza gacha, abriendo el cierre de su bolso. Sacó las tres velas y las fue colocando encendidas sobre el pedestal, sumido en un profundo sentimiento de alivio. Puestas en hilera, las tres velas empezaron a gotear esperma sobre otra esperma ya dura, despojo de anteriores ofrendas, y su luz huidiza se extendió por el cuerpo desnudo del santo.
Carmelo Herrera se quedó contemplándolas con ese desconsuelo inmotivado con que los individuos respetan lo sobrenatural y que en los pobres aparece mezclado con el estupor y la falta de cautela. El aprecio que sentía por los santos estaba contaminado por una profunda solidaridad de humano a humano sufriente, herido, atacado por una maldad evidente, pues esa era la idea que tenía de ellos, y no por una dura, reverente y abstracta ternura religiosa. La tan mentada vida de ultratumba lo tenía sin cuidado. Había dispuesto sus pensamientos de tal forma para sobrevivir al acoso de la miseria y de la ignorancia que todo lo que no tuviera relación con el padecimiento o la promesa de padecimiento no ganaba espacio en su mente. A darle forma a ese instinto de conservación colaboraba la imagen paternal de un Dios celoso, amenazante, dispuesto siempre a gobernarlo menos con límites y promesas que con castigos.
"Bueno", se dijo en un amargo y esperanzado suspiro, "aquí se acaba todo". Y, con dolor, con odio, sin ánimo de venganza, empezó a recordar el triste inicio de su tragedia.
—Pensé en usted porque lo conozco de hace mucho —dijo don Chelo Eguiguren, tras el escritorio de su decrépito consultorio. —Su madre, que en paz descanse, sirvió en casa de mis padres hasta que se murió de vieja. Mis padres se murieron sin encontrar una persona tan leal como ella.
Carmelo Herrera estaba rígido en el asiento y lo miraba con sigilo. Desde que el médico lo hizo pasar intuyó que estaba siendo presa de algo oscuro, sucio, traicionero. Percibía en ese hombre, envuelto en un mugriento guardapolvo blanco, una nerviosa solicitud nunca antes demostrada, una ansiedad de ave rapaz a punto de lanzarse sobre su víctima. Rodeado por objetos extraños, se sentía cohibido, provisional. Potes de agua oxigenada, jeringas, bandejillas de aluminio, pinzas niqueladas, encima de un sucio estante de vidrio, y la camilla tapizada de verde, le hacían sentirse sobrante, fuera de lugar, en ese orden de cosas extrañas, ahondando su condición de marginado. El mismo sentimiento le acometía cuando entraba a oficinas, iglesias o farmacias, y su única defensa ante semejante amenaza era salir a la carrera hacia un lugar menos contaminado por la solemnidad.
Frente a don Chelo Eguiguren intentó varias veces ponerse de pie para despedirse. Pero el médico lo aplacaba, dándole un respiro a ese burdo entendimiento.
—Supe, no me pregunte cómo, que usted se encuentra sin trabajo —continuó, ya más calculador, como un gato que juega con una laucha aturdida. —No me equivoco, ¿no?
Carmelo Herrera asintió. Durante un ínfimo instante se alegró de estar ahí. Separó sus manos pegajosas esmaltadas de mugre y sudor.
—Mire, Herrera. Le voy a contar la verdad vivita y coleando. Este es un problema de plata. Yo me estoy quedando sin nada y usted no tiene un céntimo en los bolsillos. Usted me ayuda a mí y yo lo ayudo a usted. ¿Qué me dice?
—Perdone, don Chelo, pero no lo entiendo. Yo estoy aquí para servirle en lo que usted mande. Le pido, eso sí, que me hable claro. Yo no quiero tener problemas con nadie.
El trío de velitas, azuzadas por llamitas juguetonas, se desvanecía sobre sí mismo, deformándose. La esperma traslúcida, caliente, se desplazaba como un orín lento, como una lágrima espesa, por el relieve del mármol ahumado. El frío encostraba su superficie, la paralizaba, haciendo que aprisionara pétalos y tallos en descomposición, y hasta uno que otro insecto moribundo, bajo flores baratas embutidas en tarros que ejercían de jarrones. Carmelo Herrera estiró el brazo que no sostenía el bolso y retiró una etiqueta de papel de uno de los tarros. La lata descubierta resplandeció ante sus ojos. Pero fue sólo un instante. Luego dio media vuelta y cruzó hacia la plaza. Tenía frío. Se le habían engarrotado los dedos de los pies, invadidos de un vago, continuo aguijón. Se sentó en un banco de madera, bajo las ramas desnudas y ciegas de un tilo. Sin desviar la mirada del santo semidesnudo, flechado, sangrante a la altura del pecho, sacó un cigarrillo y se puso a fumar. "Mierda", se dijo. "¿Por qué esto tiene que ser así?¨ No encontró respuesta. Más bien se obligó a no encontrarla. Debía sacarse el santo de su mente para evadir toda embestida de ternura.
—Oiga, ¿con quién cree usted que está hablando? A mí no me gustan nadita esos enredos, ¿sabe? —dijo, frente al médico, con el poco de sentimiento de dignidad que le quedaba.
El médico se desabrochó el guardapolvo a la altura del pecho e introdujo la mano hacia el bolsillo de la camisa.
—Lo que usted diga, don Carmelo —dijo, y arrojó sobre el escritorio un fajo de billetes morados. —Eso sí, no vaya a decir después que no lo quise ayudar. La oferta está hecha, y usted se puede dar cuenta de que soy más bondadoso que justo. Ni en un mes podría ganar lo que le voy a pagar por un trabajito sin esfuerzo, que usted podrá hacer en menos que cante un gallo. Mire —y tomó el bultito de dinero: —Mil pesos. Quinientos ahora; el resto, después. ¿Qué me dice?
Herrera se quedó mirando los billetes, los ojos muy abiertos, como si una repugnante sabandija amenazara con tocarlo. Sudaba.
—Pucha, don, ¿por qué hace las cosas tan difíciles? ¿No me que me voy a meter en líos si le hago caso a usted?
—¡Los líos con el cielo no se pagan, hombre! ¡No sea tonto!
Y la molestia, el hormigueo, ya no venía de los pies sino de la espalda. ¿Era la brisa que sacudía, sin resentimientos, los tilos de la plaza, en cuyos follajes comenzaban a agitarse los pájaros, o un escalofrío? Carmelo Herrera se atusaba los bigotes, se ordenaba nerviosamente el cabello sucio, graso. Ganas de orinar, ¿pero adónde, ahora que clareaba, y sin el fulgor de las velas? Ganas de irse a tomar mate con su mujer y mandar todo al diablo. Eso, que ahora le parecía lo más cuerdo y también lo más descabellado, tampoco era posible: el azúcar, la yerba y las otras cosas exigidas por la necesidad más urgente las había comprado con el anticipo que le dio el médico.
—Algún día se van a quedar abandonados al remolino ciego de la superstición —declamó el doctor Eguiguren. —Ese será mi castigo rotundo y final. Este pueblo es indigno del amparo de la ciencia.
Herrera se encogió de hombros.
—Yo no sé que tiene que ver con todo esto el santito —dijo, removiéndose en el asiento.
—Bueno, hombre, si lo quiere saber, se lo diré. Este es un asunto de clientela. Ese milagrero se está acaparando a todos los enfermos del pueblo. Ya nadie viene a mi consultorio ni siquiera a revisarse. Todos se van a rezarle y parece que con eso les basta. Si me quedo con las manos cruzadas me voy a morir de hambre. Ahora sí lo entiende, ¿no?
—No veo que tiene de malo eso de los milagros —le retrucó Herrera. —Yo soy católico bautizado y no le permito a nadie que hable mal de un santo. Mire que incluso esto de estar aquí hablando de lo que usted llama trabajo, se lo debo a él. Ayer le fui a rogar por trabajo y hoy a la mañana me mandó usted llamar. Si esto no es un milagro, dígame usted lo que es entonces.
El médico torció la boca en un gesto de fastidio.
—¡Bueno, hombre, déjese de embrollos! ¡No voy a estar perdiendo todo el día con usted! ¿Acepta el trabajo, sí o no?
¿Arredrar ahora, Herrera? ¿Ahora que las velas consumidas? Cruzó la calle y abrió el bolso. El bolso contenía una botella y la botella estaba llena de gris. Gasolina, aceite quemado y estopa: un cóctel molotov. Eso era el gris. A pesar de que el doctor Eguiguren le había dicho que lo que entonces tenía al frente era "un pedazo viejo de escayola", la conciencia del pecado punzaba, arremetía, le quitaba el poco aire de los pulmones. Sus ojos pusilánimes deslizaban miraditas fugaces, recelosas, por todo el cuerpo del santo, para cerciorarse de que no había cambiado de postura y continuaba aún remoto e inofensivo. "Que pase lo que tenga que pasar, carajo", se dijo para darse ánimo. "Él lo quiso así. Esto también es obra suya". Con un fósforo encendió la mecha de la botella, y se quedó mirando un instante la pequeña llamarada criminal, redentora con un reposado gesto de deslumbramiento. Al amanecer el fuego toma un significado especial, casi mágico. No es un instrumento, sino un compañero, un amigo que te ofrece refugio. Él era un cavernícola que veía el fuego por primera vez y no entendía la trama de la llama, ni su tibieza, ni su luz enemiga, y fue entonces, cuando un fleco encendido le cayó en las coyunturas y dio un leve gemido de desesperación, que la mano fue hacia atrás y volvió con violencia, y se quedó vacilante, vacía, culpable...
—Usted se me queda tranquilito, Herrera —le habló el doctor Eguiguren para calmarlo, poco después de dictar sentencia contra el santo. —No le va a pasar nada. Tiene que hacerse del ánimo para aguantar un ratito nomás. Un día a lo sumo. Ya verá cómo, en estos días sin democracia, para estas cuestiones, los pacos siempre encuentran un marxista vengativo o un marihuanero desquiciado a quien echarle la culpa.
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© Jorge Carrasco
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 37
Abril-Mayo-Junio de 2009
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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