Festejos:
La celebración de la poesía
Prólogo

Yury de J. Ferrer Franco
Universidad Distrital Francisco José de Caldas
ferrer_franco@yahoo.com
Bogotá - Colombia



































No por siempre se llora
A veces
se canta con hondura la pena

Canción”, F., p. 36.

Veredas y otros poemas (1993) y Sinuario (1996), son los poemarios de Gabriel Ferrer Ruiz (Montería, 1960), que anteceden a Festejos (Barranquilla, Universidad del Atlántico, 2008) [1]. Doce años separan las voces que recorren los caminos de la tierra y del agua, de los ecos del universo tangible y próximo que, paulatinamente, cobra vida en este nuevo libro.

Los poemas de Veredas, que vieron la luz hace ya trece años [2], son más de la tierra que del río, aunque el agua se cuela entre los intersticios de los versos, buscando su camino. Están constituidos estos poemas, por una poesía que recurre al eterno y discreto material de la vida diaria para celebrar, sin falsos refinamientos, la fuerza de una existencia que corre el peligro de esfumarse si no se la captura; no importa si hay que inventar el otoño a orillas de un río turbulento y tropical que es más oro quemado que amatista. No importa el artilugio, si se consigue la reveladora imagen de un barro que “[…] trepa a las cabezas de las mujeres: / Múcuras rebosantes de agua fresca” (V., p. 13). No importan el motivo recurrente, ni el temido lugar común, cuando se sintetizan, con tan certeros modos poéticos, la verdad de los lazos de familia y la levedad de las certezas humanas.

La poesía en Veredas acude al llamado de la tierra que alberga los festejos rurales, primitivos, y los personajes primigenios por los que discurre la sabiduría milenaria y simple de ancestros en los que ya no se piensa, con quienes ya no se habla, pero que subsisten recogidos en el verso (¡en este verso de los elementos que Ferrer crea!), que sí dialoga con ellos, que mira sin nostalgia la existencia de poderosos hálitos que se resisten a extinguirse porque viven en el cuerpo y en la mente del poeta que ha vuelto fortaleza la levedad etérea de un poema capaz de albergar a la poesía.

Tierra de la resurrección, tierra-sendero, la poesía en Veredas despeja de malezas la ruta del viajero, mostrándole las posibilidades del horizonte, ya conocido, a veces incierto, pero prometedor si se le sabe ver; aunque “profundamente oscuro es el color de la añoranza” (V., p. 71), profundamente oscuro es también el color de la tierra mojada en la que palpita la vida, incluso aquella que ha sido segada y se transforma en otra vida que busca sus modos misteriosos de vencer a la muerte.

Sinuario (1996) [3], el segundo libro de poemas de Gabriel Ferrer, se adentra en los caminos del agua y mira la tierra como el horizonte, al tiempo lejano y próximo, que se percibe desde el centro de un torrente que aviva la ilusión en lugar de matarla. Conformado por veintinueve textos y también organizado, al igual que Veredas, en dos grandes partes (“Sinuario” y “Otros poemas”), el libro combina la prosa poética con el verso, instalando sin temores un río-vida que, en palabras de Ariel Castillo Mier, prologuista del libro, «nos propone el camino del renacimiento, porque cuando el Sinú va a dar a la mar “rueda por una viva estación que inunda el corazón de los hombres”, “hasta el estuario donde organizan y se avivan aguas libres”, que son el vivir» (S., p. 20).

La luz reside en el río; el cuerpo recibe esa agua-luz y la preserva; el cuerpo preserva el agua-vida y, en un ciclo eterno, el agua-vida preserva el cuerpo que la habita y es habitada por él.

Horadados por la mano poderosa del río, el paisaje y el ser humano se aclaran en la poesía caudalosa de Gabriel Ferrer. Extrañamente se trata de un caudal que pocos han visto, se trata de una fuerza que se ha deslizado sigilosa y casi imperceptible en el polvoriento tiempo-sendero o a través del blando tiempo-río por los que transitan estos dos libros iniciales cuyo nivel de circulación debería ser mayor en tanto fuerte y consistente es la voz lírica que los anima.

Festejos (2008), está compuesto por treinta y cinco poemas. Distribuidos en tres partes: “Testimonio”, “Festejos” (apartado que regala su título al volumen completo) y “Un lugar”, constituyen los espacios para la recreación de mundos que cobran vida en estos versos, que permiten, hoy, reiniciar el recorrido que el lector hace por la poética de Ferrer, quien se confirma desde el fluir de los caminos, en la tierra mirada como horizonte-búsqueda de un tiempo lejano y próximo, siempre vigente, y en las rutas del agua, en este libro más salobre que dulce; agua de mar, que limpia y horada con su movimiento incesante, irregular e impredecible, la palabra fuerte que la nombra: “[…] agua en marcha y agua detenida / Cíclicas mareas golpean los labios rocosos de Bocas de Ceniza / Vientos Alisios / engendran la corrosión del salitre / en la conciencia y en los clavos […]” (F., “Barrancas de San Nicolás”, VI, p. 54).

Entre la eternidad del humo y del polvo de los caminos que se levanta en las veredas y en la sinuosidad del agua vertiginosa del río que —a la vista simple— no muestra siempre ni para todos la fuerza de su movimiento interior desde una superficie aparentemente estática, se desplaza el hablante lírico que transita por los dos primeros poemarios de Gabriel Ferrer. Ahora, el tono de sus versos, sobre todo en “Testimonio” y “Festejos”, lugares de transición para la voz poética, preserva los vestigios de la tierra fértil de un campo abonado por el cieno espeso que le regala el Sinú, territorios habitados por criaturas que se vuelven míticas y mutan merced a la contemplación del poeta, quien las entrega en palabra-imagen desde el momento en que el lector entra al libro:

Eres tú el venado
vapor de luz
Saltas del paisaje
en una mítica carrera
y derribas el horizonte
Bello pájaro
   que abre sus alas
   para desafiar la muerte.

(F., “Venado”, p. 11)

También emergen de esa tierra, de esa agua, de esas páginas que persisten insistentes en el recuerdo y entre la piel, conviviendo con las nuevas imágenes que se apoderan de la voz que migra hacia otros lares, las recurrentes figuras ancestrales que pueblan casa y territorio, ambos lugares morada de los sentidos que absorben la consistencia física de las cosas hasta apropiarse de una esencia que se transmuta, ya sea en palabra-vestigio (de cosa o de recuerdo), en palabra-cuerpo (humano o animal), en palabra sentido (empírico o metafísico):

Mira la inocencia de Purapa
en la rama del totumo
Allí pasa el día como mono
anochecido de indecibles quejumbres
   que mueren con las sombras
Mira la inocencia de Purapa
repartidor de estrellas
con sus labios callados
La vida
para él
apenas habla.

(F., “Purapa, el inocente”, p. 13)

Así, de la contemplación inocente de Purapa, quien silencioso hace parte de la naturaleza, como las estrellas que se dejan –por ese sincretismo que existe entre ellos– repartir por él, se pasa a la declaración contundente de “Ofrenda” (F., p. 16), que del territorio adornado por el mítico venado-ave, traslada al lector, de tajo, hasta los dilemas morales del hombre contemporáneo:

Arde la madera en el fogón de la casa
Todavía nos aroma el día
pero el mundo ha anochecido
El humo descifra el código de los abuelos.

La sangre limpia de mi saga
es una ofrenda a los bárbaros.

La ofrenda y el sacrificio (¡conscientes!) son una opción para quien no se victimiza; es la palabra vuelta poesía la que recoge con dignidad la ensoñación arrebatada por el viento seco de la violencia, el camino que se convierte en poema para declarar a la ciudad, distanciada del bucólico paraje, como un lugar en el que también la creación tiene un lugar para decir, declarar y afrontar. ¡No debe ignorarse la presencia de los bárbaros!

Ante la miseria, ante los bárbaros, la respuesta del hablante lírico no es airada, sino diáfana y tranquila. Ante la miseria, ante los bárbaros, la respuesta es pregunta que involucra al lector, lo llama y le inquiere:

¿Acaso no existe un lugar
donde nunca anochezca
donde la miseria sea tolerable
y los pájaros dejen una estela de luz?

F., “Un lugar”, p. 47)

El espacio se hace versos de contraste, de antítesis, en la tercera parte del poemario. “Un lugar” dibuja los contornos de la tierra que revela y contra la que se rebela ahora el hablante lírico quien recorre sin piedad para consigo o con los otros, cada uno de los recovecos de las “Barrancas de San Nicolás”, hurgando en la memoria de los espacios para hallar las almas y la razón de ser de sus habitantes:

Crece una luna desbocada
en medio del diluvio de los nísperos
Se prolonga el monólogo de la lluvia
en estos días de festejos y cortejos fúnebres
que besan mano a la misma hora
El corazón es habitado por un festín de palabras
que sucumben como pájaros desplumados
Un rumor
una ráfaga sacude los confines de la ciudad
Enredaderas de miedo
escalan por los huesos hasta el alma
[…]

Viajeros extraños y desterrados palpitan en el caimito
Se siente una nostalgia de buenos días
de edénicas palmadas
para no morir de soledad
A pesar de todo
aquí no pasa nada
La gente muere con los años
y aún hay soles en los ojos.

(F., “Barrancas de San Nicolás”, VII, p. 55)

Epopeya concentrada de Barranquilla, desde su génesis hasta el casi indecible hoy que aquí se nombra, “Barrancas de San Nicolás” es, al tiempo, homenaje y crítica, reconocimiento, lamento y festejo. Hijo del agua que cerca a la ciudad y que lo trajo hasta ella, el hablante lírico se reconoce en ese espacio múltiple, diverso, y le canta y se ratifica desde el ser allí:

Imposible salir del agua
cuando se nace de su dolor

(F., “Barrancas de San Nicolás”, II, p. 50)

Reinos y playas nos eclipsan
Veleros borrachos atizan ausencias de linajes y castas
Levedad y afirmación alcanzan aquí su desenlace
Una sencilla épica adolescente
nos dibuja magníficos en la claridad del trópico
Nuestras cicatrices han sanado con el mar y el río
porque nacimos del dolor del agua.

(F., “Barrancas de San Nicolás”, X, p. 60)

Aunque descarnado, no es apocalíptico el espíritu de esta recreación poética de la ciudad que se confirma luego en “Alguien habla de ti sin nombrarte” (F., p. 59). En efecto, se puede ser bastardo y digno. La dignidad no reside, en definitiva, ni en las razones ni en las acciones del otro, así sea tu sangre, sino en las propias que bien pueden distanciarse de aquéllas. Sólo se requieren los alfileres precisos:

Ciudad bastarda
sin Conquista ni Colonia
sin grillos ni cadenas
tienes los alfileres precisos
para que el prestigio sea bochorno de aristócratas
alguien habla de ti y no te nombra.

(F., “Alguien habla de ti sin nombrarte”, X, p. 62)

¿Nada queda para festejar? Es obvio que sí. Estos versos son, sin duda, la celebración de la poesía.

Bogotá, octubre de 2008.

Notas:

[1] Aludiré en lo sucesivo a cada uno de los poemarios por sus iniciales V, S y F, respectivamente.

[2] El libro recibió el tercer premio en el Concurso Nacional de Poesía “Aurelio Arturo”, en 1989. Fue editado en la Corporación Si mañana despierto, en 1993, y está dividido en dos partes: “Veredas”, integrada por veinticinco poemas y “Otros poemas”, que agrupa cinco.

[3] Ferrer Ruiz, Gabriel (1996). Sinuario. Barranquilla: Ediciones Instituto Distrital de Cultura, serie de poesía “Miguel Rasch Isla”.

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©  Yury de J. Ferrer Franco

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