Ese viejo vino oscuro
o la poética de la embriaguez desolada

Lya Sierra
Licenciada en Ciencias Sociales - Universidad del Atlántico
Poetisa atlanticense
lysgar2@hotmail.com























































En esta, su quinta novela, Ese viejo vino oscuro, José Luís Garcés González esgrime el lenguaje como espada de diversos filos para señalar la precaria condición del ser humano en estos tiempos de postmodernidad. Nunca antes el hombre, ese animal político de que habló Aristóteles, ha estado tan lejos de realizarse en su polis vital, porque ésta ya no es su ethos, sino su infierno, su reducido espacio de frustración: eso lo entiende a cabalidad José Fáber. Y lo acepta como un destino ineluctable. Él mismo reflexiona: "¿Qué hora es? ¿Sirve el tiempo cuando ha escapado la esperanza? No hay bostezos en mi corazón. El dolor nunca pide tregua". (13) Y continúa: "Qué me importa la gente que pasa. La gente no es más que asfalto que camina". (14 ) Por esto se recluye en su universo de libros y de alcohol, en su hedonismo sin concesiones, porque entiende que ahí, precisamente, reside su salvación. ¿Egoísta el poeta? No lo creemos porque ya él recorrió su largo itinerario de inconformidad, de confrontación con la injusticia y sólo espera la muerte que al parecer retrocede ante la férrea vitalidad del escritor.

José Fáber, poeta viejo, alcohólico y desahuciado, desanda su vida pretérita donde el amor le dejó fisuras en el alma, amigos perdidos en la vorágine de la muerte que arbitraria extiende sus tentáculos por doquier, y un cierto prestigio de escritor admirado en algunos círculos universitarios. Fáber no es oveja del rebaño idiota, lo suyo es la oscuridad, la disidencia, la camorra, un escepticismo a ultranza: es un cínico en el sentido filosófico de la palabra, y, como tal, no podemos esperar de él medias tintas, en el viejo poeta es el todo o nada. Y Ese radicalismo se refleja en forma fehaciente en su estética anticonvencional que privilegia la belleza de la desmesura, de lo monstruoso, encarnado en la gordura inapelable de Cornelia, su gran amor, su total objeto del deseo más instintivo pero tierno a la vez.

Desde su título la novela despierta inquietud. El lector piensa en el efecto embriagador del vino, en su color lujurioso, en su aroma de uvas indóciles porque así es el vino, rojo como rojo es el color de esta historia, aunque en ella existen matices, claroscuros de los personajes y de las circunstancias que tejen toda historia.

Debe señalarse que el amor de Fáber por Cornelia está hecho de instintos, pero también de ternura, porque ella, masa bamboleante, somete al viejo escritor con el arma antigua de la aceptación a todas sus extravagancias, incluida la de pasearse por la sala ante los amigos con una bata transparente que permite ver su sexo gordo y sus protuberantes nalgas, las cuales, en el acto sexual, aprisionan la cara de Fáber hasta casi asfixiarlo cuando él hunde su lengua sedienta en las profundas hendiduras de ella. El poeta, con su amante histriónica, practica todos los excesos, todas las osadías, hasta que ella, su Cornelia, su Elia, se marcha de gira por algunos pueblos del Caribe.

La ausencia es un vino triste para Faber, sobre todo cuando las cartas que ella envía se vuelven presagio de su definitiva ausencia. Cornelia se pierde sin explicaciones, sin despedidas; se fue de la vida del escritor así como llegó, de improviso. Y esto le deja a él un vacío que lo acompañará por siempre. Porque el tenaz, el cínico Fáber es frágil también, quizá por su marcada dependencia del sexo femenino. Primero la madre y después sus innumerables amantes han sido presencias gratas en su vida. Y él agradece a todas, de ninguna denigra. Tal vez sus reproches fueron todos para Nora, su primera mujer, que se suicidó por no resistir la muerte de su hija. Con ese suicidio se hicieron astillas los últimos vestigios de esperanza de Fáber y se inició su largo encuentro con el licor. Y recuerda esos amores que dejaron su huella amable y fogosa en su memoria de solitario poeta.

Si como dice Friedrich Nietzsche: "Para que haya arte, para que exista una acción y una contemplación estéticas cualesquiera, se requiere una condición fisiológica previa: La embriaguez" (1999: 107), esta novela cumple certeramente el axioma del genial filósofo.

Porque el poeta, amante de la gorda Cornelia, practica la embriaguez en las tres formas que plantea el pensador alemán: la sexual; la de la crueldad, que a través de los actos dionisíacos, en este caso el excesivo licor, lleva a la destrucción; y, finalmente, la embriaguez de la voluntad plena, porque el viejo escritor sabe que su muerte está ahí, agazapada en su soledad, esperando para dar el zarpazo postrero, pero él la evade con su hedonismo y con su quehacer creativo, fórmula que funciona porque al final de la obra lo vemos anhelando que su amor final sea su carta ganadora.

Pero José Fáber es un soñador, un fabulador que se aferra a la utopía del amor, que sufre y goza con los ritos iniciales de la desfloración, con ese lento aprendizaje de un cuerpo nuevo que se le rinde, al que quizá no ame, pero que le brinda las infinitas posibilidades de la exploración, de oficiar de sensual y paciente seductor para al final obtener la única victoria posible: la de la carne satisfecha. Porque sueña y vive con el amor, el viejo poeta es amante de la descomunal Cornelia, cantante de boleros en un club nocturno donde exhibe sus voluminosas formas ante los trasnochadores de ojos lascivos que la recorren sin tregua.

Por otra parte y como debe ser, el poeta tiene pocos amigos. Él es un hombre de soledades, no obstante, recibe a los que tiene, en su vieja casa de ventanas deterioradas. Allí consume brandy con Eduardo, profesor de matemáticas, quien también practica el afilado recurso de las verdades sin esguinces. "¿Dónde consiguió ese buque, don José?", interroga el amigo a Fáber cuando éste le presenta a Cornelia. O le pregunta fríamente: ¿"Cuándo se va a morir, poeta?", ante la iracunda cantante de boleros.

La atmósfera de la novela tiene los ingredientes de una obra postmoderna. La escisión cuerpo-espíritu, tan característica de esta época, al decir de Ernesto Sábato, está presente en estas páginas. No todo el corpus de la obra corresponde a la introspección del protagonista. También el humor hace presencia, pero tiene el sello de lo irreverente, de lo amargo y, por qué no, de lo grotesco. Es como uno de esos cuadros de Goya, donde los rostros de los personajes aparecen deformes, reflejando su más íntima condición.

La historia de Fáber es también la historia de esa ciudad anclada en el desorden y en el calor del Caribe, de San Jerónimo de los Charcos, con su muralla intemporal, con sus lluvias de arrebato repentino, con sus calles de trasnochadores y puticas de la medianoche. Pero también con la magia de los ancestros que pervive en el río que, como una cicatriz benigna, divide el rostro de la ciudad del poeta, esa ciudad que él recorrió durante largos meses para insertarla en su existencia.

La muerte, la impuesta, la que señala a su víctima no porque sus días hayan terminado, sino porque sus ideas pueden ser incendio, peligro, azote, también ha sido convocada por la memoria del narrador omnisciente. Y esa muerte de Samuel López Aristarco provoca el discurso incendiario del poeta Samuel El Triste, personaje extravagante que vendía sus poemas a los transeúntes, y que posee un interés que nos deja a mitad del camino.

José Luís Garcés González le apuesta en esta novela a un lenguaje que es suyo, de matices ricos, un lenguaje mordaz a veces, otras muy decantado, a menudo imbricado en la poesía de las cosas simples, en ocasiones cargado de un humor irónico; recurre con frecuencia a citas de poetas como Antonio Machado, Françoise Villon, León de Greiff, y a lecturas de Elías Canetti, Séneca y otros, pero son recursos válidos cuando es un poeta quien nos habla de sus encuentros y quizá, más que todo, de sus desencuentros.

El amor de Fáber por Desiree es, al parecer, una relación intelectual, más de ella que de él, porque ella se alimenta de la savia artística del poeta, ella aprehende su experiencia, su sabiduría de amante experto. Él le da la seguridad que ella necesita para avanzar en la vida, ha sido su maestro en el descubrimiento de la mejor literatura, le dio el impulso inicial para que ella pudiera seguir por sí misma. No obstante, la relación de ellos es de ausencias demasiado prolongadas para una mujer tan joven, con un cuerpo enseñado a disfrutar el placer a borbotones. Aquí el amor tiene su catarsis a través de las largas misivas que intercambian los amantes. Y el poeta espera, pero ya no con la furia y los instintos a flor de carne como esperaba a su monumental Cornelia, él mismo lo acepta, mientras que al igual que el viejo abogado del cuento “Días negros como viejos hierros”, también de Garcés González, consume soledades con la complicidad de las sombras.


Fuentes:


NIETZSCHE, Friedrich. El ocaso de los ídolos. Madrid, Edimat Libros, 1999.

GARCÉS GONZÁLEZ, José Luis. Ese viejo vino oscuro (novela). Medellín, Editorial Universidad de Antioquia, 2005.
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©  Lya Sierra

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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 37
Abril-Mayo-Junio de 2009

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Ensayo

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