Pronto se duerme la luz
Eliana Milagros Díaz
Humanidades y Lengua castellana
Universidad del Atlántico
Las portisas Jill Arango, Eliana Milagros Díaz y Yurina De Alba
Cuando bárbaros atilas
posaron sus pies en estas piedras,
ningún rey alzó su espada.
Sabían que una sola mano
habría de arrancar la primitiva sonrisa,
sabían que de madrugada
la ciudad probaría el polvo de sus ruinas.
Entonces, cada grieta sangró de espanto,
cada muralla lloró desmembrada
bajo la ira y el encono.
Sin embargo, entre tanta desolación,
una semilla se agitaba.
Algo indescifrable ante nosotros
despertó.
En silencio hemos de plantar nuestros nombres
como quien enciende un viejo farol
bajo el viento de enero.
Veremos agitarse en el aire las primeras sílabas
como últimas banderas de una patria invisible.
Y jugaremos a expensas de nada nuestros despojos:
esos secretos atemporales.
Otra mano los acariciará como suyos
y serán su mayor riqueza.
Hay algo que de los otros nos aparta
de los rostros incandescentes entregados al engaño.
Es raro este sentimiento:
No saberse llamado a seguir
aun al pie de la puerta,
con la mano en la aldaba,
con la voz atada a la entrañas.
Pero equivocado el paso
y equivocado el silencio
entonces sólo queda el regreso,
la distancia,
el borrón y cuenta nueva,
como si un velo se extendiera
sobre las evasivas
y de pronto,
en la quietud de las horas austeras,
volviéramos a ser lo que fuimos.
Atesora tu sombra,
tus naufragios,
el sonido que con irremediable amargura vuelve
pero es espuma, aire y tinta que nada mancha,
el pozo de donde emergen monedas y desastres.
Guarda, también, tus travesías,
tus regresos,
la huida que muy lejos o muy cerca preparan los pies.
Guárdate de la espera y sus quebrantos
porque infinito es el hilo del que penden tus circunstancias
y filoso el tiempo que viene a amenazarlo.
Mujer de Lot
Tantas veces como quise
volví la mirada
No de nostalgia o compasión
Dejé que la línea de mis ojos
alcanzara lo perdido
para echarme a andar
sin recuerdos profanos
de aire y abandono
Pero dolían los hombros
de tanta soledad
y el viento ya empezaba
a arrancarme un sonido
de mineral escarchado
antes de ser sólo una mancha corpórea
en la mitad de los caminos.
Para construir una casa
Incrustarás cada piedra tropezada
sobre el aire
Pero áridos serán los segundos
Que te recuerden cuánto llanto, redoble y crujido
hubo antes de sus quebrados cimientos
Mientras tanto el sosiego oculta
humedades,
desmoronamientos
No en vano tus prisiones se obstinan.
La casa que hacia adentro se construye
no precisa un lugar
Seguirá itinerante
en la vaguedad de sus ruinas.
Incendio estival
Al mediodía,
la tierra se abre,
la ramas inclinadas escurren su verdor
y un chasquido vegetal sella el derrame.
Sin embargo, no es vana la entrega.
Esta reverberación convoca a los cuerpos,
los une en sus hedores,
los maltrata.
Hasta la blancura de las paredes es insulto
cuando ninguna sombra divisan.
Pero las formas chorreantes persisten
mientras la vida toda
va fugándose en estivales incendios.
Si el sol traza una raya difusa en el suelo
es la tarde que pasa.
Abandona la roja soledad de los almendros,
el seco rostro de la maleza
y avanza sin prisa,
sin dolientes.
Va expiada por las nubes
hacia otro destino
y siembra su huella en los ojos
de quienes pasamos sin prisa,
sin dolientes.
Pronto se duerme la luz
Pronto se duerme la luz en los vitrales
Pronto es nulo el verdor de las hojas
La llama encandilada es cosa del recuerdo
un acto de depuración
un canto memorioso de otras latitudes
aunque siempre persista la huella de su paso
Tal vez mientras incline sus ramas
un roble exhiba luminosos remiendos
o con susurros de goznes y postigos
la puerta reclame violentos resplandores
y otra luz se alce sobre la luz dormida
pero ocurre que no podré describirla
no sabré cómo contarla
No sé por qué me detuve en la plaza.
Al frente: la iglesia,
los gritos remotos,
las llagas de negros,
el azote y la barbarie.
A un costado: turistas y bares,
todo un babel fruncido ante mis ojos.
De pronto aquel poema se recostó en mi memoria:
“y estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma”.
En mí,
en la que nunca ha visto un otoño pasar.
Frente a La habitación de Arles
Afuera blanquecinas soledades derrotan a los árboles
y va creciendo sin fatiga el invierno
Pero adentro,
adentro otros inviernos despuntan,
no menos duros,
no menos formales,
se instalan con tenue paciencia
entre destello y rigor.
¿Qué dirán las cosas, de la frialdad que las envuelve?
¿Qué dirán de nosotros cuando no estemos?
Para entonces,
alguna mancha abigarrada musitará el dialogo de los ausentes.
¿Qué habré sido en mis muertes inciertas,
en mis pálidos silencios que se desvanecen?
¿Qué duda transita en mis rincones
y arma toldas en sangrientas batallas?
¿Qué llanto habrá forjado mis evasivas?
¿Qué raro mirar ausente pulula en unos ojos míos que no recuerdo tener?
¿Qué habrá en estas carnes que se pudren?
¿Qué habrá sido de mí en mis otras muertes inciertas?
Cuando Heráclito miró el río
no pensó en las piedras que lo ceñían,
vigilantes y solitarias bañistas
sin memoria de otras corrientes.
Atadas siempre a la afable claridad del agua,
no saben que todo pasa,
que son ellas las únicas que permanecen.
Todo se hace antiguo frente al mar,
un viento errabundo lo traspasa
y suenan envejecidas las latas del recuerdo,
rastrillan sobre las piedras
sus largos gemidos destartalados.
Entre la niebla,
bajo la claridad que nos promete
algún retorno,
en el reino blanquecino de su historia:
me pienso,
me canto un arrullo,
me habito en los árboles que le sueñan.
Son los pájaros confirmación de la existencia del cielo,
llevan sus plumas el relato de insondable geografía:
cartográficos secretos que en un trino
se le revelan a mis oídos,
cuando la noche de mis adentros avanza
y pienso que los pájaros no conocen
de la brevedad de los hombres.
¿Qué visión tienen los pájaros de la caída?
Mis pies están uncidos a ella,
llevan una llaga invisible que sangra y rememora
y es obtusa ante el tiempo
que se burla de los días.
El tiempo también es una llaga
que carcome los sueños de los hombres.
Olvido de pájaros
Me he olvidado de los pájaros.
He puesto en mi corazón un cerco de lluvia,
un profundo alambrado
que enreda por igual plumas y canturreos.
Si en mitad de la noche,
cae muerta una torcaza,
no me asusto.
O si en mitad de la acera
cualquier palomita exhibe
el pecho destrozado,
no veo razón para detenerme.
No hay manos que se quiebren en caricias,
ni soplos que intenten revivirlos,
ni ramas conmovidas cronistas de otros vientos.
Sólo hay llagas como piedras
y jaulas como olvido
y un cerco de lluvia
y un alambrado profundo.
Desde esta ventanilla de bus
miro la luna
devora mis ojos
pienso en el dedo primitivo
que señaló su circunferencia
y quiero escribir algo como
el azufre vaporoso que destila las sombras
pero es estúpido y no sigo
Frente a los hilos quebradizos que nos traspasan
los hombres somos despiadados o cobardes
nos detenemos ante la luz
y luego, la ignoramos.