Tres cuentos breves
Iván Osorio Guzmán
Humanidades y Lengua castellana - Universidad del Atlántico
Barranquilla - Colombia
Arrieras rojas
Si sondeamos nuestros recuerdos, los pasos recorridos en la infancia,
es difícil pasar por alto aquellos sucesos —movidos quizás, por nuestro afán
de comprender y explorar el mundo— en los que somos actores de los más horrendos abusos.
Abusos cometidos contra aquellos pequeños seres.
Si de alguna misteriosa forma pudiéramos trocar nuestra existencia con ellos,
de seguro oiríamos de nuestra propia garganta todo el horror y la desesperación
a que nos somete la mal llamada "Raza Humana".
Abandonado por completo a la suave brisa de verano y a los verdes del entorno, me hundí, casi completamente, en abstracción sin par.
Durante ese tiempo, reposado, pasaron las horas. Al cabo de mi plática con el Universo, fui lentamente tomando conciencia. Mi mente se abrió paso hasta recordar quién era yo. Luego, la respiración y el ritmo cardíaco se mezclaron con los acordes del viento.
Cual niño que degusta poquito a poco un caramelo, conecté mis sentidos con el canto de las aves, el arroyo danzante, la brisa solariega. Luego mis párpados descorrieron sus membranosas cortinas. Me entraron colores, formas. Al intentar salir de mi búdica postura, sólo podía mover la cabeza.
El horror se apoderó de todo mi ser. Un manto gélido perló mi frente y cuello. Inútilmente traté de mover mis miembros —no abandonaron su letargo—, estaba clavado al árbol. La mala circulación, sumada a una posición no acostumbrada, me habían acalambrado más de lo normal.
Seguidamente, mis desmesurados ojos contemplaron estupefactos a cientos de hormigas. En un ir y venir festivo cargaban, afanosas, uñas, piel y vellos de mis vulnerables pies.
—¡No! ¡No es posible que me suceda esto! —pensé—. Quise gritar, pero el pánico había petrificado mis cuerdas vocales. A pesar de no sentir dolor, el solo hecho de saberme comido, me hundió en un abismo de inexorable desesperación.
Aspiré hasta hinchar mis carrillos. Soplé, una, dos, tantas veces como la hiperventilación me lo permitió. Era inútil, no pude hacerlas desistir.
La sangre no tardó en aflorar. Primero unas gotas. Ellas nadaban a su antojo. Más arriba, a la altura de las rodillas, otro grupo hincaba sus afiladas mandíbulas. Volví a soplar hasta perder el sentido.
A lo lejos, una voz familiar me llamaba por mi nombre. ¡Las hormigas cubrían todo mi cuerpo! Al gritar, desperté junto a mi madre. Cuando logró tranquilizarme, le conté que me había soñado, siendo hombre, comido por arrieras rojas.
Ella, la hormiga reina, se sonrió.
La banca
Le gusta sentarse en esa banca, sacudirse los insectos y limpiar de su camisa el excremento de las aves. Con el mismo libro, manoseado y sin leer. Pero esa tarde, un desconocido ocupaba su puesto.
“Vaya suerte”, pensó, “con tantas bancas libres.”
Dio una vuelta por el parque, compró un helado, devolvió la pelota a unos niños... Se refrescó las sienes en la fuente...
El hombre al parecer se entretenía haciendo un crucigrama.
Se sentó cerca, para proceder al menor descuido. Pacientemente esperó... uno, dos, tres minutos.
"¡Bonita forma de perder el tiempo!"
Pero el hombre no se iba.
"No perdamos la calma... ¿Qué tal un cigarrillo?" Aspiró el humo cinco veces. No pudo más, y como si fuese lo más natural del mundo, empezó a dar vueltas alrededor del banco. El otro lo miró, primero con extrañeza, después con estupor.
—¿Ocurre algo?
"¡Qué cinismo!" Hizo un esfuerzo por controlarse y echó mano a su tono más cordial.
—Caballero, ¿le importaría...?
Se interrumpe. El otro lo fulmina con sus ojos de sapo.
—¿A qué demonios se refiere? Me pertenece... ¿comprende? Siempre la ocupo yo...
Pausa. El desconocido suelta el entrecejo, se agitan las aletas de su gorda nariz, y las comisuras empiezan a estirarse. Ríe... suave al principio, incontrolablemente después. Intenta hablar, pero una risa loca se lo impide.
Cada vez ríe más alto.
"¿Cómo es posible que alguien pueda reírse así?"
Las carcajadas saturan el aire, llenan el parque, lo inundan todo.
"Tengo que callar esa risa maldita, esa carcajada obscena que rompe la armonía cósmica..."
En el cuello del intruso las arterias se dilatan y palpitan. Parecen hacer muecas...
No puedo soportar más.
Salto como un lince y le entierro mis uñas en el grasoso cuello.
Lo obligo a callar.
Ahora el mundo transcurre en cámara lenta.
Los niños dejan de jugar; una mujer grita. Alguien corre...
Pero yo recupero mi banca.
La banca de pintura desconchada donde me siento con un libro, todas las tardes.
Desaparecido
Desde que los hombres malos rompieron la puerta del departamento y se llevaron a papá a la fuerza, ya van cinco programas de Popeye en la televisión, la mamá de Quico no lo deja jugar carritos conmigo, el llanto de mamá que no acaba nunca, ese silencio tan grande detrás de mí y que es como una gelatina gris y pesada que se mueve apenas con el viento y yo, en la ventana, mirando la tarde para que con la fuerza de la mirada, como dice Quico que se puede hacer y a veces resulta, papá regrese pronto.
En esa misma calle, allá abajo, con sus arbolitos que ahora están como arrepentidos de estar allí, de estar verdes allí, los hombres, a empujones, con pistolas de verdad, se llevaron a papá, uno de ellos apuntándole a la cara que se le veía distinta, no de miedo, sino por la forma como nos miraba, diciéndonos algo más allá de su boca llena de palabras que no le dejaron salir porque el hombre le puso la punta de la pistola y le aplastó los labios con fuerza.
Cuando lo metieron al auto negro que partió hacia la noche que venía cojeando con una costumbre diferente, como sin juguetes, como sin helados, con las cómicas de la televisión, yo alcancé a gritar: ¡Papá! Detrás sentí los brazos de mamá y entre los dos nos llenamos con esa gran cantidad de llanto que no ha querido detenerse en mamá hasta ahora cuando veo el mismo auto negro que se detiene en el mismo lugar, como la primera vez y el tiempo no hubiera transcurrido y papá lee el periódico y mamá canta en la cocina y salen los hombres. Son los mismos. Uno de gafas oscuras me señala y sé que vienen a buscarme.
Como tengo en el corazón que papá no regresará nunca, ni con la fuerza de la mirada, y a mí me llevarán a ese lugar de donde no se regresa, veo la distancia de cuatro pisos hacia abajo, hacia las verjas de hierro de la entrada del edificio y sé que tengo que tirarme.
Y tengo que tirarme para morir porque así a mamá no le dolerá tanto mi muerte como si me llevaran y no me volvieran a ver nunca, como a papá.
________________________________________© Iván Osorio Guzmán
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 37
Abril-Mayo-Junio de 2009
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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