A la tarde cuando llueve
Angélica Gorodischer
Escritora argentina
Este texto ha sido enviado por nuestra corresponsal en Buenos Aires,
la escritora Graciela Gliemmo, miembro del Consejo Editorial Internacional de la revista
LA CASA DE ASTERIÓN, de la Universidad del Atlántico, Barranquilla, Colombia.
En un momento de tedio, en un día de desdicha, ¿qué hacemos sino refugiarnos en un libro? “No conozco”, decía el señor de Montaigne, “ninguna desventura que no desaparezca cuando se tiene entre las manos, frente a los ojos, un buen libro”.
Cuando estamos así, acompañados por un buen libro, nos parece que el tiempo no existe, que esa actividad, sentarse a leer, nos viene de siempre. Nos parece que es tan familiar y conocida como si hubiera nacido con el mundo o con el big-bang.
En cierto modo es verdad. El libro es inmortal. Cierto que a veces lo han llevado a la hoguera pero jamás nadie olvidará cuáles fueron los sacrificados, por qué y a causa de qué y de quiénes. A nosotras también nos llevaron a la hoguera allá hace cinco o seis siglos, pero Juana de Arco aparte, ¿quien se acuerda de los nombres de las que se asaron en la plaza pública?
El libro es inmortal. Empezó a nacer, en un parto difícil, lento, inesperado, hace como seis mil años entre el Éufrates y el Tigris que lo cobijaban como dos fértiles piernas acostumbradas a que de entre ellas nacieran los artificios de la humanidad: ziggurats, jardines colgantes, medicina, guerra, arte, ajedrez, palacios y así por el estilo.
Nació en la arcilla, la arcilla de donde surgen asimismo muchas otras cosas como cántaros, tejas, estatuillas danzantes y máscaras y ofrendas. Nació humilde, sin pretensiones, dejando constancia de las riquezas de alguien: carneros y bolsas de harina y quintales de grano y extensiones de tierra. Y cuando la arcilla se endurecía al sol o al horno, las listas eran, se creía, para siempre.
Cierto que los lectores eran pocos. De hecho, uno solo: el mismo escriba que lo había redactado y que era uno de los pocos entre el Éufrates y el Tigris, que sabían leer.
Un hombre poderoso, el escriba: esclavo pero poderoso porque sabía lo que decían esas marcas en la arcilla. Se acercaba con unción a eso que entonces era un libro y frente a él disponía de la memoria que hacía constar las riquezas de su señor. El señor era más burro que un arado marca Triunfo y de leer, nada de nada. Sólo sabía enrularse los pelos y las barbas, agarrar una lanza y un escudo y posar confiando en que su imagen llegara a la posteridad y salir a guerrear. Bastante limitado su panorama de vida, confesemos.
Pero las cosas no quedaron ahí nomás, entre otras razones porque en este mundo nunca las cosas quedan ahí nomás, por suerte.
Un día en las tablillas que eran libros aparecieron no las listas de carneros y de granos sino las proezas de los héroes favorecidos o perdidos por los dioses y fue entonces, con la entrada de la imaginación y de la fantasía, y por lo tanto del horror y de la ventura, fue entonces cuando empezó esto que llamamos literatura.
Pasó el tiempo y el libro fue rollo. No había muerto: sólo cambiaba de forma. Aparecieron las láminas de papiro y hoy todavía podemos, bueno, podemos si nos dejan llegar al sancta sanctorum de ciertas bibliotecas salvadas de las guerras y los saqueos, podemos leer el papiro de Satni- Khamois que nos cuenta de la gesta prometeica de un héroe que baja al reino de la muerte, o quizá podamos ver el Libro de los Muertos en donde consta lo que les pasa en la otra vida a los que se van de ésta.
Las plantas en las márgenes del Nilo proporcionaban el soporte y los escribas que seguían siendo seres privilegiados, copiaban con tintes extraídos de otras plantas y de los élitros de insectos de colores, las hazañas de los reyes, de los superhombres y de los no menos superdioses.
Y vino el pergamino; de Pérgamo vino, y era carísimo. Y hubo muchos más rollos, religiosos, científicos, políticos, de imaginarias o reales aventuras. Y hubo bibliotecas y museos y el libro siguió siendo orgullosamente libro.
Como el pergamino era tan caro, no había más remedio que ahorrarlo lo más posible y así era como se escribía sobre la escritura anterior y los monjes y las monjas copiaban libros de oraciones y de himnos y de horas sobre los tratados de álgebra y de astronomía. Probablemente con la aviesa intención de darles trabajo a las generaciones del siglo veinte que a raíz del asunto ese del carbono catorce tendrían que descifrar los mamotretos, pentimentos y palimpsestos que escondían una escritura bajo otra escritura bajo otra escritura.
Hasta que el libro volvió a cambiar y de rollo pasó a ser un conjunto de páginas en las cuales la pluma, con un rasguido amistoso y confidente, trazaba las letras y las palabras y las frases.
Pero claro que antes de eso había habido muchos pequeños grandes cambios entre los cuales no es el menos importante la separación de las palabras.
Pues sí. Los romanos por ejemplo, no leían como nosotros, ya que, además del hecho de que en general se hacían leer por algún esclavito especializado y de que los textos venían en rollos lo que obligaba a un tipo de lectura muy distinta de la que conocemos, mucho más lineal y sin posibilidades de “navegación” tales como recapitular, avanzar, anticipar o espiar el final o la próxima “página”, además de todo eso, para ellos leer era restituir el texto a través de la voz.
Recién en un período más tardío aparece la lectura silenciosa: alrededor del año 400, Agustín, Obispo de Hipona, refiere haberse maravillado al ver cómo leía un tal Ambrosio, “¡únicamente con los ojos!” mientras su voz y su lengua estaban tranquilas (vox autem et lingua quiescebant). Este Ambrosio manifestó que había tenido que aprender a leer sin mover los labios, en su afán de concentrarse en el sentido alegórico de los textos bíblicos. Bien que le debe haber costado el aprendizaje con todo el texto seguido sin separaciones ni puntuaciones.
La lectura se había hecho hasta entonces en voz alta y era comunitaria. Puesto que era poca la gente que sabía leer; no tan poca como en los tiempos del escriba de las tablillas pero de todos modos bastante escasa, muchas personas rodeaban al leyente y oían el texto que a ellas les era imposible leer. Y para quien leía, la separación entre palabras proporcionaba una apoyatura que favorecía la lectura expresiva.
Eso fue allá por el siglo doce, momento hasta el cual las palabras escritas no se separaban unas de otras y el texto resultaba a primera vista una filigrana hecha de palabras. Las palabras llegaban unas detrás de las otras como en el habla. ¿Oye una la separación entre las palabras cuando alguien le habla? Por supuesto que no, y siendo la palabra escrita el reflejo imperecedero de la palabra oral era más que lógico que no hubiera un espacio entre palabra y palabra cuando se las leía como no había pausa entre palabra y palabra cuando se las hablaba y oía.
Pero del siglo quinto en adelante los libros ya fueron concebidos casi totalmente para una lectura silenciosa como la que conocemos hoy. Y fue un momento revolucionario puesto que apareció el códice que permitió una lectura tabular, campo por campo, y sobre todo la renuncia a esa escritura continua de los romanos, la scripta continua.
La separación entre palabras empieza a aparecer en el siglo séptimo, a veces con un puntito entre palabra y palabra, muy usado en la escritura lapidaria, y se vuelve común en el siglo once.
Otra cosa fue con los signos de puntuación, que fueron apareciendo en distintos momentos de la historia. El signo de interrogación por ejemplo, que es la letra CU de quaestio puesta del revés para abrir la frase y en posición normal para cerrarla.
El punto y aparte que separa las unidades de sentido, fue también una adquisición más o menos tardía. Decir punto y aparte es referirse a una operación por lo menos doble. Una, la de poner el punto para terminar un párrafo; y otra, complementaria pero NO igual, la de dejar un espacio antes de comenzar con el otro párrafo. Ese espacio es lo que hoy conocemos como sangría y sin él, en lo que se llama componer un texto, la interpretación se complica.
No es que no existiera el punto. No existía la sangría. Se ponía el punto y se seguía en la misma línea pero con la separación de un signo parecido a una P invertida, el calderón.
Después se reforzó la idea de comienzo de otra unidad de sentido bajando una línea pero dejando el calderón al principio de la nueva línea, escrito a mano por el ”rubricator”, llamado así porque usaba rubrum, tinta roja.
Al rubricator había que esperarlo con el texto listo para que agregara el signo rojo. Pero a veces demoraba y había dificultades, hasta que alguien cayó en la cuenta de que si en vez de poner un signo se dejaba el lugar en blanco, el significado de distinción entre unidades de sentido no se perdía. Ese espacio en blanco se llama sangría en alusión a la tinta roja que usaba el rubricator. Por cierto, también solía la gente firmar en rojo, de donde viene lo de rúbrica. De ahí al punto y aparte no hay más que un paso y muy corto.
Mayúsculas, miniados, diferenciación de páginas, títulos, poco a poco, muy poco a poco una transformación detrás de la otra hacía que los textos se fueran acercando a ser estampados en eso que hoy llamamos libro.
Un señor que vivía en Maguncia, Gutenberg de apelativo y Johannes Sensfleish de nombre, pensó y pensó y llegó a la conclusión de que el método de escritura era muy lento, trabajoso, inestable y limitado. Pensar tiene sus ventajas y una de las ventajas que se desprendió del pensamiento del señor Johannes Gutenberg, fue la tipografía, la escritura con tipos móviles de madera, con la cual se podía rápidamente para esos tiempos, producir cantidades importantes de un solo libro. De allí salió el primer libro tipografiado: la Biblia así llamada de cuarenta y dos líneas publicada en 1455.
Y de aquellos tipos de madera a la Underwood semiportátil y a las impresoras del periódico que son las que se detienen cuando el muchacho de la película entra agitado y con el sombrero echado sobre la nuca y aúlla ¡Paren las rotativas!, no hay ni un abismo ni una gran distancia: hay sólo un intervalo que en términos de historia es muy corto y transcurre casi sin que nos demos cuenta.
De las rotativas y la semiportátil a las letras ya no de arcilla ni de tinta sino de luz sobre la pantalla de la computadora, también hay un paso muy breve que estamos dando sin enterarnos todavía de la revolución en la que nos hemos metido.
Aquí está el libro, tal como lo conocemos: inmortal, inmensamente rico, feliz, exigiendo de todos los que a él se acercan ese silencio reverencial del que habla Walter Benjamín; con la forma del universo como quiere Jorge Luis Borges, caleidoscópico, brillante, dispensador de alegría, de pasión, de reflexiones, de dicha, de drama, de emociones, de consuelo.
El mundo está al alcance de la mano de quien lee. Quien lee se nutre de un poder que, como el del escriba entre el Eufrates y el Tigris, no tiene límites. Puede una meterse en un libro y chuparle toda la savia, la sangre, el vino, las lágrimas, la lluvia, el pan, la hostia, el grito, el amor y la muerte que saltan de sus páginas para ese, esa que lee, solamente para él, para ella.
Y allí nomás está la escritura. Escribir es algo que se desprende como miel o jarabe o ámbar líquido, de la lectura. La obsesión por los libros guía la mano y una escribe mientras sigue leyendo como si el libro que tiene delante fuera el primero y el único, cuando en realidad es todos los libros, los que ya ha leído, los que vendrán, los que jamás alcanzará a leer.
Del libro, de ese libro que se lee, del que se leerá, del que nos espera en los estantes de la biblioteca o de la librería, fluye la imaginación hacia quien lee. La imaginación, eso sin lo cual como sin la lectura, no se escribe ni se aprecia totalmente lo que se lee, la imaginación se alimenta de eso, de lo que hay detrás de lo visible, detrás de los sentidos, los engañadores, avaros sentidos que nos asisten, y contagian todo lo que se siente y lo que se vive de ahí, de ese libro, de todos los libros en adelante. Ella, esa imaginación agazapada nos espera dentro de las tapas de cartón o de cuero o de plástico, entre las páginas, y no hay victoria más completa que rendírsele con armas y bagajes.
Entre la copa de la portada y la lista del índice, el universo se mueve sin prisa y sin pausa, con sus galaxias y sus agujeros negros, con sus conflictos, sus dramas y sus comedias, con sus batallas y sus escenas de amor, con sus reflexiones y sus paradojas, con toda la memoria de lo que esta humanidad ha ido viviendo.
El horizonte externo del libro es la mano. Quizá no haya dos polos que se atraen y que se encastran con semejante perfección, como el par que componen el libro y la mano. El libro fue hecho para la mano, así como el texto fue hecho para el ojo.
No fueron encuentros perfectos ni instantáneos. El libro tuvo que nacer en el barro cocido al sol y pasar por la hoja y el cuero para ser al fin esto que sujetamos en el hueco de la palma y sostenemos con los dedos.
La mano tuvo que pasar por el hueso y el mango del hacha, por la veladura del misterio y por el paso del mensaje al signo para poder ir tendiéndose, seis mil años tardó, como nido y salvación.
Los dos, la mano y el libro, llegaron hasta aquí para que de tarde, cuando llueve, nos sentemos detrás del vidrio de la ventana por el que se ve la calle gris, los árboles y el cielo encapotado, y como el personaje de aquel cuento, no sepamos lo que pasa a nuestro alrededor porque de las páginas va surgiendo como miel y savia y ámbar, letra a letra, palabra a palabra, la felicidad de comprender, de saber, de ver a través de los párrafos, de oír las voces múltiples, el canto, de apoderarse del mundo, de erigir otra vez el horizonte, cada vez más lejos, cada vez más henchido de las sílabas ajenas de las que nos vamos apoderando para hacerlas nuestras y volvernos así más ricos, más sabios, más de acuerdo con el mundo y las gentes que nos rodean.
Leer, esa aventura, nos va cambiando, nos va formando, nos va dando alas y entendimiento, nos hace mejores, nos enseña a pensar y a sentir; nos hace capaces de ponernos en el lugar del otro, de comprenderlo y acompañarlo en sus sueños y en sus desvelos.
Quien no lee permanece incompleto, ignorante de su verdadera esencia, de sus posibilidades y de los caminos abiertos que podría recorrer no sólo entre las páginas de un libro sino también después de haber cerrado sus tapas. Quien no lee es presa fácil de la ignorancia y del prejuicio, esos dos enemigos que crecen en el terreno fértil de la incultura.
Leer enseña a pensar. Leer, internarse en el reino de la palabra escrita, nos facilita la vida, nos ayuda a conocernos y nos abre las puertas de lo que seremos algún día. Sabremos, gracias al libro, ese inmortal, que el futuro no ha de ser mezquino y oscuro, sino brillante, rico y fecundo. Que podremos elegir. Y no es poca cosa.
Cambiamos, nos hacemos más completos y más ricos cuando desfila ante nuestros ojos el viejo caballero a lomos de su caballo flaco; cuando César Vallejo o Alejandra Pizarnik nos roza con un poema en el que describe eso que no sabíamos que teníamos en el fondo de la conciencia; cuando nos asomamos con Jorge Luis Borges al reino de los inmortales; cuando don Francisco de Quevedo nos dice al oído eso de serán cenizas mas tendrán sentido, / polvo serán mas polvo enamorado; cuando el gordo señor de Balzac nos empuja a los secretos de la corte, a los siniestros vericuetos del hampa allá al despuntar el siglo XIX; cuando Alfonsina canta blanco polen de mundos, / dulce leche del cielo. Nadie, ninguno de nosotros puede permanecer indiferente; nadie puede seguir siendo el mismo, la misma, después de haberlos oído. Y es tan fácil. Sólo hay que sostener el libro en el hueco de la mano, frente a los ojos.
Desde el escriba que punzaba las tablillas de arcilla hasta ese joven, esa muchacha que hoy está escribiendo su primera novela, toda esa multitud dedicada a la palabra, nos espera para poner ante nuestros ojos el tapiz de la historia aquella que empezó hace seis mil años y cuyos frutos estamos paladeando hoy, con el libro abierto entre las manos, a la tarde, cuando afuera el cielo está gris y llueve sobre los árboles y las piedras de la calle, cuando llueve contra los cristales de la ventana.
Texto recogido en A la tarde cuando llueve. Buenos Aires, Emecé Editores, 2005.
La autora:
Angélica Gorodischer nació en Buenos Aires en 1928, pero desde su infancia reside en Rosario. Entre sus libros, cabe mencionar los siguientes: Cuentos con soldados (Ed. Club del Orden de Santa Fe, cuyo premio obtuvo, 1965); Opus Dos (Minotauro, 1968); Las Pelucas (Sudamericana, 1969); Bajo las jubeas en flor (Ediciones de la Flor, 1973); Casta luna electrónica (Andréomeda, 1977); Trafalgar (El Cid Editor, 1979); Mala Noche y Parir hembra (La Campana, 1983); Kalpa Imperial (Minotauro, 1983); Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara (Emecé, 1985); Jugo de Mango (Emecé, 1988); Las Repúblicas (Ed. de la Flor, 1991); Fábula de la virgen y el bombero (Ediciones de la Flor, 1993); Técnicas de supervivencia (Ed. Municipal Rosario, 1994); La noche del inocente (Emecé, 1996); Menta (Emecé, 2000); Doquier (Emecé, 2002); Tumba de jaguares (Emecé, 2005); Tres colores (Emecé, 2008).
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© Angélica Gorodischer
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 37
Abril-Mayo-Junio de 2009
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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