Lo romántico
en Los amantes de Teruel

Gina Villamizar
gvillam@uark.edu

El romanticismo como periodo nació en España en el siglo XIX, cuando al morir Fernando VII en 1833, muchos de los intelectuales liberales que habían sido exiliados regresaron al país. Este hecho ayudó al surgimiento del movimiento, con escritores que trajeron una nueva visión de mundo en una sociedad ya sin los embates de la censura.  Bajo este contexto, Juan Eugenio Hartzenbusch desarrolló su drama romántico Los amantes de de Teruel (1837). Esta es una obra representativa del periodo, ya que a través de ella, se pueden entrever muchos elementos, temáticas y preocupaciones que hicieron parte de la época, “con las corrientes románticas había abierto su sensibilidad a una nueva visión del mundo y, con ella, del hecho literario capaz de reflejarla” (Balbín, 27).  Es así como a través de este ensayo, me propongo mostrar las características principales de este moviendo en la obra, vistas a través de los personajes, los temas, la estructura, todo esto en contraposición con las obras dramáticas neoclásicas.

En primer lugar, vale la pena mencionar que este drama está basado en la leyenda de dos amantes, Isabel de Segura y Diego de Marsilla, obra originalmente medieval y que ha sido base de  múltiples versiones por distintos escritores, entre ellos, Tirso de Molina. Esta es una historia de amor entre Isabel y Diego, los cuales no pudieron casarse debido a la pobreza de Diego. Este último pidió la mano de la amada a su padre Don Pedro, quien se la concedió dándole un plazo de seis años para cosechar muchas riquezas y así casarse con su hija. Fue así como el joven partió de Teruel y logró lo prometido. Sin embargo, regresó a Teruel el mismo día que se cumplía su plazo, e Isabel ya se había casado. Él, en busca de una explicación, entró en la casa de Isabel la misma noche de su boda y le pidió que le dejase besar su frente como una despedida, pero ella lo rechazó, puesto que ya era una mujer casada. El hombre, al no soportar su rechazo, muere, y la mujer, al ver lo ocurrido, también fallece a su lado.

El primer elemento romántico lo encontramos en la estructura de la obra, lo que demuestra “a reaction against the neo-classic principles of the afrancesad.” (Hobbs, 7). Hay un rechazo del patrón de unidad de tiempo, lugar y acción, visto muchas veces en obras como El sí de las niñas (1806) de Moratín. Los amantes de Teruel está dividida en cinco actos, con versos en prosa y verso. El primer acto toma lugar en Valencia, mientras que el segundo y el tercero en Teruel. Ahora bien, el hecho de que este drama se inicie en Valencia no es una casualidad.  Es a partir de este lugar, que el héroe romántico cuenta a Zulema, mujer que se enamora de él, lo que ha sucedido en los últimos seis años desde que salió de Teruel. A través de sus narraciones podemos vislumbrar por lo que ha pasado para llegar a tener fortuna, conocemos de su gran amor por Isabel y de la promesa que hizo antes de partir. “Desde los años más tiernos / fuimos rendidos amantes / desde que nos vimos antes / nos amábamos de vernos” (Hartzenbusch, 133-136). “Y suspendida la boda / un plazo se me otorgó” (167-168). De esta forma, logra contar lo que ha ocurrido en el transcurso del tiempo sin necesidad de que existan nuevos actos que lo representen en sí. Vemos entonces que esta escena en Valencia está ligada con el tema central del drama, le ayuda a darle soporte en lugar de desviar su atención. De igual manera, empezar la historia desde otra cuidad le da fuerza a la idea de que los amantes al estar separados lograrán mantener y aumentar aún más su pasión y deseo de estar cerca el uno del otro, “distance indeed is at the core of love experience” (Sánchez, 39). “Each new separation, each new obstacle provides a new sense of drama that merely whets the love appetite anew” (Sánchez, 40).

Por otro lado, vemos que el transcurso del tiempo no se da de forma lineal y ni la historia ni su desenlace se desarrollan en el lapso de un día. En este caso en particular, se nos cuenta que han transcurrido seis años, no obstante, ese tiempo solo lo vemos recontado por el protagonista. El tiempo que en realidad se desarrolla en la obra empieza desde que Marsilla está en Valencia y efectúa su regreso a Teruel. Al parecer, “time as we know it doesn’t exist for romantic heroes. […] and yet time is very much present in romantic plots. We constantly have plazos, time limits that will again place love on trial” (Sánchez, 40). Estos plazos y fechas límites se ajustan perfectamente a la estructura temporal de Los amantes de Teruel, puesto que en un principio se da un plazo, “suspendida la boda / un plazo se me otorgo” (Hartzenbusch, 166-167). Como ya se ha mencionado, este plazo de seis años fue propuesto por el padre de Isabel, quien le da su palabra de que, si cumplido este tiempo, regresa con dinero, entonces podrá casarse con su hija. Sin embargo, el tiempo no le fue suficiente a Marsilla porque el mismo día en que se cumple el plazo, regresa a Teruel, cuando ya Isabel se ha casado. Lo anterior, representa uno de los obstáculos por los cuales los héroes románticos deben pasar para demostrar y fortalecer su amor, “society will provide an obstacle in each of these cases that will test the mettle of such love and keep it alive” (Sánchez, 40).

Asimismo, vemos en este drama un aspecto bien romántico y es el de un personaje que se convierte en un obstáculo para que la pareja alcance la felicidad. En este caso, tanto Marsilla como Isabel tienen pretendientes que están dispuestos a hacer lo que sea con tal de retenerlos a su lado. Marsilla tiene a Zulima, quien está locamente enamorada de él, y por lo cual decide llegar a Teruel, haciéndose pasar por caballero aragonés para hablar con Isabel. Zulima, al ver a la dama, reconoce que “mi rival es ésta” (114). Al hablar con Isabel, le cuenta por lo que ha pasado Marsilla, sobre las riquezas que obtuvo, “Marsilla, cargado de honores y riquezas, adquiridos en Palestina, se hizo a la vela para España” (25), le cuenta de su cautiverio en Valencia, “no tuvo él la culpa de que al volver le cautivaran en las costas de Valencia” (25) y le miente al decirle que la engañó con la esposa del rey durante su cautiverio, con tal de salir de su encierro, “podéis creer que sólo le movería a esto el ansia de recobrar su libertad: no le quedaba otro medio” (25). Por último, el peor engaño que hace, es decirle que Marsilla ha muerto y que ha traído la prueba de su deceso, “vuestro paisano hubiera podido acompañarme; pero su destino mudó de aspecto. Sólo ha venido conmigo una joya suya” (25).

Más adelante, vuelve aparecer Zulima justo cuando Marsilla llega finalmente a Teruel; sin embargo, ella trata de impedir su entrada confesándole que sus mentiras y sus actos fueron producto del amor que siente por él, “yo vi, yo hable a Isabel, y de tu muerte / la noticia di y a los bandidos / avisé que tu viaje detuvieran, / yo, celebradas de Isabel las bodas / te las vengo a anunciar” (220-224).

Sin embargo, a pesar de que esta mujer le hizo creer el engaño de Marcilla a Isabel, ésta se rehúsa a creer que por culpa de su adulterio haya encontrado la muerte. Esto es un aspecto muy importante del drama romántico, ya que “el dramaturgo siempre retrata a unos amantes fieles, locamente enamorados, factor que en sí es incompatible con los celos” (Mazzeo, 417). Es por ello, que la protagonista se niega a aceptar el hecho ligándolo con el presentimiento, “si haberme sido traidor / mi pecho lo presintiera” (119-120). Esto habla de los amantes románticos, es tan fuerte su amor que la distancia solo fortalece los lazos que los unen. A pesar de que transcurren seis años en los que la pareja ha estado separada, saben que se guardan fidelidad, respeto el uno por el otro. Marsilla, por su parte, “cree en su fidelidad porque él aún esta con vida” (Picoche, 84). Este hecho no hace sino explicar que lo único que puede separar a los amantes es una tragedia, la muerte, mientras ellos vivan harán lo posible por estar juntos. Por tal motivo, Isabel siempre estuvo reacia frente a un eventual matrimonio con el nuevo pretendiente, Don Rodrigo de Azagra, ella guardaba fidelidad. Marsilla, por su parte, sentía lo mismo, tenía un solo objetivo, conseguir riqueza para poder casarse con su amada. Eso fue lo que hizo pero gracias al engaño de Zulima, Isabel lo creyó muerto, y ella, por gratitud y por su padre, decide casarse con un hombre a quien no ama.

Ahora bien, este hombre, Don Rodrigo, se convierte en otro obstáculo, una piedra en medio del camino de los enamorados. Él, al igual que Zulima, está dispuesto a casarse con Isabel a como dé lugar. Tal personaje emplea un recurso bastante frecuente en los dramas románticos, “el malvado, que solo puede existir en un teatro romántico, utiliza frecuentemente la demanda arbitraria que a veces raya en el chantaje” (Mazzeo, 418). Don Rodrigo conoce el secreto mejor guardado de la madre de Isabel, Dona Margarita, quien en su juventud engañó al padre de Isabel con otro hombre. Ella, al estar arrepentida, se marcha a un convento por mucho tiempo y decide, al mejor estilo de Leonor en Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), autoencerrarse  y conseguir perdón por medio de la reflexión, el abandono y la soledad. Es por ello que Margarita siempre tuvo sentimiento de culpa, el haber abandonado a su hija por tanto tiempo, ella se marchó y dejó a Isabel siendo muy chica porque no podía con el cargo de conciencia. Ahora que su hija necesitaba su apoyo para impedir la boda con Rodrigo, estaba dispuesta a todo con tal de ayudarla. Al hablar la madre con el nuevo pretendiente de su hija, le dice que ella realmente no se quiere casar con él, que está enamorada de otro hombre y que debe respetar su decisión. Rodrigo, por su parte, le responde que tiene en su poder las cartas del amante que tuvo en el pasado donde está el nombre de Margarita por todas partes escrito. La amenaza de la siguiente manera: “para vos las he conservado. Yo os las entregaré… en el momento que me dé Isabel la mano” (36).

Vemos entonces que la madre queda expuesta a una situación difícil en la que debe escoger entre salvarse ella misma o salvar a su hija. Al final, decide ayudar a su hija, es ella quien informa que Marsilla está vivo y ella manda a que avisen a su hija que él está a punto de llegar a Teruel. En este punto, es notoria la gran diferencia que existe entre el rol de las madres de las obras neoclásicas con las románticas. Estas mujeres son bien materialistas, buscan arreglar los matrimonios de sus hijas con hombres mayores que ellas y con mucho dinero, con lo cual sacrifican a sus hijas con tal de estar económicamente acomodadas. Lo anterior es visible en El si de las niñas, de Moratín. Doña Irene, mujer que es bastante complicada, busca casar a Paquita con Don Diego, a como dé lugar. Las madres neoclásicas son “ambiciosas y mercenarias en cuestiones de las garantías matrimoniales que constantemente buscan para sus hijas” (Mazzeo, 414). Mientras, las madres románticas y,  en este caso, las de Los amantes de Teruel, se solidarizan con sus hijas frente a la llegada de un matrimonio forzoso. Margarita le dice a Isabel: “yo mi palabra te empeño / no será Azagra tu dueño / yo anularé la promesa / me oirá tu padre / y tamaños horrores evitara” (454-458).

La heroína romántica, por su parte, no se deja llevar por las convenciones, no reprime sus emociones para mantener apariencias. Isabel es la típica romántica rebelde, que va en contra de las leyes establecidas por la sociedad, a diferencia de las mujeres neoclásicas que tienen “una naturaleza sumisa y obediente” (Mazzeo, 416). Isabel es honesta con sus padres, a Margarita le pide que la ayude a convencer a Don Rodrigo de no seguir con la idea del matrimonio. Se enfrenta con el  mismo Rodrigo diciéndole que ella ama a Marsilla: “¿pensáis que cesará mi pasión, muerto mi amante? / No, lo que yo siento vivirá” (99-100). De igual manera, Isabel habla con su padre sobre el mismo asunto. Éste, en un principio, dice que es él quien debe tomar la decisión de la boda, sin embargo, no la obliga, sino que le aconseja. Esos consejos se pueden interpretar como una manera de influenciar a su hija y convencerla de que debe aceptar a Rodrigo. El padre realza las virtudes y lo que el hombre ha hecho por la familia y por Isabel misma. De esta manera, logra convencer a la hija, que con sentimiento de gratitud, más no de amor, acepta casarse con el nuevo pretendiente.

“[…] no seré ingrata con él… seré pérfida con mi infeliz Marsilla. ¡Oh Marsilla!, si tú vivieses… Desde el empíreo, donde me estás mirando, ¿serás capaz de perdonarme? Tú quizá me perdonarás…; yo al tiempo que cedo a la ley de la suerte, no puedo perdonarme a mí misma. (23)

Vemos que “la ascendencia y el poder del amor que siente la heroína no permite forma alguna de boda arreglada de antemano por familiares interesados” (Mazzeo, 418). Ni su padre ni su madre la obligan a tomar la decisión de casarse, aunque si estuvo influenciada por las palabras de su padre, quien logró ablandar su corazón y en agradecimiento decide casarse. A pesar de esto, nadie ha decidido por ella, Isabel tuvo la última palabra.

El hombre romántico, por su parte, solo vive esperando el próximo reencuentro con su amada. Los seis años transcurridos no han disipado ni aplacado su amor, por el contrario, solo tiene deseos de estar con Isabel, sin ella no tiene vida. “La meta del héroe romántico es la de ganarse la mano de la protagonista” (Mazzeo, 420). Por este motivo, decide partir en busca de fortuna, que es precisamente lo que le impide estar con su amante. A pesar de sus peripecias, sufrimientos, encarcelamiento, su deseo siempre fue el de hacer lo posible por conseguir lo que necesitaba para poder estar con ella: “la mujer y lo femenino es el símbolo más deseado para alcanzar y poseer” (Materna, 14). Esta idea la vemos ejemplificada no solo con Marsilla, sino también en Rodrigo, quien a pesar de conocer los verdaderos sentimientos de Isabel, insiste en casarse con ella, convirtiéndose ya casi como en su obsesión o como un deber que como hombre debe cumplir, se propuso casarse con esta mujer y no va a descansar hasta conseguirlo:

“un Azagra conocéis
orgulloso y vengativo
y otro, oyéndome, veréis
que en vuestro rigor esquivo
figuraos no podéis
el Azagra que os adora,
el Azagra para vos
no lo conocéis, señora. (29)

Volviendo a Marsilla, él está tan enamorado de Isabel que ella se convierte en la razón de su existir, sin ella su vida no vale nada. Así se lo hizo saber a su padre cuando, recién llegado a Teruel, descubre que su amante se ha casado. Para él ya nada tenía sentido, todo había perdido valor, lo que a su vez produce un gran dolor en su padre Don Martín, al ver a su hijo sufrir de esta manera. Como el héroe romántico se caracteriza por ser un rebelde, decide buscar a Isabel, en contra de lo que dicen todos. Ya una vez casada, Isabel debe guardar respeto a su esposo, a pesar de ello, Marsilla rompe cualquier tipo de regla social e irrumpe en la casa de la recién casada, que había decidido no verlo: “la mujer hace una resistencia” (Materna, 14), ella ahora cuida de su honor, a pesar de lo mucho que ama a Marsilla. No obstante, él se presenta allí  frente a ella después de tantos años, reconfirmando el amor tan grande que le tiene. Ella por su parte lo rechaza, siente que él está violando su intimidad como mujer casada, su espacio, ella no quiere irrespetar al que ahora es su marido. Él le dice: “permite en recompensa que te estrechen / mis brazos una vez, y que su estampa /  deje en tu frente cándida de mi labio” (243-245). Sin embargo, ella lo rechaza: “no es posible: soy casada” (246). Con esta respuesta, Marsilla pierde el control de sus impulsos e intenta llevarse a la mujer a la fuerza de la casa, se convierte como en un héroe romántico que se transforma en satánico, que ha perdido el control de sus acciones, mientras que ella se opone y se expresa: “!hombre de maldición! ¡Ojala nunca / de Teruel las almenas visitaras! / ¡Cruel! ¿Amor a reclamar te atreves / de una mujer por ti despedazada? / Ya te aborrezco” (295-299). Con sus últimas palabras, Isabel termina acabando a Marsilla, quien no soporta el rechazo de la mujer, se desploma y muere de forma inmediata. Ella, por su parte, queda impactada, y el padre, al escuchar los gritos, entra a la habitación mientras que Isabel se desploma también, muriendo al lado de su amado.

El amor hacia la mujer romántica puede llevar al hombre a terminar de forma trágica: “la autonomía femenina es peligrosa, y es culpable de las tragedias humanas. También es portadora de la muerte” (Materna, 22). Isabel es portadora no solo de la muerte de Marsilla sino de su propia muerte también. Él no resiste su rechazo y no acepta que ella lo aborrezca, mientras que la mujer, al verlo muerto y producto de la impresión, muere de igual forma. La muerte de la joven pareja constituye el final característico del drama romántico, en el cual sus protagonistas, a pesar de sus esfuerzos por estar juntos, no logran tumbar las barreras; por el contrario, el final se convierte en la imposibilidad de su amor a través de tragedias, la muerte o el suicidio. En Don Álvaro o la fuerza del sino, su protagonista decide lanzarse al abismo al ver perdidas todas las esperanzas de estar con Leonor. Lo opuesto ocurre en dramas neoclásicos como El si de las niñas, cuyo final feliz representa la restauración del orden. Así, su objetivo es enseñar, moralizar. Muestra la manera en que la sociedad se debe comportar, dejando una gran enseñanza de los defectos que deben ser cambiados o mejorados

La intención o el fin del drama romántico, por su parte, no es la de educar a la gente, no tiene fines moralizadores. Ya con este movimiento, lo que se busca primordialmente es “reflejar en escena los sentimientos, las actitudes y preocupaciones espirituales que caracterizan la época” (Balbín, 24). Es por ello que aquí no puede haber un final feliz. En este sentido, esta obra representa la imposibilidad del amor que existe para personas de distinta clase, ya que es algo que no hubiera sido bien visto por la sociedad. Estos personajes luchan y tratan de estar juntos pero hay diferencias que son irreconciliables, la pareja no supera los conflictos ni las diferencias a pesar del amor que existe entre ellos, a pesar de rebelarse en contra de los que quisieron interferir en su relación, no les fue suficiente.

Para concluir, a través de este trabajo hemos podido observar la manera en que Juan Eugenio Hartzenbusch desarrolló su drama romántico, siguiendo cada una de las características típicas que sirven para la construcción de un drama de este periodo. Este tipo de obras muestra la realidad de la sociedad de la época, los conflictos y las situaciones por las que pasan los personajes enamorados para poder estar juntos. De esta manera, Hartzenbusch construye Los amantes de Teruel, tomando como base la conocida  leyenda de los enamorados y su imposibilidad de amarse en vida, elemento bien romántico que permite a la vez pensar que si tal vez no lleven a cabo su unión como pareja en vida, es posible que la puedan conseguir con la muerte.

Bibliografía:

Balbín, Rafael. Introducción. Don Álvaro o la fuerza del sino. Madrid: Castalia, 1995.

Hartzenbusch, Juan Eugenio. Los amantes de Teruel. 1837. Septiembre 25 de 2006.
[http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01349408655460495200024/index.htm]

Hobbs, Gloria. “Odyssey of «Los Amantes de Teruel»”. The South Central Bulletin 26 (1966): 4-9. 

Materna, Linda. “Ideología y la representación de lo femenino en «Don Álvaro o la fuerza del sino»”. Modern Language Studies 2 (1994): 14-27.

Mazzeo, Guido. “Contrastes entre el Teatro Neoclásico y Romántico.” Hispania 49 (1966): 414-420.

Sanchez, Roberto. “Between Macias and Don Juan: Spanish Romantic Drama and the Mythology of Love.” Hispanic Review 44 (1976): 27-44.

Picoche, Jean-Louis. Juan Eugenio Hartzenbusch y Martínez. París: Centre de Recherches Hispaniques, 1970.
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©   Juan Eugenio Hartzenbusch

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 37
Abril-Mayo-Junio de 2009

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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