Yiho:
Biografía inédita
Luz Marina Velandia
Programa de Humanidades y Lengua castellana
Universidad del Attlántico
I. El sufrimiento, perdón…, el nacimiento
La fábrica es muy grande, la mayoría de los trabajadores son mujeres, pero también hay muchos hombres, que se encargan de cortar la tela de felpa, traer los materiales de trabajo, realizar mantenimiento a la maquinaria, es decir; las labores pesadas. Las mujeres, en cambio, se dedican a actividades muy delicadas como coser, pegar y rellenar… En este lugar nací yo, por esa razón, lo conozco tanto. Aquí, un día, en la mañana, después de que los hombres cortaran la tela, nos trasladaron al lugar donde estaban las mujeres con las maquinas. Todas nos manipularon: una me cosió el hocico; otra, las orejas, las manos, las piernas y así hasta que nos cerraron casi por completo, solo nos dejaron un orificio detrás del cuello. Quedamos tirados en una caja, con residuos de hilo sin cortar, que quedaron colgando por todos lados. No parecíamos una cosa específica sino algo genérico, aunque estábamos tranquilos, creyendo que no nos volverían a hacer nada.
Un rato más tarde, fuimos llevados a otra sala. Allí había muchas personas también. Podía oírlas pues tenía orejas pero aún me faltaba vida, y lo que llegaba a mis oídos eran susurros. Me cargaron. Cada chica se encargaba de uno solo. A mí me sostuvo en sus piernas una muchacha joven de cabellos rubios. Ella me puso la nariz, pegó los ojos y abrió el agujero que tenía en el cuello, por ahí me relleno con una fibra blanca y esponjosa que generó en todo mi cuerpo un cosquilleo. Después me enteré que se llamaba lana y que era lo que me daba vida. Entre más me llenaba, más cosas percibía: podía ver, escuchar, oler, sentir, pensar… La muchacha me rellenó hasta que quedé gordito. De pronto vi que tenía una herramienta fina y puntiaguda, enhebrada con hilo del color de mí pelo. Entonces, si lo recuerdo bien, metió la aguja por el cuello. El dolor fue intenso. En ese momento, le dí gracia a Dios porque el orificio no fuera tan grande. Cuando terminó, pensé que culminaba con ello mi tortura, pues ella me peinaba, me medía y revisaba los últimos detalles. Me dí cuenta de lo equivocado que estaba cuando observé en sus manos otra aguja, ahora con hilo rojo. Fui testigo de cómo introdujo ocho veces esa aguja en mi hocico. No pude hacer nada para evitarlo. Ella parecía indiferente a mi sufrimiento. Noté en su rostro la satisfacción por el trabajo terminado, nunca se compadeció de mí, para ella lo importante era que yo tuviera una boca.
II. El sueño y la tortura
Por todas las experiencias de ese día, terminé muy cansado y dormí algunas horas. Recuerdo que soñé con unas cosas que andaban en el aire, hacían mucho ruido y revoloteaban por todas partes, tenían casas en los árboles y me gustaba perseguirlas. Cuando abrí los ojos, todo estaba oscuro, miré a todos lados, ya no estaba con aquellas sombras que volaban, ahora estaba con otros como yo que dormían dentro de bolsas en las bodegas. El lugar era lúgubre y hacía mucho frío. Veía siluetas y escuchaba ruidos extraños, tenía mucho miedo. Busqué acomodarme, pensé en la claridad del nuevo día, no sé en qué momento volví a dormirme. A la mañana siguiente, cuando desperté, ya muchos de los que estaban conmigo se conocían, estaban hablando de su experiencia y al poco tiempo hice parte del grupo. Luego de unas horas, llegaron muchas cajas más con otros gorditos cansados. Ello nos dio tiempo para relacionarnos antes de que se durmieran. Ya habíamos muchos de distintos colores y todos los días llegaban más. Lo malo era que cada vez teníamos menos espacio y era difícil respirar.
Estábamos realmente mal. Un día llovió y casi todos nos enfermamos, dos o tres estaban en peligro de muerte, y aún así, continuaban guardando más. Todo cambió un día en que llegaron por algunos de nosotros. Nos subieron en un camión y nos guardaron en un lugar más estrecho, acompañados con otros objetos de distintos tamaños, formas y colores. Al poco tiempo me metieron en una casa transparente, donde no podía moverme, porque estaba repleta de muchas cosas bonitas.
En el día llegaba mucha gente a comprar, todos se enamoraban de mí, pero el vendedor no dejaba que me tocaran si no me podían comprar. En cierta ocasión, una joven muy simpática me pidió. El vendedor, convencido de que ella tendría con qué pagar, dejó que me tocaran por primera vez después que me hicieron. Ella quedó encantada conmigo, sin embargo, cuando se enteró del valor, se entristeció. El vendedor, en cambio, muy enojado, me guardó en mi casa transparente que, supe, se llamaba vitrina. En el instante en que estuve en sus brazos, fui feliz y quise irme con ella, luego me resigné, sin remedio, a una vida solitaria y triste.
III. Cuando por fin pude ser feliz, claro que no todo fue fácil
Los minutos y las horas pasaban lentos, yo siempre tan solo, hasta que un día de esos en que uno no espera ya nada, un joven llegó y comenzó a mirar por todos lados. El vendedor lo saludó y le ofreció los servicios. El joven agradeció y siguió en búsqueda de algo que todos desconocíamos. Para ser sinceros, yo me olvidé del muchacho porque me quedé entretenido con aquellos animales que eran tan familiares para mí: los pájaros. Recordé que eran los mismos que había visto en mis sueños, soltando sus trinos y melodiosas notas durante muchas horas, aquella noche en que me llevaron a la bodega. Cuando dejé de mirarlos, escuché que el muchacho preguntaba al dependiente: “Señor, si hoy no fuera el día del cumpleaños de su novia, ¿qué le regalaría?” El vendedor, sonriendo, se acercó a mí, me alzó y le respondió: “Le obsequiaría este hermoso oso, a ellas les encantan los osos, sobre todo si son de suave peluche, como este”.

El joven pagó en la caja y de inmediato me empacaron en una bolsa perfumada. Me sentía muy cómodo, era suave y no es que fuera dormilón pero otra vez me quedé dormido. Al despertar intenté alcanzar el borde de la bolsa pero resultó un tanto alto, así que debí empinarme con esfuerzo. Entonces me di cuenta de que estaba en un lugar diferente. Creo que era la habitación del joven. Me senté en el fondo de la bolsa, a pensar en qué sería de mi vida desde aquel momento. Ahora no tenía una casa transparente, ni siquiera sabía qué iban a hacer conmigo. De pronto, todo empezó a temblar. El movimiento era tan brusco que me golpeaba contra las paredes de la bolsa y empecé a experimentar una sensación de vacío. Quizás eso transcurrió en unos segundos, pero para mí pasó en horas. Al terminar, todo era quietud. Tenía miedo de asomarme, pero mi curiosidad fue más grande. Miré por encima del borde de la bolsa y descubrí que el muchacho iba manejando, muy arreglado y elegante. Llegamos a una gran casa, llena de personas, decoraciones y regalos. Tomó la bolsa, llegó donde una chica y se la entregó. Ella, entusiasmada, corrió a su habitación; revisó el empaque y con una felicidad que no comprendía, me miraba, me olía y me abrazaba. Luego me ubicó en su almohada y me abandonó, sin explicación alguna.
Era un lugar nuevo que debía empezar a descubrir. Pude percibir muchas cosas extrañas que me enredaban la cabeza. Yo no sabía cómo llamarlas. Me pasé horas y horas mirando cada objeto, tratando de entender su utilidad. Se me ocurrió que habían objetos hasta para echarse a volar, también vi un doblador de imagen y una paleta de muchos colores con los que creí que ella pintaba las cosas de su habitación. Encontré muchos elementos que servían para descansar pues eran blandos, creo que eran de pan recién hecho. Había tanto que aprender que nada más de pensarlo se me erizaron los vellos. Esa noche me dispuse a disfrutar de aquel mundo que tenía al alcance, así que me acomodé en su almohada.
IV. Contactándome con el mundo
Muy temprano, el sol que entraba por la ventana me rozó la cara. Abrí los ojos, estaba relajado. A mi lado, una doncella dormitaba todavía en su cama. Se despertó, besó mi frente y me llamó Yiho. Me gustó pero no entendía qué significaba. Los primeros meses dormía conmigo, me hablaba antes de dormir, pero parecía más bien hablarle a él, al joven. Lo que más me agradaba era el ambiente, aquel lugar con sus colores, olores y armonía. Un mañana me dijo al levantarse: “Hoy es tu día, te voy a limpiar, porque ya lo necesitas”. Ese fue el primer día en que me sacó de su habitación. Entonces empecé a descubrir un nuevo mundo. Me llevó a un pequeño cuarto, me acomodó sobre una ropa que tenía su aroma. Estuve mirando para todos lados y descubriendo cosas nuevas que no sabía nombrar ni menos comprender. Estaba muy emocionado. De pronto me levantó y me introdujo en una máquina que dejaba caer un agua fría sobre mi cabeza. La miré con temor pero ella seguía clasificando la ropa por colores, sin apiadarse de mi inseguridad. El nivel del agua empezó a subir hasta que me alcanzó a cubrir por completo. Entonces, todo giró repentinamente, sin oportunidad de vencer esa fuerza que me mecía. Todo se convirtió en espuma. Llegué a sentirme mareado y un cosquilleo se prendió de mis huesos. Un momento después, todo se detuvo mientras un giro lento y silencioso drenaba el líquido efervescente que me cubría. Sin darme cuenta, me resigné, dejé que el agua me hiciera flotar y que jugara con los espacios lanudos de mi cuerpo. Me sumergía y emergía hasta que todo estuvo seco, incluso yo, que ahora parecía haber retomado mi color natural y un aroma a campo fresco, como solía decir el comercial televisivo. La doncella me sacó de la lavadora y me colgó al sol en un cordel con unos prensiles plásticos, sostenido por las orejas.
Después de eso han pasado muchos años. Ya hasta me habitué al baño semanal. Yo estuve primero en su cama, luego en una repisa y, por último, fui el juguete preferido de su bebé. Desde entonces, empezó lo mejor. Con él, conocí lugares inimaginables: debajo de la mesa, la alacena baja de la cocina, el patio, el jardín, su cuarto y la caja de juguetes. En nuestras exploraciones, siempre terminaba sucio y continuamente me lavaban. Cuando viajamos a la parte trasera del patio, perdí un ojo, también estuve a punto de perder mi nariz, que ahora se mueve de un lado a otro. Mi piel ya estaba sin pelos, por todos los raspones que me di. Tenía heridas en el cuerpo, algunas irreparables. Sin embargo, el bebé no se quería quedar sin mí, siempre me llevaba a todas partes. Muchas veces vi cómo la mamá se avergonzaba de mi estado frente a sus amistades. Por eso decidió llevarme a un lugar donde pudieran repararme y me trajo aquí, al lugar donde me fabricaron. Ya no están las mismas muchachas, hace mucho se marcharon. De ellas solo me queda el recuerdo de aquellos tiempos en que seguramente el dolor regresará, pero todo sea por el bebé, por volver a explorar el mundo con él, sobre todo cuando recuerdo que nos falta escudriñar debajo de la cama de mamá.
________________________________________
© Luz Marina Velandia
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 37
Abril-Mayo-Junio de 2009
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
El Baúl de los Disfraces
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v10n37yiho.html