Gabriel García Márquez:
Educación, identidad y violencia

Guillermo Tedio
Universidad del Atlántico
guillermotedio@hotmail.com






























Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma.

Una educación […] que integre las ciencias y las artes a la canasta familiar, de acuerdo con los designios de un gran poeta de nuestro tiempo que pidió no seguir amándolas por separado como a dos hermanas enemigas.

Gabriel García Márquez


Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela.

Frase de Bernard Shaw que García Márquez ha hecho suya.

En 1994 —hace ya 15 años—, en el gobierno de César Gaviria Trujillo (1990-1994), se convocó, en Colombia, a una Misión —llamada, en los medios académicos, de los diez sabios— con el fin de que elaborara una carta de navegación que sirviera a la educación colombiana para corregir errores y proyectar virajes que condujeran a realizaciones futuras. Recordemos que esos diez sabios fueron: Eduardo Aldana Valdés, Luis Fernando Chaparro, Gabriel García Márquez, Rodrigo Gutiérrez Duque, Rodolfo Llinás, Marco Palacios Rozo, Manuel Elkin Patarroyo, Eduardo Posada Flórez, Ángela Restrepo Moreno y Carlos Eduardo Vasco. Es entonces cuando García Márquez escribe el documento “Por un país al alcance de los niños”. Luego, en el tomo II, se incluye un segundo texto de García Márquez, el titulado “Manual para ser niño”.

En ambos textos, el autor de Cien años de soledad ha tratado el tema de la educación de un modo específico, aunque por supuesto, toda su obra literaria y periodística, contiene, de alguna manera, razonamientos e ideas sobre la educación, en la medida en que funciona como una especie de tratado de pedagogía invisible para los lectores, al mostrarles las vidas de personajes que, por ejemplo, reciben iniciaciones y desarrollos en el conocimiento y en la práctica sexual, como sería el caso de José Arcadio Buendía, preparado en sus búsquedas cognoscitivas por el gitano Melquiades, y el de José Arcadio hijo y Aureliano Buendía, entrenados sexualmente por Pilar Ternera, aparte de los gemelos José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo, iniciados por Petra Cotes.

En ambos textos de García Márquez, como se puede observar, resulta fundamental su reiteración de la palabra “niño”, con lo que seguramente quiere hacer énfasis en la niñez como el periodo o etapa en que el ser humano es materia dúctil susceptible de recibir valores, de ser moldeada por las tecnologías y los contenidos de la educación, definida como un proceso multidireccional mediante el cual se transmiten conocimientos, valores, costumbres y formas de actuar que permiten vivir en sociedad y en armonía con la naturaleza.

El primer texto, “Por un país al alcance de los niños”, trata principalmente de las causas o razones para que la educación en América Latina y más exactamente en Colombia no haya producido los resultados esperados, que serían los de un país en paz, desarrollado, solidario, en fin, en vías de ser feliz, que es, en lo fundamental, para lo que debe servir la educación, entendiendo la felicidad no como la ausencia de problemas sino como un estado en que el hombre puede resolver las dificultades sin producir daño a los demás. Y para ello indaga en los elementos que en su esencia integran nuestra identidad, yéndose a los contextos que la han conformado y presentando inicialmente un recuento histórico de nuestras fortalezas y defectos.

Según García Márquez, los principales problemas de nuestra educación —atascamientos y débiles desarrollos— se relacionan con los elementos que han ido integrando nuestra identidad. De hecho, el texto propone una mirada a los errores e ilusiones, como dice Morin, que han hecho fracasar la educación en Colombia. El texto nos propone una serie de incertidumbres o interrogantes necesarios para avanzar en la construcción del país. Según Morin, se hace imprescindible “reconocer en la educación para el futuro un principio de incertidumbre racional: si no mantiene su vigilante autocrítica, la racionalidad se arriesga permanentemente a caer en la ilusión racionalizadora; es decir que la verdadera racionalidad no es solamente teórica ni crítica sino también autocrítica”. De hecho hay una serie de verdades establecidas y aceptadas que es necesario revisar. “El poder imperativo y prohibitivo de los paradigmas, creencias oficiales, doctrinas reinantes, verdades establecidas determina los estereotipos cognitivos, ideas recibidas sin examen, creencias estúpidas no discutidas, absurdos triunfantes, rechazos de evidencias en nombre de la evidencia y hace reinar bajo los cielos conformismos cognitivos e intelectuales.” (Morin)

Dentro de una época precolombina, García Márquez señala a Colombia, en particular, y a América Latina, en general, como una zona de “varias comunidades dispersas de lenguas diferentes y culturas distintas” pero con “sus identidades propias bien definidas”. Todo parte de un choque en que el mundo de los indígenas es asaltado por los españoles, muchos de ellos “criminales rasos en libertad condicional” que solo vieron en los habitantes nativos el oro que daba satisfacción a su codicia, sin apreciar ni percatarse de los valores humanos, sociales, culturales y lingüísticos que poseían, como se muestra en los avances y sabidurías de los incas, los aztecas, los mayas, incluyendo conocimientos en matemáticas, sistemas de cuenta y razón, astronomía, cosmología, ingeniería hidráulica, religiones, alfarería, artesanía, medicina botánica, artes públicas, construcciones, monumentos, archivos, memorias, literatura, técnicas en el tratamiento del oro. Y uno de sus mecanismos es destruir y desprestigiar la cultura de los otros. Como dice Morin: “Durante mucho tiempo, el Occidente europeo se creyó dueño de la racionalidad, sólo veía errores, ilusiones y retrasos en las otras culturas y juzgaba cualquier cultura en la medida de sus resultados tecnológicos”.

Y va a ser ese, para García Márquez, el punto de partida de la construcción o formación de nuestra identidad: la agresión esgrimida para apoderarse de las riquezas del nuevo mundo, sobre las vidas, la mano de obra indígena, luego africana y más tarde mestiza; la tierra, los metales, principalmente el oro, la plata y las piedras preciosas; la flora y la fauna. Va a ser entonces una identidad construida a partir de la violencia y el saqueo. De cuatro millones de indígenas colombianos rápidamente se redujo la cantidad a un millón. El oro y las piedras preciosas fueron vistos con ojos de Occidente. “Esa fue la razón y la fuerza de la Conquista y la Colonia, y el origen real de lo que somos”. A partir de esa premisa, los españoles van a crear la figura del estado colonial, “con un solo nombre, una sola lengua y un solo Dios”, imponiendo la falsa idea de unidad nacional soportada en una administración centralista, burocratizada, violenta, discriminatoria y segreguista, hasta el punto de que se consideraban dieciocho grados de mestizos, de acuerdo con la cantidad de sangre blanca dentro de cada persona. Es decir, a la violencia sobre vidas y bienes se junta la segregación.

Por supuesto, esta tesis de una identidad con esa característica esencial de la violencia no es aceptada por algunos autores como Eduardo Posada Carbó, quien fiel a su idea de no identificar la violencia como un rasgo de identidad nacional, se muestra en desacuerdo con García Márquez, incluso, señala que “Si lo que nos identifica es la herencia colonial, necesitaríamos entonces un esfuerzo adicional para entender qué nos diferencia de los argentinos o de los paraguayos, de los de Guayaquil o de los de Quito”. Y luego añade, en relación con la idea de García Márquez de que a los colombianos nos han vendido las ideas falsas de una Historia oficial: “Desde los años de Nieto Arteta, sin embargo, la historiografía colombiana ha experimentado un notable desarrollo. El texto de García Márquez, que sirve de «proclama» al informe de  la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, ha ignorado los avances de la no ya tan «nueva historia» que cobró un impulso extraordinario a partir de 1960. Ello se comprueba no solo en sus ataques contra una supuesta «historia oficial», sino también en la ligera interpretación que García Márquez hace del ser nacional, llena de lugares comunes y, sobre todo, alejada de la rigurosidad que el nuevo movimiento de historiadores quiso imponerle a la disciplina” (81-82).

García Márquez ve igualmente la época de la independencia como una continuación de la violencia, tiempos en que incluso Bolívar y Santander ordenaron incontables fusilamientos. Por su parte, el siglo XIX, con sus guerras civiles, alargó su mano sangrienta sobre Colombia. Y del siglo XX y lo que va corrido del XXI, es mejor no hablar. A partir de todo ese panorama de violencia, los colombianos desarrollamos dos características esenciales de nuestra identidad: una, el don de la creatividad, “expresión superior de la inteligencia humana”, y otra, “una arrasadora determinación de ascenso personal”. Para García Márquez, estas dos esencias serían la respuesta a la agresión, violencia y segregación a que hemos sido sometidos desde la época del descubrimiento. Ambas características son utilizadas hoy en día tanto para el bien como para el mal. La creatividad, por ejemplo, llevó a los indígenas, aprovechando la voracidad española por el oro,  a inventar las novelas o leyendas del Dorado para perder a los peninsulares en la intrincada geografía y quitárselos de encima por un tiempo. Y en cuanto al arribismo o deseo de éxito personal, bastaría pensar en la figura de ese personaje llamado “avivato” presente en toda actividad o lugar donde se pueda obtener una ventaja. Dice García Márquez: “Tal vez de esos talentos precolombinos nos viene también una plasticidad extraordinaria para asimilarnos con rapidez a cualquier medio y aprender sin dolor los oficios más disímiles: fakires en la India, camelleros en el Sahara o maestros de inglés en Nueva York”. Por su parte, de los españoles, llega a nuestra identidad el “espíritu de aventura que no elude riesgos. Todo lo contrario, los buscamos”. Ese espíritu andariego por la aventura se descubre dentro del propio territorio y en el exterior, hasta el punto de que hay cinco millones de colombianos por fuera, buscando “fortuna sin más recursos que la temeridad, y hoy están en todas partes, por las buenas o por las malas razones, haciendo lo mejor o lo peor, pero nunca inadvertidas”, y siempre mostrando, de modo evidente, que son colombianos.

Los principales esfuerzos por cambiar la educación en Colombia estarían dirigidos a borrar ese lastre violento y rencoroso que impregna nuestra identidad o, por lo menos, utilizar la creatividad, el deseo de triunfo personal y la aventura del viaje como instrumentos de desarrollo solidario. Ese parece ser el objetivo de toda educación que se proponga en Colombia.

Para García Márquez, este ha sido un país de puertas cerradas, que “para borrar los vicios de una España más papista que el papa”, nunca se abrió realmente “a los nuevos vientos de Inglaterra y Francia, a las doctrinas jurídicas y éticas de Bentham, a la educación de Lancaster, al aprendizaje de las lenguas, a la popularización de las lenguas y las artes”. La Historia oficial —a pesar de las renovadoras corrientes de hoy— ha contribuido a eternizar las causas del mal, perpetuando los vicios originales. Esa violencia congénita ha creado una dualidad en el corazón y la mente de los colombianos: amamos la ciencia pero también la magia, las leyes pero también el esguince para burlarlas, los funerales jubilosos pero también las parrandas mortales. Es como si la educación no le hubiera hecho mella a esa “sociedad excluyente, formalista y ensimismada de la colonia”. Y al ser conformista y represiva, no pone al “país al alcance de  los niños para que lo transformen y engrandezcan”. Se trataría de impulsar y desarrollar una educación liberadora, que exalte la creatividad e intuición congénitas, la imaginación, la clarividencia precoz, la sabiduría del corazón.

Después de pintar ese panorama, García Márquez anota que estos son tiempos propicios para pensar que “las condiciones están dadas como nunca para el cambio social a través de la educación, y que la educación será su órgano maestro”. Sin embargo, han pasado 15 años de esa proclama y las condiciones y esencia de la educación colombiana siguen siendo un ámbito caótico donde ni siquiera las tecnologías comunicativas de la aldea planetaria han logrado sacudir el conservadurismo y el carácter represivo del tipo de educación que heredamos.

En su segundo texto, “Manual para ser niño”, García Márquez se centra, específicamente, en los problemas vividos por el infante frente a la experiencia estética, sea artística o literaria. Propone una distinción básica entre educación artística y enseñanza artística, definiendo la primera como una función social en que debe darse al niño las herramientas para apreciar y gozar de las artes y las letras, como espectador o receptor. Mientras, la enseñanza artística alude a los conocimientos y prácticas particulares, es decir, a la “carrera especializada para estudiantes con vocaciones y aptitudes específicas, cuyo objetivo es formar artistas y maestros como profesionales del arte”.

A nivel del aprendizaje de las artes y las letras, García Márquez quiere que su texto —según él mismo, elaborado sobre bases emocionales o sentimentales, no científicas— sea un instrumento que les sirva a los niños para defenderse de los padres, que en la mayoría de los casos se oponen a que sus hijos se vuelvan artistas o literatos, argumentando que esos oficios no son rentables. El autor parte de la idea  de  que  el  artista  o  escritor  nace con  una vocación (talento)  —capacidad innata para realizar alguna capacidad artística o intelectual como escribir periodismo, hacer cine, danzar o pintar— y unas aptitudes. Dice: “Esto quiere decir que cuando un niño llega a la escuela primaria puede ir ya predispuesto por la naturaleza para alguno de esos oficios, aunque todavía no lo sepa”. El papel del padre de familia o el maestro es entonces el de crear condiciones favorables para el desarrollo de su inclinación artística, fortalecer esos talentos, vocaciones y aptitudes que ya vienen inscritos por la naturaleza en el cuerpo y en la mente del niño o niña. García Márquez da el ejemplo de su propia vocación, cuando “aprendió el oficio de escritor contra un medio adverso, y no solo al margen de la educación formal sino contra ella”. Y es aquí y entonces cuando la educación, ciega al futuro y al desarrollo, castra al artista que pudiera existir en el niño.

García Márquez distingue entre las aptitudes (es decir, capacidades) y las vocaciones como elementos que se complementan y enriquecen mutuamente. “Solo cuando las dos se juntan hay posibilidades de que algo suceda […]”. Pero hay un tercer elemento: la disciplina, es decir, el estudio, el trabajo, el aprendizaje de la técnica. Para entendernos mejor, veamos el ejemplo del artista de la danza: Posee vocación —le gusta, es creativo en los movimientos, se apasiona por este arte—; tiene aptitudes —corporales: plasticidad, elasticidad, elegancia, ritmo—; desarrolla una disciplina —practica largas horas, investiga, asiste a espectáculos de danza.

García Márquez ve una gran ventaja en que los hijos desobedezcan a sus padres. La idea es que en Colombia “no existen sistemas establecidos de captación precoz de actitudes y vocaciones tempranas” para carreras artísticas, ni en el colegio ni en los hogares. Dice: “Los padres no están preparados para la grave responsabilidad de identificarlas a tiempo, y en cambio sí lo están para contrariarlas”. Y reconoce que a veces se da lo contrario, padres que obligan a sus hijos a practicar en el piano sin que los niños o jóvenes tengan aptitud ni vocación para el arte de Mozart.

Aceptada la aptitud y la vocación en un niño o joven, habría que pensar en un tercer elemento: la disciplina, si bien algunos, en una encuesta realizada, hablan de completa libertad, otros dicen que esta es necesaria pero que debe darse espontáneamente, sin forzarla. De cualquier forma, la escuela es vista como “un espacio donde la pobreza de espíritu corta las alas” a cualquier niño o joven que quiera ser artista o literato. Tal situación lleva a pensar, en relación con la enseñanza artística, que es necesario un cambio a fondo de la política cultural. Apunta que, por ejemplo, se ha encontrado con “profesionales escaldados por los libros que les obligaron a leer en el colegio con el mismo placer con el que se tomaban el aceite de ricino”, precisamente por las vías didácticas erradas en la recepción y apreciación de la literatura. De allí concluye, para las clases de literatura, que estas deberían ser simplemente “guías inteligentes de lectura y reflexión para formar buenos lectores”. Y en cuanto al aprendizaje de la escritura, anota: “Nadie enseña a escribir, salvo los buenos libros, leídos con la aptitud y la vocación alertas”. Por lo demás, aboga porque la enseñanza del arte se asuma mediante talleres, que han dado excelentes resultados en el periodismo, el cine, la televisión y la literatura.

Bibliografía:

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. “La proclama: Por un país al alcance de los niños”. En: Colombia: Al filo de la oportunidad - Misión Ciencia, Educación y Desarrollo (Tomo I). Bogotá, Presidencia de la República – Consejería para el Desarrollo Institucional – COLCIENCIAS-Tercer Mundo. Santafé de Bogotá, 1995.

-----------. “Un manual para ser niño”. En: Documentos de la Misión Ciencia, Educación y Desarrollo: Educación para el Desarrollo (Tomo II). Bogotá, Presidencia de la República – Consejería para el Desarrollo Institucional – COLCIENCIAS-Tercer Mundo. Santafé de Bogotá, 1995.

MORIN, Edgar. Los siete saberes necesarios a la educación del futuro. (Traducción: Mercedes Vallejo Gómez). París, Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura - UNESCO, 1999.

POSADA CARBÓ, Eduardo. “Usos y abusos de la Historia: Divergencias con anotaciones de García Márquez”. En: Repertorio crítico sobre García Márquez (Tomo II). Compilación y prólogo: COBO BORDA, Juan Gustavo. Santafé de Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1995, pp. 81-88.
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©   Guillermo Tedio

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 38
Julio-Agosto-Septiembre de 2009

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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