El Compae Goyo:
El último ángel del Sinú

Julio Sierra Domínguez
juliosierra2005@yahoo.es


Los hombres de alma soñadora se quedan así para toda la vida.
























Sentir la expresión de voz del Compae Goyo es haber visto la luna cuando desprende los amores del sol. Sentir el olor del campo impregnado en el alma de un trovador. Ver las travesuras de primeros pasos de una persona que tuvo caballito de palo, se bañó en represas y persiguió guarumeras. Sentir la transformación de un hombre que se hizo canto antes de que finalizara la agonía del siglo XX para quedar en la mente de sus amigos y de sus hijos como el último ángel del Sinú.

Tal vez por eso, el nombre de pila bautismal de Guillermo Valencia Salgado era, apenas, un pretexto para andar oficialmente por las calles, pero nunca el nombre de sus abismos de cielo y tierra. Goyo, Compae Goyo fueron sus aproximaciones de galope en campo abierto. Así lo conocieron los pescadores de las riberas del Sinú, los garrocheros de plazas bravas cordobesas, los vaqueros de trayecto largo y zarapa loriquera, los vendedores ambulantes que pregonaban los adornos de sus chazas, los borrachos amanecidos del fandango y aún las putas con trajes brillantes que llegaban a las corralejas de las tierras sinuanas.

De las primeras letras en su pueblo El Sabanal, corregimiento de Montería, se acercó al Instituto del Sinú en Montería, al Liceo de Bolívar en Cartagena y, posteriormente, a la Universidad Libre en Bogotá. En el mismo trayecto, los cuentos que le refrescaban los abuelos de cruce antioqueño y sinuano. Los consejos sabios de Jaime Exbrayat Boncompain y el encuentro con Hernando Santos Rodríguez, amigo que privilegiaba el nacimiento de un talento que ya se miraba en la espiga.

Como cosa del destino, en Barranquilla, se encontró con Benjamín Puche Villadiego, otro inquieto de mil sabios juntos. Aquí coqueteó un poco la pintura y la escultura. En Bogotá encontró a Gerardo Molina y de su mano toman cuerpo la vida y la poesía, escapes para el cuerpo y el espíritu. Con Troncoso incursiona en el arte dramático y la pantomima, más tarde, con Pedro Ángel perfecciona la escultura. Con Delia Zapata Olivella profundiza los asuntos del folclor  y con Bernardo Romero Pereiro, arte y declamación. Cuando menos lo pensó, era juez en Tierra Alta, asunto que cumplió como Dios manda, sin que ello le quitara el sueño.

En el trayecto se fue forjando un humanista, amante de las letras y el arte de su pueblo, de los encantos que propician los primeros amores y aquéllos que la luna viajera presentara en sus noches claras. De unos y de otros robó lo necesario para vivir floreciendo, en la soledad o en las reuniones de los pueblos fiesteros o en los salones de colegios que se le metieron en el alma.

Giovanni Quessep, José Manuel Vergara, Otto Ricardo Torres lo recuerdan en los pasos de primeras composiciones en su cruce por el Instituto Nacional Simón Araujo de Sincelejo. Como si eso hubiese sucedido ayer. Como si los pasillos de cruce diario se hubieran prolongado en calles donde tuvieran que saludarse diariamente. Lo mismo sucede en el INEM de Montería, donde perciben su voz regando cuento, poesía o el silbido de su porro pelayero. José Luis Garcés González, su amigo entrañable, aún no ha tenido tiempo para el recuerdo. Tampoco Rosita Santos Rodríguez, ni Roberto Serpa, ni Carmen Amelia Pinto, ni José Ramón Mercado.

De Victoriano, de Jorge, de Guillermito, y todo el ramillete de sus más allegados, la dicha de haber arrancado en el mismo patio. La suerte de haber bebido de una fuente inagotable. De haber estado muy cerca del viejo que amontonaba en el puerto a los incrédulos para echarles cuentos, cuentos que se contaban solitos, con el rostro, con las manos, con los silencios. Cuentos de brujerías, de lugares encantados, de animales agoreros, de niños que se habían convertido en hormigas o en cocuyos, como ya, varias veces, lo han recordado en sus escritos José Luis Garcés  y Juan Luis Mejía.

El salto de la oralidad a la escritura, como lo manifiesta José Luis Garcés González, fue para Goyo un cambio doloroso. Sin embargo, los trabajos en el grupo El Túnel marcaron la ruta de un buen trayecto. Verdadero laboratorio donde amigos y compañeros pulían la piedra bruta hasta la esencia de la palabra.

Pero si esto no basta, hay un testimonio en sus libros, herencia de todos. El Sinú y otros cantos, Murrucucú; Córdoba, su gente y su folclor;  Cuentos del Túnel, Poemas. Siguen inéditos otros de igual trayecto: En los pretiles del pueblo y Tizones en tierra. Por asuntos de la vida, las obras inéditas están en la rama del verso y la poesía.

De su obra en versos hay recuerdos que se fijan en la memoria como si cada habitante del planeta los hubiera hecho. Abre su canto con “Río Sinú”  y lo sigue con “Mi vieja Montería”, como si la tierra le perteneciera desde siempre, la cuna de sus ancestros y de sus mejores sueños.

¿Qué ha sido de mi vieja montería?
¿En qué lugar del tiempo se encuentra detenida?
Las cosas viejas se olvidan fácilmente.
¡Ya ni la recuerdo casi!

Le canta a la cumbia, fundamento sin igual de una raza que ama el ritual a la madre tierra sin levantar sus pies y expresando lo que se siente por dentro cuando cumbia brota del alma:

¡Gaitas y tambores!
Antiguos trovadores de mi raza...

¡Gaitas y tambores!
Artistas de la noche siempre...

¿Por qué gimen tus cueros, negro,
cuando cantas?
¿Por qué llora tu gaita, indio,
cuando tocas?
¿Por qué te crucificas en el son, blanco,
cuando bailas?
Y estas voces de mi raza me responden:

¡Ay, mi madre!
¡Porque llevo en el alma
mil perros que me arrancan las entrañas!

Le canta a Ño José Pérez, al campesino, le canta a Julia León,  a Emeterio Suárez y a la paloma guarumera. Como si esto fuera poco, como si el comienzo fuera el final, también le canta a los amores y a los velorios campesinos.

En la narrativa, sigue el marcante del lenguaje hablado. Ése que dejaron vivo los abuelos para que la historia sea bien contada y pueda contarse cuantas veces sea necesario. Abre pié con “Río Sinú” y sigue con “Chengue”:

“Los viejos pescadores de la Ciénaga Grande cuentan que "... cuando llegó a Momil una rara semilla llamada mazorca, los abuelos de la ciénaga fueron remecidos por un viento renovador. En esa época un indio de Araché fue maldito y se convirtió en Chengue. En ese árbol que tiene flores como pajaritos".

También escribe y cuenta “El cocuyo”, “El totumo de oro”, “El niño que se volvió hormiga”, “El yacabó”, entre otros relatos de sin igual talla. Como si todo tuviera que contarlo. Como si fuera pecado dejar de contar las historias que la imaginación sacaba de la realidad o como si fuera pecado dejar de contar la realidad con el lenguaje de la imaginación.

Esta creación de su propio universo le permitió a Goyo una vida auténtica, asunto que la gente proclama con temple desde los albores del 18 de noviembre de 1927. Por esas cosas de la vida, Goyo murió en su vieja Montería, el 29 de diciembre de 1999. A los 72 años, un mes y once días. Murió como un héroe. Como los grandes que aún muriendo ganan la batalla. Como el maestro que florece todos los días, aunque para florecer al día siguiente tenga que volver a la tierra como semilla buena.
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©  Julio Sierra Domínguez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen X – Número 40
Enero-Febrero-Marzo de 2010

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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