Juan José Saer: 
La escritura en expansión

Sergio G. Colautti
scolautti@riotel.com.ar

           "La certeza de que al escribir ponía precisamente entre paréntesis dicha certeza,
incluso la certeza de sí mismo como sujeto de escribir."

                    M. Blanchot,  en "El paso (no) más allá".

















 












I

En  "La  grande" [1],  punto  culminante  de  la implacable insistencia de su trabajo  narrativo,  Saer  cuenta el intento fallido de recobrar el pasado. Dar  cuenta  de  esa  imposibilidad  es  la novela misma, dividida en siete capítulos  (siete  días: la "vuelta completa") de los cuales el último deja leer  tan  sólo  la  frase  agónica del escritor, el acto definitivo de una escritura  deliberadamente inacabada e inconclusa, en pugna desigual contra el acabamiento de la vida y el lenguaje. Como en todo el programa saeriano, el  texto  se  hace múltiple: la vuelta de Gutiérrez a la "zona" después de treinta  años  (fecha  que  demarca el golpe, la represión y el exilio) es contada, vista, reconstruida, desde la diversidad de la escritura, desde la expansión  del  signo.  El  primer  capítulo  relata una larga caminata (el esquema  de  "Glosa")  de  Nula y Gutiérrez cruzando en diagonal un baldío, bajo la lluvia. Gutiérrez se reencuentra con la tierra y el agua original y presente  después  de  tres  décadas  en  Europa. El  segundo  describe la genealogía  de  Nula (un   viaje  biográfico  familiar,  la  imperfecta reconstrucción   del  pasado). El tercero cruza a Nula con Soldi y Gabriela en una  calle hablando  de literatura local —el "precisionismo"—. En el cuarto,  aparecen  Diana  y  Nula,  extáticos  bajo el sol, como dioses sin pasado  y  sin  presente. En el quinto reaparecen el movimiento y el tiempo histórico:  Tomatis  le  pone  nombres  a   su  infancia  feliz viajando en colectivo. En el sexto Gutiérrez "vuelve" a su pasado y recibe a los amigos en  un  asado (lugar común de la mítica saeriana) entre el sol, la lluvia y el  pasado  que  regresa  en las palabras. El capítulo séptimo, inconcluso, deja  leer una frase única: "Con la lluvia, llegó el otoño, y con el otoño, el tiempo del vino".

  La  composición  caleidoscópica  —cuyo  paradigma  es "El limonero real"— reitera  las formas del relato circular de  "Nadie nada nunca" o "La mayor" y  también  su escéptica concepción del mundo como "vacío" que la escritura intenta infructuosamente llenar o, mejor, entender.

  Ese  movimiento  narrativo  se  emparenta  con  el  deslizamiento  de  la escritura hacia el vacío  que analiza Foucault:

  "es  posible de hecho que la cercanía de la muerte, su gesto soberano, su resalto en la memoria de los hombres, excaven en el ser y en el presente el vacío a partir del cual y hacia el cual se habla" [2].

  Saer  acerca  su  mirada  final  a  la  noción barthesiana de literatura: aquella  "revolución  permanente del lenguaje" que lo aleja de todo poder y lo  acerca  a  su  último  avatar,  la  ausencia.  Como decía Barthes, "esa imposibilidad  de  nombrar  es  la  literatura misma" [3]. Saer registra el fluir  azaroso  del  tiempo en una operación denodada e inconclusa, como la novela  final  y  como  el  final de la novela. Esa inconmovible coherencia atraviesa   su  programa  narrativo de décadas y representa el esfuerzo más notable de las letras argentinas por construir una escritura realista en el mejor  sentido macedoniano: aquella que nombra la disolución, el movimiento continuo e inatrapable de lo real, la complejidad inconquistable de todo lo visible.

  Lo  que  "La  grande" expande y profundiza es la noción del universo como caos,   como  dinámica  azarosa  e  incomprensible  que  sólo  la  limitada percepción del hombre transforma en "cosmos", en "armonía textual":

  "¿qué ven los sentidos? Un devenir que se repite y se inmoviliza pero... ese  engaño  oculta lo invisible: el cambio  continuo,  un  fluir sin dirección ni  objeto  ni explicación conocida del tiempo invisible que, silencioso, los atraviesa" (p. 20).


  Como  Onetti,  la  escritura de Saer se sitúa en el pliegue invisible que liga  realidad  y  ficción. Como  en "La  vida breve", sus textos siempre parecen postular cierto realismo descriptivo, cierto objetivismo narrativo, pero  la  ficción  satura toda la construcción textual al convertirse en la mirada del narrador, siempre disolutoria y evanescente, siempre dispuesta como indagación de la verdad, nunca como reflejo o evasión:

  "Podemos  afirmar  que  la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción,  y  que cuando optamos por la práctica de la ficción no lo hacemos con  el  propósito turbio de tergiversar la verdad... la ficción no es, por lo tanto, una reivindicación de lo falso. Aquellas ficciones que incorporan lo  falso  de  un modo deliberado lo hacen no para confundir al lector sino para señalar  el  carácter  doble  de  la ficción, que mezcla, de un modo inevitable, lo empírico y lo imaginario" [4].

  El  registro que da cuenta del "preciosionismo" es una larga ironía sobre la  literatura  como  instrumento  de  figuración  personal, como operación política  o edificación de una posición social. La figura de Brando aparece en  las  antípodas  de la noción de autor que la obra de Saer ha construido durante  décadas,  en  las que el centro es siempre la escritura misma y el autor disimula su figura social para consolidar su voz literaria:

  "es  siempre el texto lo que cuenta, nunca el autor, al  menos si se trata  de literatura  y má s aún de literatura de ficción..."  (p. 341).

  La  concepción del "preciosionismo", además,  contrasta con la concepción saeriana  de  narración  ("el  movimiento  continuo  descompuesto")  porque aparece  como  un avance de la ciencia sobre la producción textual, como un intento  de congelar, detener, fotografiar una realidad que la novela misma caracteriza  por  su  dinamismo, la "fugacidad versátil, contingente y sin sentido  de la materia". El  trabajo que Gabriela y Soldi hacen para recuperar los datos sobre el origen y evolución del movimiento litoraleño se  coloca  en  la misma dimensión que el texto en general propone sobre el pasado  de  los  personajes (la reconstrucción movediza e inagotable de los tiempos   primeros    de   Nula,  Gutiérrez, Tomatis...), es  decir, la imposibilidad de  la  certeza,  la  debilidad del discurso so bre lo que llamamos  verdad, tan alejada, casi siempre, de la intención "precisionista ".

  II. Contar y recontar

  En  "Cicatrices",  una  metáfora  aritmética explicaba la idea del relato circular: contar una y otra vez, hasta el nueve, y luego, recontar. Como en "El viajero", texto que vuelve sobre sí para decir la nada, el trayecto sin rastros,  el  espacio idéntico a la ausencia que en "Nadie nada nunca" será cifra, además,  de las desapariciones de la dictadura. En "La mayor" y en "A  medio  borrar"  esa  postulación  se  complementa con la idea de la apariencia desintegrándose como obsesión de la escritura utópica. "La  grande" cobija, resume, resemantiza y expande muchos núcleos de esos textos  y  de  otros  en  una  operación  a la que Saer ya acostumbró a sus lectores  porque los inventó, como Macedonio, como Borges, con la paciencia de un  orfebre, desde sus primeros relatos. En la novela final de Saer la noción  de escritura de la ausencia que se abre como un signo bifronte para designar  también  la  represión  militar  que derivó en ausencias físicas, sociales y culturales  reaparece  en  el texto último multiplicándose en historias de la dispersión del terror, el exilio y la pérdida (¿cómo contar el  horror?, ¿es  posible  el relato unitario sobre un pasado violentamente fragmentado?).

  Muchas zonas  de "La grande" reinciden en el procedimiento de escribir y borrar,  y  recontar, a veces sobreimprimiendo escrituras (el paseo oblicuo del  capítulo  inicial,  la vuelta  lineal al  pasado en  el segundo, la intersección  del  encuentro  en el tercero, el punto quieto del cuarto, el movimiento espacial del quinto, la mesa como centro convergente del sexto, la sola  palabra del séptimo), o trabajando  la diversidad genérica (narración, descripción, crónica, relato mítológico, metalenguaje crítico, biográfico, humorístico,  etc., como había ensayado en "El limonero real").

  El permanente escamoteo de la certeza que implica contar y recontar viene a  plantear  una  cuestión  capital  en  la  obra  de  Saer,  esto  es,  la problematización  de  la identidad y la apariencia, la propuesta permanente de  un conflicto entre ver y decir, entre el punto de vista y la escritura, un  duelo  sin  resolución entre presencia y ausencia. Contar es nombrar lo imposible y decir el imposible nombrar.

  Leemos en Premat:

  "Lo   percibido  está  al  borde  de  la  descomposición  y  resulta  seresencialmente enigmático. La falta de consistencia, el vacío, la monotonía, el  encierro, así como la tendencia a irrumpir, ablandar y poner en duda lo aparente, definen entonces la materia saeriana" [5].

La  percepción  quevediana  del  devenir  que perdura cuando la escritura logra  convertirlo  en  signo  y  de  la descomposición incesante de lo que parece  duradero  reaparece en "La grande" ya desde los epígrafes ("huyó lo que  era  firme y  solamente  lo  fugitivo permanece y dura") y en toda la novela en general, pero particularmente en un pasaje en el que Nula y Diana toman   sol,   recostados   en   el  pasto  del  patio  ("parecían  efigies esculpidas...también  podrían  representar a Adán y Eva...")  nombrados más allá  de  sí  mismos,  descriptos  al  borde  del  mito  o la prefiguración artística adquieren la apariencia de lo eterno ("la isla del instante en la que  creen haber encontrado un refugio, se deshace con ellos, incesante y a la vez fugitiva...") mientras lo que el sentido común concibe como duración y  como perduración se disuelve ante el sentido no común de la escritura de Saer:

  "Nada  cede  más profundamente a esa alquimia corrosiva que lo que parece definitivo,  estable  o  en reposo, como la roca, el metal, el diamante, la tierra, el sol, la luna, el firmamento"   (p. 261).

La  deconstrucción del sentido, propuesta por la potencia textual de toda la  novela,  intenta y borronea sin cesar la reconstrucción del pasado pero nunca  como objetividad, como revisión histórica ni apropiación de certezas ajenas.  Al  pasado  se  vuelve  pero incompletamente,  se vuelve desde la otredad, parecen  decir los trayectos de los personajes: desde la mirada y el  cuerpo  que la experiencia ha transformado en otro, hacia el pasado que el  tiempo  ha  disuelto o configurado como otro. En esa concepción late la lectura  que  Saer  hace  de  Proust en "La mayor", en la que postula que "ellos,   antes,  podían" volver al pasado desde el recuerdo sensorial, pero desarticulando  ese recurso como experiencia narrativa actual, y exponiendo esa  recuperación como imposibilidad que renueva y reformula la idea misma de escritura:

  "Parecía  producirse  en  él una especie de reconocimiento... hilachas de experiencia  desaparecidas, de pronto, en la evidencia rugosa del presente, se actualizaban" (p. 371).

  No  hay recuperación de lo perdido como en cierta narrativa romántica, no se revive lo pasado como en las últimas páginas de El tiempo recobrado, hay una  consideración  distinta  del  devenir, que se hace otro y hace otro al mundo:  una  reconsideración del pasado; el mundo es viejo y nuevo a la vez porque  habita  el  ayer  con su signo inalterable (la felicidad de Tomatis recordando  un  viaje  en  el  río,  el  dolor  sin  fondo de las historias personales  durante  la  represión militar) pero su actualización —desde la mirada  que  atravesó la experiencia del tiempo— lo torna novedoso. Por eso se habla de una apacible "reconciliación con el mundo" (p. 372).

  II. La herida de Ulises

  El  volumen  de  la novela, intenso, plural, incesante, trabaja la noción del  devenir como un presente interminable que actualiza la sensación de lo pasado,  que  busca infructuosamente una referencia existencial, un sentido posible en el flujo azaroso de la vida del cosmos:

  "La  muerte se había borrado y era la procesión perdurable de su infancia la  que  la  acompañaba  a  la  tumba. El  mundo  en cuyo tumulto se había sumergido  con  la  intención  de  darle,  inéditos, un orden y un sentido, terminó haciédolo retroceder a esa etapa preconsciente..." (pp. 89-90).

  Al  vértigo  que  la  trama  propone  cruzando  el  ritmo  narrativo,  la multiplicidad  del  punto de vista y las referencias metatextuales sobre la concepción del tiempo como disolución y regeneración continuas, la operación  saeriana opone la formulación del mito, como una "dialógica" del pensamiento  que  la  misma  dinámica novelesca propone, es decir, pensar y repensar, decir  y  borrar, construir y deconstruir... Por  eso  las referencias al mito como cifras del tiempo quieto, como espacio no sujeto a la  corrosión  histórica.  El  texto  se  detiene en la significación de la herida  de Ulises, que habla del regreso a su isla, inevitable y deseado, y lo vincula con las marcas en el brazo del abuelo de Nula: no son un destino sino  una  construcción  que  intenta decir un destino. La marca, como  la palabra, moldean y designan el destino de uno y otro y también de Nula y de los  otros  porque  detrás  de  la  quietud aparente del mito, debajo de su eternidad  inmutable,  late  también  un  presente  infinito,  "un continuo acontecer".

  "La grande" vuelve una y otra vez a esa zona sin tiempo del mito desde la que  Saer  problematiza  lo  real. Las relecturas de Pichón Garay y Tomatis sobre la ceguera de Edipo; la mencionada descripción de Diana (con un muñón como marca, como signo) desnuda ante Nula (Actión), castigado por verla; el barco  de Teseo, metáfora de la apariencia del ser, que es lo mismo y es lo otro...

  El mito es la exhibición del esplendor del tiempo,  pero sus signos menos visibles,  el  pliegue  de  sus relatos luminosos deja vislumbrar, como una opacidad,  "lo  imborrable"  del devenir: en la caída ciega de Edipo, en la carencia  de  Diana,  en  la  herida de Ulises, en las maderas gastadas del barco de Teseo, late esa certeza opaca de la disolución.

  Esa  noción  de opacidad, de oscuridad incluso, tan presente en la mirada levinasiana:

  "(el  arte)  es el acontecimiento mismo del oscurecimiento, un descenso a la  noche,  una  invasión de la sombra. El arte no pertenece al orden de la revelación" [6].

  Como  en  el  cuerpo  de  los  jóvenes,  míticos también en la exposición esplendorosa del tiempo, en los que Saer lee esa omnipresencia invisible:

  "son  exhibidos  por  el designio arcaico  que los trae a la luz del día, les  da  una  forma  atrayente  y  después,  sin crueldad ni compasión, los arrumba en el abismo" (p. 377).

  Tomatis  le  escribe  a  Pichón:  "el mito es irrefutable, la tragedia lo lleva al acaecer". Volver es trágico: eso muestra la experiencia literaria. Regresar  es  contra natura y la aventura se hace epopeya (Homero) o novela (Proust),  pero cuando el mundo y las certezas del mundo se desvanecen y se expanden,  entonces  la  novela ya no es más respuesta. "La única manera de ser  un novelista contemporáneo es no escribir novelas", decía Saer algunos años  atrás.  "La  grande" en particular y su programa narrativo en general consolidan  esa  convicción.  Su  escritura  en expansión, desde sus textos fundantes   hasta  esta entrega  final, ha  dejado  esas  formas  para experimentar una literatura del vacío, de la ausencia, de lo real puesto en jaque,  de  la  interrogación  permanente sobre la memoria,  el tiempo y la escritura.

Referencias:

[1] Saer J. J., La grande, Seix Barral, Bs As, 2005.

[2]  Foucault Michel, Lenguaje y Literatura, Paidós, Barcelona, 1996; pág.   63.

[3] Barthes Roland, Lección inaugural, S XXI, México, 1968.

[4] Saer J. J., El concepto de ficción, Ariel, Bs As, 1997.

[5] Premat Julio, La dicha de Saturno, B. Viterbo, Rosario, 2004.

[6] Levinas  Emannuel, La realidad y la sombra en López Gil,  Bonvechi; La imposible amistad, A. Hidalgo Bs As, 2004.

El autor:

Sergio G. Colautti (Río Tercero, Cba, 1959) es docente de letras, autor de los ensayos  Apuntes sobre la narrativa argentina actual (1992), Homenaje a Borges (colectivo, 1996), Escritores sin patria (colectivo, 2005), La mirada insomne (2006). Colaborador de La voz del Interior, de Córdoba (Arg.), Tramas (Arg.), y numerosas publicaciones de Argentina y España. Premio Nacional de las Artes (1991), Leopoldo Lugones (Cba, 2005), Haroldo Conti (Bs. As., 2005), J. L. de Tejeda (Cba, 2005) . Primer premio Provincial de  Cuento Policial (Cba, 1995), Primer Premio Cuento SADE Cba, 2005.
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©   Sergio G. Colautti

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen XI – Número 41
Abril-Mayo-Junio de 2010

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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