Entrevista con Alberto Salcedo Ramos:
«Odio escribir
pero amo haber escrito»
Libardo Barros Escorcia

Es acaso como vivir cerca del fluir apretado de la conversación de aquellos hombres y mujeres de la infancia que transitaban en la casa de sus abuelos. Campesinos y jornaleros vocingleros que no paraban de sumergir en la palabra sus emociones y deleitarse en su vivacidad al salir a flote con ellas. Por eso, para un hombre como Alberto Salcedo Ramos, el periodismo narrativo fue la oportunidad de desempeñar una costumbre ancestral. Nacer entre gentes con tino para poner un apodo, precisión para un apunte jocoso, habilidad para describir una cualidad o un defecto, que se las ingenia para reconstruir un hecho, relatar un cuento, acertar en el uso de un refrán. Dormir y despertar entre gente que reluce un variado atuendo verbal. Crecer rodeado de voces vivaces, animadas por una antigua tradición. Después de aquella infancia favorecida, vendría el estudio formal y las lecturas de escritores importantes, quienes contribuirían a reafirmar su innata cualidad: la narrativa.
A pesar de ser uno de los periodistas más exitosos del país, Alberto Salcedo no se ha apartado de dos principios fundamentales para el ejercicio de su oficio: decidida independencia y rigor investigativo. Por eso sus crónicas y reportajes, géneros que cultiva con maestría. Una buena muestra de ello son las entrevistas a cantores populares de la obra Diez juglares en su patio o los reportajes de De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho, como también su libro El oro y la oscuridad.
En la lectura de estos textos lo que llama la atención, lo que cautiva, no es el dato, la cifra o los hechos, sino su tratamiento, la manera de ubicarse, los puntos de vista que se presentan; la precisión para que la puesta en escena de las voces le den validez al tema desde una óptica diferente, pero alimentada con una poderosa técnica narrativa ejecutada con destreza en una crónica o un reportaje.
Sostuve esta conversación con Alberto Salcedo una semana antes del carnaval, tras su paso por Barranquilla, adonde llegó procedente de Valledupar, donde estuvo recogiendo información para el último trabajo que viene realizando. Sus palabras revelan el respeto que siente por su oficio. Es contundente y claro, sin apartar el buen humor, en sus consideraciones sobre la manera como se escribe hoy día, el marketing literario y los escritores que hacen de su oficio un espectáculo de feria.
El periodismo en Latinoamérica ha tenido un resurgimiento muy importante, la manera de mostrar los sucesos ha acercado el periodismo mucho más al arte. Siendo así las cosas, ¿estás más interesado en hacer literatura o en hacer periodismo?
Una vez Juan Gossaín me preguntó que cuando iba a “dar el salto” hacia la literatura. Yo le respondí que nunca he dejado de hacer literatura. Lo que no hago es ficción. A través del periodismo narrativo, uno hace lo que Juan José Hoyos ha llamado “literatura de urgencia”. En esta modalidad se cuentan las cosas con mayor dignidad estética, más allá del mero dato. Me gusta esta forma de mirar la realidad pensando no sólo en la veracidad sino también en la verosimilitud. Flaubert decía que “en los detalles está la verdad” y eso es algo que resulta evidente cuando se practica el periodismo narrativo. Hace poco fui al Oriente de Antioquia para contar cómo es la vida de esa zona, que es la más afectada del mundo por las minas antipersona. Allí se han presentado más de 6.000 víctimas, entre muertos y lisiados. Una tarde, yo me movilizaba en un taxi para recoger información. En ese recorrido, dentro del taxi se escuchaba una canción jocosa, de doble sentido, vulgar. En determinado momento, el taxista y yo nos reímos. Después, cuando me senté a escribir el relato, quise utilizar la canción como parte de la trama, pero tuve que quitarla. No fue que inventé algo para reemplazar la canción. No, en absoluto: simplemente omití ese detalle y me ocupé de otros que estuvieran más acordes con la situación. Aunque la canción era parte de la realidad, echaba por tierra todo mi esfuerzo narrativo, porque le daba un tono de fiesta y de broma a algo tan serio, tan grave y tan doloroso como el hecho de que caiga tanta gente en esas minas, incluyendo niños que pierden las extremidades. O sea, un dato cierto —el hecho de que sonara una canción— me dañaba la atmósfera de la narración y, de paso, conspiraba contra la verdad de fondo de mi crónica, la más importante de todas.
Además de lo que me has contado, ¿qué otra cosa crees que haces o dejas de hacer al momento crucial de la escritura de tus trabajos?
Leo y clasifico los datos que obtuve en el trabajo de campo, para descubrir cuáles serán los temas que deberé desarrollar en mi escrito. A diferencia de algunos románticos que desdeñan las grabadoras, a mí me gustan. La grabadora es una simple herramienta y no es justo culparla del mal periodismo. Es cierto que la grabadora no oye los latidos del corazón, pero es que el que los tiene que oír eres tú, no ella. Con la grabadora puedes recrear atmósferas, reproducir ese sonido sinfónico de la vajilla, o el frenazo en seco de un auto en la calle, o el pregón de un vendedor ambulante, detalles que a veces uno no percibe mientras hace el trabajo de campo y que después aparecen mágicamente mientras uno oye la grabación. Todo eso enriquece la atmósfera y le da más verosimilitud a lo que se cuenta. Ahora, no siempre la grabadora es oportuna. A veces es un estorbo y entonces es mejor saber observar y retener la esencia de la realidad que estás contando.
Luego de releer y clasificar los apuntes, trazo un croquis general de la historia. Determino cuáles van a ser los capítulos y qué voy a contar en cada uno de ellos. Siempre, antes de sentarme a escribir, ya he decidido el orden que tendrá la crónica, no lo que voy a decir, sino la estructura que tendrá mi relato. En mi crónica “Cita a ciegas con la muerte”, publicada en SoHo, yo narro en el primer capítulo la vida de los fiscales que hacen levantamiento de cadáveres; en el segundo capítulo personifico a la muerte, la narro como si fuera un personaje de carne y hueso, un personaje femenino cuyo nombre es La Señora Muerte. La utilizo para reflexionar sobre lo que ha sido la violencia en Colombia y digo, haciéndole eco a una vieja frase de Pablo Escobar, que la muerte es quizá lo único verdaderamente democrático que hemos tenido en este país. En el tercer capítulo me ocupo del cadáver que encontramos esa noche, durante el recorrido: le sigo la pista en flash back, es decir, después de verlo tirado en el piso me devuelvo en el tiempo para contar los últimos momentos de su vida. Entonces, llego a un punto en el que todos los elementos que venía desarrollando fragmentariamente, coinciden en el tiempo y en el espacio: se encuentran en la misma escena los fiscales, la señora muerte, la víctima de turno, y todo eso produce un efecto dramático inquietante, no tanto por lo que cuento como por la estructura que manejo.
¿Cómo consigues el tono, construyes las atmósferas, las voces…?
Eso es más difícil explicártelo. Yo digo que según el tema uno lo siente. Cada tema tiene su propio tono. Uno lo encuentra sentándose ahí, a trabajar. Eso sí no lo puedo saber antes. De un trabajo sé las cosas que voy a decir y cómo las voy a ordenar, pero del tono no tengo la menor idea. Va saliendo así. Un contador de historias seduce, tiene que seducir, como Sherezade, que salvó su vida gracias a su habilidad para seducir, para generar interés mediante sus narraciones.
Yo selecciono la información con un criterio ético y estético que me permita pensar en una verdad que no dependa sólo de los datos; Juan José Hoyos nos ha advertido que todo buen relato aspira a ser una representación de la vida, y yo le creo.
¿Qué es lo que consideras más importante en tu trabajo como profesor y qué le trasmites a los estudiantes?
Parto de una base muy sencilla con los estudiantes: es muy probable que terminemos el curso y ellos no sepan escribir. Venderle la idea a un estudiante de que yo lo voy a enseñar a escribir es una falacia. Es más fácil que aprendan cómo no escribir. Borges decía que lo que se puede enseñar es el amor por la literatura. Yo trato de contagiarlos de esa pasión. Seguramente les enseño cosas de la escritura. Me temo que se las enseño sólo a los que quieren aprenderlas, porque es evidente que siempre se cuelan muchos jóvenes a quienes sólo les interesa llenar un requisito académico para graduarse. Algunos, tienen la conciencia plena de que no se van a dedicar a eso.
Los muchachos también deben aprender a tener fortaleza. Esto lo digo porque en la escritura hay mucha gente joven que se desmoraliza ante el fracaso. Los jóvenes son muy impacientes. Si no logran un buen resultado durante las cuatro primeras veces ya tienden a pensar que no sirven para eso y quieren retirarse. Los que se retiran rápido no tienen conciencia de que escribir es difícil; yo se los hago ver. Les inculco que esto es serio, que es necesario respetar el oficio brindándole lo mejor de su tiempo y de su corazón. El reto va más allá de poner una palabra detrás de la otra con sentido informativo. Narrar es revelar, asombrar, trascender. La buena noticia es que siempre encuentro muchachos talentosos y comprometidos con su proceso de aprendizaje.
¿Cuáles lecturas les recomiendas y qué les reiteras a esos estudiantes que asisten al aula con entusiasmo?
Que lean a Capote, a Talese, a David Remnick, a Joseph Mitchell y a Mailer, entre otros. Que tengan en la mira a los buenos referentes, porque en ellos encontramos una visión del mundo que nos abre nuevas perspectivas. Ellos nos enseñan a descubrir la pasta de la cual están hechos los buenos relatos. Por ejemplo, después de la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, John Hersey fue enviado a Japón como reportero, por la revista The New Yorker. Para construir su narración, escogió a seis sobrevivientes y a través de ellos contó el drama de toda la ciudad. Va relatando individualmente cada historia y la va cortando para pasar a la otra, y todas se van intercalando en un montaje vertiginoso, humano, bello, que sobrecoge al lector.
Si de John Hersey es aleccionador su manejo de la estructura narrativa, de Gay Talese es magistral su manera de penetrar en la psiquis de los personajes. Tú sientes que a él casi no le interesa darte datos convencionales como la edad, el peso y la estatura —aunque te los da, desde luego— sino que para él lo más importante es decirle al lector quién es en verdad ese personaje, qué piensa y qué siente. Para saber todo eso, convive con ellos muchísimo tiempo, tanto como sea necesario para conocerlos a fondo. Mark Kramer dice que los buenos periodistas narrativos son aquellos que se convierten en parte del paisaje que van a contar. Este método de inmersión demanda una paciencia tremenda. Al primer día eres el intruso, y acaso al segundo y al tercero también. Pero si sigues yendo juiciosamente, si sigues haciendo tu tarea de estar ahí, sin desesperarte, llega un momento en que las personas hablarán delante de ti, harán sus labores normalmente, y nadie se intimidará con tu presencia, porque ya eres parte del paisaje.
En el reportaje al maestro Emiliano Zuleta, ¿cuál fue tu verdad de fondo, cómo te llenaste de razones para hacerlo?
Al viejo Emiliano lo conocí en el aeropuerto de Bogotá. Fui a esperar a una persona que venía de otra ciudad y él venía de Venezuela con Lorenzo Morales. Eso fue en 1994, un año después del disco de Carlos Vives, que volvió famosa esa canción en todo el mundo. Me le acerqué, y lo único que hizo el viejo Mile fue mirar a la mujer que me acompañaba. Le hablaba a ella y a mí no me ponía atención. Sólo miraba y miraba a la mujer. Cuando me despedí de él, me dijo: “¿Será que le puedo dar un besito a esta mujer?” Y sin rodeos, le estampó un beso en la mejilla. En seguida, esta vez mirándome a mí, exclamó:C“¡cómo me gusta besar a las mujeres!” De pronto, cuando pensé que ya se alejaría definitivamente, se devolvió y dijo: “Claro que me gusta más cuando ellas me besan a mí”. Y le puso la mejilla a mi amiga para que ella lo besara. En ese momento supe que estaba frente a una crónica. El viejo Emiliano era, a su manera, un humorista popular, un juglar incomparable, un decimero excepcional; estos versos de la canción Con la misma fuerza fácilmente hubieran podido ser firmados por Quevedo:

Dice Zuleta Baquero,

el hijo e’ la vieja Sara:

Me dicen que ya estoy viejo

pero no estoy viejo, nada.

Yo estoy como una naranja,

viviendo a sol y sereno.

Recibo los aguaceros,

prendido del mismo ramo,

y aunque se estremezca el palo,

nunca arrastro por el suelo.
Esos campesinos iletrados son profundos en sus reflexiones y alcanzan, por atajos distintos a los académicos, estados de sabiduría importantes. El viejo “Mile” tenía la picaresca a flor de piel. Todo eso yo quería destacarlo en mi trabajo. Que era un juglar nato, un ejemplo valioso para la cultura, un creador consecuente con su gran pasión. Siempre estuvo en su parcela, sembrando maíz y café, y aunque cantaba, nadie lo conocía. Pese a eso, no perdió las ganas de cantar. Él estaba tranquilo en lo suyo, y las canciones hablaban por él. Después, cuando le llegaron los millones por las regalías de La gota fría, tampoco dejó de sembrar ni de cantar. Por donde lo miraras, era un hombre coherente.
Precisamente sobre esa canción que se volvió tan universa,l no he dejado de preguntarme cuáles son las claves de su éxito. Por un lado, la melodía en tono menor es muy pegajosa. Por el otro, siento que la canción es muy colombiana. Su estribillo representa lo que es este país: "Me lleva él o me lo llevo yo / pa’ que se acabe la vaina." Es lo que aquí aplica todo el mundo: la guerrilla, los paras, los políticos, todo el mundo, espera llevarse al otro por delante, “pa’que se acabe la vaina”. Todos creemos que “la vaina” se acaba cuando desaparece el otro, o cuando lo jodemos. Entonces, volviendo a tu pregunta, diría que la verdad profunda en el reportaje del viejo Mile es lo que significa él como síntesis de su cultura.
¿Qué piensas de los festivales de literatura y cultura que últimamente se han puesto tan de moda en Colombia, y en los cuales hablan los escritores revueltos con cierta gente de la farándula?
En un país donde el arte y la literatura tienen poca difusión, no está mal que quienes sean capaces de hacer este tipo de eventos los lleven a cabo. No está mal que se disponga una logística para poner al alcance del público a escritores y artistas. ¿A cuenta de qué vamos a criticar eso? Estos eventos fomentan el debate, la reflexión, generan interés por el arte, difunden la cultura. Ahora, conviene que quienes asisten a esos certámenes sepan separar el trigo de la paja. En ellos suele haber mucha impostura y mucho culto al poder, al marketing, al negocio.
¿No crees que en el caso de Vallejo, por ejemplo, mucha gente lo reduce sólo al chistecito? Lo que él dice en estos espectáculos no es lo mejor de él. Lo mejor, lo verdadero, está en sus libros.
Muhammad Ali decía: “La gente no soporta a los bocones, pero siempre los escucha”. Vallejo aplica esa sentencia al pie de la letra. Es muy inteligente y divertido, pero cuando habla en los foros o en las entrevistas, no hay que tomárselo tan a pecho, porque suele estar más interesado en escandalizar que en ser coherente. Hace poco, en una entrevista que le concedió al periódico El Nuevo Siglo, confesó que le encanta Laureano Gómez. Ante eso, uno se pregunta si en el fondo no será que es un conservador feroz que juega a ser anarquista. Es muy tonto creer que Vallejo es un profeta: es un tipo que va por ahí diciendo lo primero que se le ocurre, a veces con gracia, casi siempre con rabia. Lo que vemos de Vallejo en esos foros, es el personaje que él ha creado de sí mismo, pero no el gran prosista que es. Hay que saber diferenciar entre el personaje y el escritor, y hay que saber qué es lo que a uno le interesa. A mí me tiene sin cuidado que un escritor le arranque las hojas a La Biblia y se las fume en público, o que diga palabrotas para escandalizar a las señoras. Lo que me interesa es lo que ha escrito. Juan Rulfo no hablaba casi, pero su hermosa obra sigue creciendo con los años. Milán Kundera decía que los buenos escritores suelen ser menos inteligentes que su obra.
¿No crees que ese show mediático se le acabará cuando agote el libreto y aparezca otro payaso mejor, que hable más duro y sea más atractivo que él para la platea?
Sí, claro. Es lo que ocurre en esos casos. Vallejo es un buen escritor, sin duda, y hay que juzgarlo por su obra literaria. En algún momento tardío de su vida descubrió que alegrar la galería con insultos, con improperios, dejaba muy buenos réditos. Me pregunto si él es un escéptico real, visceral, o si lo que hace son pataletas calculadas para, como se dice coloquialmente, “mojar prensa”. Antes, cuando estaba más pendiente de su propia obra que de la platea, lo respetaban más, pero ahora creo que se alquila como bufón, se va trasteando a sí mismo de un lado para otro, repitiendo los mismos insultos. Tú ves la parafernalia que tiene ese clown y el número está buenísimo: la gente se ríe, él es irónico, irreverente, muy inteligente, procaz, patán, combina todo. Dentro de él hay una especie de pandillero, de matoncito de barrio. “Yo grito más duro, mi pistola es mejor que la tuya, yo digo cosas más terribles que tú, yo te puedo aplastar”, luego eructa y hace un tiro al aire. A ratos habla más como gánster que como intelectual. También es erudito, pero muy arbitrario. Él tiene derecho a decir que García Márquez es un prosista menor, pero que no nos venga con ese cuento, porque nos parece muy estúpido; yo siento que lo dice más por envidia que por convicción. Además, es muy tonta su teoría de que la única voz válida en la literatura es la primera persona, pues la tercera se le antoja falsa debido a que un narrador no puede saber lo que piensan y hacen sus personajes. Y entonces, ¿qué hacemos con Cervantes, con Dostoievsky, con Vargas Llosa, con Camus, con García Márquez? No le veo ninguna seriedad a ese argumento tan peregrino.
No hay que confundir lo ruidoso con lo importante. El show tiene su gracia y quienes lo disfrutan están en todo su derecho, pero esto es algo extra-literario: lo esencial es la obra. Vallejo es un tipo que conoce el idioma. Su prosa es precisa, sólida. A la postre, eso es lo que va a quedar.
¿Para qué escribes?
Ésa es la pregunta del millón. Te diría lo más simple: porque me gusta hacerlo. Ahora bien: me parece que en el acto de escribir va inmersa una forma muy sutil de la pedantería. El punto de partida es éste: “Mira, aquí se va a contar una historia, y el que la va a contar soy yo. Entonces, siéntate ahí y prepárate para lo que te tengo aquí guardado”. Yo sufro mucho cuando empiezo y no sé cuál va a ser el tono, pero siento mucha alegría cuando avanzo y veo que el tren va en su carril. Una escritora venezolana lo dijo en estos términos: “Odio escribir, pero amo haber escrito”. Yo podría firmar esa frase.
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© Libardo Barros Escorcia
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Entrevista
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen XI – Número 41
Abril-Mayo-Junio de 2010
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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