Prólogo al libro El ideal de Aquiles,
del narrador Paul brito
Guillermo Bustamante Zamudio
El poeta Fernando Denis, en Barranquilla,
en casa de Guillermo Tedio
Para los griegos libres, discutir era el modo de vida. Su apetito cognitivo y la conversación ajena a lo trivial produjeron esa compleja manera de conversar que llamaron dialéctica. Con Zenón de Elea, esa tendencia a buscar la verdad oculta en la mente del ser humano, se fortalece. Hablando con él, Sócrates aprendió la mayéutica.
Zenón vivió aproximadamente —¿podría ser de otra forma?— 60 años durante el siglo V a. de C. Como buen presocrático, su obra no sobrevivió y sabemos de su pensamiento por interpuestas personas: controvierte la pluralidad del ser, asunto de su participación en el diálogo Parménides de Platón; niega el movimiento y el trascurrir del tiempo, según Aristóteles en la Física; conspira contra el tirano y guarda entereza ante la tortura, relata Diógenes Laercio en su Vida de los filósofos ilustres.
En defensa de sus ideas, Zenón inventó la demostración por reducción al absurdo. Ideó 40 paradojas, cuenta Proclo, de las cuales sólo nos llegaron cuatro. El azar fue clemente con el devenir, pues si con ese puñado se ganó —hasta ahora— 25 siglos de debate, ¿qué tal si hubieran sobrevivido las demás? Platón lo llamó «sofista petulante»; Aristóteles lo reputa descubridor de una práctica contrapuesta a la ciencia; Simplicio encuentra falaces sus argumentos… Séneca, San Agustín, Tomás de Aquino, Descartes, Hobbes, Kant… todos los filósofos se han sentido desafiados por su sutil argumentación. Pero sus aporías se muestran indiferentes a las refutaciones (fieles a la inamovilidad que pregonan). Como muestra la literatura, las
obras dejan atrás la crítica, se sobreponen a las deformaciones que se le infligen con el fin de acallar su provocación y emergen renovadas en cada lectura.
Cuando la filosofía natural se volvió física, sus artífices también sintieron invadido su campo y se vieron en la necesidad de articular un oxímoron: velocidad instantánea. Tampoco los matemáticos escaparon a la urgencia de hablar su incomodidad: «una suma de infinitos puede tener un resultado finito», «no se recorren espacios infinitesimales, sino discretos (pasos) », etcétera. Todos —entre ellos, Galileo, Bergson y Russell— buscaron que aquellos competidores desiguales, azuzados por Zenón, cesaran de alterar la tranquilidad de una matemática sin hendiduras. Tales objeciones sólo han conseguido formular de manera renovada el asombro. Las paradojas no sólo siguen ahí, sino que hicieron renacer las matemáticas dos milenios después: el infinito incognoscible de Zenón anticipa el cálculo infinitesimal, con el cual Leibniz y Newton procuraron resolver las paradojas; para lo cual, a su vez, tuvieron que inventar otro absurdo, no menos extravagante: un infinito cognoscible.
De la literatura provienen intentos de conciliación. Como otros escritores lo han hecho a su manera, Borges propuso una distensión: dejar que «ese pedacito de tiniebla griega» altere nuestro concepto del universo, en otras palabras, aceptar que el mundo es imposible por sí mismo, que lo único posible es la esencia inamovible del ser, su indivisa y omnipotente
divinidad. Lo demás es apariencia y artificio.
Lo sepamos o no, todos tenemos que ver —de alguna forma— con aquella historia en la que el héroe de la Ilíada, el de los pies ligeros, hijo de una diosa, no es capaz de alcanzar a una morosa tortuga. La literatura ha tenido en esa satírica escena una horma para sus abismos.
El nacimiento de esa carrera desigual desencadenó una revolución en el pensamiento. Con un logos riguroso, los eleáticos hicieron preguntas y abrieron el abanico de respuestas, presionaron al mythos y su limbo de dudas. Promovieron un ser al alcance del pensar, por oposición al cambio que está al alcance del ver. En el mundo que se ve, aquél de la evidencia, Aquiles gana; es fácil mostrarlo. En el mundo que se piensa, aquel de la razón, gana la tortuga; es complejo demostrarlo, pero Zenón lo hace de forma invencible. El movimiento es un no ser, una apariencia… como toda sensación que obtenemos del mundo.
Basándose en lo que vemos, Heráclito señala que todo f luye, que «todo surge conforme a medida y conforme a medida se extingue». La inexistencia del movimiento, en cambio, no se puede mostrar, es forzoso demostrarla. El pensamiento es igual al ser, una comunicación cósmica, no sólo un comercio de inferencias.
El juego de Zenón es cosa seria. La circunspección de filósofos, físicos y matemáticos nada más alcanza a rozar el misterio, a hacerle cosquillas. El placer del juego no cesa, porque sus reglas nunca se han movido: los que debemos movernos somos nosotros.
Usted tiene en las manos un libro que no busca conjurar el vértigo zenoniano, sino que acepta la invitación que ha latido allí durante tantos siglos: el juego, dejarse leer por el asombro, encontrar abismos inexpugnables entre el ideal y la realización, entre el eje y la asíntota, entre un motín de cifras y la democracia, entre la energía potencial y la cinética, entre dos sujetos, entre dos números reales, entre una palabra y otra, entre la vida y la muerte… y, por qué no, entre Aquiles y la tortuga.
_________________________________________
© Guillermo Bustamante Zamudio
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen XI – Número 42
Julio-Agosto-Septiembre de 2010
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v11n42ideal.html