El patio de mis recuerdos
Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico
Por alguna razón no establecida, pero que a lo mejor tiene que ver con la compensación luego de la incesante errancia que experimentaron los grupos culturales —indígenas, ibéricos, africanos— que sirven de sustento central a la cultura Caribe, el hombre de esta región siente un apego intenso por la casa, el cual se pone de manifiesto en su creación artística, en particular, en la literatura, en la que figura como una especie de obsesión.
No obstante, de manera singular, hay un sitio de la casa que goza de privilegio en la narrativa y en la poesía, como un reflejo de la vida cotidiana del hombre caribeño: el patio. Esta relación entre el individuo y el patio de su casa ha sido poco explorada. Quien más ha reflexionado sobre el tema ha sido Héctor Rojas Herazo. Sin embargo, el motivo del patio ha sido una constante en la obra de los autores más célebres y celebrados de la región —José Félix Fuenmayor, Amira de la Rosa, Meira Delmar, Cepeda Samudio, Rojas Herazo, García Márquez, Jairo Mercado, Álvaro Medina, Marvel Moreno, Giovanni Quessep y Roberto Burgos Cantor—, pero también en las nuevas generaciones que despuntan en busca de su cuarto propio en la casa de las letras colombianas como José Manuel Crespo, José Ramón Mercado, Jorge García Usta, Rómulo Bustos y John Jairo Junieles, entre otros.
¿Qué significación tiene el patio para ellos? ¿Cuál es su significación en la estructura de la casa? ¿Cómo se enmarca esta obsesión? ¿Qué afinidades y diferencias se ponen de manifiesto en su recreación y valoración del patio Caribe? ¿Cómo varía la percepción del patio con base en la edad? ¿Es lo mismo el luminoso patio de la infancia con sus cuentos de miedo y sus juegos infinitos que el patio crepuscular o de auroras perniciosas de la parranda y la pea? Cuando Rojas Herazo plantea que él no es de una casa, sino de un patio, ¿a qué se refiere? Cuándo Borges escribe “patio, cielo encauzado”, ¿qué sugiere? ¿Es similar el patio rural al urbano?
La revisión de algunos de los textos de los autores mencionados, así como la indagación en la memoria personal de los diversos patios conocidos, familiares o no, sirven de hilo conductor para la reflexión y el diálogo sobre este tema que, pese a su importancia, ha sido escasamente abordado. A lo anterior podrían añadirse algunos textos de poetas hispanoamericanos como el mencionado Jorge Luis Borges o el cubano Eliseo Diego y el chileno Jorge Teillier que aportan luces internacionales sobre el tópico, así como de poetas colombianos de otras regiones como Darío Ruiz Gómez y Fernando Herrera.
Las tendencias de la vida actual apuntan hacia el patio como un lugar en trance de desaparición, como una especie de animal simbólico (se habla de la cola del patio) en vías de extinción. De manera que en unos años es posible que ese ámbito íntimo y entrañable (que colinda con sitios fundamentales y movidos de la casa como la cocina), con su ropa interior, las prendas personales que testimonian la intensidad nocturna oreándose en los alambres, en el que ese encuentran y conviven la fauna, la flora y el ser humano libre, se convierta en una reliquia de papel y, a lo mejor, con su desaparición partan también tradiciones caribeñas como el rumor madrugador de las escobas de palito peleando con las lombrices y las hojas del alba y la oralidad, la conversación cálida a la sombra balsámica de los árboles antiguos, en el sitio del fresco, y hasta el chisme caliente, las lenguas afiladas que cortan virtualmente como Parcas redivivas los precarios hilos de la vida y, de paso, el reino del taburete, la memoria cultural, el recuerdo de los antepasados cercanos y el espectáculo higiénico de la batea con su concierto de manduco y agua detenida por el tapón de palo o de trapo que luego se desboca por el desagüe y el ritmo rabioso y risueño del pilón para los bollos y el arroz y el ritual ancestral del sancocho parrandero y la espontaneidad e irreverencia de una vida sin camisa y con toalla al pecho y chancletas curtidas que no acude a los cauces oficiales de la puerta, con sus formalidades fariseas, sino que se escabulle por la casi clandestinidad del portillo para el encuentro con el mundo exterior.
Escenario de alegrías y de ruina, de planes y desolación, de ilusiones y desesperanza, expuesto a la furia de los aguaceros tropicales que cavan caminos o trochas para la libertad del agua, recinto de los animales nocturnos con sus presagios peligrosos, dominio donde se encuentran e intercambian hábitos y afectos la familia y las amistades predilectas, el patio es como el corazón encendido de la casa cuya extirpación privaría a la vida de gran parte de su intensidad emocional e imaginativa. A la vida de hoy le falta patio.
_________________________________________
© Ariel Castillo Mier
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen XI – Número 42
Julio-Agosto-Septiembre de 2010
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v11n42patio.html