Contra viento y marea:
Alfredo Gutiérrez: La leyenda viva
Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico
En su compromiso de producir conocimientos de alto nivel sobre la región, para reasumir el liderazgo cultural del Caribe colombiano, la Universidad del Atlántico ha reemplazado el viejo y excluyente concepto elitista de cultura por otro mucho más amplio y democrático que le ha abierto el campo a las investigaciones sobre lo popular. Testimonio de este cambio son los recientes volúmenes de las Tertulias musicales del Caribe Colombiano, volúmenes 1 y 2, a cargo de Mariano Candela; los dos libros de investigaciones acerca del Carnaval de Barranquilla, por diversos autores, y esta biografía musical, Alfredo Gutiérrez: La leyenda viva, del periodista Fausto Pérez Villarreal (Barranquilla, Ediciones Un iversidad del Atlántico, 2001).
El libro de Fausto Pérez consta de tres partes: la presentación institucional por el rector de la Universidad del Atlántico y el prólogo de Andrés Salcedo; la biografía en 13 capítulos y un álbum fotográfico de Alfredo Gutiérrez que registra los momentos culminantes y las personas clave en la vida de este destacado músico del Caribe colombiano.
En la presentación institucional, el rector Ubaldo Enrique Meza, destaca la necesidad de estos trabajos que se proponen el rescate del acervo folclórico ante la avalancha arrasadora y homogeneizante del neoliberalismo. En su prólogo, el periodista Andrés Salcedo se adelanta a la verosímil sorpresa de los lectores ante la incursión de Fausto Pérez, conocido cronista y columnista de boxeo en los territorios, en apariencia, menos agónicos de la música popular de acordeón, y nos muestra cómo la vasta experiencia periodística del autor en el arte de Fistiana le sirve como preparación idónea para adentrarse en las intimidades de ese "sangriento cuerpo a cuerpo con la música y con la vida", que constituye la trayectoria vital, marcada por la marginalidad y la pobreza como la de cualquier boxeador de barrio suburbial, de Alfredo Gutiérrez Vital.
Y, en efecto, los trece capítulos de la biografía (que abarcan desde la infancia dura y laboriosa de Alfredo en compañía de sus padres hasta la época actual en la que algunos de sus hijos comienzan a destacarse nacional e internacionalmente en el oficio musical, prolongando las resonancias de su nombre y de su estilo) demuestran que la vida de Alfredo ha sido una interminable y única pelea de campana a campana, sin minutos de descanso, solo segundos, y sin seconds ni entrenador, porque su padre, que lo inició en las lides musicales, desapareció muy temprano del reino de este mundo. Por otra parte, se sabe, aunque las anécdotas sorpresivamente no aparecen en este libro tan completo, de numerosas ocasiones en las que el acordeonero ha noqueado de un solo golpe a impertinentes o profesionales provocadores que han pretendido faltarle al respeto en sus presentaciones públicas.
El libro de Fausto Pérez marca un hito en este género de las biografías sobre músicos costeños, en particular de acordeón (en los últimos años han aparecido las de Guillermo Buitrago, Andrés Paz Barros, Alejo Durán, Diomedes Díaz, Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Andrés Landero, Pacho Rada), en su mayoría libros esquemáticos, indocumentados, mal escritos o pretenciosamente literarios, parodias pedestres de Cien años de soledad, a la que pretenden superar a punta de hipérboles, diablitos de azufre y Francisco El Hombre. Mal escritas, cuando no desinformadas, lo más grave en estas hagiografías apasionadas son las intenciones torcidas que las orientan, la estrechez de miras, esos racismos encubiertos o subregionalismos subdesarrollados que, en vez de unir, separan, dividen para que reinen otros, como ocurre con la amarga biografía de Guillermo Buitrago orientada a probar que a ese gran cantante cienaguero lo mató un acordeonero guajiro con un trago malo, hechizado.
Múltiples son los méritos de este libro pionero. Mencionaré algunos. El primero: el tema mismo y el enfoque desde la empatía. Se trata de un libro limpio sobre Alfredo Gutiérrez, nacido de la admiración y el aprecio y no una diatriba contra región alguna o persona en particular, que le confiere el reconocimiento más que merecido a este gran valor representativo de la creatividad y el modo de ser caribeño.
Pocos músicos colombianos cuentan con una leyenda positiva como Alfredo Gutiérrez. Lo normal en la biografía de nuestros músicos populares (y tal vez de los otros también) ha sido el fracaso: Clímaco Sarmiento, que se ahorca con la cuerda de una plancha; el decimero Cico Barón, que pierde la memoria; compositores a los que despojan de sus canciones; intérpretes alcoholizados o sumidos en el sopor infernal de la droga: Adriano Salas, ciego, solo, sin familia, sin piernas, con un brazo muerto y la lengua empelotada que le impide hablar, es una alegoría viva del artista nuestro que se entrega a su público, le brinda felicidad, le transmite las ganas de vivir mientras se consume física e intelectualmente en un puro padecer la mayoría de las veces sin recompensa material hasta quedar como un ente enteramente espiritual en la eternidad de la canción y en los cirros falaces de la fama.
Alfredo Gutiérrez es un caso excepcional por muchas razones, entre las cuales sobresale su sostenida vigencia: muchos han sido en nuestra historia musical los artistas cuya resonancia se ha apagado como las velas en la rueda del cumbión, mientras que Alfredo Gutiérrez, desde comienzos de 1960, no ha dejado de figurar en el ambiente musical y sus interpretaciones todavía no han sido ni siquiera igualadas por los muchachos nuevos. Músico completo, de los últimos juglares que quedan, no sólo es un virtuoso con el acordeón (que toca incluso con los pies), sino que compone, canta, improvisa, baila, es todo un espectáculo. Grandes cantantes hay en su género que no componen ni una copla ripiada o si cantan, al cantar, la buena voz acompasada va por un lado y el baile, perdido, por otro, y en vía contraria; grandes compositores hay que parecen sordos pues cuando cantan se les extravía (y hasta se les pierde para siempre) la melodía; y no pocos son los grandes acordeoneros, reyes vallenatos incluso, bravos en la digitación, pero magistralmente mudos. Alfredo ha sido el único acordeonero en ganarse tres veces el Festival vallenato, y pudieron ser cuatro, porque no hay duda de que fue despojado de la cuarta corona por un jurado amañado y pusilánime que cumplió a cabalidad con su misión mezquina.
En la actual polarización que con pie en puros supuestos políticos se ha impuesto en la música de acordeón entre vallenatos-vallenatos, es decir, vallenatos puros, sin pecado concebidos, iluminados directamente por el consuelo del espíritu santo y vallenatos-sabaneros que vienen a ser como los descastados, la chusma advenediza, los parias pretenciosos que han querido apropiarse de la revelación divina, Alfredo Gutiérrez es de los pocos que, trascendiendo la malintencionada división, manejan los dos códigos. En ese grupo grandioso figuran, entre otros, Toño Fernández, Ramón Vargas, Calixto Ochoa, José Barros, Adolfo Pacheco y Alejo Durán. Con una diferencia: Alfredo no sólo conoce la música de las dos subregiones, sino que por sus venas corre sangre tanto provinciana como sucreña.
Otro gran mérito del libro de Pérez Villarreal radica en el énfasis puesto en la trayectoria musical del biografiado y no en el morbo de la vida privada; si aparecen datos sobre su vida afectiva es porque ésta está ligada a su vida musical y la copiosa información sobre sus familiares forma parte del contexto sociocultural.
Pleno de historias y de detalles proporcionados por los amigos, los colegas, los familiares y los musicólogos entrevistados por el autor, el libro aporta datos valiosos, entre otros tópicos, sobre: las intimidades de los triunfos en tres festivales vallenatos en Valledupar y dos campeonatos mundiales de acordeón en Alemania; su papel en la conformación de Los Corraleros de Majagual y su polémica salida de los mismos; el incidente fronterizo de las "tapas" moradas; el rumor del suicidio con Folidol en Medellín; la frustrada grabación de un programa de TV, que hubiera sido histórico, con Diomedes Díaz, porque se fue la luz en Bogotá; la generosidad y la importancia de Calixto Ochoa en su formación; el reconocimiento del papel del bajista "Calilla" en el encauzamiento del vallenato atropellado; la historia de sus principales composiciones; su paso por diversas disqueras; la cantidad de presidentes que figuran en el libro, muestra de las añejas relaciones del vallenato con el poder.
No obstante, tal profusión de informaciones no impiden la fluidez del libro, porque aparecen magistralmente distribuidas entre agradables y funcionales anécdotas estratégicamente dosificadas y ordenadas en apartados encabezados por sugerentes resúmenes que facilitan la lectura y le confieren al libro el dinamismo de una novela de suspenso. Narrador nato, Fausto Pérez ha sabido enriquecer su don con el dominio del lenguaje, adquirido en su breve pero vasta trayectoria de comunicador.
Digna de resaltar, por su valentía y dramatismo es la parte en la que el periodista y el músico se atreven a denunciar esa práctica criminal de los programadores de radio conocida como "la payola" en cuyos orígenes tienen no poca culpa los mismos músicos, sobre todo, ciertos cantantes ávidos de protagonismo que contaron con las manos rotas de los marimberos para sobornar a los directores de programas radiales con el fin de impedir la emisión de los discos de la competencia y conseguir la repetición hasta el aburrimiento de los discos de ellos.
En el futuro se podrá valorar el tamaño del daño que le ha hecho esa práctica corrupta (de la que no se ha salvado ni Shakira, a quien una emisora barranquillera la vetó por no pagar, pero cuyo éxito mundial ha sido una sonora cachetada con guante blanco a la mezquindad), y entonces habrá que hacer el juicio público a estos personajes que se han llenado los bolsillos al tiempo que privan al público del conocimiento de producciones importantes hechas con esmero y profesionalismo por músicos que no tienen para pagar la cuota de promoción. En el caso del vallenato habría que lamentar que por ausencia de difusión el público ignore propuestas tan interesantes como las de Colacho Mendoza e Ivo Díaz interpretando las canciones famosas y algunas inéditas de Tobías Enrique Pumarejo, Daniel Celedón e Ismael Rudas, Lisandro Meza y su amigos, Poncho Cotes y su familia, Fabio Zuleta y Chema Ramos, algunos de los cuales han optado incluso por retirarse de la actividad musical en plena madurez, decepcionados ante semejantes manías mercenarias de mafiosos.
La región estaba en deuda con Alfredo Gutiérrez, el Martín Lutero del vallenato cuyas herejías no le han sido perdonadas por los presuntuosos pontífices que se han creído su propio cuento denunciado por Adolfo Pacheco en El engaño y han querido minimizar el aporte, estigmatizarlo y esta completa biografía de Fausto Pérez, bien armada y mejor intencionada, que no parte del chismoso afán farandulero, representa un significativo avance en el cumplimiento con ese compromiso moral.
El minucioso trabajo de Fausto Pérez revela múltiples aspectos desconocidos de la dimensión humana y artística de Alfredo Gutiérrez, entre los cuales se destacan: su desprendimiento, sencillez y solidaridad desde pequeño cuando la enfermedad de su padre lo obligó a trabajar para sostener la familia; su amor a la tierra y a la región asumido con autenticidad, sin poses; su sentido de la dignidad para hacer respetar sus derechos y los de sus colegas; su profesionalismo, adquirido en su diario deambular de músico de bus urbano, que lo llevó a valorar el trabajo artístico en términos económicos (en la que lo antecedió Luis Enrique Martínez), la conciencia de que el músico no debe tocarle gratis a nadie; su papel protagónico en la urbanización del vallenato al que vistió de "smoking", convencido de que la muerte de la música tradicional se produce, ante todo, por la falta de renovación que le impide expresar una nueva experiencia del mundo que exige, en consecuencia, una forma diferente de comunicarla; su rebeldía para no tragar entero y actuar de manera independiente guiado por su intuición para entrar en sintonía con el público; su popularidad ganada a puro pulso con la que desbrozó el camino real por el que hoy circulan las nuevas generaciones, beneficiadas a su vez por el refinamiento de las artes promocionales: A Alfredo y a sus contemporáneos les tocaba irse a pie, atravesar barro, exponerse a los riesgos del monte en busca de público para sus canciones; su actitud iconoclasta que se adelantó a la era actual de las fusiones (sus experimentos de vallenato con violín, arpa y guitarra hawaiana y sus mezclas con el perico ripiao, la música clásica de Bach y Mozart, la guajira cubana y la salsa); su inconformismo crónico que lo han convertido en un músico experimental, capaz de dinamitar su propia estatua con tal de no incurrir en las fórmulas del éxito, visible en los epítetos que lo han acompañado, representativos de las diversas etapas de su evolución: el jilguerito, el trovero cantor de la sabana, el corralero, el romancero vallenato, el rebelde, el trirrey, etc.
Si no fuera un lugar común, "Contra viento y marea" hubiera podido ser el subtítulo de esta obra sobre un hombre que lo tuvo todo para fracasar, una infancia que nunca lo fue, sin juegos, trabajando desde los 5 años en los sardineles de los restaurantes, en los buses intermunicipales, en los trolebuses, en los salones de cine; dedicado a sostener sobre sus hombros infantiles el peso del hogar que su padre, por estar enfermo, no podía asumir. Y, sin embargo, ahí está, tan campante, como si el tiempo no pasara, y para felicidad de Colombia y del Caribe, vivito y acordeonando, acompañado ahora por esta biografía que desde ya se convierte en un inevitable punto de referencia a la hora de valorar el aporte de Alfredo Gutiérrez a la historia musical del Caribe Colombiano y del Gran Caribe.
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© Ariel Castillo Mier
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 5
Abril-Mayo-Junio de 2001
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA
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