Amparo Arrebato

Martiniano Acosta Acosta
Universidad del Magdalena
hacosta51@hotmail.com

"Amparo Arrebato le llaman a esa negra más popular.
Esa negra tiene fama de Colombia a Panamá.
Amparo enreda a los hombres y no se sabe comportar.
Amparo es sandunguera, nadie lo puede negar".

Richy Ray y Bobby Cruz


Los rayos del sol mañanero como largos cuchillos de carnicero parecen violentar las hendijas de la ventana. Los ojos saltones de Amparo juguetean con la dirección de la luz en donde flotan partículas de polvo y  la mirada se detiene en un cielo de travesaños para contar mentalmente una a una las fábricas de telarañas en los rincones. La cabeza y el cabello desgreñado descansan sobre los brazos rollizos. Tumbada boca arriba, se le nota el rostro acariciado por la brisa de la felicidad  y el  pie derecho, en vaivén, le transmite placidez. En silencio,  olfatea el aroma del café  hervido que  se desliza como gato de Angola desde la cocina hasta su cuarto. Los dedos de la mano en forma desprevenida, hurgan, allá abajo,  entre una maraña negruzca.   Su lengua de serpiente  relame   los labios gruesos y morados, dejándolos húmedos porque recuerda la voracidad  amorosa de Marcelo Santocín: de olor inconfundible, mezcla de arena y cemento, que fluye de la piel y de las ropas. Hombre con varios tatuajes en el pecho, de espaldas cuadradas y  brazos de gorila que, en los  momentos de gozo, la enlaza, ofreciéndole un intenso apretón de tierna furia. Lo evoca con amor como perrita encariñada.  Ni antes ni después del jale-que-jale cruzan palabras. Sólo le brinda cervezas hasta marearla. En medio del silencio de las calles y la vehemencia de los sentidos, unas manos multiplicadas buscan anclar en el centro de gravedad de Amparo. Se encaminan al lugar de siempre para desterrar el impulso que  los incendia. Detrás de un muro derruido y debajo de un  árbol de tamarindo, empieza a besuquearla, a morderla, a dejar rodar su mano-palustre  calluda por las entrepiernas en un afán de animal descontrolado. En esos momentos, ni los ladridos de
los perros ni el excremento de las aves nocturnas y menos los gritos de reproches de los vecinos por el espectáculo, les perturban la ceremonia de cada jueves. Marcelo  le levanta la indefensa falda y  le arranca la pantaleta de un tironazo y zas... zaas... zaaas... zaaaas... La desesperación  abismal los lanza hacia  olas de un mar que se choca contra las rocas y luego se arrastra feliz por la playa.

--Amparo,  vas a pasarte toda la mañana en la cama.

El grito de su madre la sorprende y la espanta y un gesto de fastidio se le asoma en la boca de labios burdos. Sin embargo, se levanta, se baña, va hasta la tienda de la esquina y luego se entretiene con las telenovelas del mediodía.

Guillermo Todaro la imagina desperezándose de la juerga de hace dos noches. A él no le importa, en absoluto, que el jueves hubiera estado con  Marcelo Santocín y este sábado se asfixiara de amor  en los brazos de Armando. Ya vendrá para él, otro domingo. Una veloz locura de amor. A pesar de los comentarios  de Danilo Morales,el peluquero, sobre las escapadas con otros hombres, Guillermo la ama y eso basta. Aquellas frases no rebajan su hombría en lo más mínimo. Tiene paciencia de
elefante y fidelidad de santo.  Amparo ha sido su primer desboque sexual. Y él trae a su memoria las noches de los domingos  en que se tienden en la playa  a beberse el cielo estrellado, a escuchar el juasjuas de las olas, el musicar de un acordeón en la lejanía y el retumbar de la sabrosura de una salsa que habla   de una Amparo Arrebato que es sandunguera y enreda a los hombres. Amparo, en el tira-y-jale, pide más y más  como gata bocarriba,  como perrita melosa,  señalada por el destino, desde muy pequeña, para desafiar y satisfacer sin temor y con fervor los arrebatos de los hombres.

Sus  ojos  se desfloran en el instante en que la tierra tiembla de amor junto con ella, y se  agarra de las solapas de la camisa de Guillermo, sin freno, con tanta fuerza que la respiración excitada sobreviene como la de un niño con asma. Choque de cuerpos al embragar. Vía transitable del amor sin obstáculos.  Dientes amarillos y negros, y el tufillo de cebolla cortada de Amparo que va cuesta arriba confundido con el  olor a gasolina y a aceite de  Guillermo. Sin embargo,   Todaro adora el
trasero que exhibe Amparo: paradito y duro como el de todas las mujeres de raza negra. La sonrisa chueca. La mirada de ojos inflados. La piel color caimito maduro. El cuerpo  bañado en sudor,  atacado por los jadeos  y por las contorsiones de gata mimada,  han hecho que a él siempre se le encabrite la caña de su masculinidad.

El murmullo  serpentea. Que Amparo Arrebato la negra más popular del barrio, esa desdentada y de boca hedionda, ha contado con una suerte del carajo. Que anda con cinco hombres a la vez. Que eso no lo recoge del suelo. Que su propia madre anduvo, tiempo atrás, desordenada y desbaratando hogares. Aseguran que cada hijo tiene un padre. Danilo Morales, el peluquero,  mira a Amparo con unos ojos que la quieren trasquilar y, según parece,  ha soltado el comentario de que  va a separarse de su esposa. Al darse cuenta de que una mujer convive con tres hombres, siente los tijeretazos de la incomodidad en la piel.  Y hasta le han oído exclamar: "Una inmoralidad, un escándalo caminando por el pueblo, mal ejemplo para las otras niñas" pero con disimulo la sigue con la vista hasta perderla en el final de la calle que termina en el mar. 

Las voces pordebajean. Que Armando Bernal, embriagado,  levanta a puñetazos a Amparo cuando no la encuentra en  casa. Que con uno se acuesta para sacarle plata y a los otros dos los tiene en capilla ardiente. Que el jueves atiende a Marcelo Santocín, el albañil de sus sueños. Que el domingo a Guillermo Todaro, el mecánico de su alma. Y el sábado a Armando Bernal, el electricista de su cuerpo. Que por ahí, en secreto, alguien le escribe poemas eróticos y de amor que la hacen llorar y   enloquecer. Que para cada uno ya tiene estipulado un horario. Son, según dicen, las reglas del juego que ella impone. A Marcelo Santocín tampoco le afecta que Amparo un día se encuentre con Armando y al otro, con Guillermo. Ni que le muestre los sonetos pornográficos que alguien le cuela por debajo de la puerta de su casa todos los martes. A pesar de tales circunstancias, él no guarda brasas de rencor en su corazón;  sólo le interesa que  Amparo, cuando ya se le dibuja una sonrisa borracha, le haga lo mismo de siempre debajo del árbol, con la misma devoción de maestra con la que Marcelo  pierde toda noción de la realidad.

Armando Bernal:  hombre de pocas palabras y electricista ocasional a quien siempre se le   encuentra en la esquina, su "oficina de trabajo". Allí le caen las marañas. Sin embargo, sus  herramientas han permanecido  más tiempo en la compra-venta empeñ das que en sus manos. Armando Bernal es un obsesivo por las canciones vallenatas porque su vida se encuentra relatada allí. Así lo manifiesta cada vez que el licor le cruza los cables del cerebro.  Siente el corrientazo  del celo cuando sabe que Amparo se  halla en otros brazos. Incluso, la ha amenazado de muerte si algún día la llegara a ver de manos cogidas  con alguno de "esos manes". En sólo una semana, el odio, chispa a chispa, se le acumula y se le prende. Y el encelamiento, por dentro y por fuera, lo
eletrocuta.

--Ya ni siquiera tengo yo el valor de un pedazo de alambre --piensa.

Armando ha fumado más de treinta y un años sin darles tregua a los pulmones, a pesar de las prevenciones de los anuncios publicitarios. Por eso, desde lejos, el olor impreso en los vestidos y en el cuerpo  le delata su presencia. Nunca ha tomado para divertirse sino para emborracharse y olvidarse de las penas, preocupaciones y deudas. Tumbado sobre el suelo, juega con el humo de un cigarro.  Desde temprano, Amparo se entera que Armando Bernal anda en la "oficina" por el penetrante olor a cigarrillo que se esparce  por toda la calle  y por las habituales melodías vallenatas que él repite casi a gritos.  Cada minuto que transcurre a Armando se le intensifica el voltaje de su pasión. Es sábado por la tarde. Ella se viste con tranquilidad: la repetida minifalda color chocolate(sin nada debajo), la blusa blanca con la flor roja estampada. El pelo sin peinar, apenas con una peineta que recoge un moño y un lazo desteñido que cuelga por colgar, y unas chanclas mohosas por la arena. Tiene todo el tiempo de su vida. Desde la esquina, se desplaza la melodía que Armando entona:

"Me mandaron una carta, mujer, y yo la recibí, no la quise leer, porque allí comprendí, que allí tú me eras infiel..." La calle se inunda en una procesión de notas alegres y tristes.  Amparo parte a las seis de la tarde para reunirse con Armando. A su paso saluda a Danilo Morales. Detrás de ella, comentarios y frases denigrantes  se lanzan como puñados de arroz a la salida de un matrimonio. Los perros también salen a olisquearla y la acosan hasta la esquina. Sin embargo, ella camina con la frente en alto, con mucha dignidad. Armando  la espera con una cara electrizada por la  rabia. Danilo Morales parece vigilarlos y ha jurado --frente a su clientela-- que nunca, jamás, se acostará con una mujer de tal calaña.

Amparo y Armando se abrazan y se dirigen  al río,  sin proferir palabra. El balbuceo queda atrás sacando chispas, soltando el veneno verdinegro contra ella. Las dos figuras poco a poco se pierden por entre la maleza para realizar  la misma ceremonia de todos los sábados: desnudarse, acostarse en la orilla del río con los pies entre el agua fría, entrepiernarse, enarenarse y hacer el amor.

El runrún, como un árbol de ramas infinitas, florece entre las luces de la noche porque siempre aparece un nuevo ingrediente que va de boca en boca contra Amparo. El repertorio no se agota. El cuchicheo serpentea. Que quién lo iba a imaginar. Cuentan que èl se deschavetó por ella, y ella, ni corta ni perezosa, le sacaba dinero. De esa manera,  destruyó  trece años de matrimonio de Danilo Morales. A su vez, también se murmuró que la esposa de Danilo juró que eso no se quedaría así, que los días de esa perra estaban contados. Pobre Danilo, el hombre correcto, fiel, respetuoso y honesto,  sucumbió al final. El, que  la calificaba de mundana e inmoral, ahora, había cerrado el negocio los lunes porque se había convertido en el día sagrado y consagrado para Amparo.

El domingo por la mañana, el hilo de una noticia tenaz se desenreda. Toda la gente se vuelca hacia el río como un río humano. "Un crimen pasional, eso se veía venir": son los comentarios escuchados  por doquier.

Sin embargo, nadie está seguro de  lo ocurrido. No hay testigos. Dicen que todos sus amantes han escapado, que se les ha solicitado su presencia y ninguno ha dado la cara; incluso, Armando con quien la vieron por última vez camino al río, ha desaparecido. "Ella se lo buscó", agregan otros,  enfurecidos. El informe de las  autoridades confirma que en el sitio del crimen encontraron a Amparo sin vida en la orilla del río, tasajeada  exactamente con un cuchillo de desescamar pescado y, a su lado, una hoja de papel arrugada y rota en las puntas en la que se halló escrito un poema erótico de autor anónimo dedicado a ella.
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©   Martiniano Acosta

LA CASA DE ASTERION
ISSN: 0124-9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 5
Abril-Mayo-Junio de 2001

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124-9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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VOLUMEN II - NÚMERO 5