Escolios
a la obra de Jorge Artel

Álvaro Suescún T.
alvarosu@hotmail.de


Escuche el poema "La cumbia", en la voz de Jorge Artel:























Notas de Ramón Vinyes, Manuel Mejía Vallejo,
Eduardo Carranza, Héctor Rojas Herazo y Luis Palés Matos.

Como se sabe, Jorge Artel nació en Cartagena de Indias en abril de 1909. Aunque de su poesía se publicaron varios libros, en esencia son dos: Tambores en la noche y Sinú, riberas de asombro luminoso. El primero de los comentarios escritos sobre su obra estuvo a cargo de Don Ramón Vinyes, el sabio catalán (1940); en Colombia también se refirieron a su vasta trayectoria literaria, entre otros, Manuel Mejía Valllejo, en El Mundo de Medellín (1979), Eduardo Carranza, en la Revista Literaria Sábado (1944), y Héctor Rojas Herazo, quien nos ha entregado con carácter de exclusiva primicia una breve nota escrita en fecha muy reciente.

Y de su conocido largo periplo por las islas del Caribe y por Norteamérica, donde conoció a los protagonistas de las manifestaciones poéticas de las negritudes, entonces en boga, tal vez el autor de más alto calibre intelectual que escribió sobre Artel fue  el eminente poeta de Puerto Rico, Luis Palés Matos, quien  se refirió a él como un hombre de "verbo de pasta cálida, paleta de colores tropicales y enteros, robados seguramente al medio nativo de su Cartagena, donde el cielo es de azul completo y el Mar Caribe le replica en sinfonía cromática que va del verde de Viena hasta el turquí denso y añiloso; ritmo ligero, como de bailable, y actitud amorosa y sensual".

De todos ellos hemos obtenido los comentarios que les suscitó la obra del poeta colombiano, para el análisis de los acuciosos lectores de LA CASA DE ASTERIÓN.

Jorge Artel y su Poesía

Ramón Vinyes

Esta reseña sobre el primer libro de Artel, Tambores en la noche,
fue publicada por Vinyes en El Heraldo, Barranquilla, 1 de junio de 1940.

Frente a Jorge Artel, compacto, musculado, auténtico peso fuerte, sonrío un momento. Me pasa por la mente la veleidad imaginativa de presentármelo como poeta, cleptómano de pañuelos de niebla y ornamentista especializado en alhelíes y flores-mariposas: un oso jugando con un sonajero.

He visto el caso: aparentes cíclopes han ejercido papel de campaneros de campana de enredadera . No son ellos, pescan sueños de artificio con redes de telaraña. O si son ellos —si una gran fuerza muscular es traducida por una voz de reguero de vidrio— la sorpresa me hace desconfiar del oro poético que puedan darme: temo el similor.

La poesía de Jorge Artel nace de lo que el poeta ve, toca, interviene, gusta, huele. No crea sus motivos poéticos. Extrae la realidad poética de las realidades cotidianas para crear una nueva realidad de poesía incompatible con las ensoñaciones deshilachadas. La "cumbiamba" —ponemos un ejemplo— al pasar por Artel no es decorativismo de noche de trópico o lujuria movida que serpentea oscura y rítmica bajo la claridad alta de las velas que arden. Es danza ancestral nacida del barro genésico. Se abre como fruto que muestra su semilla. Y Artel nos informa que sabe que el futuro es creado para la semilla que lleva dentro, no para el sabor que nuestras bocas puedan encontrarle.

Presente siempre el poeta en su poesía, poetiza con sus cinco sentidos, tentaculados, rapaces. La sed de captación, el gozo de clavarse a las cosas con ventosa de tentáculo da originalidad al poeta. Pasa por la poesía de Artel la substancialidad sorbida a lo que canta. Si el poeta de Tambores en la noche hubiera construido sus cantos con modelos que puedan parecer similares, la onomatopeya hubiera regalado balanceos inciertos a su poesía, y su solidez de peso fuerte hubiera tenido el movimiento duro de los flancos de una barcaza. Por ser él, queda sólido e inmóvil: así puede sorber con mayor facilidad. Su canto no es surtidor, ni bouquet florido, ni música, ni gárgola, ni sutilidad, ni rumbo de porcelana al rajarse: es vida, una vida arrancada a las cosas vivas  y dicha con boca buena catadora del sabor carnal, racial y popular de lo que canta.
PORTADA
VOLUMEN II - NÚMERO 5
A Jorge Artel,
en los vientos de Santa Helena

Manuel Mejía Vallejo

Publicado en El Mundo, Medellín, lunes 30 de abril de 1979.

A veces querer puede convertirse en rutina del amor, en vicio cotidiano, en aquella "servidumbre de los afectos" de que hablara Roger Caillois en algún libro inolvidable. A veces puede ser una ausencia sin nombrar o la repetición de un nombre amable para los desvelos. A veces la rabia y la ternura  hacen entender hasta que punto son las horas limitadas. A veces una simple mirada esperadora, una sonrisa al azar,  un sueño perdido. O cuando dan ganas bastantes de acariciar un perro, de sobar la crín de un caballo o de apretar la cabeza de un niño. O mirar  el vuelo de un pájaro blanco. O ver desnuda a la mujer que nos ama. En las palabras no cabe el amor, lo invaden para destruirlo. El amor, de pronto, es coincidencia. Como la amistad cuando no pone condiciones. Se acepta al amigo lo que es o regresan las huellas al punto de partida, aunque perdonamos con mayor facilidad al enemigo que al amigo, los de este aguardamos su correspondencia.

Estoy divagando, otra manera de empezar.  Hoy quiero hablar de Jorge Artel, poeta negro o mulato pero poeta de todas las horas en su brega. Ese tipo respirador, de sonrisa callada, elemental y suya, tan llena de esencias claras, ese camarada de noches y días para el recuerdo intemporal en las horas del hombre. Por los lados de La Habana me dijo Nicolás Guillén su admiración, una noche en que recordaba versos ligados a mi pequeña historia de queredor empedernido. 

Yo  soy  como  este  puerto que el  crepúsculo  baña,/ extraño  y  triste:/solo tu recuerdo  me reconoce y me habla [...].

O si reiteraba su "Velorio del boga adolescente", o remataba aquel  "Y antes  que sean versos / me duelen las palabras".

Yo quiero a Jorge Artel  por vagabundo y poeta, por amigo, por leal a su vida y  a su obra, por generoso y desinteresado. Recuerdo cuando fundamos la "Casa de la Cultura", donde yo fungía de presidente y Pedro  Nel Gómez y Fernando González de segundones... Insolencias de juventud, con otros muchachos que se llamaban Carlos Castro Saavedra, Alberto Aguirre,  Balmore Álvarez, Gilma y Rocío. Y Luis Martel, animador de todo, poeta y editor, que se rajaba en dos  la cabeza con sus carcajadas, hasta el maestro Solís, un obrero  entusiasta y viejo que tocaba la flauta, hizo un himno al libro porque fundamos e instalamos veintitantas bibliotecas en los barrios populares, y hubo discursos de coronación y reinas del libro y candidatas que iban de casa en casa pidiendo viejos mamotretos o volúmenes recientes para llenar anaqueles en sitios antes deshabitados para la cultura. Fue una época romántica donde hasta Bélico —el hoy superado Belisario Betancur— nos insinuó como peligrosos comunistas: siempre ha sido un peligro la cultura.

Jorge Artel hablaba con su voz inconfundible, con su fe y su presencia varonil en aquella reuniones llenas de miradas expectantes, un pueblo bueno que pensaba  en salir de su analfabetismo, charlábamos, reíamos, sufríamos entregados a una hermosa tarea con la audacia y la bondad que dan los primeros veinte años, siempre irrecuperables. "Desde esta noche a las siete/ están prendidas las espermas:/ cuatro estrellas temblorosas/ que alumbran su sonrisa muerta".

Decía Jorge Artel, y la gente se estremecía y gozaba su poesía . Y ese  pueblo numeroso le hacía repetir "cuando tiraba su grito/ como una atarraya abierta".

O su canto de "Cumbia" o "En Medelín te pienso" o "Cartagena", en aire suficiente para el canto de amanecidas recordadoras.

O cuando escuchábamos a Lucho Bermúdez y a Matilde Díaz en "quiero lanzar un grito vagabundo, quiero lanzar un grito y no me dejas"; cuando en "Salsipuedes",de Jorge Marín, cantaban Balmore Álvarez y Dófora, su hermana, y las entusiasmábamos contra esas noches de copas sonámbulas; cuando  amábamos con fuerza que empujaba desde dentro: exprimíamos la vida y le sacábamos su jugos mejores y le sacábamos también sus jugos amargos que nos mostraban el otro lado de la embriaguez.

Hoy tengo presente la figura de este hombre, y me llena de ternura su voz también recordada. Sigue de Inspector en Santa Helena, una vereda fría, compensada aquella temperatura en su calor humano y en su compañera Ligia Alcázar, igualmente poeta y cuentista, y sus pequeños hijos, por fortuna ligeramente salvajes al viento de los cerros.

Solo quería decir cómo me hace falta de pronto Jorge Artel, cómo me da alegría saberlo vivo y cantando poemas que tanto favor  hacen a la poesía en este país olvidador. Decirle, simplemente, que lo quiero mucho en sus versos, en su rebeldía y en sus soledades.


Jorge Artel, el Poeta Negro

Eduardo Carranza

Semanario Sábado, 8 de enero de 1944.

Jorge Artel ocupa una situación bien diversa e insular dentro de la poesía colombiana. Hay en sus versos un tono y un acento peculiares, inconfundibles, a los que solo pueden encontrárseles un glorioso antecedente, dentro de nuestra tradición literaria, en la nostálgica quejumbre de Candelario Obeso. Pero lo que en el negro poeta que amó y cantó desesperadamente a la sombra patética del siglo XIX, fue apenas trémulo anuncio, esbozo conmovido, en Artel es acabada cristalización de una manera poética. Artel lleva la voz cantante de su oscura raza que a la orilla de nuestros mares, entre la dramática soledad de las selvas y a lo largo de nuestros inmensos ríos misteriosos, sueña y sufre, ama y labora, para contribuir con su nocturna vena a la total integración de nuestra nacionalidad.

Puede afirmarse que la historia de nuestra poesía es un transcurso de reflejos, de ecos --geniales a veces-- de las grandes renovaciones europeas. Nuestros poetas han trabajado siempre sobre previos materiales, adaptan, asimilando, estilizando la sustancia poética ultramarina. Aún los más prestigiosos intentos terrígenos y americanistas se resisten de un subyacente sabor foráneo. Rivera en su "Tierra de promisión", para citar un ejemplo insigne, resuelve las imágenes deslumbradoras de la llanura colombiana en un estilo y una retórica de tipo parnasiano. Lo extraordinario en el caso de Artel radica en la pujante sinceridad de su actitud autoctonista, en la caliente emanación tropical que se evapora sobre su obra, y en el logro de un lenguaje, dócil a la expresión de un nuevo sentir americano. Hay algo de elemental y palpitante en su poesía que suscita de inmediato el recuerdo de esta libre y romántica naturaleza nuestra, creando bellas formas al arbitrio de su poderosa fantasía, sin sombra de premeditación humana.

El mar se oye como perpetua música de fondo en la poesía de Artel. Un autentico mar de labio devorante aparece, con frecuencia, casi tangible, a flor de verso. En la literatura colombiana el mar es casi siempre una nostalgia o un anhelo. Nuestros poetas no han visto el mar. O si lo vieron no han sabido expresar su espíritu multiforme. Jorge Artel viene a ser realmente el primer gran poeta marino de Colombia. La salobre fascinación oceánica como que circula por su alma y por su poesía. Artel canta también la fiesta y la pena de los negros. En su tórrido mundo danza la onda, la palmera y la mulata. Mientras suenan en la sombra tambores y la primera y la mulata. Mientras suenan en la sombra tambores y acordes y se desliza el manso dolor resignando de la raza sombría.

Jorge Artel nació en la heroica y amurallada ciudad de Cartagena el año 1909. Creció entre la amistad de la piedra y la ola. Un día descubrió su mundo interior y emprendió la conquista de sus inéditos territorios. En 1940 publicó con grande éxito de critica "Tambores en la noche". La lírica de Colombia espera todavía de su alta vocación y de su permanente fervor nuevos frutos de renovada belleza.

Boceto para la palabra de un amigo

Héctor Rojas Herazo

Artículo inédito, especial para LA CASA DE ASTERIÓN,
Santafé de Bogotá, marzo 5 de 2000.

Jorge Artel:

Para intentar una simple apertura biográfica, debemos recordar que Jorge Artel apareció integrando, con Castañeda Aragón y Donaldo Bossa Herazo, la trilogía de la canción marina en Colombia. Toda la fastuosidad del elemento oceánico aspiró Artel a abarcarla en este lamparazo confesional: "Amo el mar porque es atrabiliario y loco, porque tiene olas volubles como hembras y porque no es de nadie". Pero lo privativo de Artel fue su amor a Cartagena, al acento y la jerarquía de su raza, a los insistentes llamados de una herencia que su palabra fue entonando en cadencioso sufrimiento. La mayoría de esos llamados aparece en Tambores en la noche en poemas como "Velorio del boga adolescente", de una modélica e impresionante sencillez. Más tarde, fundido a un inevitable proceso cultural a Pales Matos, José Zacarías Tallet y Nicolás Guillén, Artel contribuyó a la sorprendente riqueza afromulata del Caribe.

Por último, y probando —una vez más— que el verdadero sentimiento poético carece de límites, extendió su búsqueda hacia una emancipadora totalidad. De esa culminación quedaron poemas de tan sufrido y doloroso esplendor como "Responso de mi alma en pena por todos los puertos del mundo". Artel fue, además, un ímpetu creativo enaltecido por su valor humano.

Presencia de Jorge Artel

Luis Palés Matos

Alma Latina, San Juan de Puerto Rico, 8 de abril de 1950.

Jorge Artel, el ilustre vate colombiano que nos honra con su visita, es bien conocido entre los grupos culturales y universitarios que aman la poesía.  Él es una presencia dinámica y eficaz en las letras americanas y una influencia renovadora sobre las juventudes poéticas del Continente.  Como en Nicolás Guillén, como en Langston Hughes, como en Jorge de Lima, aunque en diverso modo, su arte arranca del pueblo, se nutre de esencias populares, y está sometido al golpe elemental de la sangre y el instinto, que es siempre golpe certero, porque es golpe de naturaleza.  De ahí que derivase, por espontáneo impulso, hacia ese foco de atracción humana, inescapable a todo gran artista, que es el venero de los temas negros y mulatos.  Ahí hay ritmos inéditos que buscan pulso amigo y generoso; hay riqueza tradicional, folklórica, que aguarda expresión lírica; hay belleza de alta calidad que pretende revelarse a través de intérpretes cordiales, en su ingenua y deslumbrante desnudez...  Más, sobre todo, hay dolor; angustia ancestral de razas oprimidas que desemboca en Artel por sus dos líneas de sangre: la india y la africana; dolor que se cuece --caldo amargo de sudor y lágrimas--, en la bodega de los barcos negreros, en las plantaciones de caña y de cacao bajo el foete implacable del mayoral, en las barracas pestilentes, en las minas sin aire y sin luz.  Dolor, en fin, del hombre virginal y limpio, explotado por el hombre de piel blanca y civilización cristiana, que lleva a Jesús en los labios y al demonio de la codicia en su pecho.

De la evaluación, inconsciente tal vez, de esas posibilidades de realización poética que ofrece al ávido espíritu el hontanar folklórico del indoafricano, nace el primer libro de Artel, Tambores en la Noche, que es un primer encuentro consigo mismo y que lo enrola, automáticamente, entre las altas figuras que cultivan este género de poesía en  nuestra América de habla hispana: Guillén, Pereda Valdés, Rodríguez Cárdenas, Ballagas y Regino Pedroso.

Verbo de pasta cálida, paleta de colores tropicales y enteros, robados seguramente al medio nativo de su Cartagena, donde el cielo es de azul completo y el Mar Caribe le replica en sinfonía cromática que va del verde de Viena hasta el turquí denso y añiloso; ritmo ligero, como de bailable, y actitud amorosa y sensual.  A veces, por abundante riqueza interior que pugna por mostrarse, resulta atropellado y las palabras e imágenes se le embrollan en el movimiento del breve aire rítmico, como en esas pequeñas redomas transparentes, con excesivo número de peces de colores, que no encuentran suficiente espacio para darnos su luz, nadar y desenvolverse.

Jorge Artel nace en Cartagena de Indias, patria de Luis Carlos López, el célebre "Tuerto", precursor del modernismo, en quien Darío vio al "heraldo de una nueva poesía".  En esa ciudad amurallada y colonial que vive el sueño de su pasado heroico —bergantines piratas, galeones preñados de riquezas, castillos y mazmorras— discurre su infancia por callejuelas húmedas de sombra y flanqueadas por casonas vetustas de rancio abolengo, en cuyos zaguanes se arracima una humanidad astrosa, mendicante y adormilada.  Al fondo está el mar Caribe sembrado de islillas verdinegras, como una claridad ilusionada que invita a la emigración. 

Más tarde, Artel visita Bogotá donde cursa estudios de derecho e inicia una fecunda labor entre los grupos literarios de avanzada.  Dicta conferencias, funda revistas, colabora en "El Tiempo", en "El País", en "La Razón".  Finalmente, retorna a su ciudad natal donde se recibe de Doctor en Leyes y dedica la mayor parte de su tiempo a la defensa de delincuentes pobres, como abogado de oficio.  Después, movido por su espíritu infatigable de viajero y por sus ideales generosos de fraternidad americanista, va a Panamá, a Costa Rica, a México, en cuyos ateneos y universidades habla sobre cuestiones sociológicas americanas, recita sus poemas y da a conocer el maravilloso folklore de su patria.

La poesía actual de Jorge Artel trascendida y superada desde sus Tambores en la Noche, por su próximo libro Un Marinero Canta en Proa, es poesía de aliento anchuroso, de tono grave y hondo, profundamente humana.  En esta obra, el poeta se desplaza de lo típico ambiental y folklórico y cae de lleno en el tema universal y angustioso del drama del hombre, de todos los hombres, roídos de amor, de ignorancia y miseria.

Pero esta fijación en lo humano no le hace perder su calidad de artista, de forjador de belleza, desviándole hacia campos reñidos en su función primordial. No. Porque Artel es poeta lírico por excelencia.  Como hombre político —que todos lo somos— podrá afiliarse al bando o la doctrina de su predilección.  Mas la poesía es un orbe que se basta a sí mismo y se realiza con sus propios elementos inefables.  Y aquí cabe una aclaración, muy discutible por cierto, que es casi una profesión de fe poética.

Personalmente, cada día me reconcilio más con la vieja tesis del arte por el arte, es decir, la primacía del asunto estético por sobre toda otra consideración de índole ajena a la expresión esencial de la belleza.  Esto no excluye, naturalmente, en la obra creada, el contacto del artista con los problemas y conflictos de su época; pero no como un propósito deliberado de tratamiento quedario, sino como un fluir espontáneo y casi inconsciente provocado en la intimidad del poeta por tales conflictos.  No conozco un solo poema contemporáneo de los llamados proletarios o sociales que valga la pena. Tampoco valen gran cosa los esfuerzos tendenciosos de orientar la poesía hacia tal o cual rumbo o dentro de tal o cual idea filosóficas o sociales. Poeta que se acerca demasiado a la vorágine de los conflictos humanos —sistemas políticos, luchas religiosas, desigualdad de clases, etc.— queda ineluctablemente inmerso en dicha vorágine y se convierte en un furioso propagandista.  En la obra de creación e interpretación serena y permanente, parece que es necesario al artista cierto defensivo distanciamiento, para que pueda abarcar, en amplia perspectiva, la verdadera dimensión y profundidad de los conflictos.

Este es un escollo que no han logrado sortear espíritus muy egregios, cuyo claro numen se ha enronquecido, perdiendo calidad, en el sonoro parche de la propaganda sectarista. "A la elocuencia retuerce el cuello" —dijo Verlaine a finales de siglo.  Hoy, más que nunca, con la tierra toda enredada y dividida como está, el verso admonitivo del gran lírico francés tiene una vigencia iluminante y salvadora.  Afortunadamente para la poesía, Jorge Artel se ha salvado. Y lo ha salvado el seguro instinto musical y poético que le brota de las cálidas líneas de su sangre; lo ha salvado la mano larga de África cargada de nidos, de pájaros y de canciones.

Camarada Artel: en este mundo que los occidentales estamos a punto de destruir con los logros de nuestra técnica y las fallas de nuestra conducta moral, es posible que tengas razón cuando dices que el porvenir y la salvación están en África... Que a fin de cuentas, es muy probable también que el Conde de Keyserling, observador sagacísimo, tuviera sobrados motivos para afirmar que "el hombre africano ha impregnado tan profundamente de psique africana la tierra donde ha sido traído, que los blancos en ella cantan melodías negras para dar aire y paz a su corazón.
________________________________________
© Álvaro Suescún T. - Ramón Vinyes
  © Héctor Rojas Herazo - Luis Palés Matos
© Manuel Mejía Vallejo - Eduardo Carranza

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 5
Abril-Mayo-Junio de 2001

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v2n5escolios.html