CASOS Y COSAS EN
"LAS MUÑECAS QUE HACE JUANA
NO TIENEN OJOS",
CUENTO DE ÁLVARO CEPEDA SAMUDIO

Lida Vega
Universidad del Atlántico

"Las personas no me impresionan tanto como los objetos... las cosas me atraen, me seducen con sus líneas iguales y esa sensación  de seguridad, de inmutabilidad que emana de ellas".

Cepeda Samudio, "El Piano Blanco"


Cuenta la leyenda que existió un hombre que se enamoró de sí mismo y que ya a punto de agotar sus existencias de amor se fijó en una linda ninfa que quiso menos que a sí, pero de todos modos lo suficiente para cuando ella cayera en desgracia, rendirle tributo ahogándose ex profeso en la laguna --protoespejo de la vanidad-- que le reflejaba a diario cuán bello era.  En el lugar exacto de su muerte nació la flor que lleva hoy su nombre y la cual es menos conocida que el personaje que la inspira.  Su nombre:  Narciso.

A partir de ese tiempo mítico empezamos a distinguir entre la polifonía de voces que nos abunda, una en especial que nos ausculta para conocernos, adorarnos, rendirnos culto, pero, que no se limita al cuerpo material sino que intenta proyectarse y continuarse en objetos.  Objetos que hablan de la persona misma, son sus afines, son objetos de ella, como y para ella: la ropa, la cama, el diván, la gaveta, los cofres, las muñecas.  Con estas últimas, dadas sus obvias similitudes externas con la persona real, ocurre algo especial, nos permitimos por medio de la imaginación y la analogía un acercamiento particularmente emocional.  Ella nos responde con una semejanza mágica con nuestro cuerpo, nuestros gestos.  No piensa y ni hace falta.  Todo lo hacemos por ella, doblamos nuestra voz, nuestra mente, para involucrarla en el ¿juego?

A lo largo de la historia, el barro cocido, la cera, el plomo, la cerámica, el trapo, el cartón, la  piedra y la porcelana han servido para imitar figuras humanas. ¿Con qué fin? Lúdico, pero también mágico... (1).  La magia se asume hoy por hoy como la equivocada aplicación de los procesos mentales más sencillos y elementales, es decir, de la asociación de ideas por virtud de la semejanza o contigüidad.  De todas las teorías expuestas por los autores para explicar la magia, la más completa, documentada y corriente en el dominio de la sociología religiosa, es la de sir James George Frazer, desarrollada principalmente en La Rama Dorada (1890  1915).

Los principios sobre los cuales está basada la magia, afirma Frazer, se resumen en dos: a)  el de que lo semejante produce lo semejante, o el de que un efecto se parece a su causa, y b) el de que las cosas que han estado una sola vez en contacto continúan influyéndose mutuamente después de haber perdido su contacto físico.  A la primera se le denomina magia homeopática o imitativa; a la segunda, magia contagiosa.

Tanto en los pueblos salvajes y bárbaros, como en los orientales y en los de la antiguedad clásica, se empleaban los muñecos construídos con trapos y papeles o con ramas de árboles ataviados de una manera grosera y sin arte, para usos mágicos, especialmente en los caracterizados por la magia homeopática con  cuyo auxilio se intentaría perjudicar  y hasta matar a los enemigos (recordemos el muñeco vodú), injuriando la figura que los representa: atravesándoles el corazón con una aguja o la cabeza con una flecha; quemando el muñeco y luego esparciendo sus cenizas para que no pueda resucitar o simplemente hacer al muñeco objeto de las más oprobiosas imprecaciones.

Podríamos hablar de rezagos de magia en la relación contemporánea con las muñecas, purificada, pero de todos modos es un acercamiento caricatural a esa utilización otrora mágica (para curar, para hacer querer, para hacer daño), otrora milagrosa.  Esta empatía con la muñeca nos hace pensar en una compañía, (recordemos la idea extendida de la mujer de edad aún soltera, que cuida de sus muñecas viejas o que colecciona) pues por más que no aceptemos que las vemos como personas ¿quién entre nosotras no les habla? ¿Quién alguna vez al comprar una no la escoge por su parecido máximo con una niña o niño real, el cabello, las manos, el rostro?

"Todo objeto transforma alguna cosa", nos recuerda Baudrillard (2).  Todos huyen de su esencia primaria técnica a un significado secundario de carácter cultural, cuando en nuestro acercamiento y apropiación de ellos involucramos nuestro pensar, nuestro sentir y terminan transformándose dueño y objeto.  Pirandello en El Difunto Matías Pascal (1904) reflexiona sobre el particular:

"Cada objeto suele transformarse en nosotros según las imágenes que evoca y agrupa.  Sin duda, un objeto puede gustar también por sí mismo, por la variedad de sensaciones agradables que nos suscita en una percepción armoniosa; pero con mucha más frecuencia el placer que un objeto nos proporciona no se encuentra en el objeto mismo.  La fantasía lo embellece, rodeándolo y casi aureándolo de imágenes queridas.  Y tampoco nosotros lo percibimos ya tal como es, sino así, como animado por las imágenes que suscita en nosotros o que nuestras costumbres asocian con él.  En el objeto, en suma, nosotros amamos lo que ponemos de nosotros mismos, el acuerdo, la armonía que establecemos entre él y nosotros y que está formada por nuestros recuerdos (p. 97) (3).

Y precisamente es gracias a esa proyección que realizamos hacia los objetos, esa cuota de humanidad que les agregamos, que se habla del alma que encierran (SO: 14).  El poeta arriesga entonces la pregunta:

"¿Acaso no ha habido moribundos que han entregado el alma con sus propias manos, a un objeto querido ?" (H: 102)

Este sería el caso de Felisberto Hernández en "Las Hortensias", quizás el relato hipotextual de muñecas, por excelencia (4).

Cuando un objeto aparece en una narración, se carga de una fuerza especial, se convierte en una especie de imán.  El simbolismo de dicho objeto --explícito o no-- está allí, a la espera de que, siguiendo a Eco, el lector por inducción, deducción y/o abducción desenmarañe el birlibirloque de relaciones invisibles que justiprecian la inserción de dicho objeto en un relato.  Las muñecas en el cuento de Cepeda "Las Muñecas que hace Juana no tienen ojos", son tratadas casi que como ídolos.  Recordemos con este propósito que el lugar donde se les ubica es un "altar de madera" que cubre media pared, "nichos" que los santos cedieron a las muñecas.  Esa disposición especial de ellas refuerza la idea de respeto místico, respeto al tótem.

Conocida es la leyenda que da cuenta del enamoramiento del emperador Carlomagno por una muchacha alemana que incluso no dejó de amar cuando ésta muere, pues mandó a hacer un aposento al cadáver para seguir adorándola.  Se sospechó de un encantamiento, revisaron el cuerpo y en efecto debajo de su lengua hallaron un anillo que el arzobispo prestamente hizo suyo y de súbito Carlomagno es preso de amor del prelado.  Para desembarazarse de tal evento el anillo es ahora arrojado al lago de Constanza.  El emperador se enamoró perdidamente del lago y nunca quiso separase de él.  Esta es, metafóricamente hablando, la ilustración del hecho de que en una narración un objeto siempre es mágico.  Cuando no es el anillo, es el cofre, la casa tomada, el corazón delator, el espejo, la espada, el piano, el barco, la mesa redonda, el capote, la litera fantasma, el violín, las muñecas, las de Cepeda, o mejor dicho, las de Juana, las que no tienen ojos.

En ese cuento de Cepeda Samudio, las muñecas son el puente entre la casa de Juana y sus hermanas (topos ciegoscuro y aislado) y el mundo abierto, el conglomerado de luz del que hace parte Pablo, quien saca las muñecas al exterior, al mar y al viento.  La casa --representación del alma humana para Bacherlard-- (5) y espacio protagonista del cuento, es antigua (se hace énfasis en este epíteto).  Asimismo lo son la lámpara, la victrola, la sala y sobra decir, el alma de quienes la habitan.

"Sólo por su luz la casa es humana" (PE:66).  La morada de Juana y sus hermanas es reino de oscuridad, abnegación y silencio.  Las ventanas, los ojos de la casa, se contagian del ostracismo medieval, hojas gruesas de hierro las sellan.  La casa da al mar cuya sal corroe e invita a la soledad.  Felisberto Hernández ve también en el mar una alternativa de exilio:


"Ahora vive en un faro junto al mar; se ha alejado del mundo porque han criticado sus amores con un marino.  A cada instante ella piensa:  «Quiero que mi hijo sea solitario y que sólo escuche al mar»" (H:91)

Este exilio se rompe en sentido figurado a través de las muñecas sin ojos como Juana (no ciegas o con ojos sellados) que por un principio de imitación y de identificación, es decir, por homeopatía con Juana, llevan lana amarilla a usanza  de su cabello dorado y nombres:  la humanización y antropomorfización de unos objetos que se desean no como  compañía transeúnte sino permanente, la permanencia que se espera del fruto de un trabajo de parto.  Habla Juana:

"Les pongo nombres, los nombres de nosotras y el de Isabel, y cuando llega Pablo por ellas es como si nos separara, como si nos llevara y nos repartiera entre esas gentes que no conocemos y que las compran y que no sabemos qué hacen con ellas; si las tratan bien y las cuidan como las cuidamos nosotras:  saber eso me alegraría; o si las dejan tiradas en un rincón y no se acuerdan de ellas, o las abandonan a sol y lluvia y las destrozan, imaginar eso me entristece... (MJO:19) (6).

El ambiente no puede ser más coherente en sus más mínimos detalles.  No sólo es el retiro a una casa-bóveda cerca del mar, sino además los objetos antiguos que la rodean7, la vitrina, el armario, las jaulas, el altar, muebles huecos para contener cosas y que al decir de Bachelard "son verdaderos órganos de la vida sicológica secreta ... sin esos objetos nuestra vida íntima no tendría modelo de intimidad" (PE:111) (7).

Seres automatizados son los de MJO, mecanizados a fuerza de la actividad que practican, la prejuiciada rutina de la costura, del trabajo artesanal que evoca la idea de un largo tiempo empleado en culminar la labor, que a estas alturas, es ya el deber realizado por inercia: la hechura de una muñeca de trapo.

La muñeca de trapo, valga la mención, es de entre las muñecas quizás la más querida y entrañable; la original por lo casera, por lo simple.  Aquiles Nazoa, escritor venezolano, le rinde homenaje en su "Vida Privada de las Muñecas de Trapo"; asimismo, José Sebastián Tallón, argentino, en "Elogio de la Muñeca de Trapo" habla de que es ésta:

"La primera muñeca que se hizo en el  mundo, ya no se ven sus ojos... le quisieron dar ojos pero ella no quiso porque sólo han llorado (p. 64-65).

En los siguientes versos se relaciona a la muñeca de trapo con el campo, alejada de la plaza, el cine, el teatro, el circo, el parque, porque "la gente mala se creía que  era pobre, muy fea, la muñeca de trapo". (p. 65) (8).

Es en suma una muñeca íntima, no para exhibir (para exiliarla, ocultarla,  como a Juana), no importa que su cara sea de una tela tan poco chic como la cretona; no importa que no tenga ojos.

La identificación o contagio entre las dos partes (Juana y las muñecas) se aprecia hasta en lo poco sofisticado, también, del nombre de su hacedora. A ella misma se le llama Juana, tan común y tan simple como el título del libro, que recoge la acepción de cuento no del género pontificado por Cortázar y Borges, sino del relato informal, el anecdótico, el run-run (9) que impone Cepeda en esta colección con un énfasis conversatorio y con la incursión de una textura cinemática por la escueta descripción óptica, el uso de la elipsis, el montaje del espacio.

La disposición de las tomas con las que abre y cierra el cuento es la de un recorrido al escenario, al setting. Paradójicamente, la sala --el sitio de la casa donde se socializa, donde concurren las visitas-- es el espacio con el que abre el cuento.  La primera toma, con sus muebles --monumento, con la "teatralidad moral de los viejos muebles", como diría Baudrillard (SO: 15-16).  El fin del relato muestra a Marta tomando el sitio de Juana "de espaldas a la cámara ... hasta que se disuelve la imagen" (MJO: 26).

Las muñecas de Cepeda surgen en el panorama literario del Caribe Colombiano en 1972, con frescos antecedentes --aunque humanos-- como la Celia de Rojas Herazo, en Respirando el Verano, con aspecto "de muñeca siniestra que se le estuviese finalizando la cuerda" (p. 26); la Úrsula de García Márquez, decrépita, untado su rostro de achiote, juguete de sus nietos.  Es decir, el tópico de la muñeca con aura negativa, almas sin espejo; la muñeca vieja, ridículo objeto lúdico.  En este cuento de Cepeda se reitera ese negativismo (10), traducido en la cosificación de los actores que puso en escena, en el desgano por hacerles recobrar la felicidad perdida "para olvidar que una vez fuimos seres humanos" (MJO: 17).  El retraimiento que marcó la década de los setenta,  se contempla y refleja en los cuentos de Cepeda.  Decenio cuyo signo más visible fue precisamente el exilio (ojos que no ven ...).

Los griegos de la época arcaica tenían una idea ciertamente pesimista de los dioses.  En un fragmento del poeta Esquilo, se afirma que cuando un dios quiere perder a una estirpe, empieza por cegar al hombre.  Este, bajo el peso de esa ceguera, comete un acto contra los dioses, los cuales se apresuran a castigarle.  Con Los Cuentos de Juana ciertamente se cierra el ciclo de la familia desgraciada de Cepeda, de la casa grande e infeliz que diez años atrás había dado a conocer con su padre rígido y todopoderoso, a quien en el cuento se le califica metafóricamente como "trapo" (MJO: 21), un desdeñoso pedazo de tela, a él, el iniciador de la progenie.

Al final del cuento cesa al parecer la ceguera, el conventualismo, se da la apertura al ventanal, entran el sonido del mar (la vida, la renovación, el renacimiento, la purificación) y el viento (el aliento de vida, el nuevo respiro).  Las muñecas tienen ahora ojos, pero los dioses lo han dictaminado ya: no van más las historias y cuentos de Cepeda Samudio.


N O T A S:

1. Se desconoce el origen de la palabra muñeca.  Quizás sea viable pensar en que ese eslabón perdido en su denominación genésica encierre la transición del objeto muñeca de ítem mágico-religioso a uno de uso lúdico.
2. Jean Baudrillard.  El Sistema de los Objetos. Madrid:  Siglo XXI, 1997.  Las citas de este texto son referenciadas con las iniciales SO seguidas del número de la página.
3.  Luigi Pirandello.  El Difunto Matías Pascal.  Bogotá.  Orbis, 1975.
4. En este cuento es tan atípica la consideración de las muñecas (son hortensias genéricamente, no muñecas) que en un aparte se habla de herejía el mandar a una de ellas a un taller, tal cual si se profanase un ítem religioso (H: 116). Felisberto Hernández.  El Caballo Perdido y otros Cuentos.  Buenos Aires: Calicanto, 1976.  Las citas de este texto son referenciadas mediante la inicial H.
5. Gastón Bacherlard.  La Poética del Espacio.  México: FCE, 1997.  Las citas de este texto son referenciadas con las iniciales PE.
6. Alvaro Cepeda Samudio.  "Las Muñecas que hace Juana no tienen ojos". En: Los Cuentos de Juana. Bogotá:  Norma, 1996.  Las citas de este texto son referenciadas mediante las iniciales MJO.
7. Todos de madera, elemento vivo, pues "tiene su olor, envejece, hasta tiene sus parásitos, etc.  En pocas palabras, este material es un ser" (SO:39).
8. Antonio Orlando Rodríguez.  Panorama Histórico de la Literatura Infantil en América Latina y el Caribe.  Bogotá,  CERLALC, 1994.
9.  El cuento de nunca acabar.  Nótese que 16 de los 22 relatos presentan puntos suspensivos en sus títulos ...
10. Interesante es observar que en términos de lenguaje, el cuento es "muy negativo": 80 son las lexías que denotan negación.  El no atraviesa por todas partes el relato, complementado con nunca, tampoco y nadie.
__________________________________

© Lida Vega

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 5
Abril-Mayo-Junio de 2001

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v2n5juana.html
PORTADA
VOLUMEN II - NÚMERO 5