LA NIEVE DE LOS DIFUNTOS
David Navarro Lloret
Narrador español

El cielo parece hoy más azul que ayer. El sol colma de luz las sombras de los días pasados. Por la cuneta del camino del cementerio se acercan mujeres, hombres y niños. Las flores forman pasillos de color que oscilan del verde al rojo, del rojo al amarillo. Bajo los pétalos de tristeza avanzan con lentitud rostros sin esperanza, algunos cansados, otros sumisos.

Es el día de los difuntos. Aún no ha venido nadie a visitarme. No sé qué ocurre este año..., en cualquier caso, es demasiado pronto para pensar lo peor. Desde siempre, estas celebraciones me han parecido muy tristes, ¿no sería mejor que la gente acudiera a ver a sus muertos durante todo el año? De este modo no ocurriría lo que sucede hoy en día: trescientos sesenta y cuatro días sin ver a un solo vivo y de repente aquí no hay quien viva, que le dan ganas a uno de recoger sus huesos y marchar a enterrarse a otro lugar más tranquilo.

Entran por decenas, el sector nuevo abarrotado, las zonas viejas acabarán por llenarse también. Los que lloran son los mismos que lloraban ayer. Esa señora tan seria lloriqueaba hace dos días, pero ahora ya no viste con conjuntos de luto. Ha pasado poco más de un año desde que se encontrara a su esposo muerto. También se ve a gente relajada. Para estos pasan cerca de tres años o más desde que vaciaran los armarios de ropa negra. La quemaron toda. Algunos la donaron. Nunca olvidarán el día que la vieron en un puesto del mercadillo. Muchos la volvieron a comprar para, esta vez sí, quemarla.

Es día de calor, treinta grados de sol luminoso. Parece mentira que estemos en noviembre. La noche pasada hizo un frío horrible, pero ya sabía yo que hoy amanecería un día de verano. Cada año pasa lo mismo. Hace varias décadas la noche del 27 de diciembre heló, sin embargo a la mañana siguiente se encendió el sol de tal manera que las piedras emanaban olor a pólvora. En mi opinión, Dios utiliza el cielo para ver el mundo y en este día quiere verlo todo bien claro, para averiguar quién se preocupa por nosotros y quién no. En cuanto a mí, todavía no lo he podido ver y llevo mucho tiempo esperando. Aquí no se está mal del todo pero a uno le gustaría saber qué juicio tiene de él el dios de todas las cosas. A menudo charlo con Fernando, aquél que era mecánico, o con Rita, una maestra que murió hace unos diez años. Hoy no hay manera de hablar con ellos, están muy ocupados con sus visitas. La mujer de Fernando y su hijo, Quico, le colocan flores con esmero. Después, cada uno le dirá lo que ha hecho durante la semana, con ternura, como si le susurrara a la oreja. Un joven con planta de estudiante habla con Rita, debe tratarse de algún viejo alumno suyo. No puedo oír qué se dicen, ya que no son las orejas las que me cuentan lo que el viento carga a sus espaldas. Creo que siento sólo con el alma, pues desde que morí viajo por el tiempo sin moverme, como si viera una película. No lo tengo muy claro. A veces pienso que me paso las horas recordando, mas si esto no es un sueño ¿dónde me encuentro, que nunca me mezclo entre la gente?

Los cipreses respiran el agua de las flores. Los gladiolos y las violetas pintan de felicidad los hoyos de feo cemento. La semana que viene, las mismas flores que hoy adornan con alegría, alargarán la sombra de la muerte. Siguen llegando los presentes para los muertos. Las mujeres saben en qué se convertirán sus ofrendas. Los hombres esparcen ceniza por las cenizas. Ellas no fuman, sus padres las observan. Hay acuerdo general: El próximo año será igual, como siempre ha sido.

Me gusta observar a los niños que saben actuar como si no estuvieran en un cementerio. Les sobran ganas de sonreír y no conocen la ambición. Los padres tienen la cabeza demasiado ocupada para reparar en lo que han perdido, ya que consideran vital velar por el respeto de gente que ni siquiera está ahí para agradecérselo. Por eso mismo no se cansan de reñir al presente de la vida, pasado de sus padres y futuro mutilado, por si acaso se descuidan y les dejan disfrutar un poco de la vida. Los niños, tras el penúltimo apretón de orejas, vuelven a saltar, a correr, a vivir. Por lo que a mí respecta, en toda la mañana no ha venido a verme nadie. Deben de ser cerca de las dos y por eso se aprecia menos barullo de personas alrededor. Recuerdo como si fuera ayer el día de mi entierro, qué multitud: todos tiritando de frío a la espera del coche de caballos. Acudieron todos los niños, la banda de música, aquel profesor que sabía ruso e inglés y a quien fusilaron en cuanto empezó la guerra... Creo que hacía mucho viento, casi un huracán, y llovió; nevar no nevó, que estamos a nivel del mar. Mi mujer no pudo acompañarme, ella me amaba de verdad. Entonces comprendí hasta qué punto formaba parte de mi ser. Los días siguientes a mi muerte cuidé de ella como siempre había hecho. Es de ese tipo de seres maravillosos nacidos para un mundo sin engaños ni sufrimientos inútiles. No sé dónde se encontrará, cuando la vea recobraré la mitad de mi alma, tal vez sea lo que me falte para llegar a Dios.

La luz del atardecer quema las nubes de humo, antes blanco, ahora naranja. La mitad superior de la bóveda celestial sigue limpia. Cada vez son más los que regresan del cementerio por el camino encrespado que ahora han hecho carretera. Unos pocos han querido evitar el hormiguero de gente que hasta la una de la tarde se ha pasado por el camposanto. Los pocos que quedan en la casa de los difuntos miran al sol de reojo. El astro va bajando poco a poco por detrás de los montes. Se le ve rojo, de tanta calor que ha soplado. El rey ardió en llamas y abrió la tierra. La sombra de los árboles y de las personas han protegido la manta de los muertos. Hoy es día de visitas, algunas almas se han desprendido de sus cuerpos. El resto se complace con la llegada de la gente que han querido alguna vez. Incluso hay quien ha venido para arreglar cuentas con un difunto que le mató la burra de una perdigonada. Pero el viejo cazador ya no está bajo tierra, ya ha dejado de interesarse por los animales o por las personas. Él es una nueva estrella y dará luz a planetas nuevos. El anciano que discute morirá antes del nuevo día, las puertas del cielo se le cerrarán durante siglos porque se desvive por cosas sin importancia. El resto de los muertos seguirá esperando cada día la llegada de un ángel azul. Ellos no saben por qué ni cómo saldrán de su prisión de barro. Ellas y ellos creen que el día de los difuntos no es más que una jornada de recuerdos y de tributos de amor. Mas cada año hay menos almas enterradas y más charlas sin respuesta. Sopla un viento suave y tierno que no molesta a nadie. Los adultos dirán adiós muy pronto, los que ya se han despedido, dirán hola antes de lo que tenían pensado. Los niños se lanzan las bolas rasposas que caen de los cipreses y gritan y reciben collejas que les obligan a gritar más fuerte. No les gusta la muerte y se ríen de ella, ya que la ven vieja y aburrida. El niño serio que guarda respeto a este lugar sabe que la muerte también se lleva a los pequeños.

Rita, ¿qué le pasará a Fernando que no me contesta? ¡Rita! Te he estoy hablando, soy yo, Miguel. De sobra sabes que no me gusta que me hagáis el vacío. ¿Es que no os he dejado hablar a gusto con vuestros amigos? Rita, ¿tampoco me escuchas? Eso quiere decir que se han ido al mismo sitio que Andrés, la familia de los "lobos" y mi tía Carmen... y tantos otros que no han vuelto a abrir el pico. Pues me alegro por ellos, que se lo disfruten bien y ya nos veremos un día de estos si es que no estoy ocupado. A mí me gusta estar aquí, porque estoy en el pasillo principal y todo el mundo pasa por mi lado y me saludan y me dicen adiós. Han dado las seis, ya se acaba el día y tampoco es que me haya ido tan mal. Mucha gente ha acudido al cementerio. Ha sido un verdadero éxito, cada año se multiplica por dos el número de personas que se acuerdan de nosotros. El pueblo debe haber crecido una barbaridad y en la Calle Mayor deben estar pensando si poner en marcha un tranvía como el de Valencia, si no lo han hecho ya..., claro, que allí no les hará falta porque van y vuelven en coche. He visto miles de coches de Alicante, todos con su A delante y no sé si también detrás; debe ser más grande que Valencia. Lo digo por la cantidad de vehículos que nos llegan desde Alicante... si hoy han llegado cerca de doscientos a este pueblucho, allí se habrán quedado un millón... o más. Cómo me encantaría ver Alicante, Valencia y Barcelona y Madrid. Dará gusto pasear por las calles, ahora que no hay guerra. A todos los nuevos les pregunto, en cuanto llegan, si hay guerra en España y me responden que no y yo les digo que se anden con ojo. Nunca caigo en la cuenta de que ya están muertos y que nadie puede hacerles daño. Dentro de una hora comenzará a oscurecer.

Se han encendido las farolas. La luna se peina y cubre el firmamento con cabellos negros. Los caminos, faltos de personas, mas borrachos de luz de los faros nocturnos. En el interior del cementerio sólo se oye a una decena de familiares. Estos no pueden abandonar el camposanto sin sentirse culpables. El tiempo les ayudará. Les han secuestrado lo que más querían y sólo les resta buscar por las telarañas del mañana. Tres niños caminan en libertad: Son dos nenas y un chiquillo. El niño manda por delante del grupo como si fuera un general. De repente se da la vuelta y se encuentra solo. Aburridas de juegos de guerra, las niñas se han acercado hasta un mausoleo. Francisco sale a un pasillo porque no quiere perderse. Retorna al mismo lugar al descubrir que está solo, pero ya no sabe si es el mismo lugar. Grita el nombre de sus primas. Llama a su madre. Llama a su padre. Su padre murió. Llora en silencio y no sabe porqué. Llora con fuerza porque le dan miedo los muertos, los vampiros y los lobos. Sus primas corren a buscarlo al oír su llanto, lo encuentran dando vueltas sobre sí mismo. Sus ojos son de agua caliente y miran hacia ninguna parte. Ahora ya, más calmados, los tres se han detenido boquiabiertos a contemplar otro mausoleo. El monumento muestra dos ángeles que vuelan a ambos lados de un pórtico griego. Los niños juegan a asustarse: "¿Os imagináis que sale un muerto de ahí? O "Imaginaos que nos quedamos encerrados aquí dentro". Pero enseguida una de las primas: Es que no ves que Francisco tiene miedo y la otra se defiende con una mueca y ríen juntos y se olvidan de lo que les pellizcaba el vello de los brazos. Como casi no queda luz, se acercan a ver a sus padres por si estos quisieran irse. No, continúan hablando con el padre de Francisco. El niño camina por detrás del resto, Vero le obliga a dar media vuelta y le dice que siguen charlando. Jugarán a ver quién encuentra la lápida más antigua. Ella quiere ser la primera y empieza a señalar todo aquello hecho de roca. Ésta es la más antigua: "José Sellés Mayor", murió en 1965. No, no, que me he equivocado... fijaos en "Francisco Lloret Llinares", ésta es del 1910. Que no, Vero... que ésa es la fecha de nacimiento. Vamos hacia la otra parte, ceca de la entrada principal están las primeras tumbas. Incluso se puede ver gente que nació el siglo pasado propone Vero a los jóvenes exploradores. Avanzan las dos niñas y Francisco por el pasillo principal en dirección al sector viejo, dejando atrás un rastro de pétalos aún frescos de los lirios y azucenas que desnudan de tanto en tanto. Vero encabeza el grupo y no deja de mirar al frente. Maica la sigue sin dejar de exclamar: "¡Vero, Vero, he visto una del 40!" Francisco se esfuerza por seguir el ritmo de sus primas. Acelera el paso, corre, se detiene para respirar mejor, pero ha de volver a la carrera enseguida porque no quiere perderse otra vez. Si no fuera de noche, los niños contemplarían estupefactos que las lápidas ya no son de granito y mármol, sino de roca pelada. Que ahora las flores son de plástico, de hace dos años, de cuando Antonio, el conserje, las compró de su propio bolsillo para los muertos que no tenían familia. También distinguirían el óxido del que están pintadas las cercas y otros horrores que espantarían al más atrevido de los adultos. Por fin ha anochecido.

Estos días son verdaderamente crueles. Aunque sabía que no vendría nadie, el calor de la gente y el vivo sonido de las charlas han encendido en mí la esperanza de recibir alguna visita. Mañana todos seremos iguales, habrá silencio y olvido para todos. Muérete, anímate, que la muerte nos iguala... Una mentira como otra cualquiera. Sí, al fin y al cabo, es mejor que nadie se acerque a vernos. Es cien mil veces mejor que no le engañen a uno con falsas atenciones y que te rindan la visita cuando les salga de dentro del alma. ¿Qué vais a hacer el resto del año, ahora que os han abierto las cajas de los buenos recuerdos? ¿Creéis que van a volver a abastecerla de bocados de realidad?... ignorantes, infelices. En fin, qué mala suerte que se hayan llevado a Rita y a Fernando. Eso sí que me ha sabido mal. Ya no me escucha nadie, pero es lo que ocurre con lo provisional: Sabes que se acaba, pero sólo te haces a la idea cuando se ha terminado. Psss... Unos niños perdidos en la oscuridad. Se acercan. Deben de ir buscando a alguien porque no dejan de mirar a derecha y a izquierda. Me observan, es decir, observan mi sepulcro. Sonríen. Sus rostros se cubren de alegría, ¡me han reconocido! Dicen que soy el mejor, está claro que han oído hablar sobre mis clases. Sí, ahora me acuerdo, son los hijos de Vicente y de Vicenta. Qué buenos estudiantes. Ninguno de mis alumnos me prestaba más atención que ellos. Ya sabía que se acabarían casando. Hablan de la fecha de mi muerte, se la saben al dedillo. Se les ve gozosos de haberme encontrado, no cabe duda. Cómo me gustaría agradecerles la visita. ¿Qué palabras vendrán a dedicarme? ¿Qué oraciones me ofrecerán? Dan media vuelta, la niña mayor señala el sepulcro de enfrente. Volved aquí, que Ramón se ha mudado arriba. También conocen las fechas de su nacimiento y de su muerte. Dicen que Ramón es el mejor. Dios maldiga a Satanás, cuyas tretas por hacerme la muerte imposible son infinitas. Dios maldiga el día de los difuntos, que alarga las diferencias entre las personas más allá de la vida. Ojalá no salga el sol ningún uno de noviembre.

Un año más tarde el sol de la mañana enfoca las cruces del cementerio. Quince centímetros de nieve cubren el tronco de los cipreses. La carretera que enlaza al pueblo con el camposanto es un tapiz de luna. Nadie se atreve a dar una explicación. Los autobuses avanzan lentamente a la estela de las máquinas quitanieves. El hielo se vuelve agua a medida que crece la multitud de visitantes. Llega la noche y el calor de los suspiros se ha tragado la blancura de la tierra. Sin embargo la gente no deja de acudir al cementerio. Por debajo de las nubes destaca un punto luminoso entre el gris de las lápidas. En torno a esa estrella caída se agrupan todos los curiosos del pueblo, de la comarca, del mundo. El resto del recinto es un desierto de charcos fríos. De la única tumba cubierta de nieve surge una exhalación feliz y calma, vuela hacia el firmamento y se confunde con una centella. Los mortales se arremolinarán en torno a la losa pétrea y hueca. Se harán preguntas y derramarán sus rezos llenos de duda; para ellos tampoco habrá respuestas.
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© David Navarro
LA CASA DE ASTERION
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 5
Abril-Mayo-Junio de 2001
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN : 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA
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