DE CÓMO PÁJARO VERDE
(PERO TIENE OTROS NOMBRES)
HA HECHO DEL LATROCINIO OFICIO DE BURLAR

A Ramón Illán Bacca

Jaime Cabrera González
Jcabrerag@aol.com


No me voy a dejar atrapar, dice Caco. No voy a permitir que me agarren, dice Lalo. No voy a dejar que me encierren, dice Dolo. Me voy a escabullir, dice Felo. Y los Polis pierden la pista, quedan sin saber para dónde tomar, mirándose los unos a los otros golpear el bolillo de carreto contra la mano abierta. Y Meto que se ha vuelto delgado, delgadito, un hilito, se cuela por la rendija de una puerta y se esconde detrás de una escoba y los escucha pasar, maldecir, escupir, mentir, patalear. Unos dicen que hacia allá y estiran el brazo en sentido contrario a los que dicen que para acá. En medio de la calle, los Tombos no logran ponerse de acuerdo y se estrellan. Hay insultos, agravios y amenazas, mientras Fico sigue sin moverse, más flaquito que el mango de la escoba que está colocada al revés en un rincón de una casa quinta. Hasta que una serrana hermosa, lozana y bien colorada que canta que encanta viene a hacer la limpieza y se encuentra a un uniformado y le pregunta que por qué buscan a Pájaro Verde (pero tiene otros nombres) y el Cabito le responde con un vozarrón más grande que él, que por ésto y por lo otro, y entonces la graciosa doncella añade que después que se viven veinte desengaños qué importa uno más y se le arrima como moza que requiere de amores y ya le ofrece sopita en botella y cucayo en bolsa y es en este momento en que uno dice, ¿qué queredes?, y la otra responde, ven trota conmigo que no quiero irme entera a la sepultura, que lo que ha de comerse el gusano primero se lo coma el humano, que el buscado aprovecha requiebros y galanteos para deslizarse entre las sombras y es piedra, fuente, árbol, cocuyo y ya tenemos a Ruy en su lucha contra el Caballero de la Blanca Luna. Se oye la voz del árbitro que en el centro del encordado anuncia bajo una mancha de luz que la pelea será de máscara contra cabellera, que el vencido quedará a discreción del vencedor y no ha terminado las presentaciones de los rivales cuando de tanta ojeriza que se tienen están de pulpos, agarrándose como pueden. El enmascarado adelanta la mano diestra hacia la cabeza de Nuño tomándola a la altura del pescuezo y sigue con una doble nelson y luego una llave estranguladora y otra indiana, un volantín francés y un suplés americano y ay, tiene a su peludo contrincante contra la lona reputiando madre como cola de lagarija. Y en seguida suenan las tres palmadas que ponen fin al combate y se aprestan a cortarle las mechas al perdedor. ¿Pero, dónde está, que se fizo el muy ladino?, dice un hidalgo de barba crecida y cana, capa y pechera y calzas de velludo que ha subido al cuadrilátero con una podadera que echa chispas y relámpagos de plata. Según una fuente oficial cuyo nombre y fecha son alimentos del comején, sólo aparece un lacónico "y viósele perder en la oscura noche" para concluir el episodio, pero consultados Lucho de Castro, Jaime Cabrera Paz y Lino Torregrosa -conocido también como Lino Linares- testigos presenciales de primera mano, se saca en claro que cuando Rarro saltó hacia el público que estaba más alborotado que cuando pasó la Greca, bailarina flamenca(?), a quien a pesar de todos sus esfuerzos adivinatorios Diva Zahibi no pudo determinar su sexo, lo estaba esperando la Harley del León Pardo que estaba a un lado del ensogado a guisa de caballería andante para volver a tomarles el pelo a los Tiras, porque otra vez se salió con la suya y con la bien herrada bolsa de patacones del árbitro y la faja del campeón, tornándose sólo palabras y contradicciones. ¿Te acuerdas cómo era que se llamaba? Ahora vemos a Tato con un tanque de engrudo y una escobilla pegando carteles sobre los carteles de a qué no saben a quién buscan y le dibuja a la foto del Cuate de la Temporada unos bigotes de charro mejicano para despistar a los que  conocen a este serenatero de la Calle de la Pernicia y ya están detrás del manito para echarle mano, esperando que termine su última canción ranchera en el radioteatro, con cagajones de caballo y todo para que la cosa parezca más original, cuando el Idolo siente que le arrancan su diente de oro y suelta un falsete que corta en dos el resto de ciudad que no ha querido desprenderse de la audición por no perderse capítulo de El Derecho de Nacer y de Kalimán, y ahí mismo los Aguacates van cayendo a montones botando tanta sangre por oídos y narices que se les salen las reservas del sumario y a la misma hora de perdimiento Nené viene a aterrizar en bandeja de plata como nunca antes había sido servido nada menos que en la casa de María la O donde para celebrar el cumpleaños de la madama --que tiene más años que sarna--, las putas y sus cabrones se encuentran totalmente en pelotas dispuestos a ese baile que consiste en meterse una pluma de pato entre las nalgas y el que la deje caer va saliendo del juego hasta que se forma otro despelote porque descubren que la pareja ganadora se estaba sosteniendo el adminículo con un chicle y ante tanta algarabía, vasos rotos, sillas en la cabeza, tropel, pendencia, los vecinos no han hecho otra cosa que echarle dedo a los números de los Pataspodrías que vienen a abrir la puerta porque ya es de día y vaya, vaya, aquí tenemos a la figurita que se sacude el polvo como puede tras amoroso lance, pero miremos qué va a hacer ahora que afuera vociferan. ¡Alto quien vive! ¡Los tenemos rodeados! ¡Salgan con las manos en alto! Pues nada más que aprovechar tanta pluma revuelta, tanta vieja buena, tanta teta brincona, tanto culito al aire dando vuelta en los ojos del enemigo para arrastrarse con todas las alhajas por el hueco de la O de María y se instala en donde nadie adivina, en pleno Carnaval. Primero viene el cuerpo de bomberos abriendo el desfile con un maullido de sirenas y tañidos de campanas que van dejando sordos a los enanitos que hacen piruetas en la parte alta de la máquina, después siguen las motocicletas del tránsito haciéndole espacio a la carroza de la reina Manuela Manotas -bautizada popularmente "La Cobarde"- y más atrás la siguiente lista que los muy entendidos investigadores han entregado al Rey Momo y éste a los folcloristas y éstos al alcalde y el alcalde al Concejo y el Concejo a la junta y la junta a la presidenta, que se cabrea cada año con los periodistas que se la recitan al público sin que nadie les ponga atención porque como no tienen sal en la mollera siempre terminan relatando un orden que es desorden y no como debe quedar registrado en los anales de la carnestolendas: los cabezones de papel maché, los indios, los disfraces sociales, los blancos, los disfraces políticos, los negros, los disfraces económicos, los mestizos, los disfraces culturales, los inmigrantes, los disfraces sincréticos, las colonias, los disfrázate como quieras, los modernos y los posmodernos, los borrachos y los mariguaneros que estén inscritos y por, último, la muerte con su garabato, y a todas éstas cuatro días después -aunque parece que hubieran transcurrido varios años-, para el entierro de Joselito Carnaval, ay Jose te moriste, que es más fácil de ver pasar que el funeral de un chino, los reclutas que controlan con gruesos cáñamos a la gente se preguntan en dónde andará el maricuya del, y no alcanzan a terminar la frase cuanda ya está un dragoniante temiéndose que hay gato encerrado en el Oso Polar que dice adiós y tira besos --y éste tiene más de siete vidas-- como si en esta ciudad del Caribe con la calor que a 40 grados centígrados bajo los matarratones derrite a la fuerza pública convirtiéndola en policías acostados pudiera haber tales especímenes y se apresura a capturarlo ayudado por una cuadrilla de hombres untados de aceite quemado cuando, a la lucha, a la lucha, no somos machos pero somos muchas, vitorean los travestis lanzando maizena cual nevada sarduyana. ¿Pero qué es ésto? ¡Ya es el colmo! Explicación que por supuesto no va a dar Piri que ha llegado expósito a las puertas de un convento huyendo del mundanal ruido y las monjitas al vuelo de sus almidonadas cornetas han dormido esa noche con el pajarito adentro y tanto jaleo, lleva y trae, voy y vengo, risitas y palabras entrecortadas, do re mi y do re fa, ha puesto mosca a la Priora. ¿Qué es lo que tiene el tal Paco para que se lo turnen las hermanitas y no se lo presten? Observemos por el agujero de la cerradura como hace la Madre Gorda. ¿Y qué es lo que ve? Nada menos que al Moro tal como vino al mundo dando saltos entre las piernas de sor Juana la bacana, que le canta cundero cundero tu mamá te tuvo en cueros sin camisa y sin sombrero y en diciendo, no quiero ser monja, no, no ¡acángana!, la Superiora cae de bruces ante semejante miembro que no pertenece a esta parroquia y todas las monjas corren por aquellos pasillos encerados a untarle alcohol y a soplarle la cara con un cartón y apenas repuesta del soponcio cacarea. ¡Guardias, todos a mí! ¿Y dónde está el crucifijo que colgaba de aquel pecho? Detrás de la cruz está el diablo, piensa, y del mismo dolor por el desaparecido la Gigantona se tira una pedorreta -¡ah, pe(c)ado!- que pronto se convierte en una gran nube de gases inflamables que al hacer contacto con la llama de los cirios produce una explosión y lanza a Rito por los aires.¿Dónde está, dónde, dónde? En un redondel de arena el payaso Perinola amenaza a los espectadores del circo con lanzarles agua con un balde, pero antes decide perseguir al recién aparecido que cruza la pista. Al final, como no puede darle alcance cumple con su propósito. Una lluvia de papelitos de colores flota sobre las cabezas en el mismo momento en que el desorientado sale por un agujero de la carpa, luego camina entre las barracas y de repente, descubre a una mujer que le sonríe y ya no tiene más ojos que para ella. Pero cuando intenta hablarle, decirle que es prisionero de su sonrisa, el empresario anuncia el desfile de cierre, damas y caballeros, la mujer araña, el gitano de los cuchillos, el señor de los látigos, la dama de los caballos, el tragafuegos, los gemelos de la muerte, los acróbatas infernales ("un paso en falso puede hacer peligrar la vida del artista"), el hombre más pequeño del mundo, la hija del inventor del disco del fuego, los perritos comediantes, los trapecistas suicidas, el amo de las alturas, el amaestrador de pulgas, el niño malabarista ("único a su pequeña edad"), los pa. ¿Y quién es este? ¿Qué hace aquí? Tras los pasos de la muchacha el intruso se ha equivocado de puerta y de cuento y entra a una jaula con leones que de un salto se abalanzan sobre su víctima. El mundo se llena de gritos de horror, niños con pánico, carrera de mujeres, y en seguida estalla una tempestad, las luces se apagan, cae un aguacero que derriba la carpa, sólo un corazón queda dando brincos, ding dong, ding dong, va a dar a la boca de un perro callejero que lo engulle de un solo bocado y. Fin. ¡No, no, no! ¿Quién cambió la frecuencia? En el último capítulo habíamos quedado en los escombros del convento. Tato que había permanecido suspendido en el aire, va rumbo al puerto y con fortuna logra que el corazón le vuelva al cuerpo un poco antes que las cuadrillas de braceros, güincheros y aguadores del Terminal Marítimo y Fluvial declaren una huelga de brazos caídos mientras los marines musiules sigan realizando una suerte de maniobras conjuntas con los marineros nacionales a los acordes de la banda de Unitas que interpreta las mismas marchas de Souza que ponen los noticieros en sus tres emisiones diarias, y en ésas están los sindicalizados debatiéndose entre exigir música de acordeón o salsa brava cuando desde una cofa de mesana dan la alerta de baaar-cooo naaar-cooo a la vista -las velas traía de seda, las jarcias de oro torzal, áncoras tiene de plata, tablas, de fino coral-, y ahí sí que es Troya en el destróyer. ¿Se salvará Rarro de este ataque? ¿Caerá finalmente? Todo retumba y zumba y truena, plomo va y plomo viene y metralla va y metralla viene y hay fuego en ambas escuadras y en una de esas un cañon demasiado tacado de pólvora sale disparado, atraviesa media población, es el rey de la langosta, es el regreso del dirigible, es el ánima sola, es un meteorito anunciado en los libros de ciencia de las estrellas que leen a escondidas los judíos en sus sinagogas pintadas de azul safetano, y termina clavado boca abajo en una esquina de la calle más ancha, ruta que los peritos en balísticas siguen con prontitud junto a agentes de la aduana que investigan si el proyectil ha pagado sus impuestos de ingreso a Tierra Adentro. ¿Y a qué no saben a quién encuentran allí? Aja, aja, tenemos a un hombre con un corte de último mohicano que lanza un periquito al cielo y luego lo llama para que vuelva a posarse obediente en su hombro ante el aplauso del público y el mal humor de un italiano que vende noticias viejas de allende la mar océana, pero la función se ve interrumpida por la llegada de la Leyenda ante la protesta del respetable. ¡Viva el orgullo! ¡Viva la dignidad! ¡Viva el respeto!¡Viva yo! ¿Quién grito eso?  Pero nada consigue mermar el operativo en que atrapan al pajarito en una jaula y le colocan doble candado y una funda negra y encima cadenas y lo llevan a chupar guandoca sin que las autoridades pongan dos dedos de duda que se trata del mismísimo Pájaro Verde, el propio (pero tiene otros nombres) y en siguiendo con su procedimiento regular le dan de coces al indio malamañoso que lo envían directo a unos alambres y allí queda colgando para escarmiento de los facinerosos y añoranza para los que hubieran deseado que en este arenal de comelisas y labia hubiera florecido la Inquisición, hasta que llega un grupo de niños con esas dos piedras unidas por una cuerda curricán que los nativos llaman huevos-de-perros, no sólo a bajar sus cometas sino que de paso tumban al suelo al filisteo que es la palabra que se escucha del sermón que a pocas cuadras oficia el Arzobispo. Te Deum que la historia le debe a esta villa de San Nicolás que no sabe quién fue su fundador, y agrega Monseñor, pero que tampoco nadie se preocupa en saberlo, y dice textualmente (sin mencionar al autor dizque porque además de cabellón, fumaba maracachafa y tomaba gordolobo con los carreteros del mercado), que ésta es una ciudad sin leyendas ni blasones, y parece que hasta ahora no le ha hecho mucha falta. Tema de menos para los malos poetas, y campo estéril para los historiadores. No fue teatro de caballerescas aventuras ni su viento cálido fatigó la infancia de ningún prócer, y por lo tanto es mejor hablar de "La Querida", los tiburones rojiblancos del glorioso equipo de fútbol que hace apenas unos días han escrito una página gloriosa al remontar un marcador de cuatro a cero contra sus archireconocidos rivales del "Ciclón Bananero" y luego pasa a abrir el sagrario y la garganta se le funde en un santiamén que ofende el oído. "Sacrilegio, sacrilegio". "Egio, egio, egio". "O, 0, o". No sólo ha desaparecido la custodia sino que tampoco encuentra por ninguna parte las obleas con arequipe que reemplazan a las hostias en estos servicios tan prolongados en que su abultada panza de vaca colonizadora se llena de mugidos de tripas sin yantar. "No puede ser obra de otro que Pájaro Verde" -dice doña Inocenta Daza Vda de González santiguándose tres veces y finalmente chupándose el dedo gordo de la mano untada amén de agua bendita y sudor de santos. "Tiene el sello de sus golpes", enfatiza y ahí mismo vemos a áquel que es éste y es otro y será el subscrito -hombre de baja estatura, cargado de espaldas, los cabellos revueltos, los ojos de mirada profunda aunque alegre, la nariz crecida con un gancho de ropa, los labios gruesos y los dientes un tanto salidos que le ganaron el apodo de Lleritas; la piel morena, la barba abundante y entrecana cuando fue negra; levantado entre mujeres y bien amado; los pies planos e hijo varón único, motivos estos últimos por lo cuales lo recharazaron para la carrera de armas- que se abre paso entre campanas que tocan arrebato, fieles de rodillas, mendigos, bandas de colegios, vendedores de libros viejos, comedores de huevos de iguana, plantas que se tragan a los amantes, niñas con portacomidas ("vamos, vamos, que nadie lo podrá decir igual"), compradores de lotería, caños con taruya, pitos de fábricas, arroyos en donde flotan colchones y bacinillas, jugadores de dominó, caimanes disecados, estatuas sin cabeza, mamagallistas, perros pegados, barrios de guapos, triquitraques ("no te detengas, anda, anda, pónle demonio"), fritangas, locos, te reías de mi pobre corazón, velitas del 8 de diciembre, novias que esperan en la puerta de los cines, flores de arrebatamachos, bolas de trapo, coleccionistas de discos ("síguelo, suéltalo así, un solo chorro"), miembros de la mujer descuartizada por un médico, palenqueras, picós, bebedores de cerveza, contrabandistas, choferes, butifarreros, timbranalgas, peloteros, bailadores ("textos, textos, pretextos"), malandros, cazadores de pitirre, habladores de paja en revesino, el dengue, sancochos trifásicos, plaga de artistas, albañiles mojosos, mamasantas, salivones, políticos ("lo que cuenta es contar"), dispuesto a narrar esta peregrina historia que le refuerza a tan desocupados lectores y ya lo tenemos, ¡caray!, aprovechando cuanto ha oído y visto y se le ocurre sobre los hechos acaecidos -y escribe-, en esta barranca ribereña -y sigue escribiendo-, a siete de abril del año de gracia de -y deja de escribir-, de. ¿de qué? y descubre al momento de introducir la pluma -para no dejar de escribir- que le han robado su más valioso potosí, un tintero que había traído del Pirú y entonces atiende una voz que no parece salida de garganta y dice: "Ni con la escritura, burla de todas las burlas, podrán enjaularme, carceleros de  mierda". Y, ¡diantre!, le roban el último punto.
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©   Jaime Cabrera González

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 5
Abril-Mayo-Junio de 2001

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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VOLUMEN II - NÚMERO 5