ASCENSO Y DEGRADACIÓN
EN "EL PERRITO", DE MARVEL MORENO
Nadia Celis Salgado

Detrás de los ojos "vivaces y cándidos" de un cachorro que bate su cola ante la vitrina de un almacén, se asoma la tímida fuerza que lucha en el cuento "El perrito", de Marvel Moreno, contra un sistema social encarnado en la figura de Esteban Henríquez, el pintor que protagoniza el relato, actualizando en el devenir interior y exterior de este personaje un dilema eminentemente moderno. El conflicto interior que provoca en el sujeto el sistema capitalista --status, poder y dinero-- contra su individualidad, es ilustrado aquí por la transformación del protagonista que, cifrada por motores sicológicos y sociales, da cuenta de dos visiones del mundo contradictorias pero inevitablemente complementarias.

El relato de Marvel Moreno concibe en la conversión de Esteban y en las elecciones que lo llevan a la perfecta asimilación al sistema, no sólo su alcance del éxito, sino otra cara de la moneda. La autora nos muestra un proceso simultáneo de insensibilización, de enfriamiento continuo del hombre y de adormecimiento del genio individual creador del artista, que desemboca en soledad, miedo, falsedad y en una abdicación definitiva al afecto. De este modo, se entrecruzan dos procesos paralelos, un mejoramiento al que he llamado el ascenso, y una degradación a la que titulo la insensibilización.

A la manera muy particular de esta autora, que le permite narrar evidenciando las grietas pero sin enunciar conclusiones críticas, estos procesos aparecen simultáneos y libres de juicios directos. Me parece importante aclarar que catalogarlos como de mejoramiento y de degradación (haciendo uso de los términos de Claude Bremond, bien podría obedecer a una elección creadora de lectora crítica más que a una evidente posición de la autora. Al lector y a su visión del mundo, deja la autora la resolución del dilema humano implícito en el relato.

Para describir estos dos procesos, el presente texto pretende hacer un recorrido por los programas narrativos de este cuento de la autora barranquillera, haciendo uso del modelo de las fases canónicas del relato: manipulación, competencia, performancia y sanción, descrito por las teorías de Julien Greimas , y que resumiré así: Todo relato se inicia con un estado de carencia o de disyunción entre el sujeto y el objeto deseado, causado por una manipulación, la cual es ejercida consciente o inconscientemente por un destinador o un ente manipulador sobre un sujeto manipulado. Esta manipulación dispara la acción del relato, pues el sujeto manipulado intenta acceder al objeto, de modo que el destinador hace-hacer o ser al sujeto, es decir, hace que el sujeto deba o quiera hacer o no algo. La competencia, por su parte, supone las capacidades o posibilidades de los sujetos para ejecutar la acción del programa narrativo según tres modalidades: Querer hacer o deber hacer (Voluntad), Poder hacer (Posibilidad) y Saber hacer (Conocimiento). La performancia desarrolla estas competencias en la ejecución de la acción que transforma el estado del sujeto o los sujetos implicados. El castigo o premio, victoria o fracaso del sujeto, según el cambio sufrido por la realización del programa narrativo, constituye la sanción.

El plan narrativo global de El perrito, atravesado por los dos procesos simultáneos enunciados, supone un estado original del sujeto: un Esteban niño, ilustrado por el recuerdo del adulto de su infancia y de su perra, Nona, como un niño inocente, carente de egoísmo, víctima de la frialdad de la madre; hasta un estado final de enfriamiento emocional que se concreta en una acción similar a la de la madre, botar al perrito, y que lo confirma como un hombre calculador y carente de sensibilidad. Entre el niño inocente y sensible, y el adulto, el millonario pintor de París, ocurren una serie de rupturas en las que Esteban es objeto de cambios sicológicos y de posición en su medio social que determinan su desenlace. Estos saltos son evocados por la memoria del narrador desde el presente del personaje, tras el encuentro con el perrito. En este tiempo sicológico de rupturas y saltos centraré la descripción de los programas narrativos.

La primera de las rupturas de Esteban se da en su infancia, donde la madre, destinadora, ejerce una acción manipuladora sobre él al botar sin razón alguna a Nona, su perra, confidente y amiga, destruyendo la inocencia del niño y haciéndolo víctima de su frialdad. La madre crea una ausencia en el niño, ante la perplejidad del mismo, quien no está en capacidad de defenderse. La madre hace uso de su competencia absoluta para ejecutar la acción supresora. La liberación de Esteban, al abandonar a la madre, se constituye en su sanción.

La manipulación materna influencia aún la segunda ruptura de Esteban, quien viaja a París "para liberarse de ella y olvidar el pasado" (p. 100), iniciando su carrera hacia el éxito y la celebridad, el ascenso. En esta acción, que puede, quiere y ejecuta Esteban, es acompañado por Isabel. La llegada a París marca la entrada en el mundo del éxito para Esteban y la incursión de los factores que cambian sucesivamente su visión del mundo. De una parte, aflora su ambición y su necesidad de aprobación, que constituirán los principales motores sicológicos de las transformaciones del personaje. De otro lado, Esteban conoce la pobreza y se ve obligado, al igual que Isabel, a servir a otros, estado que rechazará más tarde y que avivará su ambición. Roza sin pertenecer a él el universo de riqueza y poder, representado por los "aristócratas europeos y la gente del jet-set" (p. 103) y espera, ansioso, "el milagro", obrado inicialmente por su talento artístico, que le permita ingresar en él.

El papel de Isabel, en este contexto, es ambiguo. Si bien ella desea el reconocimiento del talento de Esteban y el éxito para ambos, desconoce "el arte de la seducción y los encantos del artificio" (p.103); su poca competencia en el juego exigido por el ambiente y que Esteban rápidamente aprende, la convierten en una opositora a los fines del sujeto, quien opta por deshacerse de ella. Isabel es parte del pasado y le recuerda a éste, su pobreza, sus bajos orígenes y todo lo que, en la búsqueda de su nuevo estado, Esteban rechaza. Al echar a Isabel, Esteban da su siguiente salto; la sanción de la pérdida de Isabel es a la vez premio y castigo. Con el milagro del éxito llega la "perpleja frialdad" que lentamente se va "deslizando en su corazón" (p.102). En este punto se cruzan inicialmente los dos procesos.

Con la salida de Isabel todo cambia para Esteban, desde la compra de un lujoso apartamento hasta el paso a la pintura abstracta, sus movimientos internos y externos hablan de su nuevo estado. El éxito de su nueva pintura lo hace entrar "de lleno en el dorado mundo de los millonarios" (p.104), mundo de suntuosidad, artificio, fortunas, ostentación, entre otros adjetivos con los que la autora ilustra el inicio de la farsa. Esteban se ve obligado a abandonar viejos amigos, rechazar a "periodistas insignificantes" (p.104) y empezar a cultivar una imagen enigmática que lo aleje de sus espejos --otros arribistas con menos suerte que la suya-- y disfrace su miedo. Siente miedo del rechazo de los críticos, del abandono de los galeristas, de evidenciar su ignorancia, que poco a poco se vuelve miedo a perder la máscara. Pero aún no se siente un farsante, Esteban es sujeto de una manipulación social que, anclada en su propia ambición, no detecta en un principio, aún se siente dueño de sus sentimientos y fiel a ellos en sus obras. La sanción, que ha parecido hasta entonces premio, empieza hasta ahora a evidenciar el castigo.

Con el ascenso y su ingreso en el mundo del poder y el dinero, pronto vienen las decepciones que provocan su siguiente ruptura: falsos amigos, mujeres interesadas, cinismo, utilitarismo, son algunos de los rasgos que encuentra a su alrededor, que acepta y asimila. "Con los años -- dice el narrador-- se fue insensibilizando" hasta perder "la facultad de experimentar la menor emoción" (p.105). Vuelve a sentir miedo de que esto se refleje en su pintura; pero ya conoce el juego, sabe, puede y quiere hacer, de modo que empieza a sostener conscientemente la farsa, repitiéndose en su pintura, al igual que sucede en su vida.

Las dos siguientes secuencias constituyen lo que podríamos llamar la resistencia. Víctima de la manipulación simultánea del sistema al que se va asimilando y de su propia pulsión individual en conflicto, Esteban, "queriendo escapar del hastío", huyendo del aburrimiento de su nuevo estado, trata de buscar emociones diferentes. Es entonces cuando se develan interesantes rasgos de su personalidad que podrían equipararse con una homosexualidad latente. Desprecia a las mujeres y a las que puede utilizar para ello las obliga a usar un falo para que lo penetren, en un último intento por salvarse de la impotencia y mantener la líbido que se le escapa. Ahora tiene miedo, además, de que se descubra su impotencia. La lógica de su mundo se invierte: los críticos adoran sus cuadros falsos, las mujeres lo veneran mientras su virilidad agoniza.

Tras sus intentos fallidos por encontrar algo que lo conmueva, su miedo alcanza el clímax por el pánico que le produce la imagen de su amigo fotógrafo Joaquín Pizarro, enfermo terminal de cáncer. El espanto por la situación de su amigo le devuelve emoción a su pintura alimentando su éxito y posteriormente, la culpa por utilizar el dolor del otro, regenera una vez más la ya decadente pintura del protagonista. Pero al regresar su apatía, Esteban se descubre preso en su necesidad de aprobación, desesperado adicto a los elogios y terriblemente sensible a las críticas. El afán por vender, máxima expresión de su ambición y su urgencia de aceptación, se convierte en su último motor.

La secuencia con la que se abre y cierra el cuento, narra precisamente la última resistencia. La figura del perrito es, de hecho, ambivalente --al igual que Isabel, con quien comparte funciones--. Por una parte, representa un volver a la inocencia infantil de los tiempos de Nona, su primera perra, y a la sensación de bienestar y compañía que le remite inevitablemente a Isabel. Pero no sólo eso lo une a Esteban. El perro posee linaje, antepasados, la raza, y otros aspectos que certifican un prestigio que le recuerda a los D'Aubreil y a sus amigos aristócratas, por quienes Esteban no oculta su admiración.

En esta secuencia, que atraviesa todo el tiempo presente del relato, se baten decididamente las dos tensiones máximas del mismo y se resuelven los dos procesos. Por una parte, el perrito e Isabel halan al protagonista a su pasado, a la infancia que el adulto detesta recordar, a su sensibilidad y creatividad inicial; Esteban, incluso, vuelve a pintar un cuadro auténtico. De otro lado, con la imagen de los D'Aubreil y sus amigos, Beatrice, su nueva amante y los Van Der Castel, una pareja de millonarios que intentan comprar su obra, se erigen los símbolos más admirados de poder y riqueza, los verdaderos aristócratas, ante los cuales Esteban, a pesar de su desesperado afán por asimilarse, no puede dejar de sentirse incómodo, temeroso de ser descubierto en su disimulado arribismo. Cuando la Sra. Van Der Castel, al interesarse por el cuadro aún mojado que Esteban ha pintado al recordar a Isabel, le quita la máscara, Esteban no puede evitar la desazón.

El perrito, finalmente, termina de romper la armonía distrayendo la atención, tan afanosamente buscada por Esteban, de la pareja. Ante el fracaso de la venta, el recuerdo de Isabel, la agradable sensación que le ha producido la presencia del cachorro y todo asomo de sensaciones amables se desdibujan. Esteban bota al perro, del mismo modo que su madre lo hizo con Nona, y con esta acción cierra la puerta a sus emociones, abdica, insisto, al afecto y se entrega a la desolada contemplación de su éxito.

erminado el ascenso, Esteban, "el pintor célebre, el más importante de su generación", no logra superar la incomodidad, ni el miedo, ni la impostura de su condición. Culmina el cambio de estado y se ejecuta la sanción. El sistema manipulador ha ejercido su fuerza y Esteban, en uso y ejercicio de su competencia y performancia ha elegido, convirtiéndose en el artífice de su propio destino, de su ascensión y de su degradación. Con él, a su vez, el sistema manipulador, destinatario final de las acciones del programa narrativo, se renueva, se sustenta, se perpetúa.

Ahora bien, del lado del triunfo en el ascenso, elegido por el protagonista, encontramos al parecer, el triunfo del poder, del sistema, de la visión capitalista y, consecuentemente, el fracaso del individuo, del sujeto particular, que subordina su afectividad y su felicidad a la ambición por el dinero, por la aprobación y el reconocimiento. Pero en el reverso, con la sutileza de las voces ahogadas por la dominación, en el silencio de los personajes extraídos de la vida del pintor, en la indefensión de Nona, del perrito, de Isabel, podemos captar un rasgo característico de la escritura de Marvel Moreno. La autora posee una particular forma de evidenciar las debilidades de un sistema que se ve obligado a acallar las voces resonantes que amenazan la uniformidad y la estabilidad del mismo; las voces marginales, protagonistas subterráneas de la mayor parte de la obra de Marvel. El relato da cuenta de una posición crítica, reflexiva, que no se reduce al reproche y al oprobio de un sistema particular, que escava en las motivaciones individuales y sociales que le dan continuidad y fortaleza.
BIBLIOGRAFÍA:
MORENO, Marvel. "El perrito". En: El encuentro y otros relatos. Bogotá, El Áncora, 1992.
GREIMAS, J. A. Semiótica del texto. Madrid, Gredos, 1983
-------------. Semántica estructural. Madrid, Gredos, 1984.
BREMOND, Claude. "La lógica de los posibles narrativos". En: Análisis estructural del relato. Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, 1970.
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© Nadia Celis Salgado
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 5
Abril-Mayo-Junio de 2001
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA
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