LAS ENFERMEDADES DE LA NATURALEZA
EN LA POESÍA DE LUIS CARLOS LÓPEZ
Guillermo Tedio
Universidad del Atlántico

Si bien es cierto que el poeta Luis Carlos López (nacido y muerto en Cartagena, Colombia: 1879-1950) cambió muchos de los temas clásicos tratados por la poesía romántica y modernista por temas y motivos cotidianos y plebeyos, su mayor logro estuvo en la mirada sesgada con que enfocó esos tópicos y en el lenguaje rejuvenecedor que empleó, lejos de la retórica empalagosa de la época. Su extraordinaria capacidad para la ironía, así fuera dolorosamente crítica, lo llevó a la escogencia puntual de las palabras con que describió el mundillo de la Cartagena-villorio de su época, de tal manera que logró transmitirnos la casposa medianía de aquella realidad pavorosamente provinciana.

El ambiente cartagenero de aldea soporífera, de villorrio aburrido, le da a López una manera particularmente crítica y burlona de percibir su entorno. Y en este sentido, es particularmente llamativo el hecho de que López transmita a la naturaleza las enfermedades de los humanos, quizás para no hablar directamente de aquella sociedad y humanidad comatosas.

El motivo del mar es desprestigiado en muchos de sus versos: "La noche se avecina bostezando./ Y el mar, bilioso y viejo,/ duerme con un sueño de morfina". En otro poema, el oceano "duerme mansamente con pesadez de fofa gelatina" y las olas son "cejas canosas", de tal modo que de gigante impetuoso el mar pasa a ser un anciano.

Se podría decir que para el Tuerto todas las aguas son pardas: "Un río turbio como un reptil soñoliento", "Un río fonje y turbio", "la epilepsia de un torrente", "desgrana el cielo gris su crónica cistitis", "El tinte cenizo de un retazo de invierno", "tarde sucia de invierno/ el horizonte/ de un invernal cariz panza de burro".

Igualmente el elemento tierra (campo, cordilleras, árboles, cerros...) sufre las enfermedades de los humanos: "la campiña, de un pálido aceituna,/ tiene hipocondría", "una giba de la cordillera", "a lo lejos se percibe como una cicatriz/ la cordillera", "y los árboles torcidos, desnudos y nudosos/ seguramente sufren de artritismo", "La testa de un cerro, rugosa y rapada,/ brilla con los tintes de la mermelada".

El sol ya no es, en la poesía del Tuerto, el altivo Osiris ni el implacable Febo sino: "viejo Osiris", "un Febo con indigestión", "el padre sol, un gran buñuelo", "Sol ingente, lacio y senil", "la ampolla del mismo sol", "faz clorótica del sol", "el sol, una enorme yema de huevo frito", "la tonsura del sol entre la cana neblina", "mudo y senil asoma el sol". Como se puede ver, además de enfermar a Febo con la senilidad, la indigestión y la clorosis, lo ubica irreverentemente dentro del lenguaje cotidiano y familiar del huevo frito y el buñuelo.

No se queda atrás la luna que ya no es la luna de plata o de oro de los románticos y modernistas sino: "una astilla", "medio mamey", "luna de latón", "la hermana luna que hoy finge un diente de ajo", "la luna tumefacta es como un grano".

El cielo ha perdido en López los atributos cerúleos y ahora es: "de color de pus", "de un amarillo anémico de alpiste/ que hace recordar la orina de los hipocondríacos", "amarillo mamey resulta el cielo", "un cielo que tiene sarpullido", "crepúsculo morado", "una mañana que tiene la blancura de la clorosis", "crepúsculo barcino", "las nubes, motas de color anciano", "la convalecencia de la noche", "misantrópica tarde", "un ambiente palúdico y viscoso".

Y ya no las cosas naturales sino las artificiales, las producidas por el hombre, sobrellevan esta mirada despiadada que las describe: "el remiendo inesperado/ de un alegre caserío", "cabecean las aspas del molino/ como con neurastenia", "tísica calleja", "el anémico atisbo de un farol", "la barca da tumbos de dipsómano".

Con estos procedimientos lingüísticos se degradan, rompen y desprestigian las imágenes poéticas tradicionales, los lugares comunes de la poética clásica, romántica y modernista. Se trata de un uso diferente, funcional e intencional del lenguaje. Y esa irreverencia e ironía, motivadas por la ñoñez y clorosis del medio cartagenero y colombiano de la época, expresan la visión de Luis Carlos López, de la ciudad como villorrio, de la aldea muerta, de la necrópolis donde no pasaba nada y que era necesario cambiar.
Obras de Luis Carlos López: De mi villorrio, Por el atajo, Posturas difíciles y Varios a varios.
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© Guillermo Tedio
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124-9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 5
Abril-Mayo-Junio de 2001
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA
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