Bajo el adoquín, la playa
Obra finalista en el Primer Concurso Internacional
de Novela Breve “Álvaro Cepeda Samudio” 2003

SIC EDITORIAL PUBLICA NOVELA FINALISTA
DE MIGUEL FALQUEZ-CERTAIN


















Bajo el adoquín, la playa, novela finalista en el Primer Concurso Internacional de Novela Breve “Álvaro Cepeda Samudio” convocado en el 2003 por Sistemas y Computadores S.A. y su proyecto cultural SIC Editorial, cuyo autor es Miguel Falquez-Certain, colombiano residente en Nueva York desde hace más de veintisiete años, fue publicada en febrero de este año en Bucaramanga, Colombia, por Sic Editorial.

El pasado 11 de octubre de 2003, en el acta de proclamación emitida por los miembros del jurado, los escritores Enrique Serrano, Juan Gustavo Cobo Borda y Gustavo Álvarez Gardeazábal, se proclamó que por mayoría de votos (Álvarez Gardeazábal se abstuvo) habían escogido como obra ganadora la novela breve Aimarte entre las 131 presentadas y cuyo autor resultó ser el uruguayo residenciado en Suecia Leonardo Rossiello Ramírez. Como premiación alternativa, la organización del concurso decidió publicar las obras finalistas, entre las que se encontraba la de Falquez-Certain.

Cuando Pierre Mergier, el narrador de Bajo el adoquín, la playa, llega de París como becario del programa de doctorado en literatura comparada a la Universidad de Nueva York encuentra en su nuevo apartamento unas cajas abandonadas repletas de cuartillas, diarios, fotos y recortes de periódico. Las pone a un lado pensando que el inquilino previo vendrá un día a reclamarlas. Pero a medida que el tiempo pasa, Pierre se siente intrigado. Un día se decide a abrirlas y comienza de esta forma a reconstruir la historia del escritor colombiano Carlos Alberto Rivadeneira, a través del rompecabezas y de los amigos a quienes le conduce. Sin embargo y contra todo pronóstico, Pierre comienza a identificarse con el “otro” –ese antípoda que al fin de cuentas tanto se le parece.


A continuación publicamos el primer capítulo de Bajo el adoquín, la playa, cedido por su autor, miembro del Comité Editorial Internacional de  LA CASA DE ASTERIÓN.


Bajo el adoquín, la playa

Miguel Falquez-Certain
mfalquez@nyc.rr.com


Para Eric Van Felix
A la memoria de Andrés Caicedo y Manuel Rodríguez Alemán

L’œuvre d’art ne doit rien prouver.
—André Gide, en una carta a Jules Renard

C’est avec les beaux sentiments qu’on fait de la mauvaise littérature.
—André Gide, Journaux (1935)


I

Al principio no le di ninguna importancia. Frecuentemente, cuando uno se muda a un nuevo apartamento se encuentra objetos o papeles que el inquilino anterior ha dejado olvidados, o adrede porque quería deshacerse de ellos y no le quedó tiempo de tirarlos al cubo de la basura. Especialmente cuando se es desordenado como lo son muchos de mis amigos.

       Unas cuantas carpetas repletas de papeles mecanografiados, otras tantas libretas de apuntes de ésas que se utilizan para mantener un diario, dos o tres casetes, cartas con sobres sellados en el extranjero —todo sin importancia. Al menos para mí que acababa de llegar de Francia y debía organizarme en el menor tiempo posible antes de que los cursos comenzaran la semana siguiente en la Universidad de Nueva York.

Los fui recogiendo a medida que los fui encontrando y empecé a guardarlos en una de las cajas de cartón en donde habían venido embalados mis libros. Luego la almacené en uno de los armarios pues pensé que su dueño podría reclamarlos en el futuro.

Durante las primeras semanas me he dedicado a conseguir muebles y utensilios de segunda mano en las tiendas de ese tipo que por fortuna abundan en este vecindario. No traigo mucho dinero y debo invertirlo con prudencia: una cama, un escritorio, sábanas, fundas, una almohada, una mesa de noche, unos cuantos platos, vasos y cubiertos —lo básico. Con el tiempo, y el dinero que recibiré mensualmente de la universidad, podré irlo amoblando hasta hacerlo más cómodo, más vivible. Después de todo, éste será mi hogar durante cuatro años.

Tengo que decir ante todo que me llamo Pierre Mergier-Cazola y que tengo treinta y tres años. Nací y me crié en París porque mi padre nunca quiso vivir fuera de su tierra, aunque mi madre, que es española, le insistiera muchas veces que se fueran a vivir a Sudamérica en donde tenía familiares que habían escapado de España cuando lo de Franco. Nunca he llegado a comprender las razones de mi padre para rehusarse a complacer a mi madre; sólo sé que secretamente mi madre sufría ante la certeza de que su mundo se desintegraría por completo con el paso del tiempo. Lo sé porque ella me lo dijo cuando murió mi padre, pero ya era demasiado tarde para volver a comenzar. Sus parientes tropicales ya habían muerto o bien la habían olvidado totalmente, y a los sesenta y dos años es muy difícil querer aventurarse a un mundo desconocido y lejano. Ahora la Costa Brava es su único consuelo; allí veranea, ya que finalmente Franco ha muerto, tratando de reconstruir el pasado a través de sobrinos y primos que nunca antes la habían conocido. “Algo es algo, peor es nada”, me decía con una sonrisa repleta de tristeza.

Actualmente se ha quedado viviendo sola en el caserón solariego que nos dejó mi padre, sosteniéndose con una pensión del gobierno. Sus amigos, los que aún están vivos, son todos veteranos del Frente Popular, y se reúnen con ella de cuando en cuando en el Flore o en Les Deux magots a beber café y vino y a recordar con saudade, como dice mi madre, los tiempos de las brigadas y de la Pasionaria, su heroína de la adolescencia. Fue allí, en Barcelona, en donde conoció a mi padre, Alexandre.
Miembro raso de una célula de la juventud comunista, mi padre había llegado secretamente a Sabadell a organizar focos de acción e investido de poderes extraordinarios otorgados por el Grand Comité. Ya avanzado en su treintena y veterano del partido, mi padre había recorrido todo el escalafón de base lo cual le proporcionó una posición ahora privilegiada dentro de la organización. Su sueño era el poder y todo apuntaba en ese sentido.

Mi abuelo, don Federico Cazola, un viejo anarquista veterano de la Semana Trágica de Barcelona a principios de siglo, se interesó simultáneamente por la literatura y el anarquismo de una manera casual: un día se enteró que Émile Henry había sido detenido luego de haber puesto una bomba en un café de la Gare St Lazare en venganza por la ejecución del anarquista Vaillant. Henry pasó sus últimos días leyendo El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha hasta el día que subió al cadalso cantando a todo pulmón la tonadilla anarquista,  «Ah ça ira, ça ira, ça ira, tous les bourgeois goût’ront d’la bombe, ah ça ira, ça ira, ça ira, tous les bourgeois on les saut’ra.» Mi abuelo quiso entonces comprender al personaje, sus móviles, su lucidez y distanciamiento esperando al verdugo, y por eso leyó El Quijote siete veces y se hizo miembro de la Confederación Nacional del Trabajo.

Pero en su vejez llegó a convencerse de que los ácratas eran tan ilusos como los demás. Por eso aceptaba las reuniones que Isabel, mi madre, convocaba en Caponata. Más que todo porque si era cierto que al principio se hablaba de política, los encuentros terminaban en acaloradas discusiones literarias. Fue allí que mis padres, Alexandre e Isabel, se conocieron.

No sé por qué estoy contando todo esto; en todo caso no era lo que al principio quería reportar. Aunque creo que es importante que trate de ordenar mi propia historia, de encontrarle un hilo conductor, de dilucidar sus opacidades. ¿Qué mejor forma de lograrlo que escribiéndola? Después de todo quien no sabe pensar no sabe escribir y viceversa. Tal vez de esta forma me ayude a explicarme a mí mismo lo que me está aconteciendo.

Me volví a topar con los papeles abandonados hace tres semanas, cuando me disponía a sacar las herramientas del armario para acabar de darle los últimos retoques al apartamento. Allí estaba la caja, sellada con gutapercha y con la etiqueta que yo le había pegado: “Papeles ajenos”. Me la quedé mirando un instante y sentí una curiosidad malsana —no sé, tal vez abrirla. Pensé que no era correcto, que sería como abrirle la correspondencia a un amigo o a mi madre. Tantas veces me había enorgullecido de no haberlo hecho, de que mi madre me lo hubiera inculcado con su ejemplo. Cerré la puerta del armario pensando que quizá, si no los reclamaban, podría leerlos como si fueran manuscritos hallados en Zaragoza, como si fueran parte de un diario de los tantos que hoy se publican, tan en boga. ¿Y por qué no?

Hace dos semanas que comenzaron los cursos en la universidad. Con la licenciatura en literatura francesa que obtuve en la Sorbona, mis buenas calificaciones y mi conocimiento de varias lenguas romances y el inglés, me dieron una beca en Nueva York para estudiar literatura comparada. Nunca pensé que continuaría con mis estudios luego de haberlos interrumpido hace diez años. El servicio militar, un matrimonio fracasado y estéril, y el resto de los años sobrevividos como traductor comercial en un banco de París contribuyeron a mi indiferencia por los estudios. Alguna vez acaricié la idea de enseñar, pero pronto me di cuenta que ésa sería una carrera equivocada. Nunca he tenido paciencia con los niños. De manera que me dediqué a visitar la Cinemateca, a escribir artículos sobre cine que publicaba una revistilla desconocida que acaso leían treinta personas, y a comer queso y pan y beber vino con mis amigos cuando no teníamos suficiente dinero para el cine y una buena cena. Ninguna gran aspiración; tan sólo las fiestas, los amigos, el cine. Por las mañanas me levantaba con la cabeza más pesada que un leño, me tomaba dos aspirinas y me largaba a traducir cartas comerciales y telegramas que me aburrían hasta el infinito.

Curioso. Nunca me he sentido escritor. Curioso, digo, porque mis amigos iberoamericanos que estudiaban literatura en París se llamaban a sí mismos escritores. Por eso estudiaban letras. Pero yo no. Yo estudié literatura porque quería enseñarla. A duras penas daba abasto con los trabajos y ensayos críticos que debía escribir para mis cursos en la Sorbona. De modo que nunca me consideré escritor. Pero cuando me di cuenta que jamás podría enseñar, que no estaba en mí, toda la fuerza que me había movido desde el bachillerato se paró de repente. De golpe. ¡Pouf! Y yo en la mitad de ninguna parte, sin ninguna ambición, nada. Nadine, quizás, y un poco las películas de Godard, un poco de hachís, los amigos, el maldito trabajo. Buena cama, Nadine. Por lo demás, insoportable.

Un día me encontré con ella en el Boulevard St Michel. Iba acompañada de un americano rubio-ojos-azules. Típico. Nos presentó. El tío me dijo que se llamaba Art, no por el arte sino por Arthur, y cuando abrió la boca y nos estrechamos las manos y se sonrió diciéndome « Enchanté », el estereotipo se me vino al suelo. Vibraciones las llaman ellos. Quizá. De cualquier manera aquella noche terminamos borrachos cantando a voz en cuello las canciones de Cat Stevens en la Place de l’alma, sorprendiendo a los turistas japoneses que salían de un bateau mouche y que ahora formaban corros frente a sus autobuses señalándonos con aspavientos y haciéndonos sus pequeñas reverencias. Nuestra conversación debía de sonarles a algarabía: saltábamos indistintamente del francés al inglés al español.

Art estudiaba literatura comparada en Nueva York. Me lo dijo así, de golpe, y me dejó estupefacto. Nunca se me había ocurrido que allí yo podría encontrar una respuesta. Las literaturas, las lenguas, las culturas. Yo —pintado de pies a cabeza. “Ni más que hablar”, me dijo. “Pues te vienes a Nueva York. Estoy seguro que una beca no te niegan.” Nueva York. ¡Joder! Aspiré profundamente la calima del Sena.

Felizmente los profesores se acordaban de mí. El profesor Hulot, sobre todo. Estoy seguro que me dieron buenas recomendaciones porque a los dos meses recibí una respuesta de la Universidad de Nueva York. No sólo me ofrecían la beca de estudios sino también un puesto de instructor en el departamento de francés. ¿Y cómo decir que no ante tanta belleza? Me parecía mentira, pero no lo pensé dos veces. A finales del verano pasado tomé un avión y me vine a vivir al apartamento que Art me había conseguido en el East Village de Nueva York.

Por supuesto que mi madre se enojó al principio, pero qué podía hacer. Al fin la convencí. Lo que yo necesitaba era un cambio y allí tenía la oportunidad en las manos. «Qui ne risque rien n’a rien !» Tal vez ella en el futuro podría vender la casa y venirse a vivir conmigo. “Cuando regreses me encontrarás comiendo malvas por las raíces”, me dijo y me abrazó. “Me entierras tú primero, maja”, le respondí. Nadine, mi madre y sus camaradas vinieron a despedirme al Charles de Gaulle. Ya me imagino que estarán dando zapatetas de gozo ahora que Mitterand está en el poder. ¡Pobre Isabel de los Desvíos!

Antes dije que nunca pensé en “hacer literatura”, pero ahora, curiosamente, luego de haber leído las primeras cuartillas de ese diario abandonado, siento una atracción a poner mis ideas en orden tratando de explicarlo todo. O por lo menos entenderlo y comprenderme. No es narrativa, porque no es ficción. O tal vez sí lo sea. No lo sé. Ordernar el desorden, responder la incógnita, quizá. Chi sa? No yo todavía, al menos. Pero allí están: páginas mecanografiadas y notas escritas con tinta violeta. Allí, en el armario, invitándome.

Se lo comenté a Art y se interesó al instante. Quería leerlas, pero me he negado. No por ahora. Sucede algo extraño. Lejanamente siento que hay parte mía en ellos; todavía no sé por qué. No puedo definirlo. Al parecer somos antípodas; ni siquiera la forma de escribir el castellano (ni su vocabulario) se parece al mío. Sólo un presentimiento, una sensación que aparece intermitentemente cuando las recorro. Está allí pero no sé decir dónde. Un-no-sé-qué-en-no-sé-dónde. Puede que todo sea invento mío. No estoy seguro. Pero no quiero que Art las lea; no por ahora. Tal vez más adelante, cuando sepa qué es lo que me está sucediendo.

Diarios no son, en el sentido estricto de la palabra. Al menos no son diarios literarios ni personales, sino una mezcla de ambos. Citas de libros, recortes de periódicos, fotos, transcripciones de sueños, proyectos literarios, números de teléfonos escritos en los márgenes. En algunas ocasiones me doy por vencido ante su letra de hormiga. Ni paleógrafo que fuera, pero sigo. Continúo salteándolas espontáneamente, abrumado ante la cantidad de piezas fragmentadas que no me ofrecen ningún sentido. Brújula que rota furiosa —el imán. ¿Dónde, cómo, qué quiere decirme? Me propuse leer los diarios en orden y dejar el resto para después.

Sin embargo, pocos datos estadísticos he logrado sacar en claro hasta ahora. Deduzco, por ejemplo, que se llama Carlos Alberto Rivadeneira: su nombre está inscrito en todos los diarios con esa penosa tinta violeta que desaparece a retazos. Supongo que es de Colombia, de un lugar llamado Barranquilla, porque lo menciona muchas veces. Habla de un bildungsroman que está escribiendo basado en su vida de estudiante en un colegio de jesuitas. Me encuentro con dos páginas repletas de datos sobre novelas escritas en esa tradición. Descubro que siempre ha querido ser escritor aunque su pseudo profesión, como él la llama, de prestidigitador demuestre lo contrario. Hay citas de Gide y de Sartre en francés; también de Salinger y de Joyce Carol Oates, en inglés. Por ello me imagino que conoce esas lenguas. Transcripciones de sueños y comentarios posteriores me indican que su padre murió cuando él cursaba el último año de bachillerato, y que su amigo íntimo en el colegio ingresó a la Compañía de Jesús. Otras notas hablan de España y de este apartamento de la calle doce, en donde ahora se ha quedado solo luego que su amigo Xavier ha regresado a vivir con su madre en La Florida. Sospecho que tiene treinta años, al menos por una de sus notas que por desgracia no está fechada. Transcribe un verso de Villon que habla de su treintena y luego decide, en un comentario, que no puede aplazar la escritura de su novela. “Basta ya de estudiar los gajes del oficio”, escribe. “Res non verba” es el lema que ha inscrito en tinta verde encabezando la página. Sólo esto he podido sacar en claro.

Art se me presentó de improviso anoche a visitarme. Vino con su novia. Trajeron un queso camembert, tres botellas de Marqués de Riscal y baguettes italianas. “Lo que necesitamos nous autres cosmopolitas para pasarla bien”, me dijo en cuanto entró. Mercedes, su novia, es una chica española que estudia en nuestro departamento. Pas mal, pero el licor se le sube pronto a la cabeza. Escuchamos mis discos de Georges Brassens hasta que nos caímos rendidos del sueño. Esta mañana se levantaron de la alfombra y se fueron a trabajar tan campantes. “La pasamos bomba”, me dijo Mercedes cuando nos despedimos. “Hay que repetirlo”, le contesté sin mucho entusiasmo. Por fortuna no tengo que dictar clases de francés sino hasta las diez de la mañana.

De modo que no he podido regresar a mi caja de cartón. Ahora que me he quedado solo, pienso que puedo hacerlo pero sé lo que me espera. Esta resaca solamente la calma una ducha fría y un par de aspirinas.

EL AUTOR:

MIGUEL FALQUEZ-CERTAIN nació en Barranquilla y está radicado en Nueva York desde hace más de veintisiete años. Ha publicado cuentos, poemas, piezas de teatro, ensayos, traducciones y críticas literarias, teatrales y cinematográficas en Europa, Latinoamérica y los EE.UU. Es autor de seis poemarios, seis piezas de teatro y un libro de narrativa corta por los cuales ha recibido varios galardones. Licenciado en literaturas hispánica y francesa (Hunter College, 1.980). Cursó estudios de doctorado en literatura comparada en New York University (1.981-85). Ha participado en las Ferias del Libro de Miami, Santo Domingo y Nueva York y como poeta invitado en congresos del Ecuador y de los Estados Unidos. Obtuvo el primer lugar en el concurso de dramaturgia “Nuestras Voces” del Repertorio Español de Nueva York (patrocinado por MetLife) en 2.002 por su pieza en dos actos Quemar las naves (en colaboración con Francisco Álvarez-Koki en la concepción de los personajes) y cuyo estreno mundial fue el 25 de abril de 2.003 en la sede del teatro en Manhattan, donde aún continúa presentándose con éxito.
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©   Miguel Falquez-Certain

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 17