Miradas bizcas
sobre la Barranquilla
de mis novelas
Ramón Illán Bacca
Uno de mis más vívidos recuerdos de infancia fue mi primera llegada a Barranquilla, desde mi nativa Santa Marta. Acompañado de una de mis tías llegué al sitio del embarcadero de vapores en San Juan Bautista de la Cienaga donde una vecina que también iba a Barranquilla me esperaba para llevarme. Al tercer pitazo de “La Veloz” como se llamaba el vapor mi tía me dio el beso de despedida no sin advertirme que me iba a suceder lo mismo que a mi primo José Rafael que cuando llegaba a la Place de la Concorde en París gritaba al taxista que se detuviera, se bajaba del vehículo y exclamaba ¡Qué bello! Mi tía añadía: “A ti te pasará lo mismo cuando veas el Paseo Bolívar”. Al bajar del vapor y llegar al Paseo Bolívar solo me impresionó el edificio Palma: un edificio con cúpulas, de los que llaman de arquitectura republicana. Fue una de mis primeras miradas bizcas a esa ciudad que algunos años después sería la mía.
Era 1948 y también la ciudad me recibió conmocionada con la muerte de Gaitán. Una de las anécdotas que los contertulios de sobremesa relataban asustados era cuando la multitud enardecida invadió “Las Emisoras Unidas” y agarró y zarandeó al cantante que estaba en el escenario. En ese momento la iglesia vecina de San Nicolás ardía. El cantante logró gritar un “Pero ché, si yo soy Leo Marini” a lo que la multitud rugió con un: “Que lo demuestre”. Y entonces nuestro bolerista interpretó su más emocionada versión de “Humo en los ojos”.
Esta escena la describo en “Maracas en la ópera” aunque en “Disfrázate como quieras” relato un nueve de abril transcurrido en un internado. ¿Cuál de las dos experiencias viví realmente? Ya no me acuerdo y dentro de la novela todo es verdad.
Una ciudad sin historia
Desde pequeño se me dijo que al lado de la heroica Cartagena y la hidalga Santa Marta, Barranquilla era una ciudad sin historia, incluso los manuales de civismo en primaria --después de hacerles aprender a los niños el himno de Barranquilla con letra de Amira de la Rosa que la tilda de “procera e inmortal”-- pasaba de inmediato a decir que en realidad la ciudad se había fundado porque unos vaqueros de Galapa conducían sus vacas a un lugar que se llamaba Barrancas de San Nicolás para que abrevara el ganado. Esta tesis fue sostenida y pregonada con orgullo por mucho tiempo. Los del Grupo de Barranquilla, por ejemplo, en sus artículos se jactaban del ancestro vacuno.
“Cuando alguien se refiere al origen de Barranquilla siempre se habla de unas vacas y unos pastores que en una época imprecisa y en un verano excesivamente cruel buscaron la proximidad del agua. De este modo se acercaron al agua dulce y al agua salada y se quedaron. Pero la verdad es que Barranquilla no tiene historia” afirmaba en un artículo en la revista Semana Alfonso Fuenmayor en 1953.
En forma más lacónica el investigador Teodoro Nichols en su libro “El surgimiento de Barranquilla” publicado en 1954 nos dice: “Los orígenes de Barranquilla son tan oscuros como famosos los de Cartagena y Santa Marta... Las circunstancias del nacimiento de Barranquilla son inciertas.”
Sin embargo desde hace pocos años hay una revisión histórica en la que se ennoblece la fundación de la ciudad. Se dice que ella tuvo su origen en ser la confluencia de ciertos grupos marginales en la estructura colonial: Españoles sin oficio, indios galaperos y malambos, indios concertados, esclavos cimarrones, o sea, un sitio de hombres libres. Que algún aragonés estuvo por ahí metido se infiere por la terminación “illa” y por eso es barranquilla y no barranquita.
También los arqueólogos han encontrado rastros de asentamientos indígenas por debajo de las calles de la ciudad. La cultura barrancoide, malambo y otras se asentaron alguna vez allí. A ese paso Barranquilla va a resultar más antigua que Roma.
Tiempo de carnaval
En esta Barranquilla que me ha tocado vivir y que es el escenario de mis novelas “Maracas en la ópera” y “Disfrázate como quieras” he comprendido con el paso del tiempo ciertos elementos específicos. Así, hay que entender que el tiempo no debe contarse por fechas de años sino por reinas de carnaval.
¿No hubo un himno en el carnaval de Marvel Luz Primera? Me indaga alguien que hace un estudio sobre la vida de esa escritora, la barranquillera más conocida internacionalmente después de Shakira. No hace referencia al año pues supone yo debo saberlo.
¿Y cómo fue el incidente con el arzobispo cuando Cecilia Primera? Ella como aviadora aficionada llegó a la ciudad desde Bogotá piloteando su monomotor. La ciudad deliró de entusiasmo y orgullo. Haciéndose eco del sentir público fue declarada por la alcaldía “Reina de los cielos de Colombia” en el mismo aeropuerto. Pero no contaban con las fuerzas del orden y así fue como hubo una encendida protesta del arzobispo, pues reina de los cielos solo era la virgen. Se produjo entonces en forma rauda y veloz un contra–decreto por el que se le declaraba tan solo “Capitana de los cielos de Colombia”.
En otra ocasión y más de acuerdo con el sentir del arzobispo la reina del carnaval Edith Primera el mismo miércoles de ceniza tomó los hábitos de monja y saludaba llena de felicidad a los curiosos que la aplaudían bajo el balcón, algunos de ellos todavía copetones y en capuchones.
Y quién puede olvidar aquella cumbia famosa que decía:
Era Marta la reina
Que mi mente soñaba
Era Marta la reina
La mujer esperada
Carrusel de colores
Parecía una cumbiamba
Pensamos mi editor y yo que si mi última novela la titulábamos “Era Marta la reina “solo los costeños mayores de cuarenta años serían sus lectores. Se tituló “Disfrázate como quieras” que es más universal, pero el año es el de Marta Ligia Primera y entre barranquilleros todos saben a qué año me refiero.
Cuando veo las imágenes del documental “Un carnaval para toda la vida” trato de hallar la imagen del joven angustiado que era yo en ese entonces, expulsado de la universidad confesional donde estaba y preguntándome cuál sería mi destino. La música de fondo, inolvidable como todo ese carnaval, tenía la letra retadora que decía: “Los carnavales de Julieta y que nadie mas se meta”. ¿No fue también para esos años que con el nombramiento de una reina de belleza con atributos muy postizos se puso de moda el merecumbé de Pacho Galán titulado “La engañadora?”
Y hablando de vejez ya no recuerdo los nombres de las últimas reinas y disfruto cada vez menos de ese carnaval que ya sé está convirtiendo en una feria de las tantas que tiene el país. Para empeorar el asunto el mal humor nacional y la violencia también se han “posicionado” (como se dice ahora) en Barranquilla.
En mis dos novelas con escenario en ella hay algunas escenas de carnaval de los sesenta para atrás. Años de cuando era posible encontrar roncando en una mesa del Paseo Bolívar al pintor Alejandro Obregón y a la periodista Rosita Marrero alias Nakonia (por la reina de los orangutanes en las historietas de Tarzán) sin que nadie les tocara un pelo. También era la época en que los maridos solventes sacaban a bailar a sus esposas el sábado y domingo de carnaval pero el lunes llevaban a sus queridas al Patio andaluz del Hotel El Prado. Muchas de las esposas enardecidas los esperaban a la salida del baile y la cosa se ponía como para alquilar balcones.
Carnavales sangrientos
Pero al lado de este anecdotario simpático estaba el monstruo acechando. Los más terroríficos crímenes también se han dado en estas fechas. En los cuarentas se dio el crimen del capuchón rojo que coincidió con la inauguración de un lugar de diversiones. El lugar –-abierto como alternativa de la clase media, crucificada entre los clubes sociales a los que no podía acceder y los salones populares que menospreciaba-- fue sacudido en un sábado de carnaval cuando en un lleno de capuchones (que se alquilaban en las tiendas de la esquina) y cuando la orquesta Aragón interpretaba “El manicero”, un marido celoso reconoció en ese capuchón rojo a su bella esposa que estaba aferrada amorosamente a un tigre de bengala.
El cornudo sacó su Walter PPK (¿por qué esa arma de dotación alemana? Lo ignoro.) Los tiros mataron a la mujer y a su tigre. Esto malditizó el sitio que nunca pudo convertirse en el rendez-vous de la clase media que aspiraba ser.
Recuerdo haber leído con avidez “Clarín”, un semanario sensacionalista de la época. Las crónicas eran la apoteosis del rumor. Daban cuenta de cómo el vecino al reconocer el capuchón avisó al marido, de cómo esa quiromántica, en esos días previos le había leído la mano a ella y le había advertido que no saliera de casa, de cómo con ese mismo disfraz el tigre de Bengala había saltado de un balcón huyendo de otro marido armado. El caso sirvió para ambientar una radionovela años después y de ella se han tomado estos datos.
Pero si el anterior caso tiene algunos elementos de la picaresca no los tiene o son subsumidos por el horror el impresionante crimen de las tres damas, abuela, hija y nieta, muertas a trancazos por un joven estudiante de medicina. Afuera, los picós de las verbenas con su estridencia apagaban los gritos.
“El pez en el espejo” de Alberto Duque López fue una novela inspirada en ese crimen. En una composición polifónica en la que se oyen las voces de las víctimas y el victimario, el autor trata de explicar la profunda motivación de los crímenes. El resultado, un tanto consabido, explica el caso por un complejo de Edipo mal planteado.
Como el autor publicó la novela antes del juicio al asesino, no registró las audiencias en la que uno de los abogados se desmayaba por insuficiencia de azúcar, y era atendido con puñados de caramelos por un ejército de enfermeras uniformadas con tocas blancas. Ni tampoco registró la presencia de los locutores de las cadenas radiales que transmitían el juicio, mientras preguntaban al público si el debate tenía “cañamazo jurídico”. En la plaza la gente iba y venía dando cada cual su versión de lo que en realidad había ocurrido. Tales lances le hubieran enriquecido el tema. A lo último, hubo vasos comunicantes entre la novela y la realidad. Uno de los abogados leyó apartes de la novela de Duque López en el juicio, y el acusado amenazó al autor porque, según él, había ofendido a su mamá. Un entreverarse entre novela y realidad.
En esa relación muerte-carnaval, los basuriegos muertos a palo por celadores de una universidad para vender a precios módicos los órganos extraídos a los cadáveres, es una historia de horror que está en busca de autor.
También, y en el reverso de la medalla, se dan las muertes “carnavalescas”, como la de “Figurita”, el pintor amigo del “Grupo de Barranquilla”, quien murió un sábado de carnaval desnucado al caerse de una carroza en la que había desfilado disfrazado de reina de Bolivia; o la muerte de Víctor Manuel García Herreros atropellado por un carro mula en una batalla de flores mientras recitaba en alta voz versos de Cátulo en latín.
La ciudad pacífica que dejó de serlo
El barranquillero era pacífico y gozón. Un columnista nos recordó, con orgullo, que en la guerra de los mil días el líder liberal Rafael Uribe Uribe estuvo en la ciudad haciendo un llamamiento a sus copartidarios para que se enrolaran en su ejército. Esperaba mil voluntarios, solo acudieron ocho. El general airado les recriminó diciéndoles que tenían horchata en las venas. Tenían sangre pero no tenían vocación para la guerra, nos aclaró el columnista y concluyó: “Los pudientes se fueron para Inglaterra y Norteamérica y al volver introdujeron el fútbol y el béisbol. Los demás se escondieron, pero matarse, no, mi general”.
La piedra de toque de ese temperamento fue la violencia política que del 48 al 58 incendió al país. Barranquilla fue un oasis de paz y un refugio para los desplazados de la violencia del interior del país. De que esa actitud estaba respaldada por la clase dirigente barranquillera lo ilustra la anécdota del gobernador Eduardo Carbonell Insignares (1951-1952). Este funcionario conservador al saber que el gobierno central iba a enviar un destacamento de la policía chulavita, cercó el aeropuerto con el ejército, no dejó salir al contingente y los envió de regreso al interior. La ciudad respiró aliviada y el agradecimiento colectivo acompañó al gobernador hasta su muerte.
No son estos los aires del presente, la ciudad desde los finales de los años setentas con la llegada de la llamada “Bonanza marimbera” arroja un índice de violencia tan alto como Bogotá, Medellín y Cali. En mis novelas hay miradas nostálgicas hacia la Barranquilla que se fue y mis temores hacia la ciudad del presente y la futura que se vislumbra.
El Diagnostico de los Sociólogos
En una conversación informal con algunos sociólogos, estos me hablaban de la necesidad de darle a esta charla lo que denominan un “Marco teórico”. No se me ocurre otra cosa sino dar algunas especificaciones que rompen con las características comunes que se dan en todas las ciudades.
Durante mucho tiempo Barranquilla miró hacia afuera y no hacia el interior del país porque la ciudad se realizaba con el esfuerzo de una burguesía nativa perspicaz y unos extranjeros de todas las latitudes. Así vivíamos las ondas de las radios que en la misma banda local sintonizaba a la Cuba pre-revolucionaria y sus grandes orquestas como la Orquesta de las Chicas Méndez en los veintes, y la Orquesta Aragón con sus Dolly sisters en los cincuentas. De la isla también nos venía la moda para los zapatos de los albañiles, como el zapato de dos tonos y tacón cubano. (Se ignoraba que era también el calzado de los italianos de “la Cosa Nostra”). Las emisoras trasmitían los últimos hits musicales de Norteamérica y los datos sobre los jonrones de Baby Ruth encabezaban los titulares de los periódicos. “La Prensa” publicaba las primeras historietas en colores los sábados. Buck Rogers en el siglo veinticinco inspiró a José Antonio Osorio Lizarazo escribir su “Barranquilla 2132”, la primera novela de anticipación escrita en el país. Había el constante arribo de extranjeros de todas las latitudes y religiones. Europeos, árabes chinos y hasta hindúes casi todos con capitales de aventura. Pacíficos y avenidos árabes y judíos, chinos y japoneses, alemanes e ingleses le daban una fisonomía propia a la ciudad. Recuérdese que en los cincuentas, la mitad de la población extranjera del país estaba en Barranquilla.
Para bien o para mal sus conexiones con los elementos culturales que constituían nuestras características nacionales eran más débiles, quiero decir la gramática, la urbanidad y el catolicismo.
En casi toda la región se conjugan muy bien los verbos y las eses que se comen en la conversación se corrigen en la escritura. Pero a su vez los barranquilleros estaban dispuestos a aceptar todos los extranjerismos, modismos y jergas, sin atender los reclamos de los gramáticos. Ni Cuervo, ni Caro, ni Suárez eran muy populares y mucho menos leídos. De hecho la fuerte presencia alemana y norteamericana en el comercio e industria imponía sus palabras de germanía.
La informalidad y la familiaridad con los desconocidos, el tuteo igualitario era todo lo opuesto a las reglas de urbanidad de Carreño. Lo coloquial y el trato casi familiar era lo dado. Aunque hay que aceptar que también hubo su exceso. Sin embargo para las familias patricias los buenos modales eran un símbolo de diferencia. Y la clase media melindrosa también encarecía la lectura de Carreño, no seguido en forma estricta por sus vástagos. Todavía recuerdo a mis vecinas victorianas lavándole la boca con jabón a su sobrino porque había cantado ante ellas aquella guaracha que decía:
Te lo vi
Te lo vi
No lo escondas
Que te lo vi.
(No estoy seguro si la composición es del barranquillero José Maria Peñaranda).
El catolicismo fue durante mucho tiempo la religión oficial que reunía más gente que otras expresiones religiosas pero el protestantismo, la santería o la masonería también tenían una fuerza y una presencia mayor que en el resto del país.
Una ciudad de pocos lectores
A diferencia de los ya lejanos cincuentas, ya no hay libros de Vargas Vila, y muy pocos de Nietzsche en las ventas de los sardineles del Paseo Bolívar. Hay, como siempre, textos escolares, códigos de toda especie, nuevas leyes, lo consabido. En resumen, en estas ventas callejeras no se encontrará ninguna sorpresa, sino lo que se pide en el mercado escolar.
Podría decirse que hay una tendencia a desestimular las bibliotecas privadas. Los jóvenes no están comprando libros; la solución que se está dando es la de la fotocopia, que por definición es algo que no se conserva.
En las librerías de la carrera 53, que están agrupadas en una acera como solución providencial en esta Barranquilla de largas distancias, la casi unánime respuesta es que la sección de libros que más vende es la de “superación y autoayuda”, siendo los gringos Deepak Chopra y los mexicanos Carlos Cuauhtémoc Sánchez y Miguel Ángel Cornejo los más vendidos. Estrategias para triunfar, del último de los citados, está arrollando. La otra sección que mueve la caja registradora es la de esoterismo, aunque me negué a profundizar ese dato. Pero puedo anticipar que la venezolana Connie Méndez, y no madame Blavatsky, es la que encabeza las ventas.
No hay librerías de viejo, ya es imposible conseguir “Raquel la judía”, una novela que endulzó mis quince años. El escritor Jairo Mercado refiere la anécdota de cómo al ir al partido Perú-Colombia en el metropolitano llevaba un libro recién comprado muy caro. Al salir se dio cuenta de que lo había olvidado. Alguien le dijo “Devuélvete a buscarlo”. No podía creerlo, había habido sesenta mil espectadores pero su libro estaba allí intacto esperándolo.
No logré que los integrantes de la comparsa y los dueños de los estaderos de nombre “Disfrázate como quieras” me compraran mi novela del mismo nombre. Alguien me dijo que si hubiera acompañado el libro con un CD de las canciones que menciono en él, me hubiera ido mejor en las ventas. Estoy rumiando esa idea pero ya se sabe que en la mayoría de las veces aquí no hay reediciones de los libros, en el mejor de los casos se fotocopian.
Como se habla de lecturas es interesante anotar que la ciudad de Barranquilla ha sido vista en las novelas en diversas formas. Una es la ciudad esotérica que retrata Abraham Zacarías López Penha en “La desposada de una sombra” (1903) en la que la protagonista se enamora de la proyección ectoplásmatica de uno de sus admiradores.
Llena de digresiones teosóficas la novela se hunde en un mar ocultista y con una ciudad irreconocible.
Mas cercana en el tiempo es la novela “El cadáver de papá” de Jaime Manrique Ardila (1978). El argumento se desarrolla en su totalidad el martes de carnaval. El protagonista al amanecer asesina a su padre enfermo asfixiándolo con una almohada en el hospital. Después él y su mujer esquizoide salen disfrazados de marimondas y casi son linchados. Él va enseguida a Pradomar y allí tiene un encuentro sexual con un negro fornido en la playa. Posteriormente se disfraza de mujer, va al Country club y trata de seducir al suegro. Por último al enterrar al padre se encuentra que el cadáver ha desaparecido y ha sido remplazado por piedras en el féretro. Al final de la lectura, abrumados dan ganas de gritar un ¡basta¡ Tengo que reconocer que no lo hice sino que le propuse al autor que se escribiera otro libro con el titulo de “Regresa el cadáver de papá”.
De cómo se da la presencia de Barranquilla en mis novelas “Maracas en la ópera” y “Disfrázate como quieras” le corresponde decirlo a los críticos (sobre “Deborah Cruel”, mi otra novela hay un consenso que se desarrolla en Santa Marta aunque en la novela eso no está explícito. Pero alguien en estos días me dijo: “Hablan como barranquilleros”. Estoy rumiando el concepto).
De todos modos en estas novelas el escenario es Barranquilla pero hay capítulos que se desarrollan en Hamburgo y en Shangai. Un Shangai que conozco a través de aquellas películas de los cuarentas producidas por Pandro S. Bergmann como “Expreso a Shangai” o “El esplendor de Shangai”.
No creo que la Barranquilla de mis novelas sirva para una guía de turismo.
Alguien me habló de “los jardines caníbales” de la ciudad, no como un refugio de los enamorados sino como los que algunos excéntricos --pienso en el pianista Bob Prieto-- cultivaban con flores carnívoras de unos colores intensos y bellísimos que al mediodía eran un recreo para la vista. Por la noche producían un hedor impresionante mientras se abrían y arrojaban los cadáveres de los insectos atrapados durante el día. Tal vez esa sea la mejor imagen de como miro esta ciudad que amo y a la que dirijo mis miradas bizcas. Muchas gracias.
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© Ramón Illán Bacca
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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