LA PEDAGOGÍA DEL FRACASO EN COSME,
NOVELA DE JOSÉ FÉLIX FUENMAYOR
Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
Universidad del Atlántico
El concepto de antihéroe cae como un guante al personaje Cosme de la novela homónima de José Félix Fuenmayor. Aquí no hay triunfalismos ni happy end. Aquí se trata siempre del fracaso, del sufrimiento, de la pérdida. Las metas perseguidas por Cosme distan mucho de las buscadas por la sociedad urbana en la que él se mueve. Como dice Goldmann, a propósito de las teorías iniciáticas de Lukacs sobre la novela: "Hace falta para que haya novela, una oposición radical entre el hombre y el mundo, entre el individuo y la sociedad". [1]
Desde el mismo epígrafe, tomado de El Nuevo Maquiavelo, de H.G. Wells, el lector sabe que no puede esperar satisfacciones para los actores principales de la novela. Dice el paratexto: "Tengo la persuación de que en la vida el mal es transitorio y finito, como un accidente o como la desesperación de un niño. Creo que Dios es mi padre y que puedo fiarme de El, aunque la vida me hiera hasta hacerme gritar y no me ofrezca otro resultado que el fracaso u otra promesa que el dolor" (C:9). [2]
Hay, de hecho, una especie de actitud cínica frente a Dios cuando Fuenmayor recurre a Wells para decir que cree en Dios aunque la vida solo le ofrezca herida, fracaso y dolor. La ironía se hace explícita cuando afirmamos nuestra creencia en quien nos hace daño.
Cosme, el anti-héroe de Fuenmayor, fracasa en todas las esferas de sus contactos vitales: en el amor, en el trabajo, en la familia, en el círculo de sus condiscípulos, en la sociedad. Igualmente pierden quienes han asumido la educación de Cosme, no en lo pertinente al conocimiento libresco y erudito pues en este aspecto resulta ser un aventajado estudiante, sino en cuanto a que finalmente no logran convertirlo en un hombre capaz de resolver los problemas que la vida le presenta, función ineludible y única de la educación. En esta empresa fracasan don Damián y doña Ramona, los padres; el doctor Patagato, la señorita Dora y el doctor Colón. Todos ellos, de algún modo, suman para crear en Cosme la visión distante de un mundo que no concuerda con la cruda realidad exterior. De allí que su posición de anti-héroe es el resultado de encarnar un personaje romántico en medio de un ambiente, una época y una sociedad mercantil que no admiten la sensibilidad de los hombres idealistas. Cosme está perdido en un mundo que da prioridad a los valores de cambio, opacando los valores de uso al hacerlos implícitos. Dice Goldmann, también glosando a Lukacs: "Con relación a los valores auténticos, el mundo es convencional y radicalmente degradado, extraño a todo lo que puede ser una patria, un hogar para el alma; el héroe, por el contrario, permanece ligado a esos valores aunque de un modo degradado e indirecto". [3]
Una primera vertiente por donde ruedan los fracasos de Cosme, es la sentimental o amorosa. A los ocho años, es colocado en la escuela La Sagrada Familia, de la señorita Dora. Esta mujer había tenido en la adolescencia relaciones amorosas con un primo de nombre Rodolfo, quien murió de repente. La maestra cree ver o encontrar semejanzas entre el alumno y el primo difunto: "Y la señorita Dora acariciaba con marcada ternura la cabeza evocadora de Cosme" (C:43). Un día ella lo castiga encerrándolo en su cuarto de solterona. Lo amarra a una silla, después de "apretar la mano sobre la dulce carne del niño". Cosme se desata, hunde "la boca en las frescas almohadas" y termina metiendo un dedo en el bacinejo y probando "extasiado las aguas menores de la señorita Dora" (C:44). Estos movimientos de Cosme tienen ocurrencia mientras la voyerista mira la escena por el ojo de la cerradura.
Es evidente que en esta escena, Cosme resulta manipulado por la maestra. El hecho de que la relación se produzca entre un niño de ocho años y una solterona, introduce elementos de perversidad y envilecimiento. Se trata de una relación degradada no solo por la diferencia de edad cronológica y mental de los involucrados sino por ser consciente el acto en uno de los sujetos y no en el otro, a la postre objeto, aunque muy freudianamente, Fuenmayor, profundo lector del sicoanalista austríaco, ubica cierto matiz placentero inconsciente en la experiencia sensual de Cosme frente a las almohadas y las aguas menores de la señorita Dora.
A los trece años, Cosme tiene una segunda experiencia amorosa. A través de una criada, recibe la noticia de que Lucita se interesa en él. En la clase "estaba arrobado en la contemplación de Lucita atomizada en un poema inefable. Cuando el pasante le gritaba: "Cosme, atienda, no se distraiga", Cosme sonreía a Lucita disuelta en una nube de oro". (C:64) Pero pronto va a sufrir una terrible decepción al saber que Lucita lo cambia por Hilario, quien le había ofrecido sus servicios de consejero sentimental. "La traición de Lucita metió a Cosme de cabeza en la poesía mortuoria, y en una semana de meditaciones negras compuso unas estrofas que tituló Mi dolor infinito". (C:67)
La tercera relación amorosa de nuestro anti-héroe se da después del desengaño con Lucita, es decir, también a los trece años de edad. Es treinta y uno de diciembre y Cosme, por deferencia de su padrino, el doctor Patagato, recibe el permiso para salir solo, a divertirse. Así, con algún dinero en el bolsillo y la autorización para estar afuera hasta las doce de la noche, sale a hacer barbaridades: "Voy a beber en una cantina, voy a jugar en un garito, voy a visitar a una...". (C:69) En este punto, seguramente el lector no dejará de dibujar una sonrisa burlona hacia el pobre Cosme.
Buscando terreno para ejecutar sus barbaridades, va a parar a la casa de un bariio pobre donde viven unas mujeres de sospechosa profesión. Allí le presentan a Mariquita: "Cosme, ruborizándose, sintió en sus mejillas una boca húmeda, fragante y nada tímida". (C:71) En realidad, la jovencita es el anzuelo para que Cosme se quede en la casa (por supuesto, un prostíbulo), cuidando a una anciana tiránica que padece de diarrea y a un bebé que no se cansa de llorar. Las mujeres salen a divertirse, "llevándose a la graciosa criatura cuyo nombre ya repetía Cosme en sus adentros con adoración". (C:71) Y de inmediato, "se oyó a poco distinto el ruido de un cerrojo al correrse y el tac de un candado al cerrarse". (C:71) Así, prisionero hasta la madrugada, Cosme debe ir de un lado a otro, atendiendo al recién nacido que en ningún momento deja de llorar y a la vieja que en ningún momento deja de botar su "infecta materia", por unos chorizos descompuestos que le habían dado. Cuando las arpías regresan, Cosme recibe injustamente una tremenda golpiza y varios arañazos por no haber socorrido al bebé y por derramar materias fecales. Finalmente llega a su casa, donde los padres, preocupados, ya habían notificado su desaparición a la policía. Tal es la diversión de Cosme la noche del treinta y uno de diciembre.
El cuarto contacto amoroso de Cosme, ya bachiller, ocurre con la señorita Tutú, a quien conoce en el barco
Zangamanga, donde él es el contador de a bordo. Cosme cede gratuitamente a la dama su camarote. La señorita Tutú es en realidad una vividora prostituida que ante los ojos miopes de Cosme toma proporciones de un ángel. "Mientras tanto Cosme no reposaba sin desazón, imbuido de inquietud por la fantamasgoría punzante de un amor sin esperanza. Se reconocía loco de remate por la señorita Tutú, y contemplaba mohino y lloroso las circunstancias fatales --él se las creaba-- que le vedarían siempre, siempre alcanzarla. Pero aunque juró sellar en su pecho aquella pasión ofensiva para tan digna dama, se atrevió a lanzar fuertes suspiros, con íntimo deseo de ser escuchado a través del tabique! (C:109)
A todas estas, la señorita Tutú se entiende de maravillas en la cama con Truco, el capitán del Zangamanga. Más adelante, ya en tierra y casi al final de la novela, la señorita Tutú seduce a Cosme y le quita el único dinero con que contaba.
En realidad, Cosme nunca llega a tener contacto físico amoroso con ninguna de sus pretendidas. Su amor se reduce a una permanente elucubración de relaciones ideales. Seguirá siendo virgen hasta la última página. Todo el acontecer amoroso se genera y desarrolla en su mente romántica. Sus únicos contactos físicos reales se reducen a las caricias envilecidas de la señorita Dora, la maestra, cuando toca su cabeza o lo pellizca, y al beso de la señorita Tutú, momento este que podemos considerar el climax del contacto físico amoroso en Cosme. Veamos:
“Y ofreciéndose en un ademán voluptuoso, esperó en la boca la caricia. Pero Cosme no hizo sino suspirar.
Entonces la señorita Tutú lo miró en los ojos, con los ojos de ella entornados; y asiéndolo suavemente por la nuca, atrajo su cabeza.
Primero se juntaron sus alientos. Luego sus labios. Después, sus dientes. Por último, las lenguas”. (C;209-210)
Cosme tiene su quinta inclinación amorosa cuando se decepciona de la señorita Tutú, al sorprenderla en brazos del capitán Truco: "De improviso se sintió un leve crujido. Por algún movimiento del buque, la ventanilla acababa de abrirse. Por ahí tiró la luna un puñado de polvo de nácar. Y a esa luz, el ojo de Cosme vio, sobre los labios de la señorita Tutú, los bigotes del capitán Truco". (C:116)
Es por ello que "con el mismo don poético que le permitió transformar a la "basura" de la señorita Tutú en estrella, comenzó Cosme a esculpir una talla de diosa sobre la nube de punto de la señorita Cata, otra pasajera graciosa y huesudita, atmosférica y con papá y mamá". (C:118)
Pero como ya intuye el lector, la inclinación de Cosme por la señorita Cata no va más allá de este fugaz pensamiento.
Y la que podríamos llamar su sexta y última relación amorosa, se produce con la dueña del Café Lairén, a donde Cosme ha ido, arrastrado por don Barbo. Por supuesto, este no tiene dinero para pagar la cuenta de las copas consumidas y entonces el camarero llama a la propietaria del establecimiento. "Cosme reconoció en ella el tipo de mujer que seduce a los hombres inteligentes". (C:130) Luego viene un corpulento policía que carga con Barbo borracho, mientras Cosme "Llevaba consigo a la hermosa señora del café. En el corazón la condujo hasta su estancia, le hizo campo en su lecho, y allí vio los rizos de la embrujada cabellera retorcerse y temblar cerca de los ojos cariciosos y dulces". (C:130)
El romanticismo de Cosme lo lleva a idealizar a las mujeres que lo sensibilizan. El mismo narrador, utilizando un lenguaje en cierto modo zumbón por el auto-reflejo de su ironía, parece burlarse de las actitudes de Cosme frente a un mundo que dista mucho de sus embelecos sublimados. Cosme, por ejemplo, mentalmente echa la culpa a la criada "de que por la precipitación no llevara a su señora (Lucita) las rendidas expresiones del galán". (C: 64) Como se puede apreciar, aquí Fuenmayor introduce una terminología muy cercana a los lugares comunes del amor cortés.
En su trabajo de contador, Cosme es utilizado por don Barbo para que le escriba las cartas que envía a una novia difícil: "Cosme intervenía ya en la correspondencia galante de don Barbo; y desde que el bachiller poeta comenzó a poner tumbas y espectros en las amorosas misivas, Barbo feliz registraba los primeros signos de ablandamiento en la reacia pretendida". (C:101)
Los espectros y tumbas, aunque dirigidos a una dama que no es la suya, dicen de la tonalidad romántica del alma de quien escribe las cartas. Y el mismo Barbo, por los resultados positivos que está obteniendo en su romance, anima a Cosme: "Ya sabe: frases bonitas, y muchas huesas y muchos espectros. Tampoco olvide las desesperaciones y los suicidios". (C:129) Es decir, este arte de amar contiene el repertorio fraseológico de los amores románticos a desuso.
El capítulo XI, "Una familia encantadora", comienza con una glosa del narrador al poema "Mi dolor infinito", que Cosme, estudiante de primaria ha escrito por la traición de Lucita con Hilario. "La traición de Lucita metió a Cosme de cabeza en la poesía mortuoria, y en una semana de meditaciones negras compuso unas estrofas que tituló "Mi dolor infinito". Fluyen en ese poema, según los versos que transcribe la glosa, los términos del romanticismo sepulcral que seguramente aún cultivaban despistadamente algunos contemporáneos de Fuenmayor: parca, protervia, capuz, polvo, olvido, trágico, sino, sepulcro, cruel. "En estos versos Cosme se hacía llamar perentoriamente por una tumba, con la que entablaba un diálogo. La tumba había sido cavada para él por las propias garras de la Parca y más con protervia que con azadón, según advertencia consignada en la primera estrofa, y en cuanto a que hablara lo podía, porque su hueco era negra boca con lengua de horror". (C:67)
Ya en el bachillerato, Cosme produce su segunda obra literaria, el soneto "La miseria rondante", seguramente inspirado por la pérdida de la botica a manos de Richardson and Williamson y la proximidad de la ruina. Comentando el soneto, el doctor Patagato dice a don Damián: --"No creo / .../ en el contento de Cosme por aquella perspectiva de una penuria completa. Creo, sí, que se dejaría aplastar, sin resistir, por La miseria rondante. Las ficciones poéticas de Cosme son de un lado la mentira retórica, y de otro la verdad de su carácter"--. (C:95)
Como podemos ver, el doctor Patagato es consciente de la incapacidad de Cosme para sobrevivir solo en el mundo.
"--Si es así --murmuró /don Damián/-- Cosme está perdido. Pero ¿no hay nada qué hacer en su provecho?
"--Desde luego --contestó el médico--: darle de comer, y dejarlo que haga versos". (C:95)
Del mismo modo que en el amor, Cosme, en el trabajo, lleva el estigma del fracasado. Al terminar el bachillerato, debido a que los negocios de don Damián, ya complicados y deteriorados, empeoran y ponen en acción a los acreedores, el joven es ubicado por el doctor Patagato, en la Pan Comercial , del señor Pechuga. Cosme cae en las garras de un mando medio, don Barbo, quien va a desembarazarse de todo su trabajo y a ponerlo en manos del joven incauto. "La segunda semana puso en limpio borradores de don Barbo. La tercera redactó cartas conforme a las indicaciones de don Barbo. Y don Barbo pudo así entregarse por completo a la lectura de periódicos y a la composición de hermosas epístolas enderezadas a cierta dama cuarentenal pero esquiva, a quien acosaba, de años atrás, con su literatura de babador". (C:100)
De este puesto, Cosme es trasladado por el señor Pechuga, al barco Zangamanga, como contador pues el empresario precisa de un empleado tonto para poder robar en el importe de los servicios del buque, en complicidad con el capitán Truco. Cosme, ya en la nave, se niega a realizar en su contabilidad las propuestas deshonestas del capitán. "A partir de ese día, Cosme no tuvo sosiego en el Zangamanga. La malquerencia del capitán Truco fue pronto conocida, y todos a bordo hostilizaron al oficial en desgracia". (C:120)
Al desembarcar , Cosme conversa con el señor Pechuga sobre la actitud del capitán Truco. El patrón responde retirando del cargo a Cosme, con la falsa promesa de que será llamado nuevamente. A partir de allí hasta el final de la novela, Cosme permanecerá cesante.
Como se puede apreciar, el fracaso laboral de Cosme proviene de que aferrado a ciertos valores de uso como la honradez, la probidad, la fidelidad, la honestidad, se opone al antivalor de la ganancia mal habida. Cosme busca así, según su modo de ver el mundo, valores auténticos en un espacio mercantil, seguramente la Barranquilla de la década de los veinte en que vivía Fuenmayor cuando escribía su novela. La usura, el robo y el despojo autorizado por la ley ocupan un lugar preponderante en la sociedad urbana que pinta Fuenmayor.
Y esta visión de un mundo donde interesan más las ganancias monetarias que los valores auténticos, se expresa de un modo nítido en las opiniones del señor Pechuga, cuando el capitán Truco le propone hacer un pequeño aumento en el sueldo a Cosme para estimularlo a aceptar la propuesta fraudulenta de la contabilidad. Dice Pechuga: "Al empleado debe tenérsele con hambre y esperanzado. Tal es la fórmula que otros patrones se han dejado arrebatar por el socialismo". (C:103)
El despojo con autorización legal puede verse en los siguientes hechos. Por ser farmaceuta, don Damián negocia con drogas medicinales y debido a contratiempos termina arruinado, razón por la cual "tuvo que entregarse a sus acreedores". (C:85) Nos enteramos de que "Entre las muchas obligaciones sin pagar a cargo de don Damián, la más importante, la capital, estaba en poder de Richardson and Williamson. Un representante de estos, Mr. Perheth --originariamente Pérez, pues acondicionó su nombre a la grafía y la fonética de su nacionalidad postiza-- precipitó la quiebra del farmacéutico negociante en drogas. El procedimiento de Mr. Perheth fue hábil, dechado de celo leal por los intereses de la casa e indiscutiblemente lícito conforme a las más sanas normas del comercio: obtuvo la firma del cliente apurado, al pie de varios confusos poderes, y el resultado fue que Richardson and Williamson salvaron toda su acreencia, y Mr. Perheth, además de la comisión extra que le fue reconocida, se llevó pulcramente cuanto quedaba de los haberes de don Damián, a título de gastos secretos". (C:85)
Así, Mr. Perheth quedó en posesión del establecimiento --la botica-- y don Damián debió conformarse con un mortuelo, una espátula, su formulario magistral y un "modestísimo acopiamiento farmacológico", (C:86) para seguir ejerciendo su oficio en la casa. Es por eso que Cosme se ve obligado a trabajar con el señor Pechuga.
El segundo golpe económico que recibe don Damián es la pérdida de la casa que tiene hipotecada a los acreedores Boca hermanos. Don Damián recibe la visita del abogado Fregolín, quien le anuncia el cumplimiento de la obligación. Dice Fregolín: "--Querido farmacéutico mío, notable, meritorio, venerado viudo. Boca hermanos cancelan la obligación de usted ¡Qué nobleza! Créame: y usted recibe, además, una suma exactamente igual a la décima parte del monto total de la deuda. Venga usted, afortunado caballero. Ven, Damián, firma--". (C:154) Y antes de irse, el abogado espeta: "La casa debe estar desocupada dentro de ocho días". (C:155)
En el colegio, primaria y bachillerato, Cosme fracasará en sus relaciones con los compañeros. Será siempre la víctima. Nunca llegará a tener un amigo confidente, nunca un protector. Hilario, a quien Cosme le cuenta de Lucita, termina sustituyéndolo en el corazón de la joven.
Aparte de la manipulación como objeto sentimental que efectúa la señorita Dora con Cosme, este sufre otras agresiones. Paleto, también estudiante de La Sagrada Familia, estafa a Cosme con unos balines mágicos: "Estos balines son de imán y persiguen a los pajaritos. Aunque tires por otro lado, dan la vuelta y ¡zas! Te los vendo por veinte centavos". Por supuesto, "Privándose de sus dulces y engatuzando a doña Ramona, Cosme reunió la suma del negocio, la dio a Paleto dentro del término que este le había fijado y recibió los tres mágicos balines". (C:48) Pero a pesar del engaño, Cosme, con su imaginación, "enderezó sus balines hacia una remota banda de cóndores y vio cómo se desprendieron sus alas y sueltas en el aire vagaron largo tiempo proyectando sobre la tierra sombras tranquilas. Después se internó en una selva y atacó leones. Las cualidades falazmente atribuidas por Paleto a aquellos pedacitos de plomo se multiplicaban hasta donde el embaucador no podía sospecharlo. ¡Cuán atrás se quedó Paleto!" (C:49)
Cuando tiene diez años, Cosme entra al bachillerato, al colegio del doctor Colón. El bedel o prefecto de disciplina Chamorro escucha unas frases descompuestas y, sin previa investigación, castiga indiscriminadamente a cinco estudiantes entre los que se encuentra Cosme. Entre los cinco hay un pequeño bandido a quien llaman Mandarria. Este, en el patio a donde han sido recluidos, propina, por una bagatela, una tremenda paliza a Cosme: "Mandarria comenzó a descargar sobre aquel violentos puñetazos. Crispín, Florián y Senén se apartaron encogidos. Los combatientes rodaron por el suelo. Cosme, físicamente incapaz de resistir aquel enemigo, se encontraba además irresoluto en la perturbación moral que le ocasionó la inesperada agresión de que era víctima inocente. Mandarria, sin misericordia, como un mulo pateó a su fácil contrario hasta que lo dejó molido y sin movimiento". (:56)
Camino de su casa, Cosme "Pensaba con amargura en la injusticia de Chamorro, en la bestialidad de Mandarria y en el egoísmo y la cobardía de los amigos que no le dispensaron la más pequeña muestra de simpatía". (C:57)
A nivel familiar, por el carácter blando y consentidor, y la carencia de autoridad y poder de decisión de don Damián; por falta de anclaje en la realidad de la madre, por el mundo rosa que tuvo de niño en su casa, Cosme va a resultar un incompetente para resolver los problemas que le presenta la experiencia exterior. Vive una especie de congelamiento en el mundo ideal de su infancia entre las paredes de su hogar. De allí surge la necesidad de embellecer la realidad que lo rodea, como hace con las mujeres que rozan su vida.
La falta de autoridad y poder de decisión de don Damián y doña Ramona viene a ser suplida --y esto no debería ser-- por el doctor Patagato, quien parece cumplir el mandato de guía y protector que la iglesia les ha asignado a los padrinos, sobre todo cuando los ahijados quedan huérfanos. Por ejemplo, el treinta y uno de diciembre, el doctor Patagato --que nunca impone o manda sino que sugiere y recomienda-- propone dejar que Cosme salga a divertirse solo. Don Damián después de una débil oposición argumentada en el peligro de las tentaciones y en el arrastre de los malos amigos, acepta que su hijo salga y se divierta hasta las diez. "--Antes de las doce-- enmendó el doctor Patagato". (C:69) De manera que sobre la educación de Cosme, tienen más fuerza las disposiciones del padrino que la voluntad de los padres. Es posible que en un plano sicológico, tal situación cree en Cosme una confusión mental que, de algún modo, lo lleva a ser pusilánime, inseguro y tímido.
En definitiva, las enseñanzas del padrino no hacen de Cosme un hombre práctico, capaz de resolver contratiempos. Patagato es un médico que siempre está dispuesto, en su catadura de filósofo cínico, a mostrarse como consejero pedagógico. El dispone, con argumentos, que Cosme debe hacer su bachillerato con el doctor Colón, quien a pesar de su mucha erudición, tampoco prepara a Cosme para la vida.
Cosme, como Pedro en El periquillo sarniento, recibe porrazos y más porrazos de la vida pero no aprende. A pesar de estar separadas en el tiempo por más de cien años (El periquillo, 1816; Cosme, 1927), encuentro, no sé si por el matiz picaresco presente en ambas novelas, una especie de cordón umbilical o hilo de Ariadna entre la obra de Fernández de Lizardi y la de Fuenmayor. El tono moralizador, incisivo en el mejicano, está por fortuna ausente en el colombiano. Creo que su mayor punto de contacto se produce en el hecho de que todos los esfuerzos realizados para educar a Pedro Sarmiento y a Cosme resultan frustrados, pues, como ya lo he anotado, la única premisa que justifica a la educación es la de formar hombres aptos para desarmar las trampas de la existencia.
Voy a transcribir un párrafo de El periquillo sarniento que comparativamente con Cosme, podría señalar que Fuenmayor conocía la obra de José Joaquín Fernández de Lizardi: "/.../ mi padre era de mucho juicio, nada vulgar y por lo mismo se oponía a todas las candideces de mi madre; pero algunas veces por no decir las más, flaqueaba en cuanto la veía afligirse o incomodarse demasiado, y esta fue la causa porque yo me crié bien y mal, no solo con perjuicio de mi educación moral, sino también de mi instrucción física". [4]
El único momento en que don Damián ejerce cierta presión sobre Cosme se presenta cuando ya se han arruinado y Boca Hermanos están a punto de hacer ejecutar la orden de desalojo de la casa. Los usureros se han negado ha entregarle la décima parte del monto total de la deuda. Por tal razón, don Damián pide a su hijo que vaya a reclamar el dinero. Cosme conversa con Boca Mayor, sin lograr el pago de la deuda. "Cabizbajo enteró a su padre del resultado de la entrevista". (C:174)
En una segunda visita de cobro, Cosme vuelve a fracasar. Don Damián, quizás por primera vez fuera de sus casillas, llama cobarde a su hijo. "Cosme recibió esa palabra como un latigazo en el rostro; y, sin mirar a su padre, salió precipitadamente". (C:184) Llega ante Boca Mayor. "Inmóvil, silencioso, enigmático, Cosme miraba a Boca con ojos que no veían. Boca se estremeció ligeramente" (C:186). Cosme exige el dinero. "Boca no penetró el afecto que se manifestaba en los oscuros ademanes de Cosme. En la actitud de éste creyó sorprender un encogimiento de tigre que prepara el salto. Herido por el pavor comenzó a deslizar billetes entre sus dedos; y ajustada la cantidad que debía, la puso al alcance de Cosme". (C:186)
Es este el único acto heroico de Cosme. Para ejecutarlo, debió sacar tanta rabia y valor de sí mismo, que quizás ese solo hecho lo reivindica si no siguieran pesando más su ingenuidad y su cobardía, su falta de malicia y su impreparación para la vida.
La aceptación serena de la muerte es otro típico que podría admitirse como un triunfo, no de Cosme sino de doña Ramona. Este tema de las actitudes tranquilas que toman los personajes de Fuenmayor, sobre todo los viejos, frente a la ineluctabilidad de la muerte, ha sido estudiado por Julio Núñez Madachi, quien anota: "Lo primero que salta a la vista en su narrativa es que su mirada descansa completamente serena ante el envejecer y lejos se halla de querer hacernos sentir terror o compasión frente a la "fatalidad" del envejecimiento y la inevitable proximidad de la muerte". Y más adelante afirma, refiriéndose sobre todo a los personajes viejos de los cuentos reunidos en el volumen La muerte en la calle (1967): "Los personajes de Fuenmayor han asumido la concepción de que la vejez es un momento necesario en el devenir de la vida, de ahí que transpiren pasividad y estén lejos de la angustia y la melancolía; momento que entendido como pasividad es a menudo un consuelo que los reconcilia con la muerte y los ayuda a soportar todas las limitaciones que la vejez trae consigo". [5]
En efecto, doña Ramona es una mujer vieja que acepta su destino final, sin aspavientos, casi con gozo, como si se tratara de una gaya muerte. Con la posición de doña Ramona, sentimos que la vida es el morir y que la muerte es el descansar del vivir.
Cuando doña Ramona está en sus últimos momentos, las dos vecinas arpías que la acompañan, "creyeron que era llegado el momento de alarmar al vecindario; y después de consultarse una a la otra con la mirada, rompieron a llorar a gritos. Pero al estallido infernal de aquellos aparatosos lamentos, doña Ramona hizo algunos ademanes indicándoles que se callaran. Las dos comadres suspendieron su siniestra alharaca y se aproximaron a la enferma". (C:146)
Luego llega don Damián y da un beso en la frente a su moribunda esposa. "Doña Ramona lo miró con profundidad; y, envolviéndolo en la última mirada, expiró con un leve sacudimiento". (C:146)
La muerte de don Damián no es tranquila. Después de haber increpado a su hijo con el apelativo de cobarde, padece una especie de locura en que lo persiguen aquelárricas visiones. Así, obnubilado por la insanía que lo lleva a destruir la botica casera, ingiere el contenido de un frasco "cuyo rótulo mostraba una calavera encima de dos huesos cruzados". (C:188)
Esta locura y suicidio de don Damián, ocasionados por la pérdida de sus bienes, no expresan la gaya muerte de su esposa, pero en una conversación con su hijo, don Damián había mostrado su actitud de aceptación tranquila de la muerte, y en el inconsciente de la locura, el suicidio no deja de ser una manera de manifestar su consentimiento del retorno a la tierra.
En cuanto al doctor Patagato, este muere al recibir, en el atrio del Palacio de Justicia (¡oh ironía!), a la media noche, un balazo proveniente de una disputa callejera. Y también el doctor Patagato, en su filosofía sobre la muerte, ha dejado escuchar que no le atemoriza y que la acepta sin resentimientos.
NOTAS:
1. Lucien Goldmann, "Introducción a los primeros escritos de Georg Lukacs". En: Teoría de la novela, deGeorg Lukacs. Barcelona, EDHASA, 1971, pág. 185.
2. Las citas de Cosme, de José Félix Fuenmayor, serán referenciadas con la letra C seguida del número de la página. Utilizo la
edición: Bogotá, Valencia Editores, 1979.
3. Lucien Goldmann, Op. Cit., pág. 187
4. José Joaquín Fernández de Lizardi. El periquillo sarniento. México, Porrúa, 1978, págs. 14-15
5. Julio Núñez Madachi, "Longevidad y muerte en la narrativa de José Félix Fuenmayor". En: Revista Huellas No. 14. Barranquillla, Uninorte, abril de 1985, pág. 8.
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© Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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