CUERPO LÍVIDO, INMÓVIL
Martiniano Acosta Acosta
Ese día empecé la limpieza de la morgue más temprano que nunca, cuando vi que lo bajaron del camión. Cuatro agentes de la policía lo tomaron por las manos y los pies, lo balanceaban. Parecía un cerdo pelado dispuesto al sacrificio: rosado, con moretones y rosas de sangre por muchas partes. Algunos curiosos a esa hora, cinco de la mañana, se asomaron aún con los ojos llenos de sueño, hicieron un gesto de desprecio con la boca y se alejaron. A otros no les pareció importar el hecho pues ya era normal que trajeran uno, dos o tres muertos a la morgue del cementerio.
El depósito de cadáveres era un cuarto triste y sucio, empañado de sangre. El piso que me tocaba barrer tenía ya el cemento liso por la constante entrada y salida de personas.
Yo vi cuando lo pusieron en el pavimento de la calle, tal vez, para agarrarlo mejor. Luego hablaron entre ellos, se rieron con burla e intercambiaron de puesto.
Cuando dejaron el cuerpo desnudo sobre las baldosas de la piedra, me acerqué.
--Oye, “Comemuerto”, ahí te dejamos ese otro muñeco --me dijo uno de los policías y se echó a reír.
--Ahora te traemos los otros.
--¿Y cuántos son para hoy? --pregunté.
--¡Uff, la cosecha de anoche fue muy buena!
Ya ningún muerto sobre la piedra me conmovía, ni siquiera me asustaba, sin embargo, éste me ha sorprendido, me ha inquietado tal vez por la forma en que habían destrozado todo su cuerpo. Antes que se fueran los uniformados, antes que se lavaran las manos empatadas de sangre, antes que tomaran los informes necesarios, antes que se tomaran el tinto, los indagué:
--Y este gajo de guineo… ¿quién es? --pregunté porque así había que preguntar.
--De los duros de arriba --respondió un agente que se quitaba el sucio de las botas.
--Ese era el mandamás de allá arriba --contestó otro.
--El cabecilla, “La Perra” --remató el otro agente.
--¡Cómo va a ser, señor agente! ¿Verdad? --pregunté asombrado aunque no era asombro, era para que me siguieran dando datos.
--Pues, sí. Anoche hubo una refriega en lo alto de la Sierra entre la policía y esos bandoleros y ahí lo tienes. Guapo el tipo, “echao” para adelante, pero ya encontró la muerte.
--Bueno, a todo San Martín le llega su puerco --dije y seguí llenando el balde de agua para regarlo sobre el cuerpo desnudo y frío de la víctima.
Los agentes abandonaron por un rato el cuarto porque el mal olor los alejó y a unos metros del lugar se pusieron a conversar y a reírse de nuevo, a esperar que el chofer terminara de hacer una revisión al motor del camión y les ordenara:
--¡Listo, súbanse!
Yo debía asear el cuarto todas las mañanas: barrerlo, lavarlo con agua, rociarle creolina y luego lavanda. No obstante, hacía más de cuatro meses que no se realizaba aquella operación porque el Distrito ni siquiera tenía crédito en los almacenes. La pequeña pieza era invadida todo el tiempo por el fuerte olor a muerto sin lavar, a sangre seca, a sarna.
A esto se agregaba que siempre había sido un empleado sin sueldo. Aún así mi rutina era inmodificable.
Quedé sólo con el muerto. Era alto, flaco y un bigote negro confundido con los golpes de la cara. Varios orificios en el pecho por los impactos de bala, quemones aquí y allá como cuando alguien coge un papel y lo va quemando con cigarrillo. El cuerpo ya estaba hinchándose, el rostro desfigurado por los porrazos. Parecía una máscara de carnaval. No quise seguir contemplándolo. “La Perra”, el bandolero más tenebroso de la región, el dueño de fincas y terrenos en lo alto de la Sierra Nevada, el dueño y amo de cientos de hombres, de ejércitos y de cafetales, ahora estaba aquí, tendido en una piedra fría sin más compañía que yo y su propia piel maltratada y perforada por las balas o cuchillos, según alcanzo a ver… tendido...sin poder…indefenso. Hasta me habían dado ganas de zamparle por detrás el palo de la escoba.
¿Cuántas familias, hombres o niños no humillaría? El hombre más buscado en toda la región, el que había sembrado el terror, el que --según cuentan-- había hecho mear a cuanto hombre se le atravesara, estaba desamparado frente a mí. Pensar que cada uno de sus 300 caballos de pura sangre valía como un millón de dólares y a él lo habían asesinado como a una rata. “La Perra”…dicen que hasta los gringos lo estaban buscando por narcotraficante…
Me tomé un tinto cargado, como dicen. Volví a mirar el cuerpo y pensé precisamente que a ese hombre que asoló los alrededores con sus “perritos” ahora lo tenía aquí enfrente, mirándolo, sin nadie que le pudiera salvar, ni con toda la plata del mundo. “La Perra” con sus piernas tesas, sus párpados hinchados, a la deriva, sin dolientes, inflándose cada minuto, poniéndose morado como si las personas que él asesinó a sangre fría hubieran venido hasta acá y lo golpearan al mismo momento.
De nuevo llegaron los agentes, bajaron del camión. Un capitán dio órdenes de patrullar con cuidado. Unos se apostaron en la entrada del cuartucho y otros en la esquina del cementerio central. El Capitán revisó el cuarto y el cuerpo, me miró a mí sin desconfianza, no dijo nada, salió.
Seguí barriendo los rincones y martillando la misma idea. Un hombre que había amasado tanto poder, tanto dinero, tantas masacres sobre su espalda, se encontraba en el puro suelo, en la ruina definitiva de su vida. Y volví a preguntarme: ¿Para qué tanta plata si ni siquiera sirve para salvarse de la muerte? Al fin y al cabo, todos vamos para el mismo hueco. Me asomé a la puerta y vi a más de cuatro agentes cerca del camión, tenía la impresión que esperaban otro cargamento.
Cuerpo desnudo, pálido con el pasar de las horas, sin corona, sólo a la expectativa de que alguien lo reclamara.
Transcurrieron dos días. El olor se impregnó con fuerza a las paredes, al mismo aire que se colaba por la puerta del cuarto. Nadie vino a requerir el cuerpo. Cuerpo morado, hinchado, maloliente, hundido en la soledad absoluta. Luego, al tercer día, la misma policía se lo llevó en un cajón de tablas sin cepillar ni pintar y fue sepultado como un cualquiera en una fosa común.
Santa Marta, cerca del mar.
Diciembre 25 de 2003
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© Martiniano Acosta Acosta
LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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