Otra historia del tiempo
Daniel Dessein
El autor es uno de los directores de La Gaceta de Tucumán,
uno de los cinco diarios de mayor tirada de la Argentina.
Colabora, desde hace diez años, en el Suplemento cultural del mismo diario,
igualmente en diversos diarios y revistas de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa.
En torno a la figura de Gerberto de Aurillac, que pasó a la Historia como el Papa Silvestre II, se tejieron diversas leyendas que circularon en la Europa medieval. Se cuenta que tenía una cabeza fundida de metal que le profetizaba el futuro y que su sepulcro trasudaba ante la inminente muerte de sus sucesores. Durante siglos se le atribuyó la invención del reloj mecánico. El mito la sitúa en el año 999. A pesar de las agustinianas condenas del Concilio de Éfeso y a raíz de un sueño apocalíptico, Gerberto habría confirmado la predicción de Beda el Venerable que fijaba el fin de los tiempos en el año 1000. La novedosa máquina de ruedas, que no sólo podría medir el tiempo como los primitivos relojes de sol o arena, sino crearlo, habría sido la consecuencia de un pacto fáustico por el cual el religioso entregaba su alma para prorrogar un plazo que implicaba la perdición del corrompido género humano. Gerberto murió hacia el 1003, en extrañas circunstancias.
Ángel Marini nació el mismo año en que un abstruso alemán publicaba un influyente libro para el pensamiento de su época, cuyo título se refería al tiempo y a un concepto indefinible al que denominaba ''ser''. Heredero de una tradición cuyos fabulosos orígenes desconocía y ajeno a complejas especulaciones filosóficas, Ángel había dedicado sus días a la monótona y anónima tarea de arreglar relojes, a evitar que retrasaran su marcha. En su taller de la calle Perón se agolpaban, sobre una mesa de madera, diferentes tipos de pinzas, limas, destornilladores y cepillos, junto a un torno con el cabezal gastado por el uso. La oscilación ininterrumpida del péndulo de un viejo reloj, que parecía dibujar la sonrisa irónica de Diógenes frente al
paradójico Zenón, era el resultado de su última jornada de trabajo. Esa noche pensó que había llegado el momento de tomarse un largamente postergado descanso.
A la mañana siguiente subió al ómnibus que lo dejó a poca distancia de un pintoresco hotel construido en la cima de la montaña. Antes de pasar por la recepción, desde donde podían verse los preparativos para la ruidosa celebración que debía tener lugar en pocas horas, decidió caminar hacia una pequeña colina para ver, en perspectiva, el camino por el cual había llegado
hasta ahí.
Repasó su trayecto mientras el sol, ocultándose detrás suyo, proyectaba una sombra que se deslizaba ante sus ojos. Recordó ese llamado que lo llevó a embarcarse en el viaje cuyo final se anunciaba en las arrugas de sus manos. Cuando buscaba una explicación para su curioso itinerario, lo invadió la sospecha de que su sentido se encontraba fuera de sí mismo. Su mirada se
perdió más allá de ese instante, que era despedazado por infinidad de relojes en todo el mundo.
Hace millones de años un misterioso arquero lanzó una flecha. La noche en que se oscureció el camino de Ángel, la última del segundo milenio, la flecha se detuvo.
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© Daniel Dessein
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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