CANTOS DE AMOR Y MUERTE:
ACERCAMIENTO A LOS POEMAS DE
SI MAÑANA DESPIERTO,
DE JORGE GAITÁN DURÁN

Mar Estela Ortega González-Rubio
marortegagr@hotmail.com

Sigmund Freud, en Mas allá del principio del placer (1920), y algunos de sus discípulos como Fenichel y Reich han mostrado que la vida y el comportamiento humano están regidos por dos pulsiones antagónicas, conflictivas e indisociables: Eros, la pulsión de vida, la fuerza sexual-afectiva y Tánatos, la pulsión de muerte, de destrucción y autodestrucción. Freud los nombró, siguiendo una tradición muy antigua de la mitología de la Grecia Clásica: los dioses Eros y Tánatos. El amor y la muerte son experiencias traumáticas que provocan cambios en el sujeto. Son la muestra de los grandes opuestos que rigen la vida de los hombres. Estos dos principios de la dinámica psíquica, tienen implicaciones existenciales y culturales que son precisamente el pretexto para acercarse a la obra de Jorge Gaitán Durán.
A Gaitán Durán se debe el impulso de la revista Mito, fundada en 1955, en la que algunos hombres conocedores de las nuevas corrientes literarias del mundo, crearon una nueva estética que dejaba atrás el espíritu provinciano y buscaba la modernidad. Jorge Gaitán Durán, un escritor lúcido en la pasión y el erotismo, se comunicó con el mundo para que Colombia abriera los ojos a una evolución poética. Su obra es un diálogo con las corrientes europeas y al mismo tiempo una apropiación crítica de la colombianidad.

El poeta trabaja el conflictivo binomio hombre-sociedad desde una actitud nómada, sin esquemas referenciales teóricos que den respuestas a todo y totalicen la vida. Sin embargo, se sabe que para comenzar a comprender lo social, hay que romper las máscaras y abordar los terrenos pantanosos del inconsciente, del deseo social e individual. El principio del psiquismo es la búsqueda del placer y, en éste, se encuentran las dos pulsiones esenciales: el amor y la muerte. Gaitán Durán trae su propia experiencia a sus poemas e interpreta el ineludible significado de la condición humana a través de estos dos contrarios complementarios, ambos presentes en todos sus libros, desde el primero, Insistencia en la tristeza (1946), hasta el último, Si mañana despierto (1961).

En el libro Si mañana despierto hay una forma de amor-locura excelsa, que trama la mente, con la pérdida de mismidad por parte del individuo; hay una percepción romántica, sensual, erótica, que prospera en la experiencia poética. El deseo de plenitud estética se convierte en una caracterización del amor, así, un impulso hacia lo bello adquiere la condición de locura, cuando el artista pierde todo dominio de sí y se conduce con excentricidad bajo la influencia de Eros que lo posee.

Gaitán trabaja desde una postura ávida e intensa con sus obsesiones, continúa insistiendo en la muerte, y en lo irreconciliable de ella con el amor, algo que ya ha señalado con razón Pedro Gómez Valderrama en su prólogo a la Obra literaria de Jorge Gaitán Durán (1975). En Si mañana despierto, el catador de belleza se desnuda ante la muerte y se expone a un tremendo extrañamiento con los objetos: inanimación psíquica, donde se contemplan los parajes que portan a un fin terrible pero fascinante. La belleza es contactada a través del impulso erótico, y eso implica enajenación, muerte; en virtud de un resurgir deseado, el alma renace en un descenso del estado contemplativo al proceso activo. Tánatos está también presente en su simbolismo espiritual de transformación y de paso a un nivel en el que ya no se pueden disfrutar las delicias del amor.

En el poema “La tierra que era mía” (149), la primera parte (los dos primeros versos) se refieren a Novalis, al mundo que éste creó para consolarse de la muerte de su amor:

“Únicamente por reunirse con Sofía von Kühn, 
Amante de trece años, Novalis creyó en el otro mundo [...]”
(Gaitán Durán: 1975, 149)

La segunda parte se refiere al poeta, quien profesa que sólo existe este mundo, el real, el de “soles, nieves, árboles”, el mundo de “la hierba que ondula”, porque aquí, y “solo aquí”, puede tener a su amor; porque cuando rebase la muerte ya no habrá nada. El poeta sabe que sólo en este mundo fugaz y transitorio podemos amar, que éste es el único baile que bailamos. Tánatos y Eros no son reconciliables, el amor no continúa después de la muerte. El poeta rescata y ensalza el amor perecedero. La analogía entre el amor y la tierra enfatiza el carácter perdible que tienen todas las cosas de la vida.

Igualmente, en “Quiero apenas” (149), Eros y Tánatos coexisten pero tampoco se reconcilian. Ambos dan cuenta de la vida, como realidad en movimiento, en conflicto, en transformación y cambio. Ambos enfrentan al lector a un inconsciente sumergido que pautará el juego de las decisiones. Freud dice que “es Eros el que actúa como factor de civilización en el pasaje del egoísmo al altruismo" (Freud: 1920, 53). Por esto la enfermedad incurable, la pulsión de muerte que se acerca, que actúa como lo irreconciliable con la pulsión de vida, el amor, el “arder como un sol rojo en tu cuerpo blanco”, orientándose hacia la dialéctica de los contrarios. Otros, “los pájaros y verdes”, le dicen que va a morir por una “enfermedad”, la enfermedad de creer que después de la muerte ya no hay amor. El “milagro” es vencer este pesimismo, pero él no quiere, quiere apenas el ahora, el aprovechar la vida para vivir un amor delirante. El amor, a los ojos de Gaitán Durán, es tan luminoso que vuelve a la noche día, como en el poema “El Instante” (168), en el que la unión transforma todo e inunda el instante de una claridad solar.

Hay poemas de corte existencialista en los que la vida y la muerte alcanzan a manchar el paisaje. El sol, en algunos poemas, representa a Eros, la pulsión de la vida. Es el caso de “Valle de Cúcuta” (151), uno de los más vitales del libro. El poeta es solar y está enamorado de la vida, ya que en ella no hay “simulacro ni duda”. Fue en el valle de Cúcuta donde el poeta aprendió “a vivir con el vuelo y el río”, donde supo que la única verdad es la vida y la vida está representada en esa tierra donde nacimos. Caso contrario es el poema “Fuente en Cúcuta” (152) en el que la fuente en el patio blanco entre los árboles y el canto de la cigarra le recuerdan su infancia y los felices momentos de su vida pasada, pero luego las nubes que pasan como el tiempo, lo hacen pensar en la vejez y en la muerte que se acerca. Tánatos es también esa fuente, en la que fluye el agua como las nubes pasan, el tiempo es la muerte que se acerca, ya no queda sino el recuerdo de los días.

En “Verano uvas río” (150), en la primera estrofa, hay un escenario bucólico con sol, uvas, agua y doradas avispas zumbadoras, donde habita un nadador que se reconoce a sí mismo porque es feliz. Cuando la noche se acerca, la atmósfera cambia, la vida se vuelve muerte, los hombres se vuelven “extranjeros” en el sentido existencialista del término, no se reconocen ni siquiera en su tierra, la muerte los hace iguales en lo desconocido, ya nada les pertenece. La noche va a convertirse aquí en ese motivo oscuro y lúgubre que los borra:

“[...] ya nada es suyo. Verano,
Uvas, río, todo concluye
Con la noche que envuelve y borra
La juvenil cabeza rubia.
Por la ciudad natal en fiesta
Desconocido cruza el hombre” (150).

Otros poemas invierten los símbolos manejados anteriormente. En “De repente la música” (151), la luz, la “blancura absoluta” de los reflectores de la ciudad es enceguecedora, con ella el cielo no existe, la luz “confunde la muerte y el sigilo”. Este cambio de la simbología de la luz puede obedecer a la inconformidad del poeta de seguir utilizando las mismas iconografías. El exceso de un símbolo puede volverse molesto, incluso para el autor. Al final del poema se encuentra de pronto con lo que puede ser un charco en la calle donde aparece reflejada la sombra de dos amantes que están ocultos. El amor es la música que todo lo recomienza, y el amor en este poema se halla en las sombras, la oscuridad lo cobija de los reflectores artificiales. La verdad está en el agua que refleja el amor clandestino.

El cambio de simbología está representado también en “Canícula” (151), en el que el mediodía y su excesiva luminosidad impiden ver la verdad, el blanco absorbe los colores. En este caso no es Eros reflejado en el agua el que rompe la luz como un estallido de música; es otra melodía: el concierto de la lluvia. En el poema “Momentos nocturnos” (168), la contemplación del cielo de noche puede ser delirante, y en esto le está concediendo cierta belleza a la oscuridad. Cuando el poeta contempla el cielo, se imagina el universo infinito, y en ese momento, las cosas terrenales no tienen valor y la pequeñez humana se hace palpable, pero cuando la desnudez, la calidez de la amante aparece, el universo deja de ser importante y “la tierra fue de nuevo mi deseo”. En “Sé que estoy vivo” (171), el poeta está enamorado y está viviendo un amor sexual:

“Acaloradas frutas en tu mano
Vierten su espeso olor al mediodía”. (171)

Cuando hay sexo, hay vida, y más si es la primera vez. El amor brota del deseo y éste desafía a las estrellas; el amor humano es poderoso y luminoso como el universo. Pero justo cuando se es más feliz, se recuerda que la muerte  persigue. Cuando algo se está acabando, se piensa en el fin, la muerte hace parte de la vida, porque se la piensa, se vive, se espera.

En el poema “Siesta” (172), hay un epígrafe que recuerda que en el cuerpo humano está resumido el universo, que Eros todo lo condensa y lo recomienza. Primero está la siesta, el sol entra en las hojas, las caricias comienzan, el calor se agolpa en las bocas, en los dedos, en los vientres, el hombre y la mujer se requieren en medio de una delicia de somnolencia, “en tus senos trepidan los veranos” y “sientes pasar la tierra por tu cuerpo”. Cuando se produce la unión, “son uno en lo alto del instante”, los dioses se borran, todo se desvanece, sólo el mundo terrenal existe, sólo milita el encuentro de los amantes:

“Basta mi voz para borrar los dioses,
Me hundo en ti para enfrentar la muerte”. (172)

En Gaitán Durán la celebración de Eros se expande y borra todo lo demás, la hora del egoísmo supremo que es la del amor, deviene “un espejo breve en la delicia”, porque los amantes se mueren y gozan igual. Cuando el abrazo acaba, “llenamos esta nada con las nubes”, todo vuelve a ser como antes,  el hombre se conforma con lo secundario y lo accesorio, con lo de siempre y entonces vuelve a mirar el cielo. El abrazo sexual es robarse al otro por un momento para después seguir muriendo.

Del tema del amor delirante y trastornado, se pasa al de la muerte, que es para el poeta “inminente”, no se puede rechazar porque forma parte de cada uno. En “Cada palabra” (152), la muerte es un hueco que deja la caída, y la única forma de rellenarlo es a través de las palabras. Cuando la muerte física o espiritual se acerca, las palabras adquieren aún más sentido, aunque sea contradictorio que ellas nazcan al morir. Para el poeta, la palabra es indispensable, es su medio de expresión, hace que las dudas se disipen al recrear el mundo. Nombrar es un acto creador, de vida, aún si es el fin. Eros está representado en las palabras que son la vida. Con la palabra se busca, y lo que el poeta encuentra, es la felicidad, una “experiencia única” que lo completa.

En el poema “Sospecho un signo” (152), se hace énfasis en la importancia de las palabras y el poeta se reconcilia un poco con la muerte. Él sabe que después de ésta, hay algo que queda, un asomo de vida. Las grandes personalidades que han existido en el mundo, permanecen debido a su obra, a sus palabras poderosas. En los hombres que han vivido intensamente, la muerte es una expresión más, son reyes por encima de los otros y resplandecen como un “lacinante foco de luz”. El epígrafe de Jorge Luis Borges hace referencia al Homero del que se conoce su obra que retumba, pero no lo que sintió en la hora más oscura. Esto dice también que jamás llegamos a entender, a abrigar íntegramente a alguien, así se admire con devoción. Hay un fondo filosófico en todo esto, porque Platón tiende en su obra a dar una argumentación a la creencia de la inmortalidad del alma, postulando la existencia de las Formas. Para Platón fue una experiencia decisiva la muerte de Sócrates. Esta muerte, no siendo “un instante, sino un proceso”, no aniquila el paradigma del maestro, ni deja sólo recuerdos que se esfuman con el tiempo, sino que se transforma en un legado, teórico y práctico, por medio del cual esta existencia actual podrá acercarse al conocimiento de todo lo puro y lo verdadero. Así, la muerte de Sócrates se vuelve un modelo de  aprendizaje transformador a partir de  la experiencia con el dolor y con la muerte, donde el alma probará su fortaleza, elevándose sobre la partida y la desolación.

Contrario a éste repentino optimismo, hay poemas desoladores, llenos de pesimismo, como “Tal es su privilegio” (155), en el que el tiempo, los días y la muerte se acercan y no se puede hacer nada contra ello, “tal es su privilegio”. Por si esto no fuera poco, está el castigo prometéico:

“[...] ratas feroces
Que me roen el vientre y me condenan” (155).

Las culpas del pasado son esas “ratas feroces” que se arrojan sobre los hombres y los devoran sin piedad, llevándolos al abismo, mucho antes que la muerte física. Este acercamiento a la muerte está presente también en “Hacia el cadalso” (155), donde el poeta sostiene un diálogo con el tiempo que es la misma muerte. La letra bastardilla es del poeta, la otra es la voz del tiempo. La muerte-tiempo le dice que él no ha hecho nada de provecho, sólo despotricar contra los dioses, lo único que posee son las palabras, “perras negras, bestias negras”. El poeta inútil no ha hecho nada, no ha sido nada. Cuando llega la hora de rendir cuentas, el tiempo lo hace arrepentirse de todo lo que tanto aborreció, lo obliga a traicionarse, y debe postrarse. El poeta grita que él ha “vivido” a través de las palabras, que él ha sido a través de la poesía, pero sobre todo, ha experimentado el amor pasional:

“[...] Mas yo he sido: villano, un día; otro, vulnerable
Titán contra su sombra. Yo he vivido:
Árbol de incendios, semen de amo
Que por un instante tiene el mundo con su cuerpo” (155).

Jorge Gaitán Durán pensaba regresar al país para morir en su patria. Era tentador, porque en Colombia estaban sus recuerdos y las cosas que más amaba, pero siempre estaba la duda, ya que es difícil regresar sólo para morir. Este sentimiento fue expresado en el poema “El regreso” (150). En la primera estrofa encontramos un hombre lleno de añoranzas y de mucha nostalgia de su tierra:

“[...] amo el sol de mi patria,
El venado rojo que corre por los cerros,
Y las nobles voces de la tarde que fueron
Mi familia” (150)

Sin embargo, en la segunda estrofa encontramos a un hombre que no quiere volver sólo para que su familia se lamente, para que sólo se queden con la “imagen pasada” de sí mismo y la conviertan en “fábula”, olvidando su imagen actual:

“Mejor morir sin que nadie
Lamente glorias matinales, lejos
Del verano querido donde conocí dioses.
Todo para que mi imagen pasada
Sea la última fábula de la casa” (150).

Cuando la muerte llega lejos de los seres que más se aman, el muerto se convierte en una leyenda, en la historia para contar. Este poema expresa una continua fluctuación, una vacilación inquebrantable, cada palabra se contradice con la que sigue. Al final, hay ese sentimiento de mejor quedarse para que se le recuerde como solía ser, aunque esta decisión también tiene sus inconvenientes. La vida real se encargó de hacer su duda más grande: cuando decidió regresar a su país, se encontró con Tánatos en el camino.

En el poema que le da título al libro, “Si mañana despierto” (156), el sufrimiento es largo y la felicidad fugaz. El vino, trago para degustar, es como el tiempo que se alarga, como ese respirar hondo con “el aire de la primavera”. El sufrimiento no descansa, no cesa, y está siempre presente en esa ciudad de manicomio. Sin embargo, la esperanza es grande y jugosa “como una naranja roja”. Si mañana despierta el poeta, el sueño se disipará, pero quedará la agradable sensación para seguir buscando.

Y es que los momentos dichosos se pagan con creces, tal como sucede en el poema “¡Vengan, cumplidas moscas!” (159), en el que el poeta compara la ligereza de sus manos con la fugacidad de los días. La muerte espera el momento propicio y se mantiene cerca. A veces inclusive se puede olvidar, pero ella está ahí, cobrando los pocos momentos de alegría. La cara de Tánatos siempre está cerca, acechando, como en el poema “Veré esa cara” (160), en el que el rostro de la muerte marca las penas y representa cuanto el hombre se parece realmente a ella, cuanto hay de ella en todos. El poeta, a la mejor manera de Dorian Gray, se enfrenta al terror de esa mirada llena de vicios, a la cara que algún día lo abrazará. Cuando la muerte se acerca, uno se puede reconocer en ella, sólo en ese momento se aceptará.

Este juego de reconocimiento y de espejos es el mismo del poema “Luz de mis ojos” (163-164), sólo que en éste el poeta hace latente sus contradicciones:

“Obrar como el deseo es lo que quiere
Para negar la carne de mis goces.
¡Las venas me cortará ante los dioses
Sin que en mi hermano infiel el duelo impere!” (163)

La resistencia del ser con respecto a la carne, el desdoblamiento del poeta al hallarse en un “duelo” permanente entre sus impulsos carnales y afectivos y sus tendencias lógicas, no sólo se pueden ver en este poema, sino también en “Buscón” (167), en el que un hombre encuentra la pasión y tiene la posibilidad de salir de la patraña:

“Era Dios y aniquilar podía
Los dos monstruos inermes” (167).

El Buscón es ese mismo hombre desdoblado que no reconoce que es hombre, que es carne. Es aquel que no se reconoce cuando se deja llevar por los impulsos de su cuerpo, es aquel que de pronto descubre que está atrapado en el deseo. El hombre puede intentar huir, pero nunca de sí mismo.

En la poesía de Gaitán Durán hay rasgos provenientes del romanticismo alemán, en lo concerniente a que el autor ha asumido su destino, el destino de enfrentarse a la soledad del amor y de la muerte. En el poema “Por la sombra del Valle” (176), Adán es inmortal porque bajo sus pies yace toda la dinastía, es Dios porque nombró a los seres, porque fue el primero en percibirlos, es Dios como el poeta porque tiene miedo, miedo a la muerte, la soledad y el tiempo.

Jorge Gaitán Durán tiene, según el poeta Juan Manuel Roca, “una capacidad para captar lo oculto bajo la apariencia, la realidad subyacente, facultad adormecida que aparece y despierta tras la vigilia o el desajuste sensorial”. En los poemas de Si Mañana Despierto se comprueban estas palabras, su obra festeja a Eros, un delirio voluptuoso de los amantes, erotismo que es antesala de Tánatos, la muerte que espía y juzga. Sus poemas no podrán ser vencidos, la batalla fue librada, Gaitán Durán repetirá hasta el cansancio: “No hay dioses, sólo tiempo”.

NOTA:

[1] Todas las citas del libro Si mañana despierto serán tomadas de esta edición de Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1975. pp. 141-181.

BIBLIOGRAFÍA:
--Freud, Sigmund. “Mas allá del principio del placer”. En: Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu, Volúmen XVIII, 1920. pp. 44-69.
--Gaitán Durán, Jorge. “Si mañana despierto”. En: Obra literaria de Jorge Gaitán Durán. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1975. pp. 141-181.
--Gómez Valderrama, Pedro. “El regreso para morir es grande”. En: Obra literaria de Jorge Gaitán Durán. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1975. pp. 9-16.
_____________________________________________________
©   Mar Estela Ortega González-Rubio

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v5n17gaitan.html
PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 17