Nuestra malograda identidad caribe
Libardo Barros
Magister en Desarrollo Cultural
Barranquilla - Colombia
A Enith Romero
I
Al momento de reflexionar sobre el significado que tiene para esta región un intelectual de la talla de Fals Borda y de la forma casi lastimera como hoy se pronuncia sobre lo que fuimos en el pasado cercano (Dominical de El Heraldo; Barranquilla, 28 de marzo del 2004. Pág 3), no deja uno de lamentarse de lo lejos que estamos para que nuestras esperanzas como pueblo puedan alcanzar alguna reivindicación. La primera razón que me asiste, parte del desconocimiento que se tiene de su obra y de cómo sistemáticamente la universidad, tanto pública como privada, no ha desarrollado una cátedra que se ocupe del análisis y la discusión sobre sus reflexiones y propuestas tan convenientes para nuestra cultura como las planteadas por este pensador. En cambio, se han asumido con urgencia y furor, estudios con temáticas descontextualizadas, en tiempo y espacio.
¿Qué pasa con la obra de Fals Borda? ¿Por temor a qué los estudiosos se abstienen de valorarla desde su justa dimensión, promoverla y darla a conocer en el medio? Porque la verdad es que los comentarios críticos ante tan monumentales aportes han sido bastante pobres y sospechosamente superficiales. Hay que recordar que estamos frente a un hombre que ha planteado métodos de análisis para estudiar y comprender nuestra cultura que requieren por parte de sus investigadores un serio compromiso. Queda siempre en el aire un rumor de duda al palpar cómo se ha invisibilizado todo un compendio sistematizado en una obra elaborada con un rigor tan profundo y untada de caribeñidad. La gran lección de Fals Borda aún no se ha comprendido porque empieza por recordarnos que el acercamiento a cualquier tipo de realidad social debe llevar consigo el propósito de mejorarla y no enredarla o escamotearla con el interés de explotar y oprimir. De allí es de donde se desprende su significado y reconocimiento universales.
Hace pocos días unos jóvenes universitarios se lamentaban de lo engañados que se sentían por las generaciones anteriores. Denigraban del himno de esta ciudad que le canta a hechos y valores que no existen, que no se pueden palpar cotidianamente, como el río, el progreso, la paz, entre otros. "Nos han mentido, afirmaba con vehemencia una joven apretando los dientes. Hemos estado en manos de mediocres, de delincuentes…" No creo que podamos tener una respuesta inmediata y satisfactoria a tales reclamos. Se podría hacer lo de siempre, con evasivas y cualquier otro artilugio verbal, nada más. Pero una respuesta argumentada seguirá aún pendiente.
Casi perplejos, constatamos cómo el acervo de nuestra identidad y tradición cultural ha sido y es vapuleado diariamente por los medios de comunicación masiva con la cantidad de basura que se nos muestra como si fuera lo más relevante de nuestra cultura. Con ello queda evidenciado el enorme problema en el que patinamos los últimos años al confundir cultura con farándula. Además, surge como agregado, el hecho de que Barranquilla no ha sabido aprovechar la categoría de ciudad región, porque no acoge inteligentemente a los pueblos y culturas que la circundan y de las cuales también es deudora. En la radio y la televisión se maltrata al provinciano, al campesino se le insulta y en la mayoría de los casos se le muestra como ordinario y portador de una ignorancia incurable, siendo objeto de burla. Lo que ha degenerado en que la reafirmación sociocultural de los sectores populares de esta ciudad se apuntalen sobre la no aceptación de la diversidad y la diferencia.
Este es uno de los grandes lastres que no ha sido capaz de sortear nuestro sistema educativo. En escuelas y colegios campea la incapacidad para aceptar lo diverso, el matiz, los diferentes puntos de vista alrededor de una "verdad", como tampoco la preparación de los más jóvenes para una vida en democracia. Ello es alentado con más ahínco desde nuestras instituciones públicas, afectando desde donde se le mire nuestra identidad cultural de manera considerable porque da la impresión de que llegamos a un punto muerto: "somos así porque sí y nada más". No hay posibilidades de evolución.
Y no es que seamos incapaces de apreciar lo que realmente es importante para la vida, ni valorar aquello que tiene sentido. Tampoco que seamos incapaces de entender los valores presentes en nuestra cultura, ni estemos aptos para admirar lo bello y poder educar nuestros sentidos. El problema radica en que nuestra gente no se encuentra con lo que busca ni con lo que le pueda ser beneficioso para mejorar su calidad espiritual, porque las ofertas que recibe son muy pobres, abusan del entorno y en vez de recrearlo estéticamente lo desmejoran y vulgarizan la cultura. Y para colmo de males, quienes tienen ofertas interesantes son marginados por las redes de traficantes de licitaciones, concursos y premios. No se vislumbran las posibilidades de un cambio porque aquí todo está parcelado y viciado, vedado ante la posibilidad de cualquier renovación, revisión o intervención.
Esto no es gratuito. Porque se ha impuesto con total impunidad, con la anuencia de los entes de control administrativo, una "estética del beneficio", del lucro, del consumo. Y se eluden los reales problemas que deben atender los organismos de gestión y promoción cultural y en la misma medida, los estudios culturales. Así, todo termina empantanado en disputas personales por quienes representan intereses de tal o cual producto: bebidas, licores, cigarrillos, etc. La soberanía del estado pasó a manos de la empresa privada y son las leyes del mercado las que imponen las condiciones. En resumen, lo que impera es la moral del tendero, del mercachifle, a expensas de las esperanzas de un pueblo que aspira a ser mejor considerado por sus administradores.
Eso ha venido ocurriendo hace mucho y se aprecia claramente en todo lo relacionado con el carnaval, proyectos y eventos populares, educación, manifestaciones artísticas y demás hechos vinculados a los asuntos culturales de la ciudad. Por esa razón el carnaval tiene más de feria y de mercado que de fiesta popular. Hay en sus entrañas una saturación visual de publicidad y tiene enquistada una frivolidad farandulera que impide valorar mejor su significado como manifestación de la cultura tradicional y reservorio de las costumbres y tradiciones populares de toda una región.
No creo que el maestro Fals Borda desconozca la dificultad que encarna llegar a ser alguien respetable en un medio tan negador y castigador del talento y las iniciativas honestas y desinteresadas. Como se puede notar, la realidad no ofrece garantías para asumir ningún liderazgo. Toda esta región, hoy más que nunca, sangra por las profundas heridas de la crisis y decadencia de sus instituciones públicas y privadas. Ya no es como hace treinta o veinticinco años atrás. Con las esperanzas agotadas los habitantes de nuestros ríos, ciénagas y caños, portadores de la cultura anfibia, están sitiados por una violencia cada vez más feroz. La impunidad ha aumentado de manera dramática y en medio de infames disputas territoriales para los nativos es imposible vivir dignamente con un fusil amenazador a sus espaldas. Los gobiernos locales son el botín más codiciado de los grupos violentos y hablar de democracia o insinuar la participación popular es demasiado peligroso. En últimas, allí todo resulta nominal y falso por lo que la desolación y el detrimento espiritual de los "Hombres hicotea" los ha convertido en seres menesterosos, inescrupulosos, de un orgullo erosionado. Con toda razón me preguntaba, casi reclamándome, un sabio campesino en Coyongal, Sur de Bolívar: "¿A dónde se habrá metido el gobierno, vea?
Como colectividad hemos sido inferiores frente al protagonismo que se debe asumir para sacar adelante una región de tanta importancia para la Gran Cuenca del Caribe. Mientras tanto, como en el resto del país, los gobiernos de turno han seguido malogrando oportunidades irrepetibles para poder hacerlo. Da vergüenza ver hoy cómo nuestros líderes y dirigentes, cual avanzada mercenaria, ofician de verdugos, delatores o negreros, según el caso. Hasta ahora, si no consideramos la realidad de otra manera, sólo nos restaría esperar, a que por nuestra pérfida incompetencia, tarde que temprano, terminemos como esas especies (léase dinosaurios) que cuando ya nada tienen que aportar sobre la faz de la tierra, un meteorito providencial las destruye en su totalidad.
II
Esta sociedad es un buen proyecto para el mal.
Víctor Manuel
No pensar, no disentir, no discutir, no proponer, no decir no. Obedecer a pies juntillas. Esas son las normas de oro en toda sociedad que vive sumida bajo una dictadura civil. Sólo basta con echar un vistazo: Estamos rodeados por hombres armados, hay celadores y uniformados por doquier. Preocupa que un militar sea más importante que un científico y un informante o un guardaespaldas ganen más que un médico o un maestro. La gran injusticia que nos rodea, no da para más.
La realidad no miente: los niveles de desempleo en la Costa Caribe son alarmantes. Con respecto a los servicios públicos casi todos pasaron a manos privadas bajo la infame excusa de la ineficiencia del estado. Entonces si la gente está empobrecida es porque otros lo han provocado y esos otros temen a un ajuste de cuentas. Porque aunque no lo parezca, la Barranquilla de hoy es una ciudad sitiada por la miseria. Deberíamos aprender de aquel sabio refrán que reza: "Si mi vecino vive mal, yo corro peligro".
Pero las huellas de esta ignominia se maximizan en los servicios de salud, instituciones estatales de toda índole y el sistema de educación pública. Resulta lamentable observar cómo los otrora orgullosos y prestigiosos médicos hoy son explotados con salarios de hambre por las EPS. A algunos incluso, se les contrata por un precio y se les paga una cantidad inferior. Las consultas y los medicamentos han sido reducidos de manera alarmante. Mientras que las enfermedades se multiplican, los diagnósticos y las posibilidades de curación son mínimas. Un médico ha quedado convertido en un operario más de un sistema que por su afán de lucro se volvió aséptico frente al dolor y la muerte. Mientras que las empresas de servicios privados (agua, energía, gas, teléfonos…) se adueñaron, a través de leyes injustas, de lo que se supone debe ser tarea del Estado.
A lo que también se suma que en las instituciones estatales, los empleados trabajan bajo la amenaza de perder el puesto en cualquier momento. Porque con las nuevas medidas decretadas por el Estado, un funcionario de alto cargo puede o es obligado a establecer "una reestructuración" y se acabó. Pero esto sólo es una parte. En las oficinas estatales priman el caos, la improvisación y un mal servicio de atención al público. Se perdió el sentimiento de pertenencia porque los empleados públicos además de ser mal pagos, sus salarios vienen incompletos o demoran más de lo debido devaluándose en el camino. Un empleado público es un ser maltratado, que desprecia su sitio de trabajo y tratará por todos los medios de llevarse de allí todo lo que pueda para malvenderlo donde pueda. El hambre y la necesidad no dan tregua.
Si se pretende evaluar el acontecer académico en las escuelas y colegios de la ciudad, equivale a hacer una excursión a la ineptitud y la prepotencia. Ya que la mayoría de estos centros son pequeñas fortalezas con sus propias leyes, las que a la postre violan con descarada impunidad las más elementales normas existentes en el país. Existen colegios en donde rectores y maestros viven confabulados en ghettos, abandonados en un dejar pasar, malgastando los recursos en actividades inoficiosas y desperdiciando los talentos de generaciones enteras. De nada sirven las propuestas estatales de renovación, ya que nuestro sistema educativo carece de espacios y voluntad para el cambio. Hay que ver cómo transcurre la cotidianidad en un colegio. Cuánta pobreza espiritual está presente en maestros y estudiantes, reducidos todos a seguir un manual de disciplina (diseñado más para vigilar y castigar que como guía de crecimiento personal) que garantice la permanencia en lúgubres salones donde se repiten palabras sin ningún sentido, cual conversación de sordos.
Mientras, el sindicato del magisterio está influenciado todavía por la corriente de la izquierda reaccionaria que no le da cabida a los cambios. La mayoría de los directivos sindicales del magisterio parecen dedicados más a buscar beneficios individuales y sectarios que a proponerle alternativas a la realidad. Ellos son el ejemplo en el país de cómo combatir la corrupción corruptamente. Queda la sensación, entre la opinión pública, que los maestros aprendieron a sacarle provecho a una sociedad pusilánime, por eso la intimidan, juegan con ella y para colmo de males evitan rendir cuentas de su labor a través de evaluaciones de desempeño. Es un secreto a voces, que en medio del caos, quienes sacan mayor provecho son los directivos docentes, para quienes, parece, lo más importante fuera la eterna permanencia en sus cargos para gozar así de todas las prerrogativas, fueros y ventajas salariales que el Estado les ha dado. Sindicalistas reaccionarios y directivos docentes intransigentes, no se sabe bajo qué lógica, pelean contra la reelección presidencial. Y ni qué decir del discurso manido y desgastado que enarbolan por doquier en el que se achaca la culpa de nuestros males sólo "al Estado y al imperialismo yanqui". Será difícil convencer a la comunidad que los maestros públicos cayeron en el círculo vicioso de chantajear al estado con huelgas y marchas inconducentes. Y ni qué decir de la tan cacareada calidad educativa. Por los resultados inferimos que la mayoría de los colegios no está implementando estrategias adecuadas para mejorarla. No olvidemos que el nivel de calidad educativa de la Costa Caribe colombiana es el segundo más bajo del país. No hay un indicador más revelador que ese.
Con esta aprendida desesperanza y en medio de este sartal de despropósitos vive el ciudadano de a pie. Y como la descomposición está generalizada, no le queda otra que cruzarse de brazos cuando los gringos obligan al país a aprobar tratados de extradición y leyes que faciliten el intervencionismo a través de sus asesores. Al tiempo que las fuerzas armadas, presionadas por los resultados que esperan de ellas los guerreristas civiles, incurren en torpezas como las cometidas últimamente.
Al querer tomar la cultura como bastión para la resistencia, nos encontramos con que las multinacionales ya se apropiaron de gran parte de ella. Por eso la música que escuchamos es la que ellas hacen sonar a través de las cadenas radiales. El país tiene el sonido que quieren las empresas disqueras. La campeante pornografía de las letras de las canciones está a la orden del día. Sin nadie que lo señale, observamos como nuestras expresiones culturales van quedando reducidas a un obsceno y amorfo pastiche. Para las nuevas "empresas culturales" (ejemplo, Carnaval S.A.) el público no es un interlocutor que merece respeto, sino un cliente; desconociendo que la cultura no se consume, más bien se recrea, se construye, se practica… Frente a lo cual los medios (prensa, radio, televisión, etc.) cumplen a cabalidad la tarea que el consumismo les ha asignado: vestir la mona de seda.
¿Pero qué nos ha ocurrido?, pregunta una voz acuciosa. Y la respuesta brota por sí sola: Que no tenemos un proyecto claro de sociedad ni un conglomerado social que reclame o pida cuentas a los funcionarios públicos. No existe sociedad civil porque aún ésta no tiene en su haber un logro importante. Y tampoco podemos hablar de una comunidad que se mueva alrededor de un proyecto coherente de desarrollo humano. Aunque existan individualidades independientes con una influencia sobre los asuntos sociales muy reducida, como colectivo social somos un soberbio fracaso. Lo que ha hecho de esta una sociedad debilitada y vulnerable que entre otras cosas desconoce lo que realmente le está pasando, sobre todo porque por culpa de la enajenación cultural que padece sigue confundiendo lo anecdótico con lo fundamental y pare de contar. No hay lucidez y seriedad en el manejo de los asuntos públicos. Por eso, se ha asumido la violencia que padecemos como una locura, como una anomalía personal y no como un grave conflicto producido por profundas y viejas heridas causadas por la injusticia social que aqueja al país desde muchos años.
Con el camino despejado, los avivatos se hicieron del poder. Entonces, los cargos públicos de dirección fueron acaparados por ellos sin el menor recato. Es por eso por lo que nuestros problemas son asumidos con insólita irresponsabilidad por parte de quienes están obligados a remediarlos. Por eso es de lamentar cómo en la actualidad no hay una institución pública que se respete (con poquísimas excepciones) que no esté dirigida por un fantoche. La fanfarronería está a la orden del día porque los niveles de eficiencia y calidad profesionales quedaron reducidos a la simulación. Y aunque algunos funcionarios estén capacitados para realizar una gestión eficiente en su cargo, tendrán que claudicar ante la ramplonería y la enajenación que inunda a las instituciones públicas, y al cabo de poco tiempo, someterse a las reglas del juego o presentar la renuncia de sus cargos. Es triste afirmarlo, pero el delito público posee un blindaje especial. Los funcionarios de los organismos de control, garantes del juego limpio, la transparencia y demás embelecos, son también, como dice el adagio popular, "cucarachas del mismo calabazo".
Por diversas razones los funcionarios públicos dan la impresión de ser meros administradores de la corrupción y de los lineamientos y tratados establecidos con los países del norte. Porque en el fondo qué se puede esperar de un gobierno arrodillado y esquirol frente a las políticas internacionales. Hay que ver cómo en el exterior se ríen de nosotros y cómo nos maltratan en los aeropuertos en señal de recordarnos lo canallas que somos. Y es que basta con escuchar al rector de una prestigiosa universidad privada de la ciudad, anunciando a voz en cuello: Estamos preparados para el ALCA. Si en verdad supiéramos lo que significan los tratados económicos con las potencias, otra fuera la realidad. Pero eso que oímos no es gratuito, obedece al proyecto de dominación y explotación planteado desde antaño contra los países pobres y que ahora más que nunca muestra sus logros a través de sus representantes locales.
La poca gente honesta que nos queda se ha visto obligada a abandonar el país o a mantenerse al margen de la participación social antes de que le expropíen su dignidad. Que sufran persecución, desplazamiento o tarde que temprano sean víctimas de una de las inicuas redes de vándalos que circulan con total impunidad en esta tierra de promisión para la impostura, la fanfarronería y el delito.
Así las cosas, para no tener que sufrir más desilusiones, vivo con la certeza de que todo saldrá peor de lo que esperaba. Tal optimismo me va a seguir ayudando a mantener una relativa salud mental. Porque la verdad es que yo amo a esta tierra, pero la quiero distinta y estoy convencido que otro mundo es posible.
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© Libardo Barros
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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