Imperialismo "ladino" o norteamericano
en la situación del indígena,
en Rigoberta Menchú

Miguel Zapata Ferreira, Ph. D.
University of Evansville - USA
mz7@evansville.edu


No cabe ninguna duda de que el libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia es de denuncia. Ésta se centra en el problema de los indígenas. Sin embargo, debe tenerse mucho cuidado con la manera como se ha planteado o sugerido ese problema en el libro para que no resulten interpretaciones nocivas para la unión de Latinoamérica como un sólo pueblo —el sueño de Bolívar— y lo que es peor, que impidan a los lectores del libro indagar sobre las verdaderas causas del problema, por lo menos la más importante. Este ensayo pretende discutir la visión de la autora y comentar algunos de sus fundamentos.

La visión de la autora se podría resumir así: la causa principal de la actual situación precaria del indígena se debe no sólo a la explotación a la que es sometido en su propio país, sino que la situación local es una resultante de la situación externa propiciada por países imperialistas, como los Estados Unidos:

Logramos entender que toda la raíz de la problemática era la explotación. Que había ricos y pobres. Que los ricos explotaban a los pobres; nuestro trabajo, nuestro sudor. Por eso eran cada vez más ricos”.  (144).

Y más adelante:

Yo no pensaba que era el mismo sistema el que ha tratado de aislarnos, como barreras de indios y blancos [...]” (145).

Retomando la idea, en primer término, no se puede negar el hecho que los indígenas de toda América ―del norte, central y del sur― siguen siendo sometidos  al tratamiento más inhumano que se pueda imaginar. En ese sentido, el libro de Menchú cumple una tremenda función de denuncia que pretende hacer volver los ojos de los gobiernos americanos hacia dicho problema para comprobar que la situación de los indígenas sólo ha cambiado de la colonia a la vida republicana para empeorar, y por supuesto, con la noble misión de remediarla. Esta perspectiva ya es suficiente para hacer a la autora merecedora del Nóbel de la paz.

En segunda instancia, es muy cierto que parte del problema tiene que ver con el racismo contra los indígenas de parte de los mestizos o mulatos o criollos o indios aculturados en lo occidental, o como quiera que se los denomine. Dicha clasificación resulta difícil, precisamente debido al racismo cuestionado, así como también a la falta de identidad cultural que nunca hemos tenido los americanos, pero que históricamente tampoco tuvo ni tiene España –creo que sobra mencionar que este último país tampoco lo admite:

"Entonces la monja preguntó a un niñito que si eran pobres.
Entonces el niño dijo: Somos pobres pero no somos indios” (145).

Pero el pretender ―como no lo pretende Menchú, aunque no está muy claro en el prólogo de la entrevistadora y me pregunto hasta qué punto editora del libro, Elizabeth Burgos— que la situación del indígena latinoamericano es similar a la de varios países africanos en los que una minoría racial domina a otra mayoría racial es un desacierto peligroso:

"Los indios, tanto en Guatemala como en algunos países de América Latina, constituyen la mayoría de la población. De hecho, existe ahí una situación que, salvando las distancias, se podría emparentar con la de Sudáfrica, en donde una minoría blanca ejerce un poder absoluto sobre una mayoría negra”  (11).

Del mismo modo, buscar las causas de dicha discriminación en el imperialismo "ladino" desligadas del imperialismo norteamericano y del resto de los países "desarrollados económicamente" es sumamente erróneo, peligroso para la unidad latinoamericana, y lo que es peor aún: no ofrece soluciones al problema. Esto le toma tiempo a Rigoberta para comprenderlo, pero al fin lo hace:

En ese tiempo yo ya entendía muy bien la situación, yo sabía que los culpables no eran los soldados. Son los regímenes que obligan también a nuestro pueblo a ser soldados”  (174).

Y más adelante:

Y les preguntábamos: Y, ustedes, ¿qué defienden? ¿Dónde están los comunistas? El soldado ni sabía cómo eran los comunistas. Le preguntamos: ¿Qué cara tenían los comunistas?”  (175).

Obsérvese como primer fundamento de esta discusión que la población indígena latinoamericana, según Plaza y Janés, no es uniforme en toda ella. Así por ejemplo, mientras que se afirma que en Guatemala alcanza un 85 %, cifra cambiante según si sus habitantes se acepten como indígenas o no, en países como Colombia y Argentina llega a ser menor del 2 %. En casos como el de Cuba, Costa Rica, Puerto Rico, Colombia, la población negra supera la indígena. Así que lo mayoritario o minoritario varía de país a país.

Los casos de Méjico y Bolivia son quizá los más curiosos, y señalan otra complicación del problema. Para estos dos países se señala una población indígena mayor del 55 %. Al lado de esta cifra,  una población mestiza superior al 30 %. Lo que arroja un resultado de un 15 % de población blanca, o menos, si se cuenta también al negro. Pero cabe recordar que precisamente, desde un punto de vista histórico, los términos criollo, mestizo, mulato, etc., han sido utilizados con imprecisión y más bien con un carácter racista-económico. Vale recordar que en ninguno de los viajes de Colón se llevaron mujeres, y que la tendencia siguió siendo la misma, con una variación insignificante, durante toda la conquista y colonia. Los conquistadores eran hombres al igual que los principales colonos. La supremacía numérica de la población latinoamericana comparada con la española desde la época de la colonia, a pesar del intenso genocidio indígena, revela, sin lugar a dudas, el mestizaje a gran escala, y la falacia del blanco americano. Entonces ¿de dónde resulta el término criollo usado para describir al blanco hijo de españoles nacido en América? ¿No tendría ya una implicación racista y económica? He aquí la dualidad en la que nos hemos movido los americanos todos. He aquí la dualidad del genocida Cortés y el humanista Las Casas. ¿Cómo asesinar a los indios si son nuestros hijos bastardos? ¿Cómo no someterlos si somos un instrumento del colonizaje?

No hemos querido reconocer que somos un continente bastardo, mezcla del blanco —o mestizo mozárabe— español  con el indio americano y luego con el negro esclavo. Nos duele aceptar esa realidad como si la india virginal tuviera la culpa de ser salvajamente violada y preñada por el blanco desconocido.

La misma analogía se puede aplicar a los mestizos. ¿Qué tan blancos o indios somos en verdad? He aquí la vacilación de los mejicanos y bolivianos en particular, aunque no es exclusiva de ellos. Al mismo tiempo, y también de igual importancia, hasta dónde hay indios puros, es decir, racial, cultural, económicamente? Es éste un cuestionamiento básico para profundizar en  la discusión de la visión racista del problema indígena.

Como se ve, es un desacierto lo de afirmar la mayoría indígena latinoamericana uniformemente, tanto en los sentidos raciales como culturales, y comparar su situación con la de algunos países africanos en los que una minoría de blancos domina a una minoría negra.

Como segundo fundamento, se tiene que es equivocado asignar toda la culpa de la discriminación del indígena al "ladino," formulando una teoría del "imperialismo ladino" ―mestizo o criollo— como  a veces no resulta claro en Menchú o Burgos, y desligándola del imperialismo norteamericano y del resto de países económicamente "desarrollados." En primer lugar, porque los indígenas necesitan grandes latifundios para sostener su estilo de vida agrícola, su "cultura del maíz." Y ésas son las mismas tierras que necesitan los "ladinos" para la actividad agrícola comercial y de exportación hacia países extranjeros, hacia los Estados Unidos, principalmente. Pero nuestra misión de países agrícolas no es de autoconsumo —como es el deseo indígena— sino de exportadores; no es nuestra elección. Si los países industrializados hacen las máquinas, alguien tiene que alimentarlos, y ése alguien somos los países latinoamericanos. Nuestra misión de países agrícolas es un resultado de nuestro atraso económico secular que se inició con las restricciones económicas en la colonia, restricciones de las que habla con mucho acierto Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, y que nos impiden un desarrollo industrial competitivo en los mercados internacionales. No hay que ser economista para caer en la cuenta de que un helicóptero de capacidad de carga de una tonelada cuesta mucho más que una tonelada de maíz, o de arroz, o de fríjol. Y si no producimos helicópteros, armas, maquinarias, no es porque no queramos sino porque no nos dejan y porque no tenemos desarrollo industrial como para generar más desarrollo industrial.

Tómese como ejemplo uno de los  casos tan conocidos como frecuentes en América Latina: un grupo de estudiantes de una universidad de Antioquia patenta una nevera cuyo mecanismo de refrigeración reemplaza el gas freón por un alcohol elaborado a base de guarapo de caña. La mano de obra colombiana así como también las materias primas que incluyen desde los metales hasta la pintura, permiten que sea rentable la comercialización de tales neveras a un precio inferior a la mitad del de las marcas conocidas. Resultado: una de las compañías más conocidas, fabricante de neveras en todo el mundo, compra la patente por un precio irrisorio y la archiva en el cuarto del olvido de donde, con toda seguridad, jamás saldrá.

La red de empresas productoras de pinturas, la explotación del subsuelo de países extranjeros con amplios beneficios, los bajos salarios a los trabajadores japoneses, el gigantesco contrabando patrocinado por la propia empresa para agotar las existencias sin pagar los impuestos, etc., hacen lógico el que el sueño de industrialización de esos estudiantes, y de América Latina en general, no sea más que eso: un sueño.

Es por la razón mencionada arriba por la que no se puede separar el imperialismo "ladino" del imperialismo norteamericano —del imperialismo europeo— en  el tratamiento inhumano hacia los indígenas, como quizá no lo plantean muy claramente ni Burgos ni Menchú. Los ladinos son los últimos eslabones de la cadena de explotadores, pero ni siquiera son los más importantes ni los más crueles.

Si, hipotéticamente, a los indígenas se les dieran las tierras para sus latifundios, se les entregara el país para que lo gobernaran, se les permitiera cultivar para el autoconsumo respetando a la tierra, pidiéndole permiso antes de sembrarla, impusieran su dominio comunitario de toda la producción eliminando así la propiedad privada, defendieran su "cultura del maíz" evitando las escuelas que aculturizan, reintrepretan la religión católica, si todo esto, repito, se hiciera ¿podrían subsistir como nación? ¿Tendrían un lugar dentro del concierto de países capitalistas del mundo? ¿Si puede existir en el mundo una cultura pura sin la intervención mayor o menor de otras culturas del planeta? ¿Hasta qué punto los indios son indios? Y ampliando la comparación, ¿Qué sentido tienen los movimientos nacionales separatistas cuando el mundo propende por la unión? ¿Qué hará el IRA una vez ganada Irlanda del Norte que no dependa del Mercado Común Europeo? ¿Están los irlandeses dispuestos a rezagarse por fuera del Mercado Común? He ahí la síntesis de la interdependencia internacional. No hay país del mundo por pequeño o grande que sea que no se involucre en los asuntos de otro. El desarrollo económico de una parte del mundo es un resultado del atraso económico en otra pare del mundo, como lo plantea Rangel en Las venas abiertas de América Latina.

De igual manera, suponiendo que Latinoamérica se convirtiera en una nación indígena, ¿no sería ello crear el mismo problema de discriminación contra el mestizo o mulato o supuesto blanco? Es por eso que separar el problema del indígena del resto de las naciones industrializadas del mundo es impedir tratar la verdadera naturaleza del problema y no contribuir a su solución.

La única que yo veo es la de una verdadera integración de los elementos indígenas negros y blancos —si los hay— en un destino común. Una solidaridad latinoamericana. El fomentar los sentimientos raciales en Latinoamérica es crear las armas en contra de su ventajosa unidad —si se la compara con la del Mercado Común Europeo, por ejemplo— e  impedir el desarrollo económico, cultural —en una trietnia— que  hace siglos estamos buscando. América Latina es potencialmente poderosa por su trietnia; sin ella no significa nada, no tiene definición, como ya lo vislumbraba Bolívar en su “Carta de Jamaica.”

Hay que examinar con mucho cuidado las teorías que vienen desde el extranjero y que bajo la mansa apariencia de humanismo esconden un león fiero, que se aprovechan de una situación lamentable como la del indio americano para impedir las posibilidades de integración de América Latina [1].

Es absolutamente necesario darle los derechos que el indio tiene, pero el camino de fomentar una lucha racial interna no parece sino empeorar las cosas.

NOTA:

[1] Me refiero al hecho de poder presentar la obra desde la perspectiva de dos autoras: Menchú y Burgos. Menchú denunciando una problemática indígena que se enmarca dentro del marco del imperialismo general, y Burgos, desde Francia, utilizando —y siendo utilizada— la problemática para fines políticos y económicos imperialistas que miran con recelo y como peligro la unión latinoamericana.

BIBLIOGRAFÍA:

—BOLÍVAR, Simón.  Cartas del Libertador corregidas conforme a los originales. Lecuna, Vicente et ali. Caracas: Lit. y Tip. del Comercio, 1929-48.
Diccionario Enciclopédico. Barcelona,  Plaza y Janes, 1987.
—GALEANO, Eduardo.  Las venas abiertas de América Latina. México, Siglo XXI.
—MENCHÚ, Rigoberta.  Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia.  México, Siglo XXI,  9a edición.
_________________________________________
©   Miguel Zapata Ferreira

LA CASA DE ASTERIÓN

ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v5n17menchu.html
PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 17