Mi pequeña muerte
Martín Doria
andresdigenova@hotmail.com

De la novela Mi pequeña muerte,
publicamos el primer capítulo.
Doria es un escritor nacido en Barranquilla (Colombia)
y actualmente residenciado en Buenos Aires.


La viejita había comenzado a escuchar sentada en su mecedora, recostada contra el respaldo y aunque estaba frente a mí, sus ojos no podían verme porque se habían reducido a dos cuencas vacías llenas de una gelatina gris espesa que no daban ganas de mirarla. Una mujer le leía la carta en creole, gritando más que hablando cerca de su oreja y ella, a medida que la otra avanzaba, se despegaba del respaldo de la silla y estiraba el torso para adelante y el cuellito arrugado también, como hacen las tortugas, como para no perder detalle de lo que estaba escuchando. Hasta que quedó suspendida al borde de la mecedora, toda estirada, las cuencas abiertas con desesperación, mostrándome la gelatina, y parecía que quería sentir en esas palabras una presencia que no estaba, escuchar que le hablaba directamente a través del inmenso Mar Caribe que las separaba. Así se quedó un rato, incluso luego de  que la mujer terminara de leerle la carta y le acariciara el rostro como uno hace con los niños y le estrujara las manitos deformes como para aliviar un dolor. Y siguió así un poco más cuando la mujer me sonrió con ternura y me dijo ya vuelvo, hasta que pareció dejar de escuchar y volvió a hundirse en la silla. Era una negra muy chiquita y debía tener cien años. Tenía muy poco cabello y recién me di cuenta que de no haberlo sabido de antemano, podría haberla confundido con un viejito consumido. Su rostro eran miles de arrugas que desembocaban en las cuencas de una manera tan maravillosa porque no se cruzaban y uno diría que toda la cara se le iba a meter por sus ojos. No tenía labios porque ya se los había tragado la boca y así parecía tener una sonrisa permanente. Yo la observaba desde un sofá de bejuco, cerca de un ventilador de pie que iba y que venía, aunque el sereno ya había espantado el calor por un rato. Sostenía en mis manos un jugo de mango helado y empezaba a sentirme cómodo en esa sala de paredes verdes y olor a caracol guisado. Era una de las últimas casas de madera de Flowers Hill que mantenía la  dignidad y no había sido devastada por la corrupción del salitre y la pobreza. El frente no le hacía mérito porque subiendo por La Loma uno podía perderla, retirada al fondo de una pequeña finca de palmas y arbustos, con su techo de dos aguas y sus ventanas azules. La otra mujer, que es hija de la anciana, volvió con una  bandeja de sprats y yo me acordé de May.

--Los preparé hoy mismo. Me acordé que Felice me escribió alguna vez de lo mucho que te gustan.

Ah, mi querida May. Hasta acá que me consiente esa negra bella. Probé los bastoncitos de pescado y estaban tan buenos como los que prepara la hermana.

--¿Y cuánto vas a estar por acá?

Se había sentado en su mecedora y comenzó a balancearse despacito, muy relajada, con el descuido natural de nuestra gente.

--Cinco días.

--Felice siempre me habla de ti en las cartas. Casi es como que te conociera de años, desde que eras un niño.

Tiene los mismos ojos de caramelo que May, su misma piel de ébano y hasta la  bemba hinchada, pero no es gorda y los cincuenta todavía no se le notan. Habla el español con el acento incierto pero no deja escapar ninguna palabra. Yo sé, porque su hermana me lo contó, que vivió algunos años en el continente cuando era joven y estaba loca de amor por un pañamán que había muerto de repente o al menos eso decía ella, que un día regresó a la isla para hacerse cargo de la casa familiar y su madre viuda.

Así la miraba yo y seguía comiendo porque de pronto se me había abierto el apetito.

--Ahora se va a quedar sola, me cuenta.

Tragué con amargura.

--Bueno yo me voy a estudiar, pero con ella se van a vivir la hija y el nieto, un pelaíto que es la patá. ¿Tú lo conoces?

--Sólo por fotos. Tengo tantas ganas de verlos. Pronto quizás... --y dejó de hablar para no decir que aquella viejita la tenía anclada desde hacía años.

--¿Quieres más jugo?

Notó mi vaso vacío y le dije que sí. Entonces quise preguntarme cuánto podía saber esta mujer de mí. Cuánto podía haberle trasmitido May en esas cartas. ¿Le contaría  acaso de los cuentos con que me ayudaba a dormir cuando era un niño, luego de que mi madre tiraba la toalla? O de cómo se quedaba toda la noche despierta junto a mamá cuando yo deliraba por la fiebre, trayéndole poncheras de agua helada y  pañuelos mojados en alcohol. O de los desayunos que me preparaba antes de que me fuera al colegio, todos los días de mi vida, con la delicadeza de un restaurante de lujo. Del rondón que preparaba en el patio con toda la ceremonia de las tribus ancestrales de Ghana y Togo, al menos una vez por mes y que yo reconocía no más levantarme por el aroma a pescado, cerdo y caracol que invadía la casa. De mis historietas mejicanas preferidas que me esperaban brillantes y puntuales en mi cuarto cuando volvía del liceo, el día mismo en que llegaban a la tienda del barrio. Quizás se divertía contándole de las veces que en la oscuridad de la noche, y obligados a salir a la calle por algún atentado energético guerrillero, contábamos luciérnagas o hacíamos guerra de linternas de acera a acera con los otros niños de la cuadra.

Al fin y al cabo, de qué otra cosa podía hablar esa pobre vieja, que se había pasado los últimos años de su vida ayudando a mi madre a criarnos a mi hermano y a mí, tan lejos de su propia madre como lo estaba la mía, sosteniendo las dos una familia  con el dolor del que extraña y tiene la esperanza oculta de volver. Cómo extrañaré yo todo esto el día que me vaya.

Anne Marie May Robinson, que así se llama la mujer, regresó con mi jugo y hablamos un rato más. La anciana permanecía en su mundo de oscuridad y silencio y yo quería meterme en su cabeza para jugar con los recuerdos del Tombuctú. Allí adentro estaban sus ojos, los mismos ojos de niña asombrada que vieron hace un siglo la silueta pequeña de su nueva patria desde la cubierta del Mar Azul. Pero no pude hacerlo porque ella se quedó igual hasta  que me fui  y  casi parece que ni se enteró de que estuve allí, el niño del que su hija hablaba en las cartas. Afuera el cielo se había abierto, el sol apareció por fin y las calles empezaban a transpirar de nuevo con ese aroma que aparece luego de un aguacero. Desperté al taxista que me esperaba junto a su grabador, arrullado por la música de Besthand y bajamos la  Loma por el backroad, atravesando los barrios miserables de los raizales. Cuando llegábamos al hotel, la  música del casete se había acabado y el negro prendió la radio. Reconocí enseguida la voz de Joe Arroyo y eso me puso muy bien. Entonces  él giró para preguntar, mostrándome su hilera de coralina blanca.

--Hey, amigo, ¿de dónde vienes?

Señalé la radio.

--De donde viene él.

En la recepción cogí mis llaves y como había cola para el ascensor, subí por las escaleras. No encontré a ninguno de mis colegas. En la habitación fui al baño a orinar y volví a mi cama para abrir el bolso que aún no me había ocupado en desempacar. Saqué la botella de aguardiente y bebí dos tapitas seguidas. Sobre la cama vecina  había un bolso gigantesco. Me acerqué y leí la etiqueta. Acosta había escrito su nombre completo bien grande, en mayúsculas. No estaba tan mal. No somos precisamente amigos pero nos llevamos bien. Prácticamente nos conocemos desde preparatorio y hemos crecido juntos. Es un tipo agradable, un poco obsesivo con el vestir y eso. Se horroriza si te ve con dos prendas que no congenian. Parece marica a veces, ya. Incluso conoce la isla bastante bien porque viene con frecuencia. Creo que tiene familia aquí. Me asomé a la ventana. Desde el cuarto piso podía ver la piscina vacía, el agua mansa y de vez en cuando las olitas que formaba la brisa. Ya no se veían las heridas sobre el agua de los gotones grandes como semillas de mamey que nos recibieron al llegar a la isla. Pensé en esperarlo para salir pero no duré más de dos minutos sentado en mi cama. Ahora estaba demasiado ansioso y decidí irme sin él. En ese momento tocaron a la puerta. Era el cachaco Rodríguez.

--Oye, ¿no trajeron mi bolso para aquí?

El man se ponía casi en puntas de pie para buscar sobre mis hombros. Estaba demasiado blanco, una grosería aquí en el Caribe.

--¿Lo viste a Acosta?

--No, no. Oye, en serio, no encuentro mis vainas.

--No, te digo. Tengo que hacer --dije mientras lo apartaba de mi puerta y la cerraba con llave.

Un tipo raro ese Rodríguez. Creo que se va a estudiar a Canadá. No insistió conmigo, se fue al cuarto de al lado y tocó a la puerta, buscando a alguien más. Bajé los cuatro pisos saltando de a dos los escalones alfombrados y dejé mis llaves en la recepción. Afuera, en la calle, la acera estaba mojada y no vi a una sola de las putas que nos recibieron en la puerta del hotel con sonrisas e invitaciones tentadoras. Todas eran negras grandotas, de tetas enormes y muslos anchos. El padre Esteban no se había movido de la puerta hasta que el último de nosotros había entrado. No fuera que alguno desviara el rumbo. Tan pronto, mejor dicho.

Me fui a pasear por el centro comercial, perdiéndome en los negocios que te venden de todo, confundiéndome entre los turistas dispuestos a ser despojados por los vendedores del coral, los lancheros de los cayos y los artesanos del coco y el caracol. No habían pasado diez minutos de vagabundear por ahí cuando los encontré a Acosta, Vázquez y  Náder en una perfumería. Náder vestía unas espantosas bermudas anaranjadas y una camiseta azul sin mangas. Es de esos turcos que parecen cachacos. Acosta se olía la mano, probando un aroma de perfume como el gran especialista. Al final todos compramos el  perfume que eligió él. Yo compré dos para Celia y para May, y una colonia para mi tío. Cuando salimos del negocio, todo se había puesto azul y las vitrinas de los negocios, los anuncios, los neones de los bares y restoranes se disputaban la atención con el brillo eléctrico de sus colores. En el cielo algunas nubes negras se acercaban como borrones y esa brisita nocturna y fría de mar salió a parrandear. Vázquez comentó que no había visto ni una sola pelá en la calle.

--Dizque los tours no llegan hasta mañana --nos informó Acosta.

En una esquina lo encontramos a García rendido frente a una tienda de instrumentos musicales, hipnotizado por la danza multicolor de las luces estroboscópicas y las máquinas de ritmo. Cuando quisimos rescatarlo de allí ya era demasiado tarde y estaba conmocionado por los precios del mercado libre, como que es el organizador y disjockey de nuestras minitecas, además de las fiestas de otros colegios de la ciudad, especialmente de niñas que tarde o temprano caen en las nuestras. Eso explica su importancia jerárquica dentro del grupo de colegas, como foco capturador del género femenino. Las luces y las máquinas le habían alegrado el día y se prometió en voz alta que volvería al día siguiente con el dinero. Pareciera que iba a seguir haciendo fiestas por siempre. Como si no se diera cuenta que en unas semanas la mayoría de nosotros no volveremos a vernos porque vamos a estudiar a lugares diferentes. Pero ninguno le dijo nada. Cuando una lluvia tímida comenzó de nuevo volvimos al hotel y ya era completamente de noche. Caminamos por la avenida junto al mar, una pared negra que nos susurraba en los oídos.
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©   Martín Doria

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN V - NÚMERO 17