Yo no sé ser triste
Fernando García García
Joven castellano
Yo no sé ser triste, nunca quise aprenderlo. Mis pocas penas me las robaste tú un uno de abril de hace tanto tiempo, más bien me las sanaste poco a poco durante estos miserables siete años de condena, no porque hayan sido una condena sino porque vivo encadenado a ellos. Y no me pidas que recuerde los buenos momentos porque esta pena que me has regalado ahora extingue todos los recuerdos, me extingue a mí mismo. Intento vivir en la ironía de las cosas, sonrío aunque por dentro me muera, busco gente para no sentir la infinita soledad en la que me has dejado, la soledad de saber que la persona a la que amo, la mujer que yo siempre creí que era parte de mi cuerpo, no me ama. Es imposible para mí reconocerlo, es más duro que no haberte conocido, preferiría no haberte conocido para no sufrir este calvario. Nunca he contemplado una pareja tan perfecta, tan maravillosa en sus imperfecciones como la que formamos hace ya un mundo tú y yo. Tienes que entenderme, tú me dejas a un lado del camino de tu vida y yo sigo pensando que esa vida también es la mía, porque compartirnos me hacía el hombre más feliz de la tierra, y estúpido de mí, pensaba que tú también lo eras. No quiero tus alivios, ni quiero tus consuelos porque para mí es mucho más duro pensar en el mañana que pudrirme en el presente, me quitaste el aire cuando menos lo esperaba y sin embargo te amo. Vivo enganchado al sonido del móvil soñando que me llamas, me dices que sólo ha sido una pesadilla y que me quieres más que a nada en este mundo, ¿cuando fue la última vez? El martes, creo, un día antes de la noche de la infamia.
Siete años y un día, tiene gracia, parece una sentencia. Me duele el escribir y no encuentro las palabras que antes me florecían a la luz de tu sonrisa, echo de menos tu cuerpo, pero más tu presencia en mi interior, tengo un hueco en mitad del pecho que no me abandona y me evoca un beso inocente en una fragua que me está ardiendo. No me duele perderte sólo por no tenerte, me duelen más las cosas que ya no vamos a hacer juntos, esas que alegres planeábamos para un futuro que nos parecía imposible que no estuviéramos juntos, el atardecer en Granada, Buenos Aires, Cuenca, el sobrino que ya no será tuyo, mil besos y mil historias que todavía tengo que contarte, a veces creo que aún estás a mi lado en el sofá y hablamos de mil cosas y nos reímos, y nos abrazamos y cómo te amo.
No sé bien cómo voy a superar esto, aún no quiero superarlo porque eso significaría el adiós infinito y no estoy preparado para ello, pero sé que algún día tendré que salir a flote o hundirme definitivamente, estar ahogándote todo el tiempo es más duro que la muerte. Y no me llores pensando que voy a hacer alguna locura porque no, eso es de valientes y yo siempre fui un mísero cobarde. Saldré, antes o después lograré superar la angustia que me embarga cuando el sol me encuentra despierto en la cama pensando que empieza otro día sin ti. A lo mejor me marcho a algún lugar sin nombre donde tu cara no esté pegada en cada baldosa del suelo, quizá sea la mejor elección, no se lo he dicho a nadie y te lo digo a ti, porque hoy, sólo han pasado cuatro días y me parece que hace veinte años que no te veo, sigo buscándote en el aire para contarte mis proyectos.
¿Quieres ser libre? Primero deberás entender lo que libre significa y descubrirás que nunca vas a ser tan libre como cuando estuviste compartiendo una vida con un parado con ansias de escritor que te soñaba cada noche. Ya sabes lo estúpido que me parece sufrir, pero esta vez me parece la más estúpida de todas.
Disculpa que esta carta no sea una obra de arte, pero no escribe el Fernando al que leías sino el Fernando al que abandonaste.
Pero ni se te ocurra llorar, ni llamarme para consolar mi alma, ni mentirme para hacerme sentir bien. Yo te quería sonriente, alterna, cariñosa y rara, porque cuando estabas conmigo para mí eras inigualable. Ahora que tú no me quieres, (yo quiero a los animales) ironía, puta ironía, no sé como serás ni quizá quiera saberlo para que no me duela tu vida en la mía, no quiero verte por no llorar y aunque pase el tiempo sé que me moriré cada vez que te vea, pensando, ¿por qué hostias tuvimos que ser tan felices?, ¿o sólo lo fui yo? ¿Cuándo dejaste de serlo? No contestes, a lo mejor me llevo otra sorpresa desagradable y la semana ya ha venido cargadita.
Bueno, me despido porque yo tendría una vida que contarte, pero tú no has querido escucharla. Espero, bueno, sé que lo de querer sufrir es una treta de tu cerebro para, no sé para que diablos será, pero espero que llegues a la felicidad o a la tristeza que pretendes y con quien pretendas y espero que mis ojitos, que no están acostumbrados a llorar, no lo vean. La nostalgia es mal ladrillo para construir una nueva vida, así que poco a poco, según me vayan dando las fuerzas, iré desalojando las maletas que has dejado en mi existencia, aunque sería mejor que me llegase pronto otra compañera de viaje con nuevas maletas que echasen a las tuyas, pero no lo creo, no lo espero, no lo quiero.
Y para qué te contaré esto a ti, costumbre. Ironía, puta ironía. No te preocupes por mí porque yo ya no soy nada en ti, vive y haz eso que no podíamos hacer juntos. Yo no soy de los tristes, soy de los fracasados. Ironía, puta ironía.
Sonríe, niña, que con los ojos tan hinchados no te va a querer nadie.
No quiero llamarte niña y sin embargo lo hago.
La última carta se merece un último beso.
_____________________________________________________
© Fernando García García
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 17
Abril-Mayo-Junio de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v5n17triste.html