Ambigüedad y especificidad
en “Tras el antifaz hay un aroma”,
cuento de Guillermo Tedio


Miguel Zapata Ferreira
mz7@evansville.edu

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publicado en la edición 18 del SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA.

Decorum: Aristóteles, en su Ars Poetica, ya definía la estrecha relación que debe existir entre el lenguaje y el tema: el uno debe estar en función del otro. En el cuento “Tras en antifaz hay un aroma”, de Guillermo Tedio, se nota el manejo consciente de este precepto. El lenguaje es deliberadamente polisémico, se mueve entre lo popular y lo culto, la ambigüedad y la especificidad, la contradicción y la aclaración, la incertidumbre y la certeza, la inacción y la acción. Todo ello es apropiado para un tema que recorre la gama de los mismos puntos anteriores.

En efecto, el primer párrafo, como lo establece Quiroga en su famoso “Decálogo del perfecto cuentista”, es ya un anuncio de lo que el lector va a encontrar en todo el cuento, no sólo desde el punto de vista de la forma sino también desde el del fondo. La primera oración, “Mis relaciones con Susana caían inevitablemente al piso”, enfoca la atención del lector en el asunto principal del cuento, asunto que se refiere al narrador protagonista y su mujer. Sin embargo, desde la segunda oración, el narrador mezcla su situación con la de otra pareja, la del Gordo Cepeda y su mujer: “Era un final sin el alboroto de las recriminaciones gritadas y quizás por eso mismo doloroso, porque un escándalo de maldiciones y golpes como el zafarrancho que a diario vivían nuestros vecinos de piso —el gordo Cepeda y su mujer—, quebrándose platos en la cabeza, arañándose la cara y mandándose al infierno [...]”.  Esta mezcla de la situación permea todo el cuento. El narrador protagonista define su situación en comparación con la de sus vecinos; mide sus acciones en relación con las de la pareja Cepeda. Mientras que ésta es ruidosa, un poco masoquista, la de él es silenciosa e inexpresiva. Si embargo, el personaje, a ratos, prefiere la sinceridad de la otra pareja.

Desde el primer párrafo, el narrador cambia de perspectiva, sin aviso, para referirse a sí mismo y a la vez a sus vecinos. Tal situación sugiere que el hilo argumental está entretejido. Así, hacia el final de la narración, el protagonista sugiere que la pareja de esposos disfrazados de marimonda y mono cuco, respectivamente, no sólo había comprendido en profundidad la situación del protagonista sino que además había urdido una estratagema que terminaría proporcionándole la felicidad transitoria pero que iguala los dos hilos argumentales, unificando a los personajes en su visión de las relaciones interpersonales.  
 
El contexto del conflicto es bajtiniano-barranquillero. La orgásmica metáfora, “el carnaval no me cerró las puertas, abrió su vagina promiscua y me atrapó entre sus pliegues de libertad y contacto” amalgama las teorías bajtinianas sobre el aspecto subversivo del carnaval aplicándolas al contexto de ese carnaval específico, concreto de Barranquilla. La subversión se refiere a las relaciones humanas. El protagonista, que no se atreve a iniciar una caricia por temor a ser rechazado, encuentra en el contexto permisivo del carnaval el elemento que le hace falta para liberar su inacción, para dar rienda suelta a una “violenta erección que me dolía entre las ingles”; la tigresa, por su parte, había podido iniciar la caricia que tenía congelada en la sobriedad de su casa.

El carnaval transforma a los personajes como si el mundo carnavalesco actuara mágicamente para desplegar la personalidad encarnada, personalidad que, contradictoriamente, no es actuación sino liberación de su intimidad más sincera. Así, Roberto revela poco a poco su falta de iniciativa, su carencia de metas claras, su vacilación continua que incluye sus fracasos como pintor y como abogado, el tedio ante la rutina. Esa misma inacción es lo que le impide iniciar el juego amoroso con su pareja. En parte por el aburrimiento, por la indecisión, por la falta de comprender que al fin y al cabo, la pasión no estaba acabada sino dormida, esperando ese animal, dios Momo, para liberarse.

Roberto, en una posición intelectual, detesta el carnaval “hasta el extremo de alejarme otras veces a  playas solitarias mientras Barranquilla vive su borrachera de mundo al revés”, pero en su fondo instintivo se identifica con ese mundo no al revés sino “al derecho”, por su sinceridad expresiva. Es en este desorden aparente donde los personajes encuentran su realización. La carencia de definición en las metas de vida quizá puede leerse como que, al fin y al cabo, es lo normal, mientras que la certidumbre sobre los objetivos es una ilusión intelectual fría, desapasionada.  

El contexto carnavalesco bajtiniano está amalgamado de lo autóctono barranquillero, uniendo el cuento así a esa tradición caribeña-colombiana, expresada mediante la intertextualidad, a lo Julia Kristeva, con letras de canciones populares. El chupaflor de la canción vallenata aludida es no sólo índice de su raigambre costeña sino un sema que connota la conquista amorosa, la infidelidad, que resulta siendo la más sincera fidelidad mutua en ese mundo torcido-recto del carnaval. Sorprende también que a pesar de lo específico-regional de estas alusiones, el lenguaje también fluctúa entre la Cultura con C mayúscula y la cultura con c minúscula. Prueba de ello es, para mencionar sólo un ejemplo, el diálogo de Roberto con la empleada del hotel de paso en el que la broma usa las pinturas y esculturas de Botero y Obregón. Lo poético, desde el título, está mezclado con la prosa. La selección de vocabulario universalizante está mezclada con lo coloquial: “aquel naufragio  silencioso  —la cobarde fuga de nuestras caras— hacía más duro el porrazo de la caída”.

El elemento sorpresa, lo que Quiroga llamaba el efecto, realmente funciona. El quinto párrafo presenta a Roberto bailando con una desconocida disfrazada. El sexto ya empieza con el “foreshadowing” de que esa desconocida es su mujer. Así que en este cuento de efecto, como diría Quiroga, la sorpresa no se refiere a la revelación de que la desconocida era realmente su mujer. La sorpresa está dada a nivel poético, y se refiere a toda una filosofía de la vida. La fragancia de lirios dejada en la piel de Roberto, lo que confirma el título y la sospecha, es el contexto para el verdadero efecto: el gordo Cepeda y su mujer son los mejores amigos del mundo. La otra pareja tiene una comprensión de Roberto y su mujer más allá de lo sospechado, la vulgaridad no es vulgaridad sino experiencia, el carnaval no es disfraz sino revelación de la identidad más íntima, franqueza necesaria para darle color a la vida.  La unión del “carnaval y cuaresma,” dos opuestos antitéticos, es el mejor remate para la situación, porque al final la vida es una amalgama de elementos contradictorios, y ello no es excluyente; el hombre se mueve dentro de la paradoja de su vida, y mientras más se acerca a ella, más auténtica se hace su vida. Es así como puede explicarse la trama: un hombre, cuya relación amorosa con su mujer ha caído en el tedio, decide liberar su deseo en la infidelidad pero en ese acto descubre que ama a su mujer, que ella también lo ama, que sus odiosos vecinos son solidarios y hasta cómplices, y termina siendo infiel con su propia mujr.
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©   Miguel Zapata Ferreira

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 18