Un perro llamado Billy Bud
Araceli Otamendi
El hombre y la mujer llegaban al lugar cuando ya oscurecía y los pájaros cantan antes de refugiarse en los árboles para dormir. Parecían un matrimonio que hubiera cumplido hace mucho las bodas de plata. Al principio no sabía si la fuerza de la costumbre o el principio de inercia los traía hasta ahí cada domingo. Casi siempre él vestía de sport, con saco, a veces se ponía corbata. Ella venía vestida con polleras largas y el pelo muy arreglado. Voy a la peluquería, confesaba, los domingos. Me parecía un día raro para ir a peinarse, un sometimiento al mito de la belleza fuera de lugar. Pero, para enterarse de los motivos, supuse, había que esperar, el tiempo lo va descubriendo todo, hace caer las mentiras y los ocultamientos que nos recubren como las capas de una cebolla.
Entablamos conversación porque a ellos y a mí nos gustan los perros y perros ahí, en el club y por las cercanías había muchos. Ellos conocían la historia de cada animal que frecuentaba el lugar. Les gustaba recordar las historias y contarlas. Pero poca gente les hablaba. Tardé un tiempo en dilucidar qué era lo que ocurría con esas personas.
El hombre, que era arquitecto, tenía algunas ideas estrafalarias sobre los diversos temas que ocupan una conversación general. De política y de las noticias de los diarios era mejor no hablar con él. Sacaba a relucir libros desconocidos para mí, extrañas teorías apocalípticas que hacían temblar. Tal vez por eso se había marginado y casi no hablaba con nadie. Yo también, cuando podía, lo evitaba. Ella, que trabajaba junto a él, lo secundaba a veces, pocas, en las opiniones. Lo que más les gustaba a los dos era darles de comer a los perros. Les traían una variedad de comida increíble para animales, alimento balanceado y seco, leche, a veces carne. Disfrutaban a tal punto que los perros comieran y les hicieran fiestas, se trataba de algo así como una fiesta familiar. Después de comer los perros se tendían a los pies de ellos o directamente se les subían encima con gratitud, como prueba de su amor y reconocimiento.
Ahí, en el club, cerca del río, se pasaban momentos agradables, sobre todo en verano. En el parque, debajo de los árboles, junto a los perros que ya habían comido, bebiendo una cerveza o una bebida helada, se podía llegar placenteramente hasta la noche. Durante bastante tiempo concentré mi atención en esta pareja, todas las existencias llevan secretos en sí y eso es lo misterioso de la vida humana. En cuanto a los perros supongo que no los tienen, que su vida es transparente, sin secretos, sin ocultamientos, son fieles, ellos que no tienen nada más que su vida misma nos entregan su amistad y su fidelidad. Fue un tiempo después, cuando la pareja dejó de venir al club cuando empecé a preguntarme qué había sido de ellos. Pasaron unos meses. Un día apareció el hombre solo. Traía como siempre el paquete de comida para los perros. Pero ¿y ella?, ¿dónde estaba? Un club, como un pueblo chico, es un hervidero de rumores. Ellos no son un matrimonio, me decían, viste que vienen tarde para que no los vean. Nunca lo hubiera pensado, eran lo más semejante a un matrimonio constituido durante años que se pueda pensar. Después até cabos, relacioné datos, todo con mi afán de imaginar una historia que me cerrara. Pero ahora el tema era él, que parecía un viudo que atraviesa el duelo. Entonces me confesó su dolor, había sido abandonado por Billy Bud. Un perro con nombre literario, con nombre de marinero, pensé. Ella lo bautizó así, me dijo. El perro era casi enano, había nacido con una pata deforme y cara de boxer, una mezcla rara, dijo. ¿Nunca lo vio por aquí? Sí, dije. Sí, lo había visto pero nunca lo hubiera imaginado. Yo tampoco dijo él. Nunca hubiera imaginado que ella, porque ahora era ella y no la nombraba, se hubiera enamorado de un animal así. Entonces me contó cómo lo rescataron de la calle y de un destino fatal. Vivía abandonado en el puerto, lo había llevado a un veterinario para que no lo matara un camión o un auto, porque Billy Bud no podía correr, era rengo de nacimiento. Cuando ella decidió adoptarlo, el veterinario lo tenía en su negocio, a unos ciento cincuenta kilómetros de la ciudad, a la espera de que alguien se compadeciera y lo llevara.
Hizo una buena obra, ¿no le parece? Sí, sí, claro, atiné a decir, mientras observaba al hombre, las arrugas que atravesaban su cara como caminos en un mapa, los ojos tristes, su desolación. Terminó su historia y me fui. Me faltaba algo. La versión de ella, el relato. No sé si creer en el azar, pero la encontré a ella en el supermercado pocos días después. Esto ocurrió por primera y única vez ya que nunca más la volví a encontrar. La detecté frente a la góndola de las carnes, elegía cuidadosamente lo que iba a llevar. La observé durante algunos segundos, después la saludé. Enseguida me relató la historia con final feliz, al menos para ella. Ya no voy al club, dijo, ahora tengo a Billy Bud. Le tengo un cariño tan especial, dijo. Pero ¿y él? Vos sabés que nosotros no estábamos casados, dijo. No le contesté, ¿tenía alguna importancia?
Me cansé de ir al club, me cansé de todo, dijo. Ahora lo tengo a Billy Bud.
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© Araceli Otamendi
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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