Bolívar,
el río enfermo que regresa
Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio
Universidad del Atlántico
De regreso, Bolívar sale de Santafé de Bogotá el 8 de mayo de 1830, traicionado y enfermo, y baja por el río Magdalena: “Dijo que se iba de regreso, no tanto para buscar alivio a los quebrantos del cuerpo, que eran muchos y más dañinos, como podía verse, sino tratando de descansar de las tantas penas que le causaban los males ajenos” (GL, p. 111). Son dos heridas las que trae Bolívar: las físicas (tuberculosis) y las más dañinas, las traiciones de los santafereños encabezados por Santander, y la anarquía que amenaza al país en manos de unos oportunistas a los que la independencia les había quedado grande. “Era la cuarta vez que viajaba por el Magdalena y no pudo eludir la impresión de estar recogiendo los pasos de su vida” (p. 102). En esa perspectiva y quizás dentro de una tradición romántica, García Márquez traspasa al río Magdalena la subjetividad disfórica que embarga al Libertador. En muchos párrafos de la novela El General en su laberinto (1), se aprecia esta hermandad en el dolor entre Bolívar y el río de la patria. Cuando Bolívar llega a Mompox, leemos: “El caudal del río era todavía escaso por las pocas lluvias de mayo, de modo que debían escalar un barranco de escombros para llegar hasta el puerto. El general rechazó de mal modo a alguien que quiso cargarlo, y subió apoyado en el brazo del capitán Ibarra, titubeando a cada paso y sosteniéndose a duras penas, pero logró llegar con la dignidad intacta” (p. 110, énfasis agregado).
En su viaje de regreso, el primer contacto de Bolívar con el río Magdalena se da en Honda, ciudad de la que se transmite una imagen sepulcral: “A las dos de la tarde coronaron la última colina, y el horizonte se abrió en una llanura fulgurante, al fondo de la cual yacía en el sopor la muy célebre ciudad de Honda, con su puente de piedra castellana sobre el gran río cenagoso, con sus murallas en ruinas y la torre de la iglesia desbaratada por un terremoto” (GL, p. 73). Allí en la ciudad, “apenas si probó la sopa de tortuga de río que le dejó un regusto desdichado” (p. 76). Más adelante, “se echó a nadar en un remanso del río”, “pero quienes vieron su costillar de perro y sus piernas raquíticas no entendieron que pudiera seguir vivo con tan poco cuerpo” (p. 79).
Esta imagen de un Bolívar moribundo, paralelo a un río Magdalena cenagoso, acentúa una de las obsesiones temáticas de García Márquez, cual es la del muerto vivo que recorre toda su obra narrativa. El Bolívar que baja por el río Magdalena es un cadáver agrietado por la tuberculosis y los males morales. Ni siquiera puede lograr que la compañía del comodoro Elbers le conceda un buque de vapor para viajar desde Honda hasta la costa y tiene que conformarse con el viaje en champán, una especie de ataúd flotante: “Hacía siete años que él le había concedido un privilegio especial al comodoro alemán Juan B. Elbers, para que iniciara la nevegación a vapor. El mismo había ido en uno de sus buques desde Barranca Nueva hasta Puerto Real, camino de Ocaña, y había reconocido que era un modo de viajar cómodo y seguro. Sin embargo, el comodoro Elbers consideraba que el negocio no valía la pena si no estaba respaldado por un privilegio exclusivo, y el general Santander se lo concedió sin condiciones cuando estaba encargado de la presidencia. Dos años después, investido con poderes absolutos por el congreso nacional, el general desbarató el acuerdo con una de sus frases proféticas: «Si les dejamos el monopolio a los alemanes terminarán traspasándolo a los Estados Unidos». Más tarde declaró la total libertad de la navegación fluvial en todo el país. De modo que cuando quiso conseguir un buque de vapor para el caso de que decidiera viajar, se encontró con dilaciones y circunloquios que se parecían demasiado a la venganza, y a la hora de irse tuvo que conformarse con los champanes de siempre” (GL, p. 89). Y luego se dice: “Mayo era el primero de los meses buenos para los buques del comodoro Elbers, pero los meses buenos no eran los mejores para los champanes. El calor mortal, las temperaturas bíblicas, las corrientes traidoras, las amenazas de las fieras y las alimañas durante la noche, todo parecía confabulado contra el bienestar de los pasajeros” (p. 92). Y al salir, Bolívar “apareció en la popa del champán despidiéndose con el sombrero, sin mirar a nadie entre los grupos que le mandaban adioses desde la ribera, sin ver el desorden de las canoas alrededor de los champanes ni los niños desnudos que nadaban como sábalos por debajo del agua” (p. 91).
La flota que baja por el río Magdalena está conformada por ocho champanes, entre ellos, uno con un cobertizo especial para proteger el cargamento y un toldo para la hamaca del Libertador. Un timonel y ocho bogas que lo impulsan con palancas de guayacán, integran su tripulación.
En su “viaje de regreso a la nada” (GL, p. 91), Bolívar se fija en la destrozos hechos en la selva de las orillas para conseguir la leña que alimentaba las calderas de los buques de vapor: “habían empezado a dejar atrás unas balsas hechas de enormes troncos de árboles, que los taladores de las riberas llevaban a vender en Cartagena de Indias. Eran tan lentas que parecían inmóviles en la corriente, y familias enteras con niños y animales viajaban en ellas, apenas protegidas del sol con escuetos cobertizos de palma. En algunos recodos de la selva se notaban ya los primeros destrozos hechos por las tripulaciones de los buques de vapor para alimentar las calderas.
«Los peces tendrán que aprender a caminar sobre la tierra porque las aguas se acabarán, dijo él» (p. 97).
A este paisaje desolador, se agrega la imagen de los animales que pueblan las orillas del río: “El calor se volvía intolerable durante el día, y el alboroto de los micos y los pájaros llegaba a ser enloquecedor, pero las noches eran sigilosas y frescas. Los caimanes permanecían inmóviles durante horas en los playones, con las fauces abiertas para cazar mariposas. Junto a los caseríos desiertos se veían las sementeras de maíz con perros en hueso vivo que ladraban al paso de las embarcaciones, y aun en despoblado había trampas para cazar tapires y redes de pescar secándose al sol, pero no se veía un ser humano” (GL, p. 97).
De Honda, los viajeros se detienen en Puerto Real, salida de Ocaña al Río Magdalena y luego en Mompox: “A medida que descendían, el río se había ido haciendo más vasto y solemne, como una ciénaga sin orillas, y el calor fue tan denso que se podía tocar con las manos” (GL, p. 107). Y luego, ya frente a Mompox: “El general abrió los ojos atormentados, se incorporó en la hamaca, y vio en la luz de aluminio del mediodía los primeros tejados de la muy rancia y afligida ciudad de Mompox, arruinada por la guerra, pervertida por el desorden de la república, diezmada por la viruela. Por aquella época empezaba el río a cambiar de curso, en un desdén incorregible que antes de terminar el siglo había de ser un completo abandono. Del dique de cantería que los síndicos coloniales se apresuraban a reconstruir con una tosudez peninsular después de los estragos de cada creciente, sólo quedaban los escombros dispersos en una playa de cantos rodados” (p. 108). Y entonces, de la ciudad se hace esta descripción histórica: “Santa Cruz de Mompox había sido durante la colonia el puente del comercio entre la costa caribe y el interior del país, y éste había sido el origen de su opulencia. Cuando empezó el ventarrón de la libertad, aquel reducto de la aristocracia criolla fue el primero en proclamarla. Habiendo sido conquistado por España, fue liberado de nuevo por el general en persona. Eran solo tres calles paralelas al río, anchas, rectas, polvorientas, con casas de un solo piso de grandes ventanas, en las cuales prosperaron dos condes y tres marqueses. El prestigio de su orfebrería fina sobrevivió a los cambios de la república” (p. 109).
De Mompox salen el domingo 21 de mayo y luego llegan a Zambrano: “Más impulsados por las aguas propicias que por los bogas, los champanes dejaban atrás los precipicios de pizarra y los espejismos de los playones. Las balsas de troncos que ahora encontraban en número mayor parecían más veloces. Al contrario de las que vieron los primeros días, en éstas habían construido casitas de ensueño con tiestos de flores y ropa puesta a secar en las ventanas, y llevaban gallineros de alambre, vacas de leche, niños decrépitos que se quedaban haciendo señales de adiós a los champanes mucho después de que habían pasado. Viajaron toda la noche por un remanso de estrellas. Al amanecer, brillante bajo los primeros soles, avistaron la población de Zambrano” (GL, p. 124).
En la medida en que se acercaban a la costa, “La selva era menos densa después de Zambrano, y los pueblos se hicieron más alegres y coloridos, y en algunos había músicas callejeras sin ninguna causa” (GL, p. 130). “La mayoría de los oficiales, animados por la proximidad del mar que se hacía cada vez más evidente en la ansiedad de la naturaleza, soltaban las riendas de su buen ánimo natural ayudando a los bogas, cazando caimanes con arpones de bayoneta, [...]” (p. 130). “La navegación era más rápida y serena, y el único percance lo ocasionó un buque de vapor del comodoro Elbers que pasó resollando en sentido contrario, y su estela puso en peligro los champanes, y volteó el de las provisiones. En la cornisa se leía el nombre con letras grandes: El Libertador” (p. 131). Y luego: “Poco después empezaron a pasar por debajo de los champanes unos peces inmensos extraviados entre las estrellas del fondo, y se sintieron las primeras ráfagas de la podredumbre del nordeste. No era necesario verla para reconocer la potencia inexorable que infundía en los corazones aquella rara sensación de libertad. «¡Dios de los pobres!», suspiró el general. «Estamos llegando». Y así era. Pues ahí estaba el mar, y del otro lado del mar estaba el mundo” (p. 137).
Después de Tenerife y Barranca Nueva, están finalmente en Turbaco: “Al contrario del clima general de la costa, ardiente y húmedo, el de Turbaco era sano y fresco por su situación sobre el nivel del mar, y a la orilla de los arroyos había laureles inmensos de raíces tentaculares a cuya sombra se tendían a sestear los soldados” (GL, p. 139). Pero a pesar de las bondades del clima de Turbaco, población a la que había llegado el 2 de octubre, el general “estaba peor de lo que revelaba su mal humor, así se empeñara en ocultarlo, y hasta su mismo séquito observaba día tras día su erosión insaciable. No podía con su alma. El color de su piel había pasado del verde al amarillo mortal. Tenía fiebre, y el dolor de cabeza se había vuelto eterno” (p. 140).
De Turbaco, el general pasa a Cartagena donde permanece algunos días, luego regresa a Turbaco y sigue hasta Soledad (15 de octubre), que “tenía el nombre bien puesto: cuatro calles de casas de pobres, ardientes y desoladas, a unas dos leguas de la antigua Barranca de San Nicolás, que en pocos años había de convertirse en la ciudad más próspera y hospitalaria del país. El general no hubiera podido encontrar un sitio más apacible, ni una casa más propicia para su estado, con seis balcones andaluces que la desbordaban de luz, y un patio bueno para meditar bajo la ceiba centenaria” (GL, pp. 212-213). Luego el general irá a Barranquilla (8 de noviembre) y días después a Santa Marta (1 de diciembre), donde morirá, el 17 del mismo mes de 1830, en la quinta de San Pedro Alejandrino, siete meses y diez días después de haber salido de Bogotá.
NOTA:
(1) Todas las citas son tomadas de: Gabriel García Márquez. El General en su laberinto. Bogotá, Oveja Negra, 1989.
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© Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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