Los primeros cuentos de Marvel Moreno,
en el centro de de su contrapunto

Ariel Castillo Mier
facasil@metrotel.net.co
Universidad del Atlántico

Al pensar en la obra de Marvel Moreno es imposible dejar de asociarla con el nombre de Jacques Gilard, su albacea literario, personaje clave en su edición, estudio y difusión, a quien estamos en mora de agradecerle no sólo este empeño, sino su generosa dedicación al estudio de la cultura y la literatura del Caribe colombiano.

Cuando doña Gloria Triana me llamó para invitarme a este evento, recordé  automáticamente a Jacques Gilard y aquel encuentro que el organizó en Toulouse en la primavera de 1997, y me senté a escribirle una carta.  Al releerla he considerado que, dada la brevedad del tiempo asignado a mi intervención, bien podría ser esa epístola, con las adiciones académicas pertinentes, mi participación aquí, de manera que Jacques estuviera, al menos simbólicamente, con Marvel y nosotros.

Barranquilla, 2 de marzo de 2004

Jacques:

El jueves, en celebración del Día Internacional de la Mujer, la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer ha organizado, en Cartagena, el Encuentro de Mujeres Escritoras “Ellas cuentan”, en homenaje a Marvel. Yo figuro entre los invitados, junto con Ramón Illán Bacca, Cristo Rafael Figueroa, Luz Mery Giraldo, Blanca Inés Gómez, Roberto Burgos, Betty Osorio y María del Rosario Aguilar. Me corresponden quince minutos y, como siempre, propuse hablar, como pedía Lezama Lima, del escritor en el centro de su contrapunto: Marvel en el contexto caribeño colombiano. Y he estado releyendo los primeros cuentos (para mí lo mejor de Marvel: allí está todo) y algunos trabajos críticos (el de Carmen Lucía Garavito [1], el que más me gusta) y las dos entrevistas (la tuya [2] y la de Ignacio Ramírez [3], ¿Hubo más?).

Al pensar en la obra de Marvel es inevitable que tu imagen deambule por la memoria y que acuda el recuerdo de los mínimos pero intensos días académicos y cordiales de Toulouse. Cuando me invitaron a Cartagena, pensé, de inmediato, en un título: “Mujeres marvelianas”. La idea era armar una galería con sus personajes femeninos, pero luego se me ocurrió, más afín con mi formación y mi trabajo de investigación, otro título, “Marvel vuelta a visitar”, con la intención de plantear un balance del primer periodo creativo, que abarca de 1969 a 1977 y culminó con la edición de Algo tan feo en la vida de una señora bien en 1981.¿Cómo se sienten esos cuentos más de un cuarto de siglo después de su escritura?

Y se me han ocurrido algunas cosas que pienso poder ordenar, pero ya no para este viernes. Me gustaría quizá desarrollar, a partir de la cronología que tú estableces, un estudio de la trayectoria creadora de Marvel en ese primer libro e incluso señalar los vínculos con el resto de la obra conocida, sobre todo, con la novela. Si mal no estoy el orden cronológico de los cuentos es el siguiente: 1. “El muñeco”, 2. “Oriane, tía Oriane”, 3. “La sala del niño Jesús”, 4. “Ciruelas para Tomasa”,  5. “Algo tan feo en la vida de una señora bien”, 6. “Autocrítica”, 7. “La muerte de la acacia”, 8. “La eterna virgen”, 9. “La noche feliz de Madame Ivonne”

La lectura en ese orden revela la paulatina creación de un universo narrativo —motivos, temas, ambientes, espacios, personajes, lenguaje, técnicas, opciones estilísticas, visión del mundo (ideología)—: cómo Marvel va encontrando, cuento a cuento, el tono, el lenguaje, la perspectiva y los materiales para la novela. Sin olvidar que ya el libro en sí, podría considerarse como una gran novela, de acuerdo con la concepción de Cepeda Samudio, según la cual “La novela es en realidad una serie de cuentos unidos por uno o varios relatos” [4].

En Algo tan feo en la vida de una señora bien parece que Marvel estuviera escribiendo siempre el mismo cuento: ello constituye la prueba máxima de la autenticidad y la fatalidad de su escritura. Podría incluso proponerse un ejercicio interesante: la lectura de los cuentos por parejas o por grupos, lo cual contribuiría a revelar la multiplicidad de los vínculos entre los textos, los numerosos vínculos entre sí, además de los múltiples paralelismos. Cuando se asocian los cuentos, intercambian sus irradiaciones como las figuras de tía Oriane que cambiaban al mirarlas al trasluz.

“El muñeco” y “Oriane, tía Oriane” son cuentos que tienen que ver con los avatares, con frecuencia dolorosos y un tanto mediocres, del artista: en el primero, frente al patio, una tejedora de crochet con fines comerciales que, cual Parca, marca el destino de ese pequeño monstruo que es el niño en persecución constante de su muerte; en el segundo, frente al jardín y cerca del mar, una dibujante de arabescos que recrea con el anzuelo de su lápiz las remotas escenas de un pasado feliz. Las mansiones mohosas y rancias, llenas de lagartijas y telarañas, con sus salones polvorientos y poblados de espejos,  gobelinos y cuadros, el jardín modernista con sus cayenas y sus acacias, visitado por pájaros tropicales, y el mar y el patio caribes serán en el futuro los lugares recurrentes del universo marveliano

“Oriane, tía  Oriane” y “La Sala del Niño Jesús” son cuentos de educación, de formación, de magisterio vital: los dos escenifican a través de gestos y silencios la ritual transmisión, de mujer a mujer, de un saber genérico ancestral que trasciende la palabra; en los dos se opta por la renuncia a la vida o su sustitución, ya por el arte, ya por la religión; en los dos las protagonistas padecen las arbitrariedades de padres airados, autoritarios y alcohólicos; en los dos el tiempo se mueve en círculo. La perspectiva sabia y escéptica de Elisa anticipa la de la abuela demiúrgico de la novela En diciembre llegaban las brisas.

“Oriane, tía Oriane” y “Ciruelas para Tomasa” son cuentos con conflictos de casa grande —con su odio al padre, sus figuras cabalgando en las noches de luna el brioso potro del deseo, el ronco y mordiente acecho del incesto, el silencio rancio y sólido de la desolación y infeliz final de las estirpes condenadas a la rencorosa soledad—, condensados en la vida sintetizada del cuento. En los dos se dan el descubrimiento del cuerpo y el luminoso nacimiento del erotismo, seguidos de las creíbles pero tristes historias de los amores truncos de cándidas jóvenes y de los abusos dictatoriales de sus padres sin alma. No obstante, se insinúa, no sólo un cambio de actitud en los personajes femeninos frente a su conflicto con la sociedad patriarcal —la alianza solidaria entre mujeres de la misma o de diversas generaciones (las ganas de agradecer y besar de María; el regalo de las ciruelas a Tomasa) como mecanismo de defensa que si bien no culmina en una victoria inmediata, pues la derrota se repite, sí abre las puertas a un futuro distinto—, sino también, una evolución ideológica por parte de la autora que desdeña la resignación y le apuesta a la lucha sutil y a las posibilidades balsámicas de la palabra leal. Con estos dos cuentos contrastan “Algo tan feo en la vida de una señora bien” y “Autocrítica” en los que el suicidio sella la derrota femenina (y de la condición humana, en general) a causa del afán de poder y la alienación de ciertas madres y abuelas que interrumpen la solidaridad entre mujeres y la transmisión, de una generación a otra, del saber atesorado en el dolor.

“La sala del Niño Jesús” y “Ciruelas para Tomasa” son cuentos sicológicos en los que el mundo interior predomina sobre las acciones y la paulatina invasión del pasado se cierne sobre el efímero presente, pero entre los dos se vislumbra un cambio fundamental: el paso de una conciencia central a la multiplicidad de las conciencias. Asimismo se afina aquí el deslumbrante manejo del tiempo que se convertirá en uno de los rasgos sobresalientes de la novela.

“La sala del Niño Jesús” y “Autocrítica” son cuentos críticos de la educación religiosa católica por su complicidad constante con el poder y la opresión de la mujer, por su morbosa proscripción del deseo que conduce al vaciamiento de la identidad para poder sobrevivir a duras penas. De un cuento a otro se verifica la intensificación del humor que se afila hasta la mordacidad de la sátira. Del simbolismo hermético basado en las secretas e inasibles analogías se pasa, pues, a la ironía mordiente que desnuda el materialismo de lo sagrado, sus tentaciones terrenales.

Uno de los aciertos mayores de Algo tan feo en la vida de una señora bien estriba en la organización del libro, la disposición de los cuentos que ponen de manifiesto su unidad estructurada. Se trata de un caso casi excepcional en la literatura colombiana, aunque relativamente frecuente en la narrativa caribeña: el libro de cuentos concebido como tal, y no la simple recopilación: Todos estábamos a la espera, Los funerales de la Mamá Grande, Lo amador, De gozos y desvelos, El espía inglés y Hotel Bellavista. Porque es evidente la estratégica y funcional colocación de los cuentos inicial y final. Oriane es el pórtico del libro y proporciona las claves de lectura del mismo, la actividad hermenéutica orientada por Oriana hacia la desconfianza en las apariencias y la propuesta de una lectura profunda, entre líneas, cómplice incluso, de un mundo encantador, pero horrible y confuso. Temprana autoconciencia, “Oriane, tía Oriane” pone de manifiesto una poética narrativa que rige toda la obra de Marvel.

Llama la atención por su precocidad la perfección formal de “El muñeco”, lo cual prueba que debieron existir intentos anteriores (¿desconocidos?, ¿irrecuperables?) que le permitieron a la autora madurar su oficio. El cuento es evidentemente cortazariano, una propuesta novedosa en el país —xceptuando a Cepeda, GGM y Espinosa— de una narrativa fantástica, cargada de elementos neuróticos y mágicos. Algo oscuro subyace tras las tranquilas apariencias, un intenso infierno, un hervor de pasiones y oscuras tendencias -incestos, suicidios, depresiones, enfermedades, venganzas, odios, resentimientos sociales-. Digo que el cuento recuerda a Cortázar no solo por su aparición un tanto tardía como cuentista -a los 30 años-, con la seguridad que proporciona una adquirida madurez, sino por su técnica misma, ese ritmo creciente, musical o marino —de pleamarvel y bajamarvel—, la palabra muñeco repetida casi en cada párrafo va creando un clima, una expectativa hasta su definitiva y mortal desaparición. Quizá tras esto subyace una concepción mágica, brujeril de la palabra y de la imagen. (Igual va a ocurrir en “Autocrítica” con el verbo hundir que se insinúa desde las primeras líneas y se reitera estratégicamente revelando una copiosa cautela con los vocablos al igual que en “Algo tan feo en la vida de una señora bien”, la imagen de la mosca atrapada y agonizante. Tres cuentos de suicidas en los que sobresale el sabio manejo del correlato objetivo.). Hay, pues, una gran maestría técnica en “El muñeco”, su comienzo con un clima sosegado y esperanzador, la sospecha de un orden positivo que poco a poco se resquebraja hasta destruirse. Ese muñeco de trapo lo topamos otra vez en las gavetas de Oriane al igual que, en su mansión marina, el vuelo presagioso del toche y otros pájaros del jardín caliente.

Marvel trabaja menos con personajes, a la manera realista, que con tipos y arquetipos o figuras. Aunque los nombres son claves quizá por su poder connotador a nivel personal (Elisa, Federico, Julia, Laura), lo clave es lo genérico, no lo individual: la bruja (una constante), la madre castradora, la abuela sabia, hada protectora o perversa, el amante memorable pero efímero, el esposo patriarcal, la tía cómplice, el padre inocuo, el artista marginado, el revolucionario impertinente. Es su elección, otra vez en la órbita cortazariana, pero enriquecida por un gran bagaje sicológico y sicoanalítico con un jubiloso juego junguiano. La suya no es la crónica balzaciana, sino una lectura simbolista, mallarmeana de la realidad, mediante la supresión de la confidencia directa. En los primeros cuentos, impregnados incluso de un lirismo dosificado, eficaz.

“Oriane, tía Oriane” es quizá el texto que más se aproxima a García Márquez. Pero no es ese García Márquez silvestre y superficial que uno encuentra enquistado en tantos narradores menores, víctimas de la peste del garciamarquismo, sino un GGM profundamente asimilado, atentamente leído. Cuántas sutiles similitudes con “El huésped” y “Un hombre viene bajo la lluvia”, pero, sobre todo, la afinidad con una poética taumatúrgica explícita en este cuento que nos recuerda a un Melquíades, esta vez con falda, mucho más de carne y hueso y humanidad, con fracasos amorosos y familia, pero también mucho más creador, menos inventor, con su cuarto a salvo de las corrupciones del tiempo, y la certeza de que se puede despertar el ánima de las cosas (dormidas) y provocar el desastre. Fidelia, bruja sabia por vieja y por diabla, lo adivinó muy bien.

De alguna manera “La noche feliz de Madame Ivonne” es una síntesis al tiempo que un salto cualitativo en la concepción del relato. Funciona a manera de cierre recogiendo los diversos motivos y aportando otros. Es interesante por su carácter paradójico y su significación múltiple el truco de los ebrios observadores franceses, en pleno carnaval, el cual confiere verosimilitud plena al estallido de una sarta de impertinencias y críticas de demolición que amplían (y universaliza) las perspectivas del universo narrativo marveliano –lo social cunde y el tiempo histórico se instala- y añaden el ingrediente del sano humor que inscribe a Marvel en la venerable e irreverente tradición de los diálogos lucianescos que Cervantes, Voltaire, Diderot, Dostoievski ("Bobok") y José Félix Fuenmayor tan bien renovaron. Sorprende que ese cuento haya sido escrito por una exreina del carnaval, no sólo por la riqueza cultural, el vasto equipaje con el que Marvel sustenta su percepción de la fiesta y de sus relaciones con la sociedad, sino por la comprensión profunda de sus contradicciones e implicaciones que revela, de manera íntima y distante a la vez.

La narrativa de Marvel dialoga a su vez con las producciones anteriores o posteriores de sus pasiones. La femenina consumación de una venganza en “La muerte de la acacia”, cuento en el que Genoveva devuelve al estéril Federico a la fertilidad de la tierra que lo transforma en alta acacia que, no obstante, deberá sufrir una nueva metamorfosis cuando el fuego fecundo del  rayo con que la naturaleza corrige sus monstruos masculinos o no lo conviertan en cenizas cargadas de sentido nos remiten al brutal pero eficaz tejido con aguja de enfardelar de Matea con el que cose la mortaja tropical en la que envuelve a su marido antes de purificarlo mortalmente su destino con un bautizo de agua hirviendo en el cuento “En la hamaca” de José Félix Fuenmayor. El parricidio ecuestre presente en “Ciruelas para Tomasa” se emparienta con el asfixiante asesinato de El cadáver de papá de Jaime Manrique Ardila.

Se puede examinar asimismo el diálogo de afinidades y contrastes que establece la obra de Marvel con sus antecesoras caribeñas. "Una vivienda encantadora" (1926) de Lydia Bolena (esposa de periodista) conversa con “La muerte de la acacia” y “Algo tan feo en la vida de una señora bien”, al desarrollar tempranamente en el Caribe colombiano el mismo tópico del sepulcro blanqueado, la mansión sosegada, limpia y bien iluminada que oculta una historia sórdida y aniquiladora. Contrastan, en cambio, la resignación recalcitrante en “Marsolaire” (1941) de Amira de la Rosa, su mundo de sobreentendidos e implícitos y su silencioso pudor con la resistencia moral y la revelación cruda, quemante que se inicia en Marvel con “Ciruelas para Tomasa”. Pueden contrastarse también las visiones del carnaval —el patetismo sombrío de una y la risa suave y luminosa de la otra— en “Desolación” (1946) de Olga Salcedo de Medina y “La noche feliz de Madame Ivonne” de Marvel. Mantienen afinidades evidentes el mundo interior, la mentira de la convención social y sus efectos constrictores y alienantes como la realización amorosa en el plano onírico o del delirio del cuento “Esta noche a las nueve” (1947) de Marzia de Lusignan con “La eterna virgen” y “Oriane, tía Oriane” de Marvel. De igual modo es indiscutible la proyección de Marvel en narradoras posteriores que ya se atreven a nombrar el sexo como Freda Mosquera.

Pocos escritores colombianos configuran un universo tan personal, reconocible a leguas, pleno de ruidos y ecos, de luces y claroscuros, de seres que caminan en puntillas y opacas figuras enlutadas que vagan entre los árboles y vagas siluetas de jinetes fantasmales con capas negras cabalgando caballos ardorosos sobre la arena ardiente de la playa desierta y frescas y húmedas adolescentes de pelo suelto y vestidos transparentes y maduras mujeres marchitadas por las arbitrarias convenciones sociales y por la tiranía tropical del tiempo, sombras nada más.

He releído las semblanzas de Caravelle y ninguna da una imagen viva de Marvel para quienes no la conocimos. Es como si nadie la hubiera visto, vano fantasma vuelto letra dura. Todos son retratos planos que hablan más del pintor que del personaje pintado. Para mí la mejor no está allí: la de Falquez. No hay la memoria de una conversación concreta, no hay un olor ni un gesto, nada de su cotidianeidad caribeña saturada de supersticiones y zetas. Quizá la excepción sea Ferré. Con lo que quiero pedirte que tú tienes que llenar ese vacío con tu palabra, con los documentos que conoces, las glosas a la entrevista y las posibles supresiones, (¿no dejó diario Marvel?), tu conocimiento del sinuoso Plinio (¿cuánto habrá allí de Federico?), los cambios y las correcciones en los manuscritos, los referentes reales de las obras. Los datos que aporta Fourier en su semblanza son claves, en especial para un cuento como “Autocrítica”. Pero es evidente que allí está tu mano mágica también, similar a la de Oriane para María y los lectores.

Un abrazo,

Ariel

Notas:

[1]. Carmen Lucía Garavito, “Ideologías y estrategias narrativas en Algo tan feo en la vida de una señora bien” en M.M. Jaramillo y otras, eds., Literatura y diferencia. Escritoras colombianas del siglo XX, Bogotá/Medellín, Uniandes/Universidad de Antioquia, 1995, Vol I: 399-425.

[2]. Jacques Gilard, “Algo tan feo en la voda de una señora bien. Entrevista con Marvel Moreno”, Magazín Dominical de El Espectador, Bogotá, 8 de noviembre de 1981: 4-5.

[3]. Ignacio Ramírez y Olga Cristina Zurriago, “La palabra es muy pobre. Entrevista con Marvel Moreno” en Hombres de palabra, Bogotá, Cosmos, 1989: 273-285.

[4]. Citado por Jacques Gilard, “El grupo de Barranquilla y la renovación del cuento colombiano” Lectura crítica de la lieratura americana. Actualidades fundacionales Tomo IV. Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1997: 43.
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©   Ariel Castillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 18