Arráncame la vida:
En la cocina con Ángeles Mastreta

Mercedes Ortega González-Rubio
Merr_19@yahoo.com


La literatura escrita por mujeres poco o nada le huye a los temas que han sido estereotipados como femeninos. La novela Arráncame la Vida, de Ángeles Mastretta, publicada por primera vez en 1985, best-seller en México y en el extranjero, no es la excepción. Entre otros asuntos de mujeres, el de la cocina se encuentra repetidamente en este texto.

La novela (1), ambientada en el México de los años cuarenta y cincuenta, cuenta el periodo de la vida de Catalina comprendido entre su matrimonio, siendo una adolescente, con el general Andrés Ascencio, y su viudez, aproximadamente quince años más tarde. Al ser Andrés gobernador del estado de Puebla y más tarde asesor del presidente, la vida de su mujer oficial, la primera dama y en varias oportunidades asistente personal, no puede estar alejada del mundo de las relaciones públicas. Además de las apariciones en actos políticos y de beneficencia, Catalina debe organizar infinidad de desayunos, almuerzos y cenas para los personajes con los que su marido tiene tratos:

Conocía yo las vacaciones con quince invitados y tres comidas diarias, más aperitivos, galletas, y café a todas horas (p. 158).

Es interesante realizar una lectura de la novela desde la comida, casi en su totalidad platos típicos mexicanos. Se describen desayunos, meriendas, almuerzos, y sobre todo cenas, en donde se teje la política del país y la vida íntima de los personajes. Allí se planean asesinatos, se conocen posibles amantes, se realizan o se acaban alianzas.

La Catalina narradora cuenta su forma de asumir el papel tradicional de la mujer mexicana de la primera mitad del siglo XX, con el que ella a veces no se siente plena, que debe ser el de madre y esposa pasiva y sumisa, excelente administradora del hogar y de respetable moral cristiana en sociedad. Sin embargo, no menciona nunca conflictos con sus ocupaciones culinarias.

Catalina no sabe cocinar al casarse con Andrés; al criticarla éste, ella asiste a clases con las hermanas Muñoz en las que se hace experta en guisos:

Batía pasteles a mano como si me cepillara el pelo. Aprendí a hacer mole, chiles en nogada, chalupas, chileatole, pipián, tinga. Un montón de cosas (p.19)..

Así Catalina es más aceptada por su esposo, integrándose a la sociedad por medio de la institución del matrimonio.

Cocinar es uno de los saberes fundamentales que debe tener la mujer para poder casarse. Las Muñoz comentan:

De las mujeres depende que se coma en el mundo y esto es un trabajo, no un juego (p. 25).

Catalina realiza este trabajo sin reñir con él hasta el final de la novela. Enumera constantemente los alimentos, como orgullosa de su conocimiento: duraznos, manzanas, plátanos, pasitas, almendras, granadas, jitomates, frijoles.  

Además de subsanar la necesidad básica de la alimentación, cocinar sirve, al igual que bordar o leer novelas rosas, para llenar el abundante tiempo muerto de las mujeres de la clase acomodada. Las clases de cocina son lugar del chisme femenino. Catalina no entra en esta actividad porque pronto descubre que es su vida la que está siendo criticada; ella aún no tiene la fuerza para soportarlo ni la inteligencia para aprovecharse de ello.    

La cocina le da un cierto poder a Catalina; es ella quien prepara los menús de las cenas de su marido con los políticos de turno, es decir que puede decidir lo que otros se llevarán a la boca y deglutirán. Si bien este poder es en apariencia  ridículo, de mucho le servirá no quejarse y aceptar el rol femenino en la cocina pues al final esto será precisamente lo que la liberará, envenenando, a propósito o no, a Andrés. Catalina puede hacer que los demás se metan a la boca lo que ella quiera; el general se toma sin siquiera pensarlo el té que ella le da, y que finalmente lo mata.

Otra función que cumple la comida en la novela es la de expresar los estados de ánimo de la narradora-protagonista: si está deprimida come “un pedazo de lechuga, otro de queso y dos huevos cocidos” (p. 81) o “galletas con helado o cacahutes con limón y chile” (p. 112); cuando mejora, “pan con mantequilla y mermelada y [...] té negro con azúcar y crema”. (p. 81) En varias oportunidades confiesa que cuando pasaba por crisis emocionales, se obsesionaba con la organización de las comidas.

A su vez, la comida sirve para estereotipar al hombre, que además de ser un político corrupto, cruel e inhumano, manipulador, mujeriego, es el tragón sin remedio que muere por la boca.

El retrato de Catalina pretende no ser el de la típica mujer mexicana, e incluso latinoamericana, tendiendo más bien a ser una especie de heroína precursora de las feministas. Esto no se logra realizar en el aspecto alimenticio, ni en otros como el de la sexualidad, la maternidad, la vida social, etc. Catalina juega su rol hasta el final, el día del entierro de su esposo; después de la muerte del general, ella seguirá guisando.

Quizás las contradicciones sean propias de la identidad femenina. Desde el comienzo, Catalina es pasiva, no escoge casi ninguna de sus ocupaciones; estas le van llegando y ella las realiza casi autómatamente: esposa, pareja sexual, madre, cocinera, organizadora de eventos, viuda, incluso el hecho de ser amante parece que se le impusiera. Es también activa, a veces no se siente totalmente a gusto con estos papeles que le van tocando en el transcurso de su vida, planteando una posición crítica sobre la vida  social e íntima de la mujer.

(1) MASTRETA, Ángeles. Arráncame la vida. Bogotá, Planeta, Bogotá, 2000. 238 p. Todas las citas son tomadas de esta edición.
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©   Mercedes Ortega González-Rubio

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN V - NÚMERO 18