COLACHO,
EL TRIUNFADOR

ARIEL CASTILO MIER
facasil@aolpremium.com
Universidad del Atlántico


Dicen que explicación no pedida es acusación manifiesta. Es posible que alguno esté preguntándose, con razón, que a quién se le habrá ocurrido traer de Barranquilla a Valledupar a un tipo para que nos hable de Colacho. Un tipo que no ha bebido el vallenato al pie de la vaca. Me anticipo a contestarle a quien así piense que desde el advenimiento de los acetatos, la música de acordeón en estilo vallenato dejó de ser pertenencia exclusiva de una subregión del Caribe colombiano y se convirtió en una manifestación  cultural de toda la región y de Colombia entera. De allí que sean válidas las diversas miradas ante este fenómeno con tal de que contribuyan a aumentar la comprensión y el afecto por esta música. Espero, pues, que mi trabajo sea, al menos, un grano de arena en el mar del conocimiento sobre el vallenato.

1. LOS INICIOS

Hace más de treinta años, los Playoneros del Cesar grabaron un paseo de Leandro Díaz, en la voz de Miguel Janeth, titulado “La muerte de Moralito”. Aunque la composición aludía a la muerte simbólica de un hombre metido en la montaña y retirado del ajetreo musical y del universo feliz de la parranda, la pernicia y los versos, Leandro Díaz aprovechó el motivo para ironizar sobre la intrascendencia de la vida de un artista en la cotidianeidad de los colombianos:

Si fuera un mexicano el que acabara de morir,
corridos y rancheras todo el mundo cantaría,
pero murió Morales y nada se oyó decir,
murió poéticamente allá por la serranía.

Si bien las cosas no han cambiado del todo en lo relativo a la valoración de lo nuestro frente a lo extranjero, como la prueba el mínimo despliegue en la prensa y en la tv colombiana de la muerte del legendario Pacho Rada, que tuvo la mala fortuna de coincidir con la muerte de la cubana Celia Cruz, en nuestros días, con la creciente popularidad nacional e internacional de la música de acordeón, en nuestros días el artista popular ya no es ese ser insignificante, sin reconocimiento social, que vivía en la peor penuria monetaria y cuyo fallecimiento pasaba desapercibido para todos. Los seguidores de los artistas ya no se conforman con acompañarlos multitudinariamente hasta el triste panteón o la tumba fría, sino que les rinden homenaje en escenarios inimaginables hace unos años: en los centros de educación superior, en los auditorios modernos, en las bibliotecas y en los grandes teatros que años atrás excluían de su ámbito altivo a los anónimos cultores del folclor.

El corazón de Colacho Mendoza dejó de latir la mañana del 27 de septiembre de 2003 y en menos de siete meses, con el de hoy, se le han ofrecido dos homenajes en los que las disertaciones en torno a su legado musical se integran con las generosas actuaciones de sus colegas. Y en pocos días se iniciará un nuevo Festival Vallenato que también estará dedicado a su memoria. Tales acontecimientos confirman, por un lado, el cambio en la apreciación del artista desde los tiempos nada remotos de la muerte ficticia de Lorenzo Morales; y, por otro lado, nos muestra el carácter sui generis de la trayectoria artística de Nicolás Elías Mendoza Daza quien, al parecer, no sólo nació para “saber tocar acordeón”, como dice Emilianito Zuleta en su paseo “A un colega”, sino asimismo con la buena suerte de los triunfadores. Pero también, lamentablemente, para morir joven como los héroes griegos, en su plenitud productiva, sin padecer la pena propia del espectáculo deprimente que trae consigo la paulatina pero irreparable pérdida de las destrezas físicas y las facultades mentales.

Nada más doloroso que contemplar la decadencia de un ídolo: escuchar a un cantante que ha perdido el oído y la medida y en vez de su voz melodiosa nos ofrece la tortura de una garganta rota o cascada y de una memoria traidora que trastoca o trunca la transmisión de los versos; o contemplar a un acordeonero al que conocimos diestro y veloz, cuyos dedos, ahora lentos y torpes, transitan errantes y erróneos por el teclado, pelando notas impunemente.

En una entrevista posterior a la polémica y pedregosa coronación del Rey de Reyes Profesional del Festival de la Leyenda Vallenata, Colacho Mendoza reconocía que Alejandro Durán era un “musicón”, y que si había perdido en la competencia no era porque fuera mal músico, sino porque los años le habían quitado la agilidad en los dedos, pero que lo mismo le habría de suceder a él dentro de unos años con los acordeoneros más jóvenes. Pero los dioses no le permitieron a Colacho semejante humillación
(1).

II. LA BUENA ESTRELLA DE COLACHO

Al reflexionar sobre la trayectoria musical de Colacho Mendoza uno descubre que su signo es la buena estrella de los triunfadores que están en el sitio y en el momento precisos y lo saben aprovechar. Lo que, por supuesto, no implica que su vida haya sido un eterno transitar por un sendero aromado de rosas sin espinas, porque es muy difícil sostener tal condición en un país al que, al parecer, cuando Dios repartió los pecados capitales por el mundo, le correspondió la envidia, y en el cual la casi automática defensa de la mediocridad no perdona a los ganadores.

Colacho tuvo también sus momentos difíciles en los que supo enfrentar las dificultades y superarlas. Por ejemplo, cuando se presentó en 1953 delante de Rafael Escalona, en ese entonces un joven, pero maduro compositor, quien con la calidad de sus canciones extendía las fronteras del vallenato por toda la región del Caribe colombiano y más allá, por  zonas  importantes del interior del país, augurándole a esta manifestación musical el porvenir prestigioso que hoy disfruta. En esa ocasión el ya famoso compositor simplemente no vio la potencialidad artística del imberbe acordeonero de las Sabanas de Manuela. No obstante, cuatro años después llegaría la revancha con el comienzo de la fecunda y estrecha amistad con Rafael Escalona cuando éste lo contrató como chofer de sus carros con la secreta intención de conservar a su lado el complemento necesario para desarrollar a cabalidad el proyecto musical que tenía entre ceja y ceja. Colacho conformó con Escalona una pareja similar a los Dióscuros, uña y carne, inseparables a sol y sombra.

Si para Escalona la compañía y el acompañamiento del acordeón de Colacho eran fundamentales para la concreción en grande de su obra creadora —como se demostró en las grabaciones de la música del “Cantor de Patillal” con Bovea y sus vallenatos— al imprimirle a los cantos la marca indeleble de la tierra nativa, para Nicolás Elías, encontrarse con Rafael Calixto fue como ganarse una lotería que le permitiría acceder, a mediano y largo plazo, a un nivel de vida mucho más que decoroso, haciendo lo que más le gustaba, ponerse el acordeón al pecho y tocarlo bonito, sacarle melodías pegajosas que divirtieran a la gente, disfrutar de amistades selectas —de presidentes para arriba— y de generosos contratos. Bien nos revela Consuelo Araujo en su biografía de Escalona, la significación que adquirió para Colacho ese encuentro providencial:

Para el muchacho caracolicero, tímido, resacao, que sólo se crecía y se hacía sentir cuando empezaba a marcar notas en el acordeón, andar de acompañante de Escalona significaba no sólo su ingreso por la puerta grande al Santasanctorum de la música vallenata sino también el desquite de aquella lejana tarde de 1953 cuando escalona estuvo en La Jagua en la cantina de Ciro Durán y él, Colacho, muchachito aún, tocaba uno de sus paseos, pero el maestro ni le puso cuidado, ni lo miró. Desde entonces se había prometido a sí mismo que algún día ese hombre grande que hablaba su mismo idioma pero que en esa ocasión no lo había determinado, iría a necesitar de su acordeón para cantar sus cosas.

Colacho apareció, pues, convertido dizque en conductor de los carros de Escalona, pero no había quien no supiera  que lo único que en realidad tenía que conducir eran los compases de las melodías que el maestro le iba silbando para dejar perfeccionada la obra musical  (2).
.
Otros momentos difíciles (o el mismo repetido un par de veces) fue al recibir el trofeo que le otorgaron los asistentes a la Plaza Alfonso López cuando el jurado lo dio por ganador del Segundo Festival y del Rey de Reyes: una pila de piedras agresivas por considerar que se estaba premiando a un músico de la élite que, en su vida, no había hecho nada más , pero tampoco nada menos, que poner sus aptitudes al servicio de la causa  de la creación del Departamento de Cesar. Paciente y silencioso, Colacho supo esperar que el pueblo se convenciera, apartándose de prejuicios de clase y manipulaciones periodísticas, de la legitimidad de su magisterio, de la idoneidad de sus requisitos, de la grandeza de su rutina en la ejecución del acordeón.

En un CD que me regaló Julio Oñate de una parranda de Colacho con Ivo en la casa de un potentado, el acordeonero, antes de interpretar una de sus canciones, quiere comentar  algo sobre la canción que va a interpretar, pero la bulla de los parranderos no deja oír bien, cuando alguien, a gritos, solicita silencio, Colacho lo interrumpe pidiéndole que no se preocupe porque hablen o no hablen, de todos modos él seguirá siendo el mismo Colacho Mendoza. En ese gesto, en esas palabras se condensa la entereza, la firme decisión con la que Colacho asumió su vocación artística, lo cual explica con creces la calidad de su triunfo. Otro músico menos seguro de sí hubiera bajado la guardia conformándose con un modesto destino con sabor a disimulada derrota.

La amistad de Rafael Escalona con Colacho Mendoza ha sido una de las más fecundas en la historia de la música del caribe colombiano y su productividad no puede limitarse al campo de la creación artística, puesto que la trasciende hasta abarcar las esferas de la política. No podemos olvidar lo que señalaba Álvaro Cepeda Samudio en su artículo “Historia con acordeón” publicado en El Tiempo el 18 de marzo de 1972:

El departamento del cesar se hizo a “golpe de acordeón”: sin Escalona y sus cantos vallenatos no hubiera sido posible lograr que la opinión colombiana, unánimemente adversa a los nuevos departamentos, se hubiera puesto, unánimemente también, detrás de la idea de darle límites geográficos al territorio, y a los personajes, ya delimitado y descrito en forma tan minuciosa y clara por los cantos vallenatos de Escalona (3).

Aunque válida, la afirmación del narrador barranquillero está incompleta. En la gesta para la creación del departamento Escalona no estaba solo: uno de sus compañeros más leales y eficientes era Colacho Mendoza. Consuelo Araujo, que tenía bases para afirmarlo, lo declara de modo rotundo: “Hoy nadie se atrevería a discutir siquiera el hecho de que sin Rafael Escalona y Colacho Mendoza el Departamento del Cesar posiblemente no existiría”. (p. 274)

Hemos intentado mostrar cómo Colacho Mendoza, a diferencia de la mayoría de nuestros músicos populares contó con cierta fortuna, se encontró con algunos factores favorables que confluyeron en su entronización como el acordeonero más reconocido de la región, el paradigma clásico del estilo vallenato. Pero no siempre las condiciones naturales coinciden con las circunstancias que posibilitan su plena realización. Con frecuencia ocurre lo contrario y nos encontramos con los grandes talentos que se derrochan y terminan en patentes y patéticos fracasos. A Colacho le correspondieron los tiempos heroicos en que había que abrirle caminos no sólo a una música despreciada por su origen plebeyo por la pequeña aristocracia local, sino a la creación de un departamento que existía de hecho pero necesitaba su formal legitimación. No obstante, cuando a Colacho se le puso el barro duro supo también sobreponerse por la consistencia de sus dones.

III. LOS DONES DE UN MÚSICO DE TRANSICIÓN

En este punto es preciso destacar algunas de las condiciones que le permitieron a Colacho Mendoza aprovechar las circunstancias favorables y sobresalir en los dominios del vallenato: su humildad y su disponibilidad constante para la renovación y la adaptación a los cambios que uno tras otro son la vida de una tradición vigente. Esa aptitud particular, y poco frecuente, le permitió a Colacho Mendoza convertirse en una especie de puente entre el periodo de los fundadores del estilo vallenato –el de Alejo Durán, Abel Antonio Villa, Pacho Rada, Andrés Landero, Lorenzo Morales, Emiliano Zuleta Baquero y Luis Enrique Martínez, entre otros— y la época actual, Colacho está en la transición entre el campesino o asalariado que es músico en sus ratos libres y el profesional de tiempo completo que vive de la música, es decir, entre la etapa en que la música de acordeón era todavía tradicional, folclórica, y el salto cualitativo que la convirtió, con la consolidación del disco y de la radio, en música popular, de masas, sometida a las leyes implacables de la oferta y la demanda de la industria cultural con el apoyo pérfido de los medios masivos de comunicación. Colacho estuvo en el pasaje que conduce de la parranda bajo el palo de mango del patio a la tarima plena de amplificadores de la caseta y al aire acondicionado y el vestido entero de los estudios de televisión y los clubes sociales. De ahí que con Colacho se vaya uno de los representantes de esa especie en vías de extinción que es el acordeonero completo, integral, que canta, compone sus propias canciones, interpreta a otros compositores y sabe improvisar en el palique de la piquería. Se podría afirmar que como monumentos vivos, pues ya casi no ejercen, sobreviven todavía Lorenzo Morales, Emiliano Zuleta Baquero, Abel Antonio Villa, Nacer Durán y Calixto Ochoa, y todavía siguen en la brega el rebelde Alfredo Gutiérrez y Emilianito Zuleta Díaz.

IV. ETAPAS DE UNA TRAYECTORIA ESTELAR

En la trayectoria de CM se podrían establecer varias etapas ligadas a su paso por diversas casas disqueras. La primera es la de su aparición en los sellos Popular, Carrizal, Orbe t Tropical como continuador del estilo que inauguró Luis Enrique Martínez, en el cual el acordeón no se limita a acompañar la melodía del canto y se permite una serie de adornos independientes. En este periodo es notoria la velocidad briosa en la ejecución y la constante difusión de las canciones de los grandes juglares —Tobías Enrique Pumarejo, Emiliano Zuleta, Fortunato Peñaranda, Esteban Montaño, Juan Muñoz, Simón Salas, Leandro Díaz, Armando Zabaleta y Luis Enrique Martínez, entre otros.

Un segundo momento de Colacho es el de sus grabaciones para Philips y Discos Fuentes, en las que Colacho asimila la revolución musical que había adelantado Alfredo Gutiérrez. Aquí el acordeón es mucho más alegre y estilizada, pero también mucho más ordenada y apta para el baile. Canciones como “La Mona” y “Ni guayabito me da”, dirigidas por el propio Alfredo Gutiérrez, sustentan esta afirmación.

La tercera etapa de Colacho se da en CBS y marca su ingreso en los círculos de la comercialización, aunque si perder su ausencia, sin salirse de la calle, sin perder los vínculos con la tradición, pero, no obstante, renovándola, nutriéndose incluso de la escuela de uno de sus discípulos aventajados, Emilianito Zuleta Díaz y su toque por ráfagas que se atenúan mediante estratégicas pausas. Se toma aquí Colacho el reposo de los clásicos que ya no tienen que llamar la atención ni demostrarle sus habilidades a nadie porque han sido probadas suficientemente. En esta etapa el Colacho vocalista se silencia para siempre en las grabaciones y le cede el espacio a la nueva era de los cantantes estrella, privándonos de su voz parrandera, expresiva y bien entonada, y engañosa, pues parece bajita, pero la verdad es que alcanza múltiples matices. Colacho hace parecer fácil el canto, pero si uno compara su versión de “Alma enamorada” con las de Poncho Zuleta y Diomedes Díaz puede darse cuenta de que Colacho, sin una voz prodigiosa, sabía cantar sabroso e imprimirle el sentimiento propio a cada canción. Para mí entre sus mejores interpretaciones figuran “Despedida”, “El zorro”, “La gota fría”, “Corina”, “Donde quiera que vayas”, “No te aflijas corazón” y “El compadre Simón”. En esta tercera etapa, Colacho rinde homenaje a un par de maestros a los que les graba con cierta frecuencia: Alejo Durán y Calixto Ochoa.

La última etapa de Colacho comprende su unión con Ivo Díaz (sin olvidar sus grabaciones paralelas, nuevamente con Pedro García). A mi juicio, Colacho, decepcionado por la escasa difusión de sus últimas producciones por no participar del universo envilecido de la “payola” (si no le encimas dinero al programador de la emisora, tu grabación no existe y no se oye) y cansado de un ritmo de vida para el cual él no estaba preparado — la nueva era de las vedettes, con sus viajes vertiginosos en avión y sus modas efímeras y sus dientes de diamante y pelos alisados o pelucas y sus incesantes toques en casetas y centros nocturnos—, optó por un bajo perfil, por una posición marginal, independiente, ajena a manipulaciones, retirado de las presentaciones públicas, limitado a la privacidad de la parranda casera, en la que podía ser él y su sombrero fiel y su colección de camisas. En una entrevista reciente con Yamid Amat, Rafael Escalona parece explicar oblicuamente la imposibilidad de Colacho, por sus costumbres tradicionales arraigadas, para adaptarse a la era del vallenato pop: “es muy decente, no fuma porquerías, te dice doctor, no te tutea nunca. No va al baño sin pedir permiso” (4).

Para esta época Colacho pone su sabiduría al servicio de la tradición de la que se vuelve el guardián irremplazable, en momentos en que las múltiples presiones externas —sociales y comerciales— reorientan al estilo vallenato hacia territorios impredecibles, pero muy distintos, en los que al influjo de otros géneros musicales locales y extranjeros –del porro al bolero pasando por la ranchera y, en especial, la balada pop—.  Escuchar las grabaciones de Colacho en ese entonces, era como volver a respirar el aire incontaminado del campo, como encontrase con una cerveza bien helada en medio del cardonal guajiro.

De este periodo vale la pena destacar su participación en la serie 100 años de vallenato y el homenaje a Tobías Enrique Pumarejo, un CD memorable que lamentablemente, por las razones mezquinas que ya mencionamos, no contó con la difusión que merecía dada la calidad de la producción que constituye un insoslayable marco de referencia para apreciar la excelencia de un compositor, de un acordeonero y un cantante de quilates, sin olvidar, por supuesto, los acompañantes, en especial, la guitarra.

V. COLACHO:  COMPOSITOR

Por último quisiera referirme a una faceta poco comentada de la trayectoria artística de Colacho Mendoza: la de compositor. Celso Guerra, en su bien informada semblanza de Colacho señala cómo “la destreza con el instrumento ha minimizado su aporte como autor de canciones” (5).

Revisando los viejos acetatos he encontrado una serie de composiciones que no llegan a la veintena. Valdría la pena hacer el inventario completo y averiguar con sus familiares y amigos si Colacho dejó canciones inéditas. Las que encontré fueron “Carmencito”, “Amores en cine”, “Sin razón”, “Matilde”, “Alma enamorada” (“Esos ojazos”), “Mi guayabito” (“Ni guayabito me da”), “Esa pena”, “El recuerdo”, “Yo te quiero”, “De la Junta a la Peña” (“Toca Colacho”), “Amor querido” y “La Mona”. Sé que inédita existe una Contestación a la canción que le dedicó Emilianito. Y Julio Oñate me ha comentado que en discos de 78 figuran “Merenguito alegre”, “Puya Pepe Pater”, “Desterrado”, “Cuando salgo a la calle” y “De domingo a domingo”.

No fue, pues, prolífico Colacho en este campo, a lo mejor consciente de que ese no era su fuerte. No es para menos cuando se está tan cerca como lo estuvo él de un monstruo para las letras como Rafael Escalona. Pero varias de sus composiciones son dignas del recuerdo.

Lo más notorio a primera vista desde sus títulos es el tema dominante de los cantos: el amor con sus diversas facetas —el despecho por el engaño que se vuelve insulto sutil o sin vergüenza; la tortura de la ausencia; la ingeniosidad del piropo; la gravedad del juramento; el consuelo del recuerdo. Con frecuencia, el canto se convierte en una estrategia de seducción que se apoya en hipérboles relacionadas con la muerte si no se produce la aceptación o la entrega. El tratamiento de este tema se da siempre en versos octosílabos, las clásicas coplas (que son las que más se adaptan a la respiración del hablante del castellano),  en los que es frecuente la rima aguda. La perspectiva de estos cantos es puramente lírica: se trata de poner de manifiesto los sentimientos del hablante. Una sola de estas composiciones es de carácter narrativo y se sale del tono sentimental para adoptar una actitud un tanto picaresca: “Amores en cine”, en la que se cuenta el encuentro con una negrita en la puerta del cine y del contrato que establecen si el hombre le paga la entrada a la muchacha. Colacho se inserta en la tradición y asume sus lecciones y fórmulas. Es constante la automención: en la mayoría de los cantos va la firma oral del compositor: “pobre Colacho Mendoza/ se anda muriendo por ti”. (“Matilde”); “Pero quedó complacida y Colacho satisfecho” (“Amores en cine”). En contraste con las composiciones de hoy, el hablante que se autodefine como “echao pa lante” (“Sin razón”) nunca llora, porque sabe que en el reino de este mundo quedan bastantes mujeres.

El lenguaje en todas las composiciones es supremamente sencillo, coloquial, pero de vez en cuando se permite sus licencias como esta fuerte inversión del orden de las palabras en “Ni guayabito me da”: “Siempre que en tu amor confiara/ así me lo prometiste. Lo normal en nuestro idioma sería decir: Me pediste que confiara siempre en tu amor. Asimismo en “Yo te quiero” se inventa una metáfora sorprendente: “Desvanéceme estas penas que me matan”

De sus diversas composiciones quisiera destacar una canción en menor que está muy cerca de la cumbia y de la tamborera, “Amor querido”. Lo que me llama la atención es el motivo que se desarrolla, no muy frecuente en el vallenato, que tiende a ser recatado y reticente en el tratamiento del sexo, pero presente en la poesía provenzal: el de los amantes a los que se los coge el alba juntos, con los riesgos que esto puede implicar si se trata, por ejemplo, de un amor escondido. Este género en la poesía provenzal se llama Albada, es decir, canto del alba. El único otro caso que conozco es una composición de Diomedes Díaz, “Noche de amor”, declamada y cantante, en la que el amante, al amanecer debe resignarse a la partida de la amada, a quien le toca irse a trabajar y cumplir con sus deberes en la oficina hasta las cinco o seis de la tarde. La situación en el canto de Colacho es que la mujer le ha dicho que ya no lo quiere y el hablante en vez de echarse a morir, con actitud férrea, sin vacilaciones, en contraste con los canos de hoy, plenos de humillaciones y ruegos sin dignidad, le responde que si es verdad, eso que dice, que busque quien la acaricie y que de una vez se ponga la bata, es decir, que se vista y que se vaya. El hablante interiormente está seguro de que esa muchacha nunca podrá olvidarlo porque él ha sido su amor querido:

Si es verdad lo que dijiste:
Que ya tú no me querías,
busca tú quien te acaricie
porque yo tengo la mía.

Pero ponte la bata negra,
que ya es la hora
del amanecer.
Quisiera mirarte 
así también,
como la estrella,
como el lucero
al amanecer.

Negra, no te di motivos
pa que me fueras a olvidar.
Tú debes de recordar
que yo fui tu amor querido.


VI. UN LEGADO ADMIRABLE

Por fortuna, para nosotros, a diferencia de Pacho Rada, de ese hombre grande que Colacho fue, a quien nunca en la vida Colombia olvidará, nos legó una serie de grabaciones, la mayoría de antología, en los que podremos escuchar para siempre su voz y su acordeón, sin prestarle atención a su dolorosa desaparición física ni otras malaleyezas  de la muerte.

NOTAS:

1. RUIZ NAY, Gustavo. Vallenato y periodismo. Envigado, Centro fotocopiador, 1990: 92do, 1990: 92.
2. ARAÚJONOGUERA, Consuelo. Rafael Escalona: El hombre y el mito. Bogotá, Planeta, .1988. p. 271.
3. CEPEDA SAMUDIO, Álvaro "Historia con acordeón”. En: El Tiempo. Bogotá, 18 de marzo de 1972.
4. ESCALONA, Rafael. "Escalona cuenta su historia". En: La entrevista virtual de Yamid, El Tiempo. Bogotá, 4 de mayo de 2003. p. 1-25.
5. GUERRA, Celso. Clásicos del vallenato. Valledupar, Gobernación del Cesar, 2003. p. 92.
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©   Ariel Castillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN V - NÚMERO 18