La poesía de Eloy José Santos

Janet Núñez
kalusa@telecable.es


Podría ser un lugar común señalar que la poética de Eloy José Santos es una metáfora-casi confesión, de la soledad pura. No obstante, en este caso la expresión fiel de un universo interior, situado a pinceladas sobre un entorno extraño como puede ser la ciudad de adopción o incluso el asombro y  la carga que produce el paso de los años, deja de ser un ejercicio tautológico, para ser, en tanto visión y reflexión de la condición humana de su protagonista, de su lugar y misión en el mundo, una casi abrumadora lección de buena literatura. Quizás por ello, por esa visión de hombre olvidado de los dioses enfrentado a su propia historia y circunstancias y, justamente por la calidad de su estilo y pensamiento, surge este poemario con una impronta muy particular, una obra personalísima de singular belleza y perfección.

La infancia, lejos de ser un territorio difuminado, una vez más pasa a ser el paraíso perdido que se recobra a fuerza de memoria, ésta preservada para siempre en un juego de cristales rotos que verso a verso van recomponiendo la trama de toda una vida y que una vez vueltos a juntar como piezas de un rompecabezas, reconstruyen el espejo que sólo puede devolver la propia imagen como infinito punto de partida y –paradójicamente- también otra, la necesariamente alterada, la que guarda señales, las indelebles huellas de lo vivido, los restos de las heridas, los rastros del desamparo, el desarraigo y la nostalgia de lo que irremediablemente ha quedado atrás. Las figuras sobre las que se reflexiona y se vuelve al pasado forman en sí mismas un retrato-parábola que se vuelve contra el lector mismo, conduciéndolo con su carga de distancias y miserias interiores, hacia un posible naufragio que se evita, precisamente, porque lo obliga a conservar un pie sobre puertos de ternura.

Puede ser precisamente ese lugar donde se leva o por el contrario se fija el ancla, el que sirve de marco o paisaje para estructurar toda una metáfora de vida-muerte. El hombre convertido en caracol cuyo universo esta dado por la palabra que lo crea, por la mente que lo  piensa y por la mano-dios reflexiva y compasiva que lo levanta inerme para otorgarle finalmente el ritual del sepelio, es el asomo al abismo de nosotros mismos.

Los personajes a los que alude, el caracol, el elefante, “el soldadito de plomo de otras tardes”, entre otros, son presencias más parecidas a un aroma que a seres corpóreos. Su belleza brota, quizás, de la honradez poética con que son descritos. Una originalidad que tratada sin esta magistral humildad y la certera elección de la palabra –que denota conocimiento del lenguaje y del oficio- podría calificarse de simple, por confusión con lo sencillo en apariencia. La madre es, en cambio, una presencia vertebral, una confesión de amor postergada y el discurso que suscita está hilado por una fina hebra de madurez. Su fuerza radica en la posibilidad de ser una nostalgia aguda,  el ente salvador en tanto se le pueda convocar, al igual que a la infancia, es decir, la inocencia, a manera de cuerdas a las que se aferra el narrador de los versos para no saltar al vacío.  Ambos son puerto y navío,  concebidos como espacios de los que es preciso marcharse para retornar de nuevo y claro está, a los conceptos de puerto y navío está ligada el agua-riada-orilla-mar-playa y charco o cuerdas mojadas, traídos aquí no para ser fieles al escenario de la obra homérica, sino el agua siempre como elemento natural y medio propicio para ahondar en  tristezas, cultivar nostalgias y fuente permanente de desasosiego.

No es en balde que el juego sobre el que se edifica todo el poemario sea el personaje de Homero. Podría ser fácil deducir la travesía a partir de la empresa heroica de todos sus personajes. Sin embargo, el verdadero valor de decir donde nadie dice, es, que propone recursos logradísimos a partir de imágenes absolutamente innovadoras, limpias, sin excesiva retórica y que la narración surge de la necesidad de señalar el ejercicio cotidiano del hombre de todos los tiempos, que es encontrarse a sí mismo, escudriñar su centro, el imperativo de dejar constancia de sus ausencias y vacíos, hacer palpable su naturaleza frágil o, en últimas, dar testimonio de su paso por el mundo. Y he aquí la verdadera naturaleza de la poesía: ser omnisciencia capaz de penetrar el sentido más profundo del hombre en su errar por el terreno efímero de la existencia, una idea nunca mejor expresada que en las propias palabras de Eloy Santos: “...aquí un hombre no es más que su sustancia...”

Janet Núñez M.
Gijón, otoño de 2003


nadie*
                           
nadie es mi nombre, nadie,
y estos cuadernos vagabundos narran
las playas que tardé en hablar la lengua
fértil del desconsuelo.

yo soy la voz que os busca tras los versos,
pero nadie es su autor y nada quiere
si no es atravesar la piedra oscura
que le niega su nave.

nadie se oculta tras el nombre esquivo.
nadie espera respuestas.
nadieos habla.

* Originalmente trae un epígrafe en griego de Homero, Odisea.


anuncio por palabras

oscuro, años treinta y siete, estado
civil desangelado, residencia
antigua en la distancia de sí mismo,
en roma para el resto, con talento
para escuchar sirenas y hacer noche
en sus cabellos, ojos limpios, cauto
como elefante huyendo de su circo,
inventor de fantasmas, un pasado
que va para el olvido y aún duele,
amante de las nubes y los árboles,
profesión que no ama y que no importa,
pelo volviendo al gris, manos desnudas,
usa una estilográfica indolente
para contarse historias, silba solo,
medita mapas, baila contra el miedo,

insensato persigue
la frontera de unos ojos gemelos
en cuya perdición dejarse atrás,
abandonar su yerta, inútil muda
y entrar en el paisaje donde un hombre
esculpe su palabra más allá de la sed,
y no se pertenece,
y su pasión se parece a la vida,
y nada le avergüenza.



aguas de bajura

se van sólo los que no se van, madre.
los que nos fuimos, seguimos aquí,
agazapados tras un haz de sueños,
caracoles de pena, repitiendo
jornadas de una héjira imperfecta
que sólo nos conduce al mar de ayer.

los arenados somos gente esquiva,
y el tiempo pasa oscuro por nosotros,
mientras consume el animal que fuimos.
por eso hacemos mapas de los sueños
y no encontramos casa que nos busque.

en un sillón de mimbre, centinelas
del secreto diluvio de las horas
dejamos testimonio de esta fuga,
y no porque la muerte nos persiga,
que poco importa, ni para escondernos,
sino devotos de un dios sedentario
que se divierte extraviando infieles
en lentas caravanas que dan vueltas
y otras vueltas en torno a qué regreso.

madre, sólo se va el que sabe irse.
los demás hemos sido exploradores,
piratas de torpeza, que un otoño
izan remiendos, zarpan sin decirlo
y alzados contra vientos y arrecifes,
se ahogan cada día en el umbral de casa.


oda al caracol
(fragmento)

                                       a Juan Vicente Piqueras.

son tus ojos los míos, caracol:
dos brotes diminutos nacidos de la carne,
tallos que aspiran a la luz a tientas
desde una casa lóbrega, inseguros
de su lugar y peso en la creación.
avanzas con dos briznas de torpeza
sobre el mar de la grama, y trecho a trecho,
te detienes al borde de los muros,
e intuyendo tal vez otro planeta,
tu cuello enarcas sobre los misterios
del aire.

[...]

cuando vuelvo al jardín, después de cada invierno
porque llama la alondra, te adivino
medio enterrado bajo los jazmines.
te recojo y no pesas: ya la carne
se ha retirado de tus sueños leves.
ahora es sólo cáscara
rota de lo que fuiste en el otoño.
de aquel jardín me queda tu esqueleto,
pero ya se deshace entre mis manos
y se devuelve al aire, a tus veredas.
y la sombra que eres me susurra
otros abismos y una misma nieve,
acumulada en el fervor del frío.
el miedo que no sientes ya me busca
en tus despojos, con tesón mortal.
en cuclillas te velo, en vísperas de abril,
pues no llegó la primavera al reino
que imaginaste para ella. nunca
supiste cuando el corazón dejó
de asomarse a tus ojos. y los míos,
para que no te pierdas en la niebla
persiguen una vida que no tienes,
un rastro de palabras rezagadas
con que decir tu corta inexistencia,
luz para regresarte de la nada.


oración para mí

ven, ...que no es lo peor que el mal exista...
que lo lleves en ti y lo veas fuera,
ni que vivas de bruces contra el miedo,
y el tiempo te parezca turbia trampa
para animales leves como tú.
ven a vivir y cuéntanos quién eres,
que la mesa está puesta y ya se enfrían
los versos que te limpien de ti mismo,
la sopa tibia, vegetal de un beso...
algo habrá de sobrar después de todo...
por otro lado aquí no queda nadie,
y si no sales ya, ni las cigüeñas
sabrán donde buscarte primaveras.


retraso

camino de la escuela, y quizás es tarde...
por eso la carrera corta, el trote
cabizbajo, pensar en nada. viento y
briznas de lluvia fría, luz asmática.
me asedia el tráfico, animal esquivo,
adulto. bajo el brazo los cuadernos,
voy silbando una tabla como un salmo
repetido en los charcos. en mi casa
tal vez recoge la ropa mi madre
de las cuerdas mojadas, o se sienta
ante un brasero y cose. por el cuello
me busca el hielo de una gota antigua.
desde el portón del colegio un  bedel
me llama. va a cerrar,
y corro por la lluvia y sin saber
nada más. grita y corro más de prisa,
el corazón contra los libros prieto.
las zancadas me duelen, y voy viendo
que se pierden las aulas y el castigo,
las risas, la lección mal aprendida,
mi compañero de pupitre, el patio,
el polvo de las tizas, el recreo fugaz,...
si me hubiera quedado en casa...
pero doblé esa esquina y no supe detenerme.
ahora tengo treinta y cuatro años,
unas gafas perplejas,
y todos los deberes por hacer.


alguien dice

vuelvo del sueño, caigo como piedra
desnuda en la marisma de mi carne.
el sudor me despierta en una vida
que no es de nadie, llega sin destino,
hasta que dientes, fibras y recuerdos
emergen de la nada y dan la forma
a un dolor despertado con la luz,
y a estas manos, que se pierden solas
en laberintos de caligrafía.
lo que viene del mar desconocido
es mi voz, digo por decir, mi vida.
digo también que estoy vivo y que es falso
lo que sospechan crueles los espejos,
teatros para sombras que no vuelven.
por decir, digo también que es poesía
la rítmica vigilia de las manos ciegas
y que el alba prefiere a los que callan,
los que aman sin decir,
pero no sé quién dice lo que digo.


EL AUTOR:

Eloy José Santos nació en mayo de 1963 en Salamanca, España, en cuya universidad realizó sus estudios en Filología Románica. Vive actualmente en Roma. Sus poemas están prácticamente inéditos en su propia lengua, el español, pero parte de ellos ha aparecido en traducción italiana en los libros “Lingue di terra, lingue di mare” (antología de poetas del Mediterráneo 1999) y Nettunaria” (2002). Ganador del Primer Premio del Concurso Alonso de Ercilla con el poemario “Donde nadie dice” (2003).
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LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 18