MAYA

Marié Rojas Tamayo
tgrafica@cubarte.cult.cu  

Supe que había muerto cuando vi su faz. No hubo túnel de luz, ni ángeles en mi cabecera, pero ese rostro no podía pertenecer al mundo de los vivos, yo había llorado su desaparición. Aparecía ahora rodeado de una belleza que solo le habíamos conocido los que le habíamos amado. No tenía muchos rasgos en común con los que yo le recordaba, pero con toda certeza era él.

-Siempre supe que me ibas a venir a buscar.

-Prometí no dejarte sola-- fue su respuesta.

--“Resplandece de felicidad y paz, en eso radica la diferencia”, pensé.

Sin embargo, esos sentimientos no inundaban mi ser. Estaba habitando lo que en cierto modo podía ser un cuerpo físico, acaso un poco menos material que el que acababa de abandonar, despojado de algunos de sus defectos, de los estragos de la edad, pero básicamente el mismo. Mis temores y dudas acerca del momento que acababa de pasar, se habían desvanecido, pero me invadía una gran confusión. Flotábamos en una bruma muy semejante al concepto de la nada.

-Este mundo gris es tu mente, tal como aparece ahora, desorientada y casi vacía. No te preocupes, pasará.

No volamos, no nos trasladamos en el espacio o el tiempo porque ambas categorías ya no existían. Simplemente estábamos allí --siempre había querido ver la nieve--. Un panorama de blancura infinita, cielo despejado con nubecillas como pinceladas. A lo lejos un bosque de pinos, frente a mí un lago helado donde un hábil patinador hacía increíbles piruetas. Yo estaba sentada junto a él en un montículo.

-Este será tu primer mundo. Deberás ir despojándote de las ligaduras que te atan a la materia, y eso es solo el comienzo. Poco a poco irás perdiendo los deseos que dejaste atrás. Mi estancia contigo es limitada, este es un camino que habrás de recorrer sola.

-¿Cómo lo haré sin ti?

-Donde no hay futuro ni pasado no importa un instante de duda. Ese que ves en la pista era un cartero, un sencillo repartidor de correspondencia en una isla donde nunca hubo nieve. Jamás pudo viajar, pero coleccionaba postales de países fríos, pisapapeles de paisajes nevados... Cuando caminaba con su bulto de palabras ajenas al hombro, era aquí a donde venía.

-¿Hace mucho que llegó?

-Eso ya no importa, tendrá todos los momentos que desee hasta que crea colmados sus anhelos. Luego partirá a otro mundo, hasta que sea libre de sus propias ataduras... algunos tardan mucho, pero no hay prisas en la eternidad.

-¿Y tú?

-Siempre deseé poco, lo sabes. Mis sueños pertenecían a otro orden. Si estoy ahora aquí es por la promesa que te hice, mas no creas que me pesa, era uno de mis deseos y debes realizarlos todos.

-¿Puedo patinar?

-Si ese es tu antojo...

Era realmente un hermoso día invernal. Podía saltar, girar ingrávida, abría con placer la boca para tomar bocanadas de aire helado con el ansia de un devorador de universos. De pronto, recordé que a veces la capa de hielo que cubre la superficie de los lagos se torna muy fina, tanto que mi simple peso podía resquebrajarla. Ya no veía al cartero patinador, solo sentía el sonido del hielo, como un espejo al romperse, el agua helada y la obscuridad que me envolvían, mis manos agitándose sin asidero mientras me hundía en las tinieblas del lago.

Me hallé de regreso en el montículo. Él, a mi lado, reía.

-Acabas de aprender tu primera lección. El mundo del que vienes, este en que te encuentras, aquellos que aún has de cruzar, son una mera ilusión, un sueño que vas construyendo en la medida en que prefiguras tu propia realidad. Si te invaden los temores terminarás siempre en el fondo del lago. Debes aprender a amar la blancura del paisaje, el cielo que te cubre y el bosque que recorta el horizonte. El universo que construyes es el que te obsequias o aquel en que te condenas a vivir. Ahora, quedas a merced de tus deseos...

Fue la última vez que lo vi, aún estoy sentada en la nieve, no sé por cuánto tiempo... todavía pretendo medir las dimensiones como acostumbraba en mi mundo anterior. Demasiado insegura aún para desear nada, temerosa de ser arrastrada por mis propios sueños, espero el momento en que habré de descorrer uno a uno los velos de Maya.


_________________________________________
©   Marié Rojas Tamayo

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v5n18maya.html
PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 18