DOS CUENTOS:
CANCIONES DE CUNA

Vivian Astrid De Villeros
vivianastriddv@hotmail.com




Viene de atrás. Eso fue lo primero que le dijeron, cuando comenzó a indagar con las vecinas del barrio  acerca del porqué de sus extravagancias, de sus maneras díscolas y de su temperamento  que ni ella misma, en ocasiones, entendía. Sobre todo, ahora que las chicas de su edad comenzaban a descubrir la vida en rosa. Varios acercamientos a los muchachos fueron poco fructíferos. Ellos la mantenían alejada a toda costa, pues la creían rara y ante todo, la sentían diferente al resto. Argumentaban que no querían problemas con su abuela  rosquera, peleonera; famosa en la cuadra por sus mechoneadas o jalones de pelo y por las persecuciones con palo de escoba u objeto que se le pareciese. Recordó el día en que la dejaron plantada en la mitad de la sala porque la chica a la que todos pretendían le dijo a su parejo que si seguía con fulanita, no le seguiría hablando. Confusión, pena, tristeza, rabia. Desde ese día, no quiso saber nada más del baile ni de sus alrededores.

Con recelo tomó la libreta y garabateó firmas adornadas con florecitas y nubarrones;  miró por largo tiempo el dibujo, su dibujo, y muy tímidamente, empezó algo parecido a una casa, bosquejo de las esperanzas que transitaban con ganas de asirse, realmente, a la realidad de los sueños sin trasnochar en los que de un tiempo para acá se movía. Profirió algunas palabras en voz alta, y se quedó con el beneficio de la duda, de la duda metódica, como le escuchaba decir a sus clientes de cuello blanco, quienes a cualquier hora requerían de sus servicios para hacer un poco más llevadera la puta vida que les había tocado vivir, pues la que aparentaban era una vida prestada y llena de etiquetas a más no poder.

Vaya destino, repetía sin cesar. Era poco menos que nada, y la nada --también se lo había escuchado a sus clientes-- era la sumatoria de noes, de posibilidades que no cuajaron ya sea porque los síes se interpusieron a la lógica racional, o porque en el momento oportuno, desperdició la caída libre que todo cuerpo en suspensión ofrece. Discurso aclaratorio de intimidación, que suscita más dudas de las que está acostumbrada a cargar. Es la joroba de las emociones, que se encorva, cada día un poco más, según el peso de las circunstancias.

A ella en particular, le habían confirmado que todos esos resquemores tenían sus orígenes en la infancia negada que le tocó vivir. Un poco más allá, en el desatino de unas relaciones tormentosas, descalabrantes, que vivieron sus progenitores --nunca sus padres-- en lo que fue el inicio de unos amores en una madrugada feliz de un sábado de carnaval. El producto, ella por supuesto, la memoria estéril para ambos. Sobre todo, para la mujer que la trajo al mundo, por accidente, como más adelante su abuela le había dicho. De su padre, ni qué hablar. Nunca se dio por enterado del nacimiento de su vástago y mucho menos se hizo cargo de la cría ni de la recién parida.

Se estremeció al hacer remembranzas. Pasó su mano por el cuello y realizó un movimiento circular alrededor de sus hombros y pecho. Prefirió no seguir recordando, dándose mala vida como le decían sus compañeras de faena. Era duro tener que aceptar que desde la más tierna infancia, su abuela repetía, cuando la arrullaba en las noches de luces apagadas, que ella iba a ser una putica; que  el remedio lo tenía en el medio, y mil cosas más relacionadas con uno de los oficios más viejos del mundo, después del periodismo y del arte de enseñar.   

Hizo acopio de todas sus fuerzas y la abuela acudió al llamado de la imaginación. Ante la imposibilidad física de sostener una conversación con ella, recurrió a los artilugios de la mente. La visualización fue tan exacta, que de un momento a otro, entabló un diálogo con la otrora abuela querida. Con precisión de malabarista chino, fue directo al grano. Le preguntó el porqué de sus canciones de cuna --a todas luces-- anunciadoras de una realidad inmodificable, al menos en las actuales circunstancias. Presagios auto-realizables, programación neurolingüística de la buena y barata. Instancias reguladoras de verdades proferidas por viejas alcahuetas que marchitan los capullos de la ternura. De inmediato, la abuela, con fingida voz de arrepentida, sostiene que el mantenimiento de un hijo sale costoso en cualquier época, que las dificultades económicas inducen a pensar lo impensable, a buscar los estrechos márgenes entre lo humanamente sostenible y la realidad desbordante, tan ácida como los colorines de las faldas y vestidos que usaba su nieta, quien sigue atosigándola con la mirada y con los gestos.

Increpa y arremete contra la falta de oportunidades, contra el rancho miserable en el que les tocó vivir, con el hambre doblándose en las esquinas del pensamiento. Siente el sol encima de ella pues a esta hora, una en punto de la tarde, el techo de zinc hierve con ellas. El techo con varios soles rotos, agujeros que en tiempo de lluvia son paraguas desfondados que mojan en cuestión de segundos la humilde vivienda. Es el hambre de la vida, perdida en el fondo de una mirada. Es el hambre incierta, que de noche nos acompaña y por la madrugada, también.

Vas a ser putica, tú vas a ser putica, mija. Era la única canción bailada, rebailada y vuelta a cantar que escuchó durante  el tiempo precioso de la infancia negada. En efecto, lo cantado no le quita lo bailado. Así sucedió y seguirá sucediendo mientras no cambiemos los arrullos de cuna, mi putica linda, repetía para sus adentros.



Lúpulo y miel


Llevo el queso fresquecito y barato. Queso bueno y leche tierna de vaca recién ordeñada, se le escuchaba gritar al jornalero  en el espacio de la calle estrecha donde a diario ofrecía sus productos a los clientes de la cuadra, o a los compradores ocasionales que  asomaban de las casas a esa hora de la mañana. La sosegada mujer irrumpió en la venta ambulante y le dijo al de la carreta que le diera unas cuantas libras de queso --cuatro, aproximadamente-- que tomó con su mano izquierda. Con la derecha, logró asir un botellón de vidrio que era donde  guardaba la leche por uno o dos días según sus requerimientos dietéticos. Una vez adentro, se sirvió una generosa porción de queso, dos rebanadas de pan moreno y un vaso de leche que endulzó con miel. Se dirigió al escritorio y se quedó mirando la procesión de las hormigas que se arrebataban pedazos de pan y migas del queso fresco y barato que le compró al casero.  Procesiones, una larga fila de ausencias y de estepas afectivas que salieron a flote, al releer la nota que él le envió desde la apartada ciudad donde se encontraba, y que la hizo más vulnerable a la incandescencia de la soledad. Se situó cerca de la ventana donde momentos antes, había visto pasar al vendedor de queso y leche, y en donde las últimas tardes de agosto se le fue la vida mirando lejos.  

Si te digo que nunca te olvido ni de día ni de noche es una mentira para ti. No he podido comunicarme contigo, desde cuando llegué a esta ciudad., decían las primeras líneas Tu teléfono aparece fuera de servicio, por favor, llámame. La rabia contenida se hizo evidente en la forma como arrugó el papel y, luego, en las trizas que rodaron por el piso de madera. Aquella misiva de explicaciones tardías, trajo a colación los días de inútil espera. No quería saber a qué se dedicaba él ni por donde anduvo en todo este tiempo. Era verdad, ya no era suya. Dejó de serlo una tarde de abril mientras lo amaba. Encima de él, sintió el olor a tierra mojada y a pasto biche. Jadeó y cabalgó por la extensa pradera del entendimiento y, por más que esculcaba, no encontró ninguna razón para mantenerse junto a él. Ninguna de ellas tuvo asidero en su psiquis ni en su pudor cubierto ahora por una diminuta malla carmesí, regalo que él le  trajo de su penúltimo viaje.

Los intentos de alejarse de él empezaron a adquirir forma en la distancia de aquellas tardes locas en las que empezaba a recuperar su mal llamada cordura. Con su calma habitual, aprendizaje de otros días, siguió las consejas de los entendidos en la filosofía tibetana. Abandonó por completo el estilo de vida cercano a la sobriedad y se sumergió en las profundidades de la meditación, para agudizar más sus sentidos, para lograr mayores niveles de concentración y de acercamiento a lo que en esencia somos, según le porfiaban los aguerridos seguidores de la práctica presidencial. Sus manos ya no eran las manos de siempre. Descubrió que a partir de la observación detallada, ellas eran prolongaciones de un territorio libre para la locura, de una zona adyacente a la vista, al tacto, pero sobre todo del olfato con el que olisqueaba la vida y mordisqueaba sus rasguños.

El lúpulo surgió en sus evocaciones como el sonido de cascabeles. El sabor exacto del amargo que le restaba el toque empalagoso a la miel. Lúpulo y miel que reflejaban diecitantos años de ausencias y de cuentas tardías en las que nunca logró saldar la rabia y el resentimiento que le produjo la partida inesperada del hombre a quien amaba. Las imprecaciones saltaron al recordar que desapareció sin decirle nada, sin ninguna explicación, como casi siempre lo hacía. Sólo que esta vez, la tardanza se prolongó unos cuantos días que se fueron acumulando en varia calendas, muchísimas, en las que fue perdiendo la esperanza de volver a ser su mujer. Lo recordó para matarlo en su memoria y en sus querencias. El lúpulo apareció para recordarle las amarguras y las tristezas agazapadas en la vastedad del recuerdo. Entrelazó sus manos y comprobó que aún sentía la mirada penetrante y las expresiones sosegadas envueltas en una sonrisa a media asta del hombre que le enseñó a aferrarse a las palabras como asidero, como punto de quiebre en las variadas ausencias y en la fugitiva presencia.  Poco a poco fue percibiendo el poder que encierran las palabras y evocó el santo y seña de otros días: Lúpulo y miel perdidos en la memoria de las cosas, en las noches del inquebrantable tiempo que todo lo remedia, que todo lo diluye, inclusive el olvido que se convierte en un mapa cercano a lo que un buen día fuimos o quisimos ser. Costaba asimilarlo pero con cada mordisco que daba al queso y con cada sorbo de leche, el incesante lúpulo y miel se desdibujaba en sus adentros y cedía el paso a los bocados lácteos, requeridos ahora para sus deficiencias alimenticias. 
_________________________________________
©   Vivian Astrid De Villeros

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v5n18miel.html
PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 18