El misterio de los Buendía
o la Historia escrita con imaginación

Manuel Guillermo Ortega*
(Guillermo Tedio)
mortega@metrotel.net.co
Universidad del Atlántico

Este trabajo fue leído en la presentación del libro El misterio de los Buendía: El verdadero trasfondo histórico de Cien años de soledad, del narrador, dramaturgo e historiador Guillermo Henríquez Torres (Bogotá, Nueva América, 2003), el día 25 de marzo de 2004, en el Teatrino del Centro Cultural COMFAMILIAR del Atlántico, Barranquilla, Colombia.


Es difícil, quizás imposible, decir cuáles son las fuentes en que se basa un narrador para escribir sus ficciones, y ello es así, porque si bien parte de la matriz de la realidad, por otra parte, reinventa y acomoda lo que la realidad le ofrece. Del mismo modo, nunca trabajamos la realidad tal cual como está fuera de nosotros sino que partimos siempre de contextos, que no son la realidad sino los modelos o paradigmas que de ella creamos a lo largo de nuestras vidas. Igualmente, en el escritor operan  ciertos mecanismos de creación inconsciente o no consciente, determinados seguramente por desajustes o cesuras que vienen desde la infancia y de los cuales el escritor y los críticos no llegan a tener una conciencia plena.

En el caso de García Márquez, ya son varios los críticos y analistas que señalan, haciendo énfasis en un lugar o territorio eco-cultural, las fuentes que lo formaron. Así, Jacques Gilard, el acucioso crítico e investigador francés, ha nombrado principalmente a Barranquilla como el locus clave y definitivo en la formación literaria y vivencial de García Márquez. Jorge García Usta, por su lado,  viene señalando que fueron Cartagena, el trabajo de periodista en El Universal y  Clemente Manuel  Zavala, las presencias tutelares que hicieron de García Márquez el genial narrador que es. Otros, más regionales, determinan que fueron el pueblo natal, Aracataca, y la figura de su abuelo materno, el coronel Nicolás Márquez, los que construyeron al futuro narrador. Alguna vez, en una tertulia bogotana a la que asistí, se llegó a decir, en una hipérbole que rayaba en la necedad, que el García Márquez narrador provenía de Zipaquirá, con la inicial lectura de La metamorfosis, pero al mismo tiempo de Bogotá, donde publicó sus primeros cuentos en El Espectador: “La tercera resignación, “La otra costilla de la muerte” y “Diálogo del espejo”.

Toda esta discusión sobre los espacios originales que formaron a Gabo, nos hace pensar en las siete ciudades griegas que se disputaban la cuna de Homero, aclarando que para el caso de Gabo, no se trata de la cuna de origen pues nadie ha puesto en duda que nació en Aracataca, aunque se discuta la fecha, sino de un espacio original  referido a su formación cultural, vivencial, literaria. Por el contrario, tal discusión se ha presentado en el caso de Álvaro Cepeda Samudio, a quien se le adjudican dos lugares de nacimiento: Barranquilla y Ciénaga.

En mi modo particular de ver las cosas, estas discusiones me parecen anodinas e inútiles, impulsadas por un regionalismo cegato, teniendo en cuenta que un escritor no se forma en un solo sitio ni a partir de una sola experiencia. Me ubico en la posición ecléctica de creer que García Márquez y su literatura son el resultado todavía perfectible de múltiples y variadas experiencias en su derrotero por la vida, periplo en el que se incluyen, por supuesto, Aracataca, Ciénaga, Barranquilla, Zipaquirá, Bogotá, Cartagena, Barcelona, México y las experiencias todas de un garcía Márquez más internacional y planetario. Como dice hermosamente un poeta: “Soy la gota desprendida de las múltiples gotas que forman la entereza de la lluvia”. De hecho, en la formación de García Márquez, están presentes el abuelo Nicolás Márquez y la abuela Tranquilina y la madre Luisa Santiaga; igualmente el padre, Gabriel Eligio García, pero también las historias sobre los Henríquez, en Ciénaga, y Clemente Manuel Zabala y El Universal, en Cartagena, y el catalán Ramón Vinyes y Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor y Alejandro Obregón y Figurita y la Cueva y Cepeda Samudio y El Heraldo, en Barranquilla, y La metamorfosis y El Espectador, en Zipaquirá y Bogotá, y las dificultades económicas, en México, y el frío y la soledad, en las frías calles del barrio latino en París, y la fama y el prestigio y el premio Nobel actuales.

Henríquez Torres parece responder positivamente a Hayden White y Fredric Jameson, quienes invocan el uso de la creación y la imaginación en el discurso histórico. La hipótesis de Guillermo Henríquez —histórica y al mismo tiempo creativa—, en el libro que estamos comentando, es la de que el espacio cultural clave que está en la base de Cien años de soledad, involucra principalmente a Ciénaga, donde el abuelo de García Márquez, el coronel Nicolás Ricardo Márquez, con la profesión de joyero, se instaló de 1910 a 1913, procedente de Barrancas (Guajira), con su hija Luisa Santiaga, la madre de Gabo. Guillermo Henríquez acepta igualmente, en un menor porcentaje, la influencia de Aracataca y de Barranquilla, la última determinante en dos periodos: cuando estudió en el Colegio San José y luego cuando conformó el grupo de bohemia con Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Obregón y otros contertulios. Al nacer Gabo, en 1927, el abuelo Nicolás era el tesorero municipal de Aracataca, y el padre de Gabo, el telegrafista. Así, el Macondo esencial sería un espacio de ficción literaria, ecléctico, formado por tres sub-espacios conectados al autor en momentos cruciales de su vida: el Macondo poético (Aracataca), el Macondo dramático (Ciénaga) y el  Macondo creativo (Barranquilla).

Aparte de que Guillermo intente demostrar que la familia Henríquez es el modelo en que se basa García Márquez para construir la familia Buendía de su saga, y que particularmente, el coronel Aureliano Buendía, más que corresponder —como lo ha sostenido la crítica tradicional— a la figura del general antioqueño Rafael Uribe Uribe, comandante supremo de las fuerzas liberales en la Guerra del los Mil Días (1899-1902), se identifica mejor con la figura de Ramón Demetrio Morán Henríquez (1874-1966), aparte de esas dos premisas de tipo creativo, encontramos el mérito de producir lo que afirma el prologuista del libro, Carlos Uribe Celis, de la Universidad Nacional de Colombia, cuando anota: “so pretexto de mostrar el trasfondo real de Cien años de soledad, traza un cuadro vívido de 150 años de una otrora próspera ciudad del país, la capital de la zona bananera: Ciénaga” (10).

A pesar de su hipótesis central de que la construcción de la familia Buendía en Cien años de soledad se hace a partir de la familia Henríquez de la realidad cienaguera, el autor admite la presencia de otras familias, igualmente vinculadas a Ciénaga, en la confección del mundo macondino.

Son muchos los tópicos referidos a las familias de Ciénaga, tratados por Guillermo Henríquez en su excelente investigación. Por ejemplo, está el incesto. Este tópico, en la narrativa caribeña colombiana, tiene una tradición que pasa por García Márquez, Rojas Herazo, Álvaro Cepeda Samudio, José Francisco Socarrás, Marvel Moreno. El misterio de los Buendía: El verdadero trasfondo histórico de Cien años de soledad  nos informa de una tradición incestuosa, ya no en la ficción sino en la realidad de los pueblos de la Zona Bananera, principalmente en el seno de las familias dominantes, tendencia endogámica que se explicaría por la soledad y el aislamiento (patentizados en Cien años de soledad) y el afán económico de que las fortunas permanecieran en el seno de la propia familia. Henríquez señala el caso una familia que mantuvo “durante dos siglos de predominio socioeconómico en Santa Marta y sus pueblos, una vocación incestuosa legalizada e institucionalizada a veces por el matrimonio” (91).

En este libro, comprendemos mejor las razones para que en Cien años de soledad, La Biblia sea una presencia constante, ya señalada por la crítica nacional e internacional. Tales razones se hallarían en que todo el arsenal de los preceptos, mitos y rituales bíblicos ya presentes en la base española, se reforzaron con las inmigraciones hebreas y judías que penetraron a Colombia, por la península de La Guajira, y se extendieron por la zona bananera, principalmente Ciénaga, para después distribuirse por otras ciudades de la Costa (Santa Marta, Barranquilla, Cartagena) hasta alcanzar, en muchos casos, a Bogotá. Estas inmigraciones de judíos sefarditas provenientes principalmente de Curazao (que a su vez habían venido de Ámsterdam, Holanda) llegaron a Ciénaga enteradas de las riquezas de sus tierras en la producción del dividivi y plantas tintóreas, cacao, caña de azúcar, tabaco y, por supuesto, banano, aparte de la ganadería.

Para terminar, quiero transcribir otra frase del prologuista de El misterio de los Buendía, que hace plena justicia intelectual a este libro. Dice Carlos Uribe Celis: “Henríquez Torres pinta un cuadro admirable de la historia de la Ciénaga y de la zona bananera que no es otra cosa que el consciente histórico detrás del inconsciente colectivo de la abuela de García Márquez, resultando de este modo el signo último y la «clave» misma no solo de Melquíades sino de todo Cien años de soledad” (21). No se equivoca en ello el prologuista, y ese, me parece, es el gran mérito del libro de Guillermo Henríquez: la minuciosa investigación que realiza de los contextos socio-económicos, poblacionales y culturales que formaron la base socio-histórica de la que partió García Márquez para escribir la saga de los Buendía.

* Manuel Guillermo Ortega (seudónimo literaro: Guillermo Tedio), es  cuentista y crítico literario, coordinador del Área de Literatura en la Universidaddel Atlántico, profesor de la Especialización en Literatura del Caribe Colombiano.
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©   Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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VOLUMEN V - NÚMERO 18