AÑOS DE APRENDIZAJE
Y AÑOS DE OLVIDO*

Armando Romero
armando_romero@msn.com
Universidad de Cincinati, Estados Unidos


Para: Ignacio Ramírez, en homenaje y amistad.

* Nota al lector:
Sin proponérmelo, La Vida Nueva, de Dante inspiró estas líneas sobre mi vida, que más que nueva deviene antigua.


Si el poema es una hoja que cae, ¿podríamos decir que la poesía es el aire
que desplaza?
Si el poema es el salto de un grillo en la yerba, ¿vendrá la poesía a ser la luz
oscura que se desprende?
Si el poema es un papel en el bolsillo, ¿será la poesía el roto por donde
se escapa?


Preguntas por respuestas, planteamientos por soluciones, tesis por antítesis, la poesía pareciera no querer dejarse reflejar por esas mismas palabras que al fin la crean.

Vuelvo sobre todo esto sentado hoy aquí en mi casa en Cincinnati, mientras pienso en Ud., curioso lector, que ha tenido la amabilidad de venir a leer estas reflexiones del azar que acompañan mis versos. Creo con usted que la poesía cumple una función mayor en la vida de la humanidad, que la antigua disyuntiva entre lo útil y lo inútil ha quedado rezagada para los que comercian con la palabra; pero también siento que todo adorno filosófico aproximativo, interpretativo, sobra. Que decir la verdad sobre la poesía es igual a quedarse en silencio, que lo que supongamos es la poesía no va más allá, en la busca de expresión, de un tiovivo de paradojas.

A cada siglo que se abre el poeta está más solo, y si bien la poesía que lo acompaña no se altera por el golpeteo de las horas y sus días, su condición de poeta, de abanderado en una causa para siempre perdida, lo coloca solitario en el centro del mundo, que no es otro que su mundo compartible. Ser extraño que trabaja mirando por la ventana, como se ha dicho, o tirándose por ella al abismo.

Pero, ¿qué es lo que le pasa a ese ser que un día cualquiera empieza a transformarse en lo que llamamos poeta?

Algunos se arriesgan a creer que es una luna brava y sentimental que agarró a ese pobre muchacho o muchacha desprevenida en el patio de la casa;  o tal vez, en este siglo de química para todo, la falta o el exceso de una vitamina o proteína. Quizás es ese mismo aire de la hoja que cae y que luego se esconde debajo de nuestra cama y al cual sólo queremos tocar con nuestros sueños.

En 1960, cuando mis bigotes pasaban por pelusa, oí además del traqueteo de las pistolas que cantaban sus muertos a diario en mi barrio obrero de Cali, el repique de los tambores de un grupo fascineroso armado de una palabra a la que nunca se le dio ninguna explicación ni la tuvo, Nadaismo. No venían en caballos apocalípticos porque ni siquiera tenían plata para comprar zapatos, y a falta de papel bond escribían sus proclamas, manifiestos y poemas en papel higiénico. Se decían los profetas de la nueva oscuridad, y se definían como “geniales, locos y peligrosos”. Los Nadaistas no eran muchos pero hacían toda la alharaca posible para asustar y enfurecer a los señores y señoras de la sociedad. La leyenda generada en los dos años de actividad que en ese momento tenían hablaba de sacrilegios al altar de Dios y pactos nunca cumplidos con el demonio, robos de todo tipo, incluso literarios, secuestros de cuanta idea les pareciera adoptable, irreverencias y desobediencia al poder, cárceles y drogas, amor y vino, pero sobre todo, cargaban todos ellos el arma más poderosa que se ha inventado contra el establecimiento: la risa, pero no la risa cortés, aprobadora o complice, no, la risa como carcajada atronadora, como bofetada o discurso de Buda, la risa como forma de la perversión, el goce, la locura. Entonces salí de mi casa corriendo, como alma que se lleva el diablo, literalmente, y me encaramé en los parapetos surrealistas, patafísicos, dadaistas, existencialistas, que estos poetas del despropósito habían levantado en los bares del centro de la ciudad a punta de palabras donde el sinsentido era la semántica de turno.

Pronto estaba, pues, escribiendo poemas, cuentos o cuanta cosa sonara a latigazo verbal. Recuerdo que lo primero que salió de mi nuevo y desplumado bolígrafo fue una forma en cuento que se titulaba “Cuando se sigue subiendo no se piensa en nada más”. Leída en concilio por mis nuevos amigos les produjo un voto de aprobación, y en círculo me miraron con ojos que declaraban que estaba tan loco como ellos, y que era bienvenido. Otro de los intentos fue un “Diario” que los mismos nadaistas tuvieron que purgar para publicarlo en un periódico local. Mi tono se había subido demasiado. Poco a poco mis versos, buscando convertirse en poemas, se fueron depurando a fuerza de castigarlos con borrones. Uno de estos ojalá refleje en algo ese momento:

EXTRAÑOS SERES
RELUCIENTES CIUDADES

Cuando las formas luminosas que se reflejaban en mis ojos tomaban consistencia corpórea
Y cuando alargando mis manos podía tocarlas
Comenzaban a bailar en mi presencia extraños seres y relucientes ciudades
Y era difícil escapar de la bella posibilidad de mezclarse con ellos de perderse
Las noches se sucedían ágilmente saltando las cuerdas flojas de los relojes
Los mares se estrellaban contra mi cuerpo como tanques amanerados de la guerra
El sonido del tren desatornillándose de risa ante la presencia ineludible del descarrilamiento
Las máscaras ocultando los rostros desconocidos de dios
Los gritos de las paredes ante la herida de los cuadros

Oh extraños seres
Oh relucientes ciudades
El mundo se me está viniendo encima con toda su algarabía

-Salteadores de autos en caminos como caminos hurtándose lo profundo de la noche
Muchachas de bluejeans como bluejeans puestos a escurrir en las alambradas
Nadaístas desenfrenados acuchillados en las esquinas como esquinas de una moral sin salida
Pederastas recogidos por el viento como instrumentos de viento solitarios dentro del humo
Cuchillos entrando y saliendo sobre las fascias como fascias de esqueletos fosilizados
en las pirámides de papelillo
Besos prolongados sobre los parabrisas como parabrisas que han detenido el encanto de la
noche
Médicos corrigiendo heridas como heridas que aparecieron luego de que todo se hubo
consumado
Lágrimas confundiéndose con el plasma como dolor que se ha plasmado sobre los rostros de las
vírgenes
Abortos en los teatros como bellas prácticas de teatro futurista

¿Y qué voy a hacer yo contra todo este mundo que se me está cayendo encima?

Nada

Sólo sé que estoy feliz
Que tengo unos pocos pelos en el pecho que bastan para aplacar todas las balas
Y que te estoy amando
A pesar de todo
Y que te amaré
No importan las citas no concurridas
Ni los gritos al teléfono


Pero no fue ese el primer poema que se salvó de mi feroz autocrítica. Un día, sentado en el pupitre que me correspondía en mi colegio de bachillerato, me puse a repasar lo que en poesía podríamos denominar como circunstancial, y de esa mezcla de clases de anatomía, física y biología, a la cual le salpicaba el nombre de uno de mis compañeros, salió una idea que se puso a bailar frente a mí y devino ese mi primer poema:

EL DÍA QUE SE ESTRELLÓ EL MAR

Me he detenido repentinamente
En el sitio donde se estrelló el mar
Lo he visto triste y reclinado
Introduciendo un pedazo de arena
En la última de sus cavidades articulares
Una pesada polea acciona los destrozos
Un ingeniero agita sus manos dirigiendo la empresa,
-Creo que va a volar
Vuela
Se pierde-
El mar se estrelló ayer por la tarde a la 1 y 15
Me dice José el Periodista
Luego agrega
¿Quieres comprobarlo?
Está bien
Toma tus manos
Llénalas de agua
Lo verás sangrar

Mi afán irreverente y pendenciero me impulsó a mostrárselo al profesor de retórica, quien lo declaró por supuesto inentendible, falto de elementos de “razón”, y por supuesto antipoético, pérdida de tiempo. De lo lírico a lo narrativo, de la métrica a la flexibilidad del verso libre, del acento rítmico al discurso simple, el profesor encontraba indigerible la metáfora, la imagen que transporta el mar a la carretera, que de lo humano y natural salta a lo mecánico, despreocupadamente.

Mi estrecha relación con los miembros del movimiento nadaista continuó por todos esos años, pero algo en mí comenzó a alejarse de ellos. Era algo simple, que no significaba querella o desaprobación, pero que me era importante: distancia. Quiero explicar esto.

Uno de los puntos importantes del Nadaismo era la búsqueda incesante de publicidad, de autopromoción, para así difundir el escándalo por todo el país, y el exterior como sucedió. Violencia de las palabras y la imagen contra la violencia política, social. Para conseguir estos fines cada uno de los nadaistas se ideaba la mejor manera de estar en los periódicos todas las semanas, sino los días. Era pues necesario alimentar la bestia de las noticias a como diera lugar. Cualquier cosa era útil, incluso falsas peleas internas bien preparadas como maiz para los pollos de la prensa. Y los periódicos y revistas gozaban con este manjar de noticias picantes e irreverentes, este seguir a diario a los equilibristas de la razón y la locura. Yo gozaba y aplaudía esta conducta exhibicionista, pero cuando se trataba de mí la cosa cambiaba. Nada de eso me atraía, y tal vez por un cierto pudor, una timidez o una distancia con respecto a la exposición de mi propia imagen, no participaba en estos eventos, mi rostro no aparecía en los periódicos. Horas y horas de lectura en la biblioteca era mi respuesta, mi sitio. Tal vez eso marca mis poemas de esos días, su concentración en la imagen que se oculta a sí misma.

EL ÁRBOL DIGITAL

Era un hombre al que le habían enterrado su mano
[derecha
Pasaba sus días metido en una pieza vacía
Donde se sentaba
Los pies contra el ángulo superior de la ventana
Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey
Por el cual los rinocerontes
Ensartaban su cuerno
Y hacían brillar su corteza metálica

Le había dado por ser poeta
Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra
De tal manera
Que había descuidado su mano derecha
Esta creció lenta y furiosamente
Y sin que él se diera cuenta
Atravesó el mundo de lado a lado

Cuando los niños de la parte norte de Sumatra
Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos
Corrieron espantados a llamar a sus padres
Estos vinieron con sus gruesas espadas
Y cortaron el árbol de raíz
Un líquido blanco lechoso salió de la corteza
[tronchada

Desde ese entonces
El hombre como un poeta
Siente un dolor terrible
Agudo
En un sitio del cuerpo que no puede determinar


Tiempos de guerra eran esos, no sólo nuestra sempiterna guerra civil colombiana, que merece la categoría de animal fantástico, sino la guerra nuclear que se nos vino en octubre de 1962 con los misiles de rusos y americanos, enredados en la rumba cubana. La radio, con sus mensajes a todo momento, nos señalaba los lugares donde nos podíamos esconder a la caida de las bombas: debajo de la cama, detrás de una puerta, en un closet. También se recomendaba cerrar los ojos ante el quemonazo del fotógrafo atómico, y no comer nada porque todo estaría contaminado, especialmente las lechugas, espinacas y berros. Esto último no nos preocupaba porque no incluía las cosas buenas, suculentas. Pensando tal vez en la eternidad de la poesía, escribí el siguiente poema para darle sentido al holocausto:

FLORES DE URANIO

Llegaron los tres al mismo sitio
Pidieron espumeantes bebidas
Saludaron a la amable concurrencia

Llegaron los tres a la misma mesa
Tomaron humeantes pociones
No conocían a nadie
No estaban incómodos

Y he aquí
Que cuando los tres se encaramaron
Sobre la cornisa
Sobre la ventana
Sobre el agujero
La mujer de la cantina dijo no se asusten que ellos
          eran una nueva flor traída de Oriente

Pero cuando descendieron y mataron a toda la
[concurrencia
Ella dijo antes de morir que no había nada que temer
Que se había equivocado de jardín
Que se había equivocado de flor
Y que en vez de traer flores de Buda
Había traído flores de Uranio

Este poema sí mereció los elogios de mi profesor de química porque lo que yo no sabía, y él me lo señaló bien, era que en verdad existían las flores de uranio.

Yo no sabía tampoco en aquel entonces, pero mis días en Colombia empezaban a acortarse. Todo empezó con unos deseos de ir al otro lado, aunque fuera a la esquina. El movimiento nadaista continuaba en todo su esplendor y ya tenía tarjeta ciudadana, es decir, la voraz sociedad colombiana empezaba a deglutírselo. A fuerza de marihuana en el Congreso, salsa en la Presidencia, y rock y ácido entre militares y curas, fuera de los convidados de siempre: guerrilla, paramilitares, hampones, y como resultado violencia y muertos por todos lados y sabores, mis compatriotas veían al nadaismo como algo más en el baile de lo cotidiano, y ya las señoras y señores de la sociedad empezaban a aprender a no asustarse, y muy por lo contrario, a auspiciar eventos nadaistas, patrocinar publicaciones, etc. Mis deseos de cambio estaban unidos a una búsqueda interior que yo sentía cada vez más intensa, más necesaria. Un poema de aquellos días señala con cierta exactitud mis desazones de entonces:

MIS FANTASMAS

Iba a hablar de mis
fantasmas. . .
pero
¿cómo puedo
hablar de mis
fantasmas
si no los
he visto todavía?
Se enreda la sombra
por la trepadora de
mi boca
y me quedo largo tiempo
asomado al infinito
como el perro al cuadro
vacío de la ventana
y sé
que pilas de
fantasmas
podrán brotar de
un momento a otro
como manantial
a su arroyo
y que
a pesar de todo
yo que canto
no podré hablar de mis
fantasmas
sin haberlos visto
todavía

La condición de viajero será desde aquel entonces mi marca de fábrica. Sin tener un barco para encallar decidí un día que con la poca plata que tenía podría comprar un pasaje en avión hasta la frontera sur de Colombia, Ipiales, y allí, sin dinero para regresar, debería echar hacia delante. Y así lo hice. Casi un año de arrastrarme por esos caminos que de Ecuador me llevaron a Chile, me permitió adquirir el aprendizaje y la coraza para continuar el viaje después. Este poema en prosa, introductorio a mi libro A rienda suelta, trata de atrapar este momento:

PROEMIO

¿De qué huimos cuando han tocado la campana para que el día termine? Si el viaje fuera uno y otro paso, qué no decir de todos yendo. Pero el viaje es como el sueño, todo se va, y va poblando de unos hilos ligeros que caen del cielo y levantan humo de la yerba verde. El viaje tiene que decir de minerales y noches como ésta. O aquélla, la que endurecida y pintada como un huevo me dijo de la fugacidad del amor en un cerro de Santiago.

Uno tiene siempre dos sueños al alcance de la mano: en uno vamos en pos de algo, en otro somos perseguidos. El sueño es movimiento que interroga el espacio, hostigándolo para ser otro. Y ese espacio de cambio constante acoge el rutinar sin sentido de nuestros pies. Así el viaje dice que todo lugar es el lugar, que dondequiera que estemos no estamos. El viaje nos lleva a nacer en otra frontera, y en otra.

Yo caminé a desgarrones este ir y venir de las palabras que es el camino, le dí duro a la sandalia o a los viejos carramplones por el polvo, en esos pueblos, en esas ciudades, en aquellas montañas, al lado y adentro de ese mar, este río, y entre ellas levanté una sola palabra como quien se levanta temprano y busca la botella de vino, el cigarrillo, un pedazo de pan.

Hace muchos años, sentado al pie del carbonero que florecía al frente de mi casa, ví pasar un hombre  arrastrando su huida como una carga de trastos viejos. Adónde o de dónde eran las preguntas sin respuesta, y allí estaba él, huyendo para siempre. Mas no era yo quien se quedaba.

Son ahora, en el camino, estos destellos que juega al dado de las combinaciones la memoria, fragmentos de un palpitar por los relámpagos, los que vienen a ella entrelazados para construir el viaje, no hacerlo de nuevo sino de primera vez, como la huida detrás de la almohada o el aguijonazo de un tiempo que en el ver nos despierta.

El golpe fue violento. Nomás poner los pies en tierra extranjera, si extranjero puede llamarse otro país que no sea el de uno en América Latina, para sentir cuán aislados estábamos los colombianos, cuánta soledad se nos había metido por las hendijas de los años. Fue un abrir de ojos a lo humano, como cuando se tiene un hijo. Ese saber que algo se nos desprende del cuerpo para siempre y se integra al ser de los otros. Asímismo, la realidad que dejaba atrás se tornaba insoportablemente transparente. Pasados los años un poema viene a buscar esas claves:
                                       
OTRO PAÍS

Tan duro le dieron a ese país por todas partes que lo fueron haciendo redondo, y ya convertido en una masa grande daba de bola bola contra sus fronteras. No había quien lo detuviera cuando se iba para un lado, ni para el otro. Rodaba y rodaba dando tumbos cada vez más violentos. Dicen que si alguien permanecía mucho tiempo adentro se olvidaba del vértigo pero pobre del que saliera por un minuto, las maquinaciones del horror nunca lo perdonarían.

Este viaje iniciático también abrió otra puerta intuida por mí pero nunca experimentada en su totalidad: mi amor por las ciudades, que al fin y al cabo son sus gentes secretas, conocidas o desconocidas, la historia que se enreda por calles y avenidas. El olor particular de cada una de ellas, el olor, siempre el olor. Dos poemas vienen a ilustrar lo que digo:
                                         
QUITO

A Rafael Larrea, in memoriam

Recuerdo que un bárbaro en Asia dijo que ésta era una ciudad con nombre de cuchillo. Algo hiriente y hermoso. Sin embargo, para mí se trata simplemente de una ciudad donde todos enredan las palabras. Las retuercen de tal manera, las envuelven, las estiran, hasta que hacen una masa como de harina blanca. Entonces la empastelan contra las puertas de madera formando extrañas volutas, semicircunferencias, espirales, estrellas, soles en círculos concéntricos, líneas rectas como paralelas de líneas curvas, acentos, serpientes, granos de maíz, ángeles. Luego pasan unos hombres acaballados en unos sombreros altos y negros que pintan de oro estos moldes. De otra manera no puedo imaginármela, ni más allá ni menos acá de estas formas aventadas.
                                       
      VALPARAISO

Tal vez tendría una falsa memoria de Valparaíso si no me hubieran sucedido
cinco cosas: Primero, en la cima de uno de los cerros dos hombres cargan un piano,
y su silueta recortada contra el cielo es la misma música; segundo, en el malecón un
pescador se ha quedado dormido con varios peces atravesados en el pecho; tercero,
en la plaza Echaurren una prostituta con un hueco en la frente me dice de abandonarlo
todo e ir con ella hasta las alturas; cuarto, te busqué por entre los colores de las puertas
y el ruido de los funiculares y no estabas; quinto, se fue la noche y vino una mañana
de todos los cielos.

Al regresar, luego de un año, a Colombia, el mozalbete e impertinente nadaista se había transformado en un ser extraño y distante. Mis amigos me veían como con lentes de larga vista, pero al revés. Gonzalo Arango, profeta mayor del Nadaismo, me llamó a formar filas de comandante en el movimiento, pero con la sonrisa del que cree haber visto una tercera orilla en el río, me despedí y salí así, el año es 1969, de Colombia para siempre. Venezuela fue el país de salida ahora. Venezuela, otra isla, la Pequeña Venecia. Fui allí para poder saltar de nuevo y me quedé en el intento por muchos años, y en vez de saltar al Sur, mi sueño de entonces, terminé saltando al Norte, gracias al amor y el azar fortuito. Este paulatino cambio creo puede verse en este poema que escribí años después:

STRIP TEASE

                                           A Eduardo Espina

        A veces pienso que la vida lo va desnudando a uno.Yo, por lo menos, me he
quedado sin ese zapato que caminó por la avenida séptima de Bogotá una noche
salida del interior de un tiempo adelgazado por las esperas; la chaqueta de cuero,
de origen dudoso, se despedazó contra el respaldar del bar donde el bohemio infiel
empalidecía de aguardiente todas las noches; una camisa que no había pintado Rolf,
el alemán, acabó como trapo sucio en un apartamento de Valle Abajo; mis pantalones de
vaquero murieron congelados en los páramos de Mérida todavía con la bragueta en
perfectas condiciones; un roto de bala en el pecho tenía la camiseta a rayas cuando la
perdí de vista en Puerto La Cruz; los pantaloncillos terminaron haciendo cama para Agapi, la gata blanca de Sebucán. Es extraña esta vida que nos desnuda y nos viste de otro, tiempo tras tiempo

Caracas, ciudad de luz y concreto, de montes y tráfico, ciudad encerrada detrás del mar, fue desde ya una de las ciudades de mis sueños. Ciudad para amar y odiar, ciudad para salir corriendo o quedarse para siempre, barroca ciudad sin curvas, sólo líneas rectas, cuadrados y paralelepípedos, como su arte cinético, pensado hasta la locura de la razón. Ciudad amada por Alejo Carpentier, quien podía pasear por ella sus lógicos perros franceses como si fueran chihuahuas. Sin embargo, debo decir que otra ciudad marcó bien mis días de ese entonces. Presionado por dificultades económicas, luego de un viaje largo de casi dos años por el México de tantos rostros y por el solo rostro de los Estados Unidos, a más de Centroamérica, me fui a vivir en una ciudad venezolana, Mérida, trepada en un valle precioso en medio de los Andes. Si el viaje es movimiento, también es quietud, así como la música se alimenta de sus silencios. Y eso fue para mí Mérida: un estar en la posada del paraíso esperando que alguien diga algún día que se ha convertido en morada para siempre. No fue así. Pero los tres años que allí viví me dejaron unos poemas que bien ilustran ese lado del viaje. Veamos este titulado:

BRISA

El sólo movimiento de una hoja en el limonero puso en actividad toda la casa
A ras de suelo un leve humo disipó sus sombras y dejó al descubierto el dulce
                                                                                 ladrillo de los antepasados
El antiguo fantasmero de caoba fue puras risas entrecortadas y pasos  blandos
                                                                                                     como guantes
Las vigas en el techo y el soporte de las arañas temblaron como una trapecista
                                                                                             en celo de tendones
-Apagada estaba ya la vela en el altar contra el rincón y no se movía-
Al borde y al centro de una pantalla de adobe habían ahora puertas y ventanas
          en vaivenes de secos golpes y monótonos
Paso tuvo el sol que quedaba restando y sumando por los postigos y los portillos
En la fragilidad de sus lazos y la corredera del hilambre la hamaca dijo sí o dijo nó
Corrió veloz la mariposa única hasta el escaño deshuesado y sólido que esperaba
                 en el corredor
Y desde allí la ahumada cocina hizo leve muestreo de rescoldos y cenizas
Viejas ollas en depósito de sentencias y perfumes
Desierto de áridos granos y legumbres florecidas
Leña ya en el musgo y el renacimiento de las parásitas
Tardo hueco del fogón y su encanto
Platos y tazas desportillados por un constante repique de los usos
Pocillos en la pared como una interrogación colgando
Por el patio donde se desvanecía el acento trinitario y el punto aparte de las gallinas
caminó como un murmullo que no era sino roce y frotación de pieles desnudas por la hierba
El cielo se sostenía en un meridiano preciso que era una nube gris y muchas blancas más azul
Fue sólo un múltiple movimiento de pies como las hojas cortadas del plátano
Un sólo movimiento en esa tarde
Pero al detenerse el limonero
Todo en aquel sitio continuó como antes

Nada queda atrás. Lo arrastramos todo siempre, pegado a nuestras espaldas, como hacía aquel personaje de “El perro andaluz” jalando pianos, vacas, sacerdotes, monjas, toda cosa imaginable unida por el azar fortuito. Así,  al acto de escribir  se adhiere el acto de sentir, en un ir y volver constante. Un libro que publiqué en esa época en Mérida, “Los móviles del sueño”, carga estos dos poemas que viajan en esa dirección:

NOSTALGIA

Hay un alejado ángel
Del chorro primero y abundante

Sus alas de velos de color
De fuego
Niegan aguas y ondas

Se mece en hoja de talco
Y es lento como si comprendiera
El infinito diálogo de los espejos

En sus ojos
A flor de agua o a raíz de aire
La rama de un carbonero
Se humedece

Luego vendrá a su cuerpo
La nostalgia
Como hilos ligeros que flotan
En la atmósfera
Por las tardes de otoño

VIAJERA

En cuanto a los árboles
Tiene cabellos como batidora de plantas
Sube en soga por la miel de las raíces
Y en la punta de las hojas es cristal de agua

En cuanto a las noches
Camina por el añil en fondo
Dejando humo y sonido como vapor de fuego
Chispa de seno en curva adolescente

Es amor de múltiples amantes
Trigo en aire de inigualado desenfreno
Astilla firme en el corazón de los pájaros
Ovulo centro que esperma y desaparece

Hada en techos de zinc y asbesto
Muévese como trepadora en cruz sobre la rama
Precisa como gotera a medianoche
Da paso a un nuevo ruido

Esperándola estamos los hombres de la tribu
En la danza de abeja con olor a signo
Callados a la espera de palabras
Es a nosotros su más certero desafío

Mírala venir de ella en agua
Mírala caminar de ella en árbol
Mírala flotar de ella en noche
Mírala partir de ella en pájaro.

Debo decir que seres y ciudades han marcado mis días, aunque el desierto, la selva, el mar y los ríos son constantes en lo que me resta de imaginación y memoria, esas dos grandes serpientes emplumadas de todo lo que buscamos sea creativo. Estos paisajes naturales, humanos, de nuestra América han  venido desde mis pies y mis ojos a mis manos que escriben.
Luego de mis muchos años de peregrinaje encontré un día el amor y la tranquilidad de una ciudad más de ficción que de verdad, Cincinnati, donde me he quedado como tronco anclado en una curva del río. Y es desde ese centro, que no es ombligo ni culo del mundo, que empecé a laborar en el recuerdo para convertirlo en una forma del olvido, ya que cada vez que capturamos con nuestras palabras algo de nuestro pasado, de nuestro ser, y lo convertimos en realidad literaria, toda su verdad desaparece. Yo, por ejemplo, transformé a mi tía Chinca, en un poema, y así se convirtió en “una de las cien mujeres colombianas”, según palabras de un antólogo de poesía colombiana.

LA TÍA CHINCA
A Antonio Zibara

Nunca hablé de mi tía Chinca por miedo a su silencio. Recuerdo esas largas oleadas de humo que venían desde la última pieza, la que daba al patio, y que eran producto de sus cigarros baratos. Ella los fumaba allí, en lo oscuro, como quien saluda al infinito. No sé cómo era su voz porque nunca me dijo una palabra de rabia ni de cariño. Tengo memoria sí de sus vestidos negros y de sus babuchas gastadas por un caminar de no sé dónde. Nadie me dijo qué hacía mi tía Chinca los domingos o si tuvo amores secretos, pasiones violentas, encuentros fortuitos. ¿Qué hacía mi tía Chinca sentada sola en el patio? Cuando pasaba a mediodía por la sala, donde toda la familia se reunía a oír las canciones de Pedro Infante, mi tía Chinca dejaba una estela de cenizas y escombros como si lentamente se estuviera deshaciendo. Pero nadie lo notaba, o ¿era yo sólo el que descifraba las manchas que dejaba en el espacio? Dicen que murió pequeñita, como una torcaza, y que con ella enterraron también su silencio.

Cali, esa ciudad que mira hacia lo que está detrás del mar, donde mi infancia se había paseado por sus polvosas avenidas, su río seco, y la miseria de una palmeras tristes en el centro, vino a resumirse en estas pocas y escuetas líneas:

MI CIUDAD

Tal vez si de polvo y arcilla
Se volviera a construir la calle,
Si de arena y piedra
Se reflejara del sol la luz que asciende,
Yo volvería a encontrar la palabra luna
De esta mi ciudad de viento.

No puedo olvidar que me detuve
En medio de las ruinas de lo que ya era
Una multitud de enigmas indescifrables
Y allí solté en canto
Lo que se iba en sueño
Salté las piedras
De lo que fue tiempo.

Tengo clara memoria
De estar allí
Con el amargo de los días idos
Entre los dedos:
Paso de a paso entre fragmentos.

La selva del Amazonas, donde no me devoró la manigua como en “La vorágine” de José A. Rivera, sino donde casi me tragan las arenas movedizas de Tabatinga o me electrocutan las anguilas eléctricas de Leticia. Donde sudé todo lo que ser humano que poco ha trabajado puede sudar bajo un aguacero interminable. Donde soñe ir en una isla por el río que no se detuviera hasta el mar y más, pasó a ser un poema en 4 partes:

DE LA SELVA

A Christof  Westenfelde
I

La noche en la selva tiene el sabor distinto de los animales. Ya se han ido los pasos de los tigres en su blanda lana y quedan las uñas arando la corteza de los árboles. No hablemos de pájaros o monos colgando un chillido en el follaje, pero sí de saltamontes en un fluir de élitros alarmados, de murciélagos que hieren el aire con sus alas, de sierpes que tiramos por el piso. La noche en la selva luce oronda la materia atravesada de sus espinas, y todo es un crujir de huesos que se multiplican, de atentas bocas pobladas de colmillos que esperan entre las ondas apenas visibles de los esteros. Una caravana de pieles enmarañadas en la vecindad de la memoria abre sus esferas, y de esos adentros gruesas gotas como árboles se deslizan por el agua. De los animales no regresa más que el carbón hiriente de una mirada. La noche en la selva tiene del sueño y del amor un recuerdo vago.

II

Con la lancha y nuestra torpeza habíamos puesto en fuga todos los peces del chinchorro; con el saludo nos invitaron a la sala oscura de una casa entre los manglares; con un gesto amable aceptamos el café con panela que nos ofrecieron. De allí en adelante todo fue silencio y ojos brillando por las paredes. Y apenas nos despedimos, desde la distancia, los vimos tejiéndonos en el olvido de sus cuerpos por la selva, como si no fuéramos otra cosa que arañas.

III

Tendrían que haberse quedado allí, como nosotros, contemplando las lepidosirenas, esos pedazos de látigo que el agua escondía en huecos de barro, o atisbando al capibara con su hocico enhiesto y los dientes dispuestos a la carga; pero no, ahítos de sol se encaramaron en una isla que iba río abajo, palpitante, y allí limpiaron sus plumas con una parsimonia que sólo el espíritu de lo verde podía soportar. ¿Quién le había dicho a esos pájaros no venir sino ir olvidándonos en el irse de la selva? Obstinados, le lanzamos la garra a la lancha y nos pusimos al trote de las aguas, no fuera que en su ausencia nos dejaran presos en la espesura o en la vecindad de los abismos. Ya dentro del río no había noticia de ellos, tal vez ese deslizarse gastándose de escombros. Para ver pájaros como esos hay que ir hasta la punta, fue lo que le oí al remero. Por eso no quiero que hoy se diga que fue mi impaciencia la que hizo hundir la lancha.

IV

Algo carnoso y subterráneo se nos trepa por el cuerpo para alimentarnos e inflamar velas al viaje en fuga de nuestro barco. Los pájaros cantan a gritos el cansancio de las aguas y el navegante desteje sobre la marcha el éxodo de los días. Con esa raíz que es emblema de la huída vamos trajinando desalados tras la vida.

El desierto de Atacama, ese hilo de arena que va desde los pies del Inca hasta la iracundia de los Araucanos, donde hay montañas y abismos de arena para siempre, se vino a poblar con mis pesadillas:

ATACAMA

En cuanto pedazo se había partido la tierra habitaba un ser monstruoso aunque
invisible. Por las noches dejaba a su paso un hilo como de agua por las dunas y en las
mañanas brillaba más que los espejismos. Vivía allí entre esas rajaduras del suelo dolido
por los cambios verticales de temperatura, y no se alimentaba más que con la esperanza
de volver a ser visible y poder abandonar el perleo inmoderado de la arena. Yo también
lo había soñado cerca de Piura, pero fue allí, antes de llegar a Antofagasta, donde su pesadilla
me despertó. Por un segundo el desierto fue plano y continuo como la mesa de un billar divino.

¿Qué decir de ese mar de El Salvador, tierra de amor y sufrimiento? Sólo esto:

ATECOZOLO

Hay una arena negra en una playa cerca a San Salvador. Hay una tarde también
con esa arena. Alguien a mi lado mira la eternidad en la playa. Un pájaro cruza el
cielo negro envuelto en esa arena. Un niño tira piedras sobre la playa. Alguien llora
sobre esa arena. Ya pronto no hay pájaro ni tarde en la playa. Tampoco hay niños
sobre las piedras. Sólo esa arena, negra.

Debo concluir aquí con estos tres poemas que forman parte de mi libro de viaje en poesía, Hagion Oros-El Monte Santo. Este libro recoge mi visita al Monte Athos, la república ortodoxa al norte de Grecia, donde monjes y anacoretas habitan 20 monasterios como ciudadelas paralizadas allá en la Edad Media.

NADA DE MUJER, HEMBRA O ANIMAL FEMENINO

De aquí en adelante ya no habrá más mujeres.
Se levanta el puente sobre la cubierta y ellas allá,
a la distancia, saludando.
No habrá de ellas más presencia, tal vez una llamada
por teléfono, una postal para enviar desde Daphni.
No estarán sus vestidos como banderas columpiándose en las
alambradas.
Ni el roce de un perfume contra la tarde.
Nadie llevará rouge en los labios, el pelo suelto
contra la espalda.
El monte Athos enhiesto será todo Zeus mas no Venus.
Las caderas serán estrechas y el grito de un niño la ilusión
de un pájaro o un cerdo pequeño.
Habrá peces sí pero no el espejo de sus pieles.
Por los corredores de los monasterios no repicará el
taconeo de sus zapatos.
Ausencia habrá de cierto orden, la inefable disciplina que
conllevan.
No habrá el silencio que viene con su silencio, ni alegría,
ni rabia, ni tormento.
Narra la historia que un icono de la Virgen, furioso,
le incriminó a la emperatriz Pulcheria cuando
visitaba el monasterio de Vatopedi:
"No sigas adelante, en este lugar hay otra Reina y no eres tú.”
Nada de mujer, hembra o animal femenino caminará entonces por
veredas, montes o el cuartel de los monjes alucinados.
[Cierto es que en Pantocrátoras vi gallinas precedidas de
polluelos y en Docheiariou maullaban gatas por los gatos]
"Sólo con la divinidad es la cópula permitida”, decía el monje
Palamás con su acento de Oxford.
"Sólo en la noche la oración bendice las almas”, decía el eremita
de Santa Ana.
"El sucio”, un aprendiz de monje que a todo huele a la distancia,
ríe en su griego de entredientes y al monje mayor sirve: "No
hubo ni habrá mujeres en este santuario”, dice.
¿Y cómo sería si ellas vinieran y lo limpiaran todo?, nos preguntamos.
No ver mujeres por días y ya ahí mismo nos hacen falta.
No aquí, decidimos.
Dejemos esto para saber que existen,
y que por ellas existimos.
Lo mismo estos monjes que las ven a la distancia.

HAZ DE ASCETAS

Qué tanta cruz y tanto signo
en la iconostasis de la iglesia de la Transfiguración
en Pantocrátoras.
Todo aquel que hizo piltrafas del cuerpo para engordar
el alma,
camina por estos cielos frescos pintados por Panselinos:
San Antonio de Memfis, padre de los padres del desierto,
sirvió a Dios hundiéndose en la oscura vida de las
cavernas;
San Pacomio, modelador de eremitas a imagen y semejanza
de los monjes que son ahora y para siempre;
San Macario el Grande, estigmatizado, 60 años en el desierto,
padre de la danza macabra;
San Pablo de Tebas, cien años interno en una cueva hasta que
San Antonio lo enterró en el desierto ayudado por dos
leones;
San Moisés el Negro, rufián convertido a Dios y monje del
desierto;
San Onofrio, cuyas barbas tocaron el suelo de esta tierra y
lo enredaron para siempre en la profundidad de su
caverna;
San Simeón el Estilita, encaramado para siempre en una pilastra
de cinco metros, en el pie izquierdo un año, en el derecho
el otro. Una soga hundida en la carne podrida de su cuerpo,
y de ella se desprendían los gusanos: "Comed lo que Dios
os ha dado”, les decía con su bendición;
San Daniel, a su lado, como sombra del que no tiene sombra.
La larga fila de eremitas y anacoretas
-San Nilo, San Efraín, San Moisés, San Pedro el Athonita, 
San Pablo de Xeropotamou-
se pierde en la oscuridad y en los años borrosos de la
iconostasis,
pero allí está con humildad y soberbia
todo aquel que hizo infierno de la vida a tormento,
para ganar un cielo dulce como higos maduros,
una eternidad de boca abierta frente a Dios.

ADIÓS DE DIOSES

Vagan las historias de los dioses por los libros como
por nuestra imaginación.
Perenne movilidad en el eterno y clausurado Caos de su
origen.
Si el Monte Athos fue el primer trono de Zeus antes de
ir al Olimpo,
también es Athos quien lleva desde Tracia la gran montaña
para coronar en las alturas el tridente de su padre,
Poseidón, hecho verdad en las tres lanzas de tierra de
la península Calcídica.
Es Homero, aquel que dijo a no ver más que por nosotros desde
el allá al ahora, quien de entrada esto nos afirma.
Claudio, emperador, lo contradice, cuando señala que Athos,
monstruoso hijo de la tierra, lanzó contra los dioses
del Olimpo toda la furia de sus nieves, correspondiendo
a un mortal, Hércules, el derrotarlo por designio del
Oráculo.
Cierto lo uno o lo otro los dioses colmaron con sus líquidos
seminales este vaso de tiempo hasta derramarlo.
Por senderos y caminos, valles y montañas, al mar y entre los
riscos, una estela de azares y encuentros, caprichos y
destinos marcó las lindes de su permanencia.
Erguidas estatuas aunadas a una geografía hierática eran faros
para iluminar la rada que desde la otra orilla viene a la
vida mientras regresa.
Pero un día aciago deben haber sentido los dioses un puntazo en
el pecho, un llamado al origen.
Era el pie de una Mujer Virgen en las playas de Dion la aguja
que se enterró en su tiempo para detenerlo;
y como el Todo, en movimiento de siglos, se detuvo en ese
instante,
la danza de los dioses los congeló en el último gesto al momento
de empezar a resquebrajarse en pedazos por los suelos.
Pasto ahora de la historia, de los desenterradores, de los
reconstructores, los dioses en fragmentos observan
silenciosos el todo poder del Unico, el nombrable con
el sólo signo que no es dos.

¡Qué tristeza de dioses hay donde vive Dios!

¿Es esto la poesía? No lo sé. Sólo puedo decir que son años de aprendizaje y olvido, entremezclados ellos como iguanas en una calle que desapareció en el centro de la vieja Managua luego del terremoto de 1972. Pero la pregunta que sí es válida, creo, es la que se me ocurrió en uno de mis primeros poemas: “¿Cuándo conseguiré de nuevo el silencio?”. Muchas gracias, amigo lector.

EL AUTOR:

Armando Romero (Cali, 1944), poeta, narrador.
Profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Cincinnati, Estados Unidos.
_________________________________________
©  Armando Romero

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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PORTADA
VOLUMEN V - NÚMERO 18