Memorias del olvido: Rafael Panizza
(1953-1990)
Miguel Falquez-Certain
“¿Cómo hicieron para que Jean Marais pudiera traspasar el espejo?”, resonó la voz de un muchacho en el salón semivacío de la Alianza Colombo-Francesa. Acababa de terminar la proyección del Orphée (1.949) de Jean Cocteau y la mayor parte del público se había marchado ya, luego de un período de discusión sobre la película en el cual yo había servido de moderador. Todos los miércoles, a las ocho de la noche, gracias al apoyo de Claude Mazet, director de la Alianza, mi profesor de francés e indudable mentor, yo presentaba un filme francés, con una breve introducción histórica y un debate posterior sobre sus méritos, en lo que vino a conocerse como el “Cine Club de la Alianza”.
Estaba recogiendo mis notas de la mesa cuando la pregunta me la formuló a mis espaldas de sopetón. La voz era dulce y tímida, como la de un niño rebosante de curiosidad. Al voltearme vi junto a mí a un joven bien parecido, un poco más bajo que yo, con un hombro más caído que el otro, sonriéndome. Lucía bluyines ceñidos, una camisa abigarrada y llevaba una mochila al hombro. Al parecer su timidez le había impedido intervenir en la discusión y había esperado a que todo el mundo se marchase para acercárseme. Me dijo que su nombre era Rafael Paniza, que había nacido en Corozal pero que su familia vivía ahora en Ovejas, que estaba recién llegado a Barranquilla y alojado en casa de unos primos, que había asistido a todas las películas del ciclo y que le encantaba el cine francés.
Nos fuimos caminando por la Avenida Colombia rumbo a mi casa, hablando a borbotones, robándonos la palabra, pontificando sobre el cine, la literatura y las artes plásticas con unas ganas pantagruélicas que sólo la juventud podía brindarnos. Él tenía 19 años; yo, 23. Nos despedimos en la puerta de mi casa, y cuando ya se disponía a seguir su camino me dijo que, si quería, mañana me podría mostrar los cuadros que había estado pintando en los últimos meses. “Son paisajes de las Sabanas de Bolívar, tal como yo los recuerdo”, me afirmó. “Primitivista”, me aventuré a decirle. “Naïf”, me corrigió con firmeza. “Yo soy autodidacta, como el Aduanero Rousseau.” Quedamos en vernos en casa de sus parientes al mediodía.
Yo nací en la casa en donde aún vive mi familia – al costado del Colegio de Lourdes; Rafael estaba hospedado mucho más al norte, casi al final de la ciudad. De manera que tomé un taxi y me presenté en la casa de los Espinosa, sus primos, a la hora acordada. Hacía un calor asfixiante y las acacias, trinitarias, begonias y matarratones se ofrecían florecidos a lo largo de mi recorrido.
Al bajarme del carro noté que estaba esperándome en la terraza. Tenía puestos unos pantalones cortos, una franela y sandalias. Nos sonreímos y, al llegar a la puerta, nos estrechamos las manos formalmente. Al entrar me presentó a su prima, Teresita Espinosa, y luego nos fuimos a su alcoba, que también hacía las veces de estudio y en donde estaban colgados la mayoría de sus cuadros.
La pieza estaba llena de luz; las paredes, atiborradas de pequeños cuadros que producían su propia luminosidad: los verdes y rojos de una naturaleza desenfrenada enmarcaban plazas pueblerinas, carros de mula, tejados minuciosamente detallados, campesinos ofreciendo sus productos en las plazas de mercado, soles que estallaban en bólidos de luz, perros ladrándole a una luna azul que se resolvía en un torbellino blanco con la textura volviéndose viva y saltándose del cuadro.
En 1.970 regresé de Nueva York a Barranquilla luego de una estadía de año y medio. Las pinturas del Aduanero Rousseau que había admirado en el Museo de Arte Moderno – sus dimensiones descomunales, su león husmeante, sus montañas y zonas desérticas, su gitana negra adormecida, sus exóticos pájaros y flores, sus micos y guineos en medio de una vegetación selvática desmesurada, invadido todo de un letargo onírico – me volvieron súbitamente a la memoria como el recuerdo de un perfume olvidado en un recodo de la vida. Los cuadros de Rafael, sin pretender plasmar un ambiente superreal a lo Magritte o a lo Rousseau, creaban sin embargo ese mundo sencillo y prístino de nuestros pueblos costeños. Era como si regresara, de la mano de mi padre, a aquellas excursiones por Galapa, Baranoa y Sabana Grande, esperando atrapar en mis jaulas de complejas trampas los más hermosos pitirres. Los colores primarios establecían un diálogo enajenado y lírico que al instante supieron cautivarme.
Esa noche volvimos a encontrarnos en mi casa. En medio de un calor abrasante – exacerbado por las copas de Ron Medellín con Cocacola y por la intensidad del intercambio de opiniones irreverentes y de confesiones abruptas – nació nuestra amistad. Me contó que se había ganado un pasaje de ida y vuelta al Brasil en un concurso al mejor cartel organizado por una agencia de publicidad, y que había estado estudiando portugués pero que, desafortunadamente, no le había sido posible viajar pues su madre se hallaba muy enferma con un cáncer terminal y no se atrevía a ausentarse por temor a no estar presente en su lecho de muerte.
La noche transcurrió con altibajos y, de pronto, se me ocurrió contarle la narración bíblica de la lucha nocturna de Jacobo y el Ángel en donde el primero confronta las luces del alba con una herida en la cadera que le deja renco y el segundo, alabándole su tenacidad en la contienda “con seres humanos y divinos”, le otorga un nuevo nombre: Israel. Recordamos luego el cuadro de Matisse. Sin ton ni son le dije que uno de mis antepasados se apellidaba originalmente Cassola, a la italiana, pero que al españolizarse se convirtió en Cazola. Me dijo que el pintor José María Espinosa Prieto, el gran retratista de Simón Bolívar, era un antepasado suyo. Discutimos la diferencia entre los Espinosa y los Espinoza. Le conté que mi apellido era catalán y que en Barcelona se escribe Falques. Consideramos la existencia de un posible parentesco entre nosotros por mis primos Prieto Sánchez. Y decidimos, finalmente, que esta noche habíamos presenciado su epifanía pictórica rebautizándole y rebautizándose Panizza, con doble “z” y a secas.
Desde ese día, mi familia, mis amigos y yo le llamaríamos Panizza. Vinieron entonces unos meses agitados durante los cuales fructificaron y se cohesionaron diversas corrientes culturales que hasta ese momento se hallaban dispersas: Antonio Caballero Villa, Alfredo Gómez Zurek, Meira Delmar, Álvaro Medina, Ramón Bacca Linares, Margarita Abello Villalba, Anne-Marie Mergier, Álvaro Ramos, Carlos J. María, Braulio De Castro, Rufino Osorio, Carmen Arévalo, Álvaro Herazo, Alberto Vides, Rafael Salcedo, Francia Ribón, Inés Mendoza, Jaime Manrique Ardila, el Tato Abello, la Mona Falquez, Julio Roca Baena, Ramiro Visual, Lola Salcedo, Beatriz Manjarrés, Panizza, Claude y Danielle Mazet, Campo Elías Romero, Luis Ernesto Arocha, y yo, todos, de una u otra forma, nos cruzábamos en los cocteles de la Alianza o en las galerías, en “sancochos literarios” o en paseos por los pueblos del Atlántico, en el Museo Antropológico o en parrandas en casa de Toño Nieto y Francia Ribón, en la creación del nuevo Cine Club de Barranquilla o en la fundación del suplemento literario del Diario del caribe, en mis fiestas de cumpleaños los 9 de diciembre o como periodistas, traductores, críticos, columnistas, poetas y cuentistas en los periódicos y emisoras de la ciudad, en las rumbas en uno u otro de los apartamentos del Edificio La Perla o en casa de Esther Simmonds los 15 de agosto, en las conversaciones cinematográficas en los bares de la calle 72 después de las funciones del Cine Club o en tertulias literarias con Rosita Marrero y Alfredo Gómez al timón, en las noches de “Baco” o en la entrega de premios en mi casa todos los 31 de diciembre cuando Álvaro Ramos, Braulio De Castro y yo, la autodenominada “Academia”, otorgábamos trofeos tales como “La momia de oro” o “La indigna del año”.
Una tarde Panizza me llevó a conocer a la hija del Hilda Strauss quien vivía por el Parque de los Fundadores. Yo sabía quién era la madre pues ella había sido candidata a Señorita Atlántico, en 1.951, cuando mi hermana Linda salió elegida. El propósito de nuestra visita era escuchar el sinnúmero de discos brasileños que su amiga tenía para poder así aprendernos las letras y mejorar nuestros conocimientos del portugués. Fueron varias las idas y venidas a aquella casa solariega en donde siempre nos recibieron con hospitalidad. De allí salíamos cantando “Cidade maravilhosa, cheia de encantos mil...” o A banda de Chico Buarque de Hollanda, y nos íbamos a visitar a Francia Ribón al edificio “Once de noviembre” a la vuelta de la esquina.
Con la recomendación de mi prima, la Nena Pumarejo, Panizza logró su primera exposición individual en el Salón Cultural del Banco de la República en 1.974, y gracias al espaldarazo crítico que recibió, su carrera se inició con los mejores augurios. En los tres años que habían transcurrido, sus primeros motivos sabaneros habían sido substituidos por las viejas mansiones señoriales del barranquillero barrio El Prado y su exuberante flora: paulatinamente la figura humana había ido despareciendo para darle paso a la geografía y a la arquitectura de su tierra adoptiva.
Y Barranquilla le pagó con creces porque su obra tuvo una demanda inusitada. Aunque la devoción a su pintura le ocupaba la mayor parte del tiempo no por eso dejábamos de frecuentarnos: había días en que se presentaba de improviso a mi casa a visitarnos a mí y a mi tía, la Mona Falquez – acompañado de Gérard, un francés, y de Ernesto Barvo, un vecino mío de la infancia –, y pasábamos horas departiendo, jugando veintiuna, bebiéndonos unos aguardientes, riéndonos de la vida; había otros cuando íbamos a visitar a Rudy Díaz Granados en su apartamento frente al Hotel El Prado o a tomarnos unos tragos en “Baco”, el otrora bar acogedor de Rita García y Mabel Henao.
Por otro lado, de sus viajes a Ovejas a visitar a su madre enferma, Panizza nunca se olvidaba de traerme regalada una botella de suero sabanero que tanto me gustaba. Aunque regresaba triste y deprimido, a los pocos días recobraba su buen humor, dedicándose a su pintura con renovado tesón. Fue así como se inscribió en 1.975 para participar en un concurso de murales, embarcándose en una nueva empresa con la cual no estaba familiarizado, como imponiéndose un reto.
Todos los días, durante dos meses, montado en un andamio frente a la inmensa pared blanca de un consultorio médico frente al edificio “Once de noviembre”, sudando copiosamente y con las ropas manchadas de pintura, se le podía observar “construyendo” minuciosamente una espectacular reproducción de la fauna, la flora, la topografía, la arquitectura y la humanidad de nuestra desmedida tierra caribe. Viéndole allí, con la resolana golpeándome los ojos, su figura delgada engendrando una silueta alargada, empequeñecido por la distancia y el contraste con la escala gargantuesca de su obra, me convencí de que el destino le depararía grandes triunfos. Los jurados declararon su mural fuera de concurso.
Poco tiempo después decidí marcharme a España a estudiar literatura. Panizza siempre estuvo fascinado por un grabado de mi pariente Enrique Grau que yo tenía en mi cuarto. Grau lo había ejecutado en Nueva York, a comienzos de los años cuarenta cuando asistía al Arts Students League, y no se parecía en nada a lo que, años después, vendría a convertirse en su reconocido estilo. Para principiar, sus dimensiones eran 28 x 23 centímetros, en blanco y negro, sus figuras eran monstruosas y distorsionadas, y el paisaje urbano me recordaba a la Metrópolis de Fritz Lang. Le había pertenecido a Ebel Botero; su sobrino, Orlando Agudelo Botero, en ese entonces moralista precoz y buen dibujante, me lo había regalado un buen día de 1.965 cuando ambos estábamos en quinto de bachillerato. Panizza insistía en comprármelo; terminé por canjeárselo por uno de sus exitosos cuadros con la esperanza de poder venderlo y reunir así más dinero para mi viaje inminente. Al final todos quedamos satisfechos; en octubre del ’75 tomé el vuelo de Avianca que me llevaría a Madrid a estudiar literaturas semíticas en la Universidad Complutense.
* * *
Panizza y Falquez-Certain
No volví a ver a Panizza durante tres años. A finales de 1.976 yo había regresado a vivir a Nueva York. En 1.978, cuando me disponía a cruzar Park Avenue a la altura de la calle 51, justo al frente de la Iglesia de San Bartolomé, la misma en donde contraen nupcias Liza Minelli y Dudley Moore en la película Arthur (1.981), escuché que alguien me llamaba desde la acera de la iglesia. Le reconocí de inmediato y empezamos a saludarnos con impaciencia pues el semáforo en rojo nos impedía acercarnos, por fin decidiendo esperar a que él atravesara.
Estaba recién llegado. Sin embargo, ya había efectuado su primera venta a la sucursal del Banco de Bogotá que estaba localizada a cuatro cuadras de donde nos encontrábamos: la esquina del European-American Bank en donde yo trabajaba. Fue un encuentro fortuito y maravilloso; en inglés se dice serendipity, derivado del cuento de hadas persa “Los tres príncipes de Serendip”, por la suerte que tienen los personajes al encontrarse tesoros a diestra y siniestra. Le acompañé hasta el banco y me quedé admirando su obra en el vestíbulo mientras él iba a la gerencia a recoger su cheque.
Al salir hablamos brevemente pues yo debía regresar a mi oficina ya que la hora de mi almuerzo estaba llegando a su término y él tenía otras diligencias que hacer. Estaba temporalmente alojado en la Y.M.C.A. cercana al Lincoln Center mientras encontraba algo más estable y me prometió llamar al día siguiente a mi apartamento en Brooklyn. No obstante, pasaron varios días sin que tuviera noticias suyas. Y cuando en efecto me llamó, supe que se había conectado con el grupo de Andy Warhol por lo que se encontraba muy contento: había posibilidades de entrar por la puerta grande al mundo artístico neoyorquino. Le invité a que saliéramos a comer, pero me dijo que estaba ocupado: el “grupo” se iba de parranda al “Studio 54” y no-podía-perdérselo-por-nada-del-mundo. Eran los inolvidables años del “agite” y de la “tenacidad”, en las postrimerías de un decenio turbulento que venía fomentando el caos en todos los frentes, cuando el desenfreno estaba a la orden del día y se vivía, como dice el protagonista de una vieja película de Hollywood, “deprisa, para morir jóvenes y crear un cadáver precioso”.
Volvimos a hablar por teléfono varias veces pero nunca fue factible encontrarnos. Muchos años después me enteraría que su estancia fue corta pero que regresó a Nueva York en 1.981 a estudiar en el Arts Students League. Mis señas habían cambiado en el ínterin: en 1.979 me había mudado al Condado de Queens y en 1.981 abandoné mi trabajo de traductor, en el Manufacturers Hanover Trust, cuando acepté una beca para estudiar el doctorado en literatura comparada en New York University. De modo que nunca nos cruzamos durante su estadía de un año, aunque amigos me contaban que creían haberle visto de lejos, desde la ventanilla de un bus.
En noviembre de 1.987 regresé a Barranquilla luego de doce años de ausencia. Mi hermano Billy me dijo que Panizza había estado esperando mi llegada pero que al parecer no podría verme pues debía viajar a Europa en esos mismos días.
Sin embargo, una tarde a finales de noviembre, el timbre de la puerta sonó y al abrirla me encontré a Panizza plantado en la mitad de la terraza, sonriente. Nos dimos un gran abrazo y empezamos de inmediato aquel diálogo que había quedado interrumpido hacía nueve años. Su presencia física no había cambiado demasiado: aún conservaba su rostro juvenil, su sonrisa perfecta, su melena abundante, sus carnes magras. Por el contrario, el cambio había ocurrido en su carácter: hablaba pausadamente, midiendo sus palabras, salpicadas aquí y allá por su inconfundible y exuberante risa, por sus gestos efervescentes. Había madurado.
Le ofrecí un aguardiente pero no me lo aceptó: era abstemio desde hacía tres años. Me dijo que vivía a la vuelta de mi casa y que vendría a visitarme a menudo durante el mes de mis vacaciones.
Y así lo hizo. Se presentaba al caer la tarde y nos sentábamos en el jardín interno de mi casa a contarnos retazos de nuestras vidas, tratando de ponernos al día en una carrera contra-reloj, reviviendo tiempos pasados y reconstruyendo difícilmente historias paralelas de tantos años. Los viajes a Nueva York le habían modificado fundamentalmente su visión de la vida y del arte. Se expresaba con precisión y riqueza sobre conceptos estéticos y me mostró fotos de sus nuevas obras, recortes de periódicos, catálogos de exposiciones, entrevistas, artículos suyos publicados y me regaló unas diapositivas de su trabajo reciente.
Había abandonado la pintura naïf por la transvanguardia. En Nueva York se había sumergido con pasión en las galerías del SoHo en donde exponían frecuentemente Sandro Chia, Francesco Clemente, Jean-Michel Basquiat, Julian Schnabel, todos los nuevos “monstruos sagrados” del “arte feo”, herederos indirectos del art brut de Dubuffet que yo tanto había admirado en una retrospectiva en Madrid en 1.976. Definitivamente era un nuevo Panizza, tan radicalmente distinto que, vistas en conjunto, parecerían obras de un esquizofrénico. Tan sólo aparentemente. Bien al fondo, se podían discernir esfuerzos paralelos como los reflejos de un espejo en otro espejo: había un análisis consciente en la distribución pictórica que se emparentaba al preciosismo de sus paisajes rurales; también una soltura desfachatada en la composición que se entroncaba con el desenfreno figurativo de su período naïf.
A principios del ’87 yo había publicado en Nueva York mi primer libro, Reflejos de una máscara, que recogía una selección de mis poemas escritos desde 1.968 hasta 1.982. Se lo regalé a Panizza en una de sus primeras visitas, y más tarde me comentó que lo había leído y le había sorprendido gratamente descubrir que la mayoría de ellos eran amatorios o eróticos. Él era uno de los tantos que aún guardaban la distorsionada imagen mía de comienzos de los años setenta según la cual mi cinismo y mis desplantes me convertían en un ser neurótico, glacial, distante y amargado. Tan sólo Margarita Abello y Anne-Marie Mergier habían vislumbrado la verdad. Mi poema “El desencanto” así lo definía: “Detrás de toda esa coraza / yo sé que encierras la ternura. / El cinismo es un largo aprendizaje / que de improviso te sorprende / porque nunca / lo has deseado ni buscado”. Reflejos... le había mostrado a Panizza el otro lado de la máscara.
El 9 de diciembre, a las siete de la noche, me avisaron que Panizza me estaba esperando para darme su regalo de cumpleaños. Con las manos aún sucias de pintura, me entregó un cuadro de 101 x 81 centímetros que acababa de terminar: “Reflejos de una máscara”. Había recortado las tres caras mías que aparecen en la portada del libro, el título y 41 fragmentos de mis poemas, y los había distribuido por la superficie del lienzo rodeándolos de pigmentos verdes, violetas, rojos y amarillos. En la esquina inferior izquierda había escrito: “Miguel, esas (tus) palabras ahora son mías. Panizza 87”. “Tuve que descuartizar tu libro”, me dijo con una gran sonrisa. “Me tendrás que regalar otro.” Oportunamente, Margarita Abello estaba con nosotros en ese momento cuando aún no se había dado comienzo al jubileo.
En noviembre de 1.988 regresé de nuevo a Barranquilla. Panizza había postergado indefinidamente su viaje a Suiza, y por un amigo de él, Francisco González, se enteró que Alfredo Gómez y Eduardo Vides le daban una fiesta a “un barranquillero que vive en Nueva York”. Se imaginó que era yo y volvimos a encontrarnos. Acababa de terminar la exposición de su serie escultórica de San Sebastián en el Teatro Municipal Amira de la Rosa pero ofreció mostrarme un par de ellas que se encontraban actualmente expuestas en la Galería Elida Lara. Me pasó a recoger a las once de la mañana, y cuando le insinué que tomáramos un taxi, me dijo que la galería quedaba cerca de mi casa. Nos fuimos caminando, subiendo por la carrera 49 hasta la calle 74 en busca de sus santos en plexiglás.
En el camino le hablé del Museo Medieval de Barcelona en cuyos salones se exponen alrededor de 350 esculturas de San Sebastián ejecutadas por diversos artistas de distintos siglos, y le pregunté si había visto la película inglesa de Derek Jarman Sebastiane (1.976), el único filme en la historia del cine con diálogos en latín. Aparentemente nunca había sido proyectado por estos lados.
Disfrutando del aire acondicionado de la galería, tuve la oportunidad de observar sus incursiones en el nuevo medio. Por él supe que tenía una cuadrilla de artesanos que ejecutaban sus instrucciones, dándole forma a sus diseños en esa mercurial materia que al recibir el rocío de una regadera se expandía vertiginosamente como un paracaídas al abrirse en su descenso por el espacio. Gesticulaba en abundancia mientras golpeaba con sus nudillos las preciosas figuras huecas que parecían troncos de árboles en su sinuosidad “natural”: estaban más cerca de la serie “Balzac” de Rodin que de las esculturas “clásicas” o de las abstractas. Los chorros de pigmentos que surcaban indiscriminadamente la piel desnuda de este mártir sexual recogían los dos medios en una conjunción recargada, “sincretizándolos” en un nuevo objeto parecido a las descomunales “chatarras” de Frank Stella de los años ochenta.
De la mano de Panizza volví a descubrir a Barranquilla. En medio de un calor hostigante debido al disparatado retraso de los alisios, Panizza y yo caminamos por los barrios Boston, Porvenir, Prado, Modelo y Bellavista, sudando a borbotones, aspirando el olor de las acacias y de las trinitarias florecidas, refrescándonos con gaseosas en las tiendas esquineras, presenciando estupefacto la metamorfosis de caserones y quintas en edificios de propiedad horizontal, regocijándome cuando hallaba una casa intacta, en medio de establecimientos comerciales, que se identificaba con la imagen que guardaba celosamente en un meandro del recuerdo. Su mural del “Once de noviembre” había sido demolido para construir una universidad. Al desembocar en el Coliseo Cubierto una brisa violenta nos golpeó los cuerpos sudorosos produciéndonos escalofríos.
Una tarde de diciembre Panizza y yo volvimos a entonar aquellas canciones brasileñas que habíamos aprendido juntos hacía ya tantos años. Juan Pablo Manotas se divertía escuchándonos y nos sorprendíamos al ver cómo las letras regresaban sin el menor esfuerzo.
Hablamos de las muertes recientes de Andy Warhol (¿1.930?-1.988) y de Jean-Michel Basquiat (1.960-1.988). Me comentó sobre la exposición “Cien años de arte en Colombia” en donde estaban incluidas obras suyas, la cual había recorrido el país y luego el Brasil e Italia; de su participación en “El arte contemporáneo colombiano” en Londres y Bruselas, en la Segunda bienal de La Habana y en los pasados salones nacionales; y de la reciente Primera bienal de arte de Bogotá en donde había resultado finalista. En una entrevista publicada en Intermedio en septiembre de ese año, Julio Roca escribía que “para Rafael Panizza el futuro apenas comienza”. De eso estaba yo plenamente convencido. Quedamos en vernos el año siguiente a su paso por Nueva York.
Desdichadamente nunca más volví a verle. En mis llamadas telefónicas a Colombia a Rufino Osorio y a Álvaro Ramos, o cuando Braulio De Castro venía a visitarme a Nueva York, preguntaba siempre por él. Nunca supe su dirección exacta.
En noviembre del año pasado, hablando por teléfono con mi hermana Linda, supe que había estado en mi casa una noche hasta el amanecer, charlando animadamente con ella y mi hermano Randolph, totalmente sobrio mientras ellos se bebían unas copas.
En la tarjeta de navidad que le envié a Rafael Iglesias le pedí que le diera saludos de mi parte y le anuncié mi visita en diciembre del ’91.
El quince de enero asistí a una exposición de Basquiat y Keith Haring (1.958-1.990) en una galería del SoHo. Al llegar a mi casa me encontré en el correo una carta de Renato Damiani Simmonds en donde me comentaba la muerte de Panizza, presumiendo que ya me había enterado. La noticia me dejó estupefacto durante unos minutos. Me serví un Scotch doble con hielo y le abrí las compuertas a las lágrimas. Llamé a varios amigos en Barranquilla pero no pude localizar a ninguno. Finalmente mi madre me confirmó la noticia añadiendo que Braulio De Castro le había dicho que Panizza había muerto el 30 de diciembre en Cartagena y que ese fin de año había sido uno de los más tristes de sus vidas.
Esa noche no pude conciliar el sueño. Las imágenes me llegaban atropelladamente: recuerdos vivos de un Panizza adolescente, con una sonrisa inmaculada, desplazándose en silencio por los salones de la Alianza.
En Le Testament d’Orphée (1.959), Cocteau reúne a Jean Marais, María Casares, Jean-Pierre Léaud, Charles Aznavour, Yul Brynner, Pablo Picasso y Édouard Dermithe en la continuación de su saga. Él mismo, como icono y símbolo del poeta, maniobra en la imagen viva del celuloide el hilo de la narrativa. Dermithe, alter ego del Jean Marais del primer Orfeo y, en última instancia, del Cocteau demiurgo, representa al poeta de la nueva generación que termina suicidándose al lanzarse desde una colina al mar. La magia poética de Cocteau, en un final enardecido y sublime, le devuelve la vida valiéndose de la misma imagen en reversa: Dermithe surgiendo de las aguas y aterrizando lentamente sobre el precipicio infausto. Desgraciadamente Panizza nunca tuvo la oportunidad de verla. Sólo que hoy quisiera poseer esa magia evanescente para insuflarle la vida.
Impotente ante las furias inmisericordes del destino, rescato del olvido estas memorias que hoy termino. Good night, sweet prince!
Nueva York, del 16 de enero al 12 de marzo de 1991
Prohibida su reproducción sin la autorización escrita de su autor: mfalquez@nyc.rr.com
Estas memorias fueron publicadas originalmente en la revista dominical de El heraldo el 5 de mayo de 1991. Su versión al inglés fue incluida en el libro Latin Lovers: True Stories of Latin Men in Love (New York: Painted Leaf Press, 1999).
EL AUTOR:
Miguel Falquez-Certain nació en Barranquilla, Colombia. Ha publicado cuentos, poemas, piezas de teatro, ensayos, traducciones y críticas literarias, teatrales y cinematográficas en Europa, Latinoamérica y los EE.UU. Es autor de seis poemarios, seis piezas de teatro y un libro de narrativa corta por los cuales ha recibido varios galardones. Licenciado en literaturas hispánica y francesa (Hunter College, 1980). Cursó estudios de doctorado en literatura comparada en New York University (1981-85). Obtuvo el primer lugar en el concurso de dramaturgia “Nuestras voces” del Repertorio Español de Nueva York en el 2002 por su pieza en dos actos Quemar las naves (con la colaboración de Francisco Álvarez-Koki en la concepción de los personajes) y cuyo estreno mundial fue el 25 de abril de 2.003. Su novela corta Bajo el adoquín, la playa resultó finalista en el Primer concurso de novela breve “Álvaro Cepeda Samudio” en el 2.003 y fue publicada por la Editorial Sic en febrero de 2004.
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© Miguel Falquez-Certain
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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