DAMA SELVA
Diomenia Carvajal
Relato tomado del libro Le Fils de l'Arc-en-Ciel (El Hjo del Arco Iris),
publicado por la casa editorial L’Ours Blanc, de París.
Y Mama Chila contaba…
En tiempos lejanos, la Selva era todavía una gran dama, tanto era su poderío y nobleza que se enorgullecía de ser la tatarabuela del canelo, del raulí, del quillay, de los pinos y de una infinidad de árboles y arbustos, que sólo lograban existir gracias a su bondadosa vigilancia. Muchas veces había luchado contra el uragán que enviaba el granizo, contra el viento malvado de las tempestades, contra el trueno que mordisqueaba los picos de la montaña y descabezaba las cimas de los árboles gigantes, contra el temblor que arrancaba las raíces y los troncos de aquéllos. Y siempre había triunfado contra todos. Cada vez que acababa el invierno, cuando los primeros brotes mostraban la punta de la nariz, ella ordenaba a los canelos que sacudieran sus ramas para que todos vieran que a ella le gustaba el orden y la limpieza.
Aquello pasó cuando empezaba el mundo. Cuando el Hijo del Espíritu Poderoso todavía no había pisado la tierra. Y como Dama Selva daba protección y asilo a quien fuera a pedírselo, los animales pequeños y los insectos se instalaron tranquilamente.
El primero que llegó golpeando a su puerta de enredaderas, fue el ratón campesino. Éste era cosquilloso y tímido. Acababa de mudarse tantas veces, ora viniendo de la montaña de donde había escapado para que no lo pisaran las llamas y los guanacos, ora viniendo desde las rocas que miran hacia el mar, escapando a la gula de los pescados que vuelan, que había decidido pedir asilo a Dama Selva. Le siguió el tucotuco (la marmota) y después el castor y la chinchilla, a los que, a su vez, siguieron las mariposas, las arañas y los matapiojos. Los últimos en llegar a la morada de Dama Selva fueron los pájaros. Ellos venían de muy lejos y estaban cansados; venían del otro lado del mundo, de donde las aguas del océano son tan extrañas que suelen cambiar de nombre, pero como eran bellos y alegres Dama Selva les dejó que se instalaran. Y el mundo se organizó alrededor de Dama Selva. A cada primavera renacían las flores traídas por los pájaros migradores; atraídas por las flores llegaban las mariposas; con las mariposas nacían las arañas y los matapiojos inaguraban el verano.
Cuando desembarcaba el invierno escupiendo copos de nieve, estornudando tanto que el raulí y el quillay temblaban, Dama Selva se ponía a vigilar. Se escondía bajo su poncho blanco y silenciosamente aguardaba. Entonces el mundo entero se dormía tranquilizado porque sabían todos que ella los amparaba con su silencio.
Pero todos los inviernos no eran siempre iguales. Había algunos que solían ser llorones. Se acercaban en puntillas y se paraban detrás de unos negros y gordos nubarrones y desde allí lloraban y lloraban, tirando baldes de agua sobre todo lo que existía quí abajo; esa agua fría que hiela los brotes y despeina a los canelos. Y ya todos saben que a un respetable canelo no le gusta que esos inviernos que lloran tanto y tan fuerte se venga a despeinarlo. Entonces Dama Selva terminaba por enojarse.Ordenaba a los árboles y arbustos que se pusieran derechos y esbeltos y éstos crecían y crecían para ir más arriba que los negros y gordos nubarrones Y éstos, cuando veían que se les desafiaba así, huían llevándose consigo los romadizos, las toses y las quejas mojadas de las lluvias lloronas, hacia otras regiones del mundo. Hacia donde el mar es tan extranjero, que termina cambiando de nombre.
Entonces, el Espíritu Poderoso, que todavía vivía en el aire, sacaba su paleta de colores y dibujaba el arco iris. ¡Oh, qué belleza de arco iris pintaba! Sin duda alguna, el Espíritu Poderoso era un gran artista. Y el mundo renacía de nuevo y Dama Selva ordenaba que se hiciera el aseo como se debe. Las hojas de los árboles sacudían las últimas gotas de agua y las gotas cuando caían formaban charcos y ahí el arco iris gustaba contemplarse. Se miraba y admiraba, se contemplaba y se hallaba hermoso. Cierto es que era muy bello. Más bello y hermoso que las mariposas que alegraban la primavera con sus vuelos. Aún más bellos que los pájaros llegados de regiones lejanas. Nadie tenía colores más extraordinarios que él. Pero, al mismo tiempo que se miraba en los charcos de agua, se ponía triste porque sabía que tendría que esperar el paso de otro invierno llorón para volver a existir; Para que el Espíritu Poderoso pudiera volver a crearlo con su paleta de colores.
Y así fue como un día decidió que ya no quería ser más una simple mancha de matices coloreados en el cielo. Se asujetó a la cola de una nube distraída que se había quedado allí, admirándolo boquiabierta. La nube se sorprendió. No se esperaba a tener que servir de remolque a aquel pasajero clandestino, ¡ y ni por más bello que fuera!
Además tenía cita en la cumbre de la cordillera y estaba muy atrasada. Entonces, se sacudió para que el arco iris pudiera soltarla, pero éste se aferró más aún. Se volvió a sacudir, y lo intentó una y mil veces más, que hasta casi se le cae la mitad del cuerpo. El arco iris sonreía triunfante. Esta vez ya no volvería a desaparecer. Se quedaría sujetando la nube hasta el próximo invierno, y a lo mejor, con un poco de suerte, sería quizás un invierno llorón.
Dama Selva y el pequeño mundo que vivía con ella observaban con mucha atención las tentativas del arco iris. Y toda esta agitación terminó por molestar al Espíritu Poderoso que estaba haciendo su siesta diaria, abrió su ventana en el cielo y vio el pugilato que se había formado entre la nube y su obra de arte. Comprendió la desesperación de su bella creación y decidió que no desaparecería totalmente. Entonces hinchó sus pulmones y sus mejillas y sopló tan fuerte que cuando el arco iris se soltó, perdió un pedacito de su cuerpo; era un trocito pequeño y alado, como una plumita. La pequeña pluma voló, dio unas cuantas piruetas en el aire y se paró en la cima del canelo más alto. Y desde allí, contempló el universo.
Así nació el Hijo del Arco Iris. Cuando vuela va dejando detrás una huella de mil colores. Pero vuela tan rápido que nadie lo ha podido atrapar. Aparece cuando su padre se va hasta la próxima estación del año y se cruza con las últimas gotas del invierno llorón. Juega a las escondidas con las flores, con los pájaros, las mariposas y también con los hombres.
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© Diomenia Carvajal
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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