Crucifixión vallenata
José H. Castillo Silvera
Colegio Marymount
Lo normal es que las cosas evolucionen. Lo que se queda igual, lo que nunca cambia, tiende a aburrir y a quedar en la historia como algo que “fue”, algo a lo que se regresa con nostalgia y, en últimas, algo que recordamos de la misma forma en que se piensa en un ser querido que muere: estuvo con nosotros, lo disfrutamos –quizá no, o quizá pudimos haberlo disfrutado mucho más– pero hasta ahí llegó.
No tiene nada de raro, pues, que el vallenato (y básicamente todo género musical, todo arte, y toda actividad) busque salvarse a través del cambio, a través de la innovación, y es así como empiezan las fusiones, la inclusión de nuevos instrumentos, y demás modificaciones.
Muchas veces la evolución es natural, y hasta inevitable. Es el caso, por ejemplo, de las letras actuales del vallenato. Habiéndose dado un cambio de ambiente y de contexto (los compositores actuales son en su mayoría de ciudad y estudiados, en contraste con los compositores clásicos que venían del campo y de los pueblos, y muchos eran analfabetas) lo más normal y lógico es que haya un cambio en los temas de las letras o, si no propiamente en los temas, en el enfoque y en el lenguaje. De esta forma, ya no se habla de peleas de gallos ni de hamacas, sino del amor de un cantante a una colegiala. Igualmente, ya no se habla de una cachucha bacana, sino de una pinta chévere…
Otras veces, la evolución es simplemente una actualización, quizá un poco menos natural, pero necesaria. Es el caso, en busca de una mayor sonoridad, del cambio de la guacharaca de madera a la guacharaca de metal, del contrabajo al bajo eléctrico, de la guitarra acústica a la guitarra eléctrica... Y una vez ya configurada media banda de rock, ¿por qué no completarla con batería y adicionarle de una vez timbales, percusiones alternativas, gaitas y teclados, como hizo muy exitosamente Carlos Vives, a quien muchos buscan imitar en la actualidad?
La evolución también pude resultar muy poco natural, y hasta difícil de entender y de asimilar. Tal es el caso de los arreglos sinfónicos de canciones vallenatas con violines, cellos, oboes, cornos franceses, trompetas y tubas, o el de los arreglos corales… Y también radicales, pero a menor escala y con mas aceptación del público, los cambios en la estructura armónica y rítmica del vallenato: la introducción de acordes de balada o de boleros, ritmos andinos, etc.
No obstante, hay una cuarta evolución, que es la evolución negativa. Es esta la evolución en que la música cambia, ya no para salvarse, ya no para innovar y mejorar, sino para satisfacer gustos populares que traerían una favorable salida comercial. Es aquí donde se pierden aires como el merengue y la puya, y donde el son es reemplazado por el “paseo lento”. Es aquí donde todas las canciones parecen la misma y donde solo se graba lo que puede pegar. Es aquí donde las letras nacen de fórmulas y no de sentimientos; donde buscan que la gente se identifique con ellas fácilmente, perdiendo la autenticidad y la calidad. Esa autenticidad que permitió a los compositores pioneros de esta música, sin haber asistido nunca a una clase de literatura, manejar por instinto la métrica y con maestría la metáfora. Esa autenticidad que permitió a Escalona crear su propio mundo literario lleno de personajes comparables con los del realismo mágico de García Márquez, y que permitió al ciego Leandro Díaz describir la belleza desde una perspectiva inimaginable para los videntes. Esa autenticidad que cargaba al vallenato de un valor literario incalculable, y que ahora se ve reemplazada por letras que solo tratan un tema: el amor; pero no el amor romántico y sincero en un sentido profundo y trascendental que eleva espontáneamente a las personas, sino un amor cursi y fingido, lleno de llanto y de actitudes masoquistas en las que aparentemente la víctima disfruta su sufrimiento.
Cuando el arte se vuelve comercial deja de ser arte y cae en la mentira del que se crucifica a sí mismo, lentamente y con su falsa gloria, y con todo y corona de espinas. Ante esta situación queda la alternativa de hacer algo, retomar las riendas perdidas, renovar a partir del conocimiento de la tradición o esperar la venida de un salvador que lo haga por nosotros, a quien ojalá el dinero no corrompa a mitad de camino.
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© José H. Castillo Silvera
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen V – Número 18
Julio-Agosto-Septiembre de 2004
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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